sábado, 26 de enero de 2013

INCAUTOS


Nos engañan y nos engañamos.

No existe objeto que, manteniendo un aumento constante de su contenido interno, no adquiera algunas de las características de una burbuja. Lo dice la física y no es necesario que la economía nos venga con un término que, por como nos proyectan esa fórmula de transparencia, fragilidad, volatilidad y esfericidad; no es más que un simple trampantojo, más abstracto y llevadero, de lo que nos viene ocurriendo. 

Es cierto. 

Con sólo pensar en esa pompa que los niños, y algunos artistas admirables, crean soplando por un cilindro o un aro más o menos grande; asimilamos que un ligero toque con una superficie extraña o un cambio de temperatura, es capaz de hacerla estallar. Por lo tanto asumimos, también, que la causa de todos nuestros males consiste en que no se adquirió el jabón adecuado, que no se sopló con el cuidado necesario y que el crecimiento desbordado, siempre obtiene como resultado el estallido de tan frágil y a su vez compleja composición química. Si nos pasa lo que nos pasa es porque la vida de toda sociedad está construida con esa fragilidad histórica. 

Y ya está, aceptamos la consecuencia con mejor o peor humor, con mayor o menor revuelta social, con la furia inicial que conlleva perder y con ese agotamiento que deviene de luchar contra esos otros artistas, nada admirables, completamente desconocidos y, en su totalidad, despreciables; que se encargan de soplar por los desagües de la banca y los mercados hasta lograr que los grifos de nuestras casas den a luz chapapotes con forma de esfera.

Por eso, tal y como digo, nos engañan.


Y lo hacen porque el término, en realidad, no debería ser burbuja sino, por ejemplo, globo. Un globo es otra cosa. Y es otra cosa porque a la superficie del globo, la encargada de soportar el contenido, ya sea éste aire, gas, agua, petróleo o, incluso, el tejido empresarial o el mercado laboral al completo; se le puede dotar, desde su diseño inicial, de resistencia, de impermeabilidad, de elasticidad y de blindaje. Piensen que un globo es lo que tienen ustedes en el interior de las ruedas de sus automóviles, en las de los tractores, en la de los aviones. Todas ellas están diseñadas para soportar condiciones extremas de fricción, de temperatura, de choque... y su calidad, la de todas ellas, tiende a ser mejorada constantemente. Que se lo digan a Fernando Alonso o a cualquier conductor de Fórmula 1. Los ases del volante pueden confirmar, si es que no lo creen ustedes, que se invierte una cantidad increíble de dinero en lograr la mejoría de las ruedas.

Normal que esto sea así si lo que quieres es estar en primera linea de cualquier competición, si no quieres tener accidentes, si quieres terminar cada carrera y cumplir con tus compromisos de marca o si quieres cumplir, en definitiva, con lo que se espera de ti.

Sin embargo, nuestros especialistas en fabricar ruedas, nuestros escuderos, esos a los que encargamos que el coche ruede; con todos sus estudios de economía, con sus ciencias políticas, con sus diseños obsolescentes; tan sólo son capaces de sacar de su chistera, como si fueran magos o el señor del Monopoly, simples y complejas pompas.

¿No es para desconfiar de estos fabricantes? ¿No es para pensar que se da un caso claro de premeditación alevosa si el resultado de tanto estudio, de tanta inversión ciudadana, de tanta ilusión en un proyecto; es esta cochambre de escudería que nos ponen ante las narices? 

Por eso también digo que nos engañamos. 

Y lo hacemos porque nos dejamos embaucar en el juego de los trileros. Ganamos de a poco hasta que perdemos de a más. Y entonces, cuando llega el chasco, pagamos y regresamos a casa con los bolsillos vacíos.


Y el trilero, nuestro fabricante de burbujas, ya sabe de antemano que ese será el resultado de toda la operación. Ha estudiado los tiempos, nuestra vulnerabilidad a la tentación del enriquecimiento rápido, nuestra votabilidad (expresión que existe en las sedes de los grandes partidos aunque no la reconozca la R.A.E.), nuestra pasión por lo estable y nuestra resistencia a los tortazos que recibimos aunque ya no nos queden ni mejillas. 

El trilero es listo. Conoce bien a su víctima. Sabe que terminaremos claudicando tras reclamar mil veces lo que es nuestro. Y es que las víctimas siempre quieren diferenciarse de su agresor, las víctimas de este país hace mucho que aceptaron las normas de convivencia, las víctimas no están entrenadas en la pelea, las víctimas, ante todo, quieren paz, trabajo y salud, firmes cimientos de la estabilidad, y, por este motivo, por mantener esos cimientos, pican en cada burle.

Es más, ese timador que hemos sentado a nuestra mesa o que nos sienta a la suya, tanto da; al margen de contar con el apoyo de las fuerzas de seguridad; al margen de trabajar para que las leyes garanticen sus movimientos y su expansión; al margen de quitarnos no sólo lo que es nuestro sino lo que es de todos; siempre tendrá a mano la que se conforma como su mejor frase, aquella que los criminales de guerra nazis entonaron como excusa mientras veían a su población derrotada, su ambición destruida y el mundo hecho añicos: "nadie les obligó a elegirnos".

Y, para nuestra desgracia, mientras no luchemos con toda la fuerza que nos sea posible; mientras no evitemos que el futuro dependa de naipes y burbujas sino de leyes y ruedas formidables; mientras nuestro único objetivo sea mantener la estabilidad que hipotecamos buscando la propiedad que nos vendieron; esos tipos, esos fulleros de la economía, de la política y de la fabricación obsolescente de escuderías; tendrán razón y la culpa de perder seguirá siendo nuestra, será nuestra elección.

Por este motivo, porque nadie nos obligó a elegirlos, los timadores, tras sus fechorías de día, duermen tranquilos todas esas noches en que sus casinos se legalizan, se construyen y se llenan de incautos.  

domingo, 20 de enero de 2013

VERDADES MATEMÁTICAS

No tengo una capacidad que implique con garantía que mis reflexiones son acertadas y verdaderas.

Es más, según constato un hecho, y reflexiono sobre el mismo, descubro que mi criterio se desvirtúa. La opinión de los demás modifica mi percepción y, dado el aumento de las variables que generan todas las opiniones, la verdad objetiva deja de existir con la misma inmediatez con que surge.

Me arriesgo a asegurar que sólo disponemos de la verdad intuitiva pues aquella otra verdad, la subjetiva, está a un punto de esfumarse gracias al lío mediático; y la objetiva, como el presente, nace al mismo tiempo que desaparece.

Según esta premisa, para ser objetivo en mis comentarios, debo exponer hechos y evitar cualquier tipo de descripción circunstancial. De este modo, un enunciado objetivo podría ser “la tierra se mueve” y lo convertiría en enunciado subjetivo con sólo decir: “la tierra se mueve lentamente”. Mi opinión puede ser ésta última pero, con sólo escribirla, presumo que Einstein y una millonada de científicos, muertos y vivos, se estarán revolviendo en sus tumbas, en sus laboratorios y en sus salas de observación del universo.

Por lo tanto, para ajustarme a la verdad y poder hablar sobre la anécdota de hace unos días, ocurrida durante la comparecencia ante la prensa de Soraya Sáenz de Santamaría para explicar en qué consistía el Fondo de Alquiler Social, sólo podré mencionar este hecho:

Soraya se puso sentimental.

A la vicepresidenta del gobierno español, se le quebrantó la voz y las lágrimas brillaron colgadas, que no caídas, de su mirada siempre desafiante.

Y gracias a que lo grabaron infinidad de cámaras, y lo emitieron otra infinidad de canales de difusión, podemos dar esto que escribo como un hecho cierto.

¿Lo hizo de verdad o de mentira? Ese es otro berenjenal. Cualquiera que atendiese a las imágenes de la rueda de prensa lacrimógena sacará sus propias conclusiones y, por tanto, decidirá sobre lo falso o verdadero del gesto.


Pero ahí no reside lo importante. Lo importante es el anuncio, incuestionable hasta la fecha, que motivó dicha comparecencia: 6.000 viviendas de alquiler barato para las víctimas de los desahucios…

este anuncio, lleno de emoción e ilusiones, es importante no sólo por lo que ayuda sino porque se da de bruces con un hecho, no mencionado entre los apuntes y quebrantos de la vicepresidenta, y es que el número de viviendas vacías en España multiplica por mil la cifra de la ayuda que han aprobado.
Por mil…

También por mil se multiplica la cifra de Soraya si atendemos a los parados declarados en España (que no son reales ni verdaderos, son más); por un número más alto se multiplican otras cifras tales como los ciudadanos que se han quedado sin derecho a una justicia universal, a una sanidad universal, a una educación universal y, sobre todo, se multiplica por un número mucho más alto que esa aportación de vivienda barata, la cifra de ciudadanos que ya están por debajo del umbral de la pobreza y que, desahuciados en todas las acepciones de la palabra, en breve no dispondrán de vivienda alguna.
Tenía yo un maestro que repetía el siguiente enunciado siempre que la ocasión le era propicia: “La matemática es la ciencia más cercana a la verdad”. No entraré aquí en disquisiciones a este respecto pero sí aplicaré las matemáticas más elementales a mi reflexión para intentar acercarme a la verdad.
Para ser benigno en mi razonamiento, aceptaré que mil, con su uno y sus tres sencillos ceros a la derecha, es el múltiplo común que diferencia las cifras de ayuda que expuso Soraya, de la realidad de la sociedad española. Así, aplicando una simple cuenta, podremos determinar que todo cuanto se nos ofrece como ayuda es, como poco, mil veces menor que lo que se necesita. Y ser menor, en este caso, no es una cuestión de restas sino de divisiones.
Iré un poco más allá y, apoyándome en esta nueva premisa, haré un planteamiento lógico:
Si el censo nos dice que en España habitamos unos 46.000.000 de ciudadanos aproximadamente, y dividimos esta cifra por ese porcentaje de lo necesario, es decir por 1.000, concluiremos que el partido que rige el destino de nuestro país, con el voto de una mayoría absoluta de ciudadanos, cuida las necesidades legales, sanitarias y educacionales (así como los derechos democráticos escritos y suscritos en ese texto anacrónico que es la Constitución española) de 46.000 ciudadanos.
No sé si las cifras, y la matemática, se acercan a la verdad tal y como postulaba mi profesor; no sé incluso si las cifras y el planteamiento que tan sencillamente he desarrollado en este texto, es cuestionable, demagógico o incierto una vez lanzado hacia la reflexión y opinión de los demás.


Lo que sí sé es que mirando el día a día, lágrima tras lágrima, Bárcenas tras Bárcenas y ático tras ático; hago caso a mi intuición, a mi criterio y a mi reflexión para afirmar que esas cifras, que esas 46.000 personas que salen de mi cuenta, que esas 46.000 privilegiadas personas que son el resultado de la gestión política en España; se acercan enormemente a lo que considero un hecho contrastable y verdadero: son muy pocos los que se benefician y muchos, muchísimos, los que lo pierden todo.
Pero, claro está, ésa es tan sólo mi verdad, es la que me hace llorar a mí, y no puedo obligar a nadie a que la dé por buena. Con toda seguridad, la verdad de Soraya será otra, será otra la que le sonsaque una lágrima, será otra la que indulte el dinero de Bárcenas y otra la que cobije y dé salud a Ignacio González…
Pero me da a mí que, al final, con estas cuentas, mientras dividamos por números tan altos, terminaremos por llorar todos los que, al dividir, conformamos el resto.
Eso sí que será una verdad matemática.

¿Cuanto son seis millones de parados?

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