martes, 23 de julio de 2013

CIRCUNSTANCIAS



Fidelio Martínez pisó el primer escalón con aquella naturalidad aprendida que pausaba la cadencia de su porte y le otorgaba un matiz liviano, casi etéreo, a la hora de subir a las tribunas y dirigirse a la población que gobernaba.

Había utilizado en tantas ocasiones la comparativa bíblica entre la existencia y el ascenso por una escalinata, que quiso, aunque fuera en los últimos lances de su vida, predicar con el ejemplo.

“Los primeros peldaños ―se había dicho a la espera del aviso―, se deben subir con presteza pues la intuición nos engaña con la esperanza del descanso a la mitad del proceso.” “Bien sabe Dios ―concluyó mientras se abotonaba la guerrera― que el único reposo del hombre es la muerte y que a su encuentro se debe llegar agotado, con la lengua por fuera”.

Cuando alcanzó el tercer escalón, escuchó la ovación y se sintió animado. Una vez más su pueblo se congregaba para vitorear su nombre. No obstante, como la costumbre dominaba su lenguaje corporal, no tuvo la deferencia de dirigir una mirada a sus fieles, aquella muchedumbre impersonal que lo había acompañado desde que apretara el primer gatillo y cayese el primer enemigo.

Antes debía llegar a lo más alto para que los de abajo reconocieran la auténtica envergadura de un líder.

Ya pasado el cuarto peldaño, mantuvo la bizarría de su rango pese a notar cómo el pasado se le agarraba a la pechera y le hacía reflexionar sobre lo vivido.

En el sexto tramo de la escalera, los ojos se le llenaron de recuerdos y se remontó a los campos de batalla, a la vanguardia de aquel grupo de campesinos desarrapados que se convirtieron en sus hermanos de armas; avanzando y retrocediendo según fueran enumerándose las bajas; luchando por un ideal sencillo, asimilable hasta para los oligarcas que oprimían a su gente y a todas las gentes del mundo.

Dedujo que su zapatero no se había esmerado al tratar la horma de las botas nuevas. Ambas le rozaban los meñiques al llegar al octavo peldaño. Pronto comenzarían a sangrar. El clamor de la multitud no alimentaba su ego lo suficiente como para lograr eliminar esa sensación incómoda. Ciertamente, el clamor de la multitud no era capaz, siquiera, de acallar ni el crujir de la madera que pisaba al ascender con su parsimonia arrogante de jefe de estado, ni aquel otro sonido, distante en el tiempo pero cercano en la memoria, del fragor de sus hordas asaltando la capitanía general para evitar que lo lincharan cuando, ya de vida, no le quedaba más que el peso de sus propias carnes, la rectitud de su osamenta y las heridas de sus pies descalzos.

En el décimo escalón, la vejez le jugó la celada del cansancio y, al intentar recuperar el aliento, se recordó en aquel viejo cadalso de la capitanía mientras el verdugo cernía la soga sobre su cabeza, mientras un sargento anónimo le instaba a pronunciar su último testimonio, mientras orgullo y rabia se tornaban en algo que él, Fidelio Martínez, confundió con la más ingrata de todas sus clarividencias: “Me he rodeado de los mejores y no he podido evitar esto”, susurró al tiempo que cedían las empalizadas y sus camaradas, a carne, sangre y machete, le evitaban la muerte.

Llegar al graderío le supuso un esfuerzo titánico. “Hoy se me sublevan hasta las tripas”, pensó cuando un retortijón le condujo a la garganta una bocanada de hiel. Contuvo la amargura y avanzó hasta situarse frente a frente con su pueblo. Allá abajo, a sus pies, Fidelio Martínez pudo contemplar los resultados de su obra: observó a la muchedumbre enfervorizada gritando cientos de consignas que se amalgamaban en un estruendo monocorde; un tanto más lejos se alzaba la silueta de la capital rota y herrumbrosa bajo el asalto de la miseria y la desidia y, unos kilómetros más al norte, el océano que, sin tregua,  devolvía a las costas los cadáveres de los disidentes a su mandato.

Se sintió desfallecer. Las manos fuertes y anónimas de un sargento impidieron que se desplomase sobre la tarima y, poco a poco, lo hicieron retroceder hasta un punto concreto y bien conocido.

Mientras el verdugo cernía la soga sobre la cabeza del dictador, el sargento le instó para que pronunciase sus últimas palabras. Fidelio giró la cabeza e intentó sin éxito mirar en la mirada de sus generales. Todos ellos se alineaban en el lateral derecho del viejo patíbulo de la capitanía, convertida ahora en santuario de la revolución; todos ellos con sus mejores galas, todos ellos con las impolutas condecoraciones a méritos supuestos, todos ellos con sus amplios estómagos, sus refinados bigotillos y sus negros espejuelos. Entonces Fidelio Martínez esbozó una sonrisa y comentó: “También me rodeé de los peores y no pude evitar esto”

Al abrirse la trampilla bajo sus pies, aquel revolucionario, aquel militar, aquel dictador y aquel hombre de negocios; tuvo un instante de lucidez y determinó que la soga que profanaba su vida para siempre, se concretaba en la única circunstancia que se le había mantenido fiel hasta el final de los tiempos.

Ya con el último estertor de sus pulmones, comprendió la dichosa frase de ese tal Ortega Nosecuantos del que tanto hablaban sus enemigos.

lunes, 1 de julio de 2013

SAFARI





Sol de las cuatro de la tarde.

Al Siglo XX le quedan dos tristezas. Final de verano. Isla con turismo de segunda. Paseo marítimo y palmeras muertas. Vacío de hoteles rotos. Erosión estival de la humanidad festiva. Basura plástica de bronceadores. 

Toalla perdida.

El pavimento, las baldosas, las teselas, se abandonan bajo la arena.

Sopor de derrota y rendición de siesta.

Padre, madre y dos hijos de edades imprecisas. Del cuello de cada progenitor una cámara. Pasean buscando. Juntos se sientan en la terraza de un chiringuito. Brisa ardiente, chicharra invisible. Sol de las cuatro y un rato de la tarde. Recorte de sombra que proporciona una sombrilla. Los niños no caben en el eclipse. Crema protectora y permiso para jugar.

A un fondo el acantilado y el mar, al otro lado el volcán.

Piden sus bebidas. Permiten que los niños se alejen hacia los límites que establece la mirada. Los padres callan hasta que regresa el camarero con las consumiciones. Él bebe cerveza a lo grande, ella agua a lo pequeño. Pagan para no esperar cuando deseen marcharse. 

Observación del hombre sobre los precios. Lo barato consiste en no moverse de casa. 

Silencio de ella, silencio que calla. 

El sonido recupera su brisa y sus chicharras.

La mujer rebusca distracciones en una bolsa de playa y extrae un sobre abultado. En la solapa se advierte el emblema de un laboratorio fotográfico. Aparece un conjunto de instantáneas y el pasado inmediato se desliza con parsimonia ante sus ojos. 

La felicidad no llega inesperadamente, eso piensa, pero, en el papel impreso, sus rostros aparentan alegría. Posan y sonríen con afán excesivo. Lo positivo es un cliché pluscuamperfecto. El recuerdo miente foto a foto. 

La mujer observa con atención su propio rostro. Despacio, pasa hacia atrás cada retrato. Analiza la situación y se analiza a sí misma. Descubre el desliz de la amargura, descubre la flacidez de sus carnes cuarentonas, el incremento de las estrías, el socavón de su mirada, el ventanal cerrado de las falsas esperanzas y la caída del deseo en un salto mortal sin piruetas.

Su propia mirada la contempla desde el retrato. Sabe de la sorpresa al otro lado. Ve en la expresión de ella el breve reflejo de una mueca. Ve cómo sus ojos viajan para detenerse en la figura del hombre, en la trampa del hombre, en la realidad de las promesas del hombre. 

Foto a foto, su marido. La prominente barriga, los restos de su cabello engominado, los rasgos rojizos de una vejez prematura y alcohólica; parlanchina en los bares, seca y violenta en el hogar.

Desde los retratos, la mujer de hace unos días se asoma ahora y, en un refilón de la retina, se le cuelan sus hijos. La estupidez heredada del marido, la distancia del ideal materno. Ve cómo aflora el desdén, el insulto, el sufrimiento y el tedio. La ruina de todo aquello que, en un tiempo anterior, logró endulzar un sueño.

Última instantánea. Ella en solitario. La mujer que ha sido empuñando su cámara a la altura de los ojos. Tras la óptica, tras el cuerpo mecánico, tras la postura de las manos; la mujer del retrato apunta el objetivo, directo y asesino, hacia la mujer de este instante, hacia la mujer que mira y que siente la amenaza, hacia la mujer que, sin poder evitarlo, llora aterrada.

Entonces, mientras las lágrimas se le van con un caer pequeño y silencioso, comienza a romper las fotos, despacio las hace añicos, una tras otra, sin atender a una elección que impulse la salvación de lo pasado.

Cuando concluye, suspira y extrae su cámara de la funda rígida y marrón. Disimula, busca y encuadra. 

Al fondo, el acantilado y el mar; al otro lado el volcán. 

En medio de todo su marido desenfundando su propia cámara; en medio de todo sus hijos que rompen lo que no ha roto nadie; en medio de todo un aura de odio insoportable.

Él da un trago amplio a la cerveza y, tras limpiarse la boca con el dorso de la mano, apunta con la cámara, enfoca con la avidez acostumbrada y la encuadra.

De pronto, para gestionar una sorpresa en el rostro de ella, añade a su voz la hipocresía de la importancia y pregunta:

—¿Qué te pasa?

Ella, cubriendo su última lágrima con la cámara, ocultando su mirada tras el antifaz del visor, cerrando el diafragma con su precisión de acorralada; contesta:

—Nada.

Los obturadores de ambos rasgan el tiempo y los atrapan.

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