lunes, 7 de julio de 2014

TERRENO (Capítulo I)

Ilustración: Isabel Ruiz



A Charo con agradecimiento,
un comentario suyo inspiró todo el relato.

Don Antonio Manrique, que a sus cincuenta y dos años apenas recordaba quién había sido,  se descubrió la conciencia a las diez y quince minutos de la mañana del 23 de marzo del año 2014, horario del Caribe.

El lugar geográfico concreto donde le sobrevino semejante desgracia es un pueblecito costero llamado Terreno, el cual, tres décadas antes, cuando llegó a la isla, estaba formado por un único camino que actuaba de pespunte entre cabañas y chozas, que no se asfaltaba nunca, que no se sabía muy bien dónde nacía y que concluía su viaje confundiéndose con la arena de un playazo que relamía el mar.

Alguien, en el pasado perdido de esta tierra, construyó una cabaña donde le vino en gana y, sin más, dio origen al pueblo. Para garantizarse una escapatoria con lo construido y pertrechado —en el supuesto de que la selva no aceptara su presencia—, aquel personaje que perdió el nombre en el desgaste de las leyendas, allanó un breve trecho hasta tener acceso a terrenos transitables y, con el tiempo, según aparecieron nuevos peregrinos y colonos, aquella idea básica dio origen a la vía de tránsito que comunica la totalidad del pueblo. Todos sin excepción imitaron la táctica que había empleado el fundador. Construían su cabaña un tanto más allá de la del vecino, rasuraban el follaje hasta componer algo más de camino y, al otro lado de su parcela de sendero, sembraban el huerto, levantaban sus corrales y sus porqueras. La obra quedaba terminada cuando la naturaleza del pisar de las gentes y del arrastre de los materiales enlazaba el nuevo camino con el tramo antecesor. Dado que en aquellas épocas esta tierra no tenía más límite que el mismo mar y carecía de dueños y vallados, el sendero se fue alargando hacia el interior serpenteando entre ciénagas y bancales, con un empeño férreo en el seguir hacia adelante en lugar de abrirse paso hacia los lados. De ahí que Terreno aún sea el pueblo más largo, más zigzagueante y más estrecho que haya planificado el ser humano. Como con el tiempo se demostró que el factor de la extensa longitud y de la mínima latitud del pueblo aportaba su correspondiente beneficio social, no se varió el diseño urbanístico hasta la aparición de Don Antonio. 

Y es que la ausencia de travesías y callejones evitó en gran medida cualquier actividad clandestina o violenta. Nadie tuvo lugar de práctica para hurtos o asesinatos vecinales. Los crímenes —si es que durante aquella etapa se cometió alguno debieron quedar restringidos a la intimidad de cada hogar donde, según la opinión de los primeros colonos, poco daño podían provocarse las personas al disponer de un espacio tan reducido. Se puede concluir, por tanto, que en Terreno no se cometían crímenes porque apenas si había sitio que dedicar a esos propósitos. Es más, como los habitantes del pueblo se caracterizaban por la facultad de no sentir atracción por los asuntos de los demás convecinos, si alguien mató, robó o secuestró, se llevó a la tumba su acción, su secreto y sus consecuencias. Nadie investigó nada jamás. Dicha facultad no latía por respeto a la intimidad ajena sino para evitar la fatiga que provoca la curiosidad. De esta manera, cuando creció el sentimiento comunal entre los habitantes y pensaron en organizarse siguiendo algún código de comportamiento social, no se propuso ni se idealizó la necesidad de una institución que administrase la justicia y, así, por pereza, nadie redactaría nunca las leyes por las que durante años los miembros de la aldea se gobernaron en paz.

Para que se hagan una idea clara de cómo era el lugar donde halló refugio Don Antonio Manrique, su bienquerido compañero de juventud, procederé a hacerles una breve descripción del pueblo en aquel tiempo de su llegada, mucho antes de convertirse en este andurrial nauseabundo que es hoy en día:

Contando con los corrales, con los reducidos huertos y con las viviendas —que, hoy por hoy, al amanecer, se transforman en puestos de venta de todo aquello que se pueda comer o pueda tener alguna utilidad—; todas las infraestructuras dignas de tomarse en cuenta se alineaban siguiendo ese único camino por el que discurría la vida en Terreno.

Cuatro hoteles mínimos, nacidos del desguace de cuatro veleros, se repartían el camino de forma equidistante. Los regía una amalgama de familias francesas, italianas, inglesas y chinas que, huyendo de la muerte en tiempos previos a la II Guerra Mundial, como si todas ellas acudiesen a una reunión pactada, encallaron sus embarcaciones, una tras otra, mes sí, mes no, en el arrecife repentino que, a escasos cincuenta metros de la playa, protege al pueblo de la pleamar. Las familias, según fueron desembarcando, descubrieron con facilidad el camino, el camino les llevó hacia las escasas edificaciones del pueblo y, como ya venía ocurriendo desde los tiempos de la fundación de Terreno, por pura y simple imitación se asentaron en él construyendo sus viviendas a partir de los restos de sus naves. No pidieron permiso a nadie para instalarse porque, náufragos y nativos, asumieron que en este lugar, en aquella época, no se necesitaba permiso alguno para realizar cualquier acción que tuviera que ver con la supervivencia. Si algo habían aprendido los unos y los otros, por motivos muy distintos, es que, desde el mismo momento de nacer, la vida es un naufragar constante y que no existe acto más inhumano que poner trabas a quien desea perpetuar las ilusiones de ese empeño que es vivir.

Los escasos habitantes de Terreno ayudaron en las labores de despiece de la primera embarcación —la francesa— y, gracias a los potentes generadores, a los motores, a las hélices y a las dinamos que extrajeron de la misma; dieron pie al nacimiento de la principal central eléctrica del pueblo. Alimentada por la fuerza del viento, su modesta actividad tan sólo lograba encender el farol de la entrada encargado de señalar en la noche la primitiva vivienda de los franceses, los cuatro camarotes que montaron tal cual habían sido, y una suerte de gran tienda de campaña que se desplegó, gracias al velamen y a los palos, para cumplir las funciones de comedor, salón de lectura y bar. 

Con la llegada de la luz eléctrica a las angostas noches de Terreno, se alteraron las costumbres y las gentes comenzaron a acudir al único lugar donde se alargaba el día. En esas noches torrenciales, las mujeres francesas leían historias que sólo entendían sus compatriotas pero cuyo tono embriagaba a los asistentes nativos; se practicaba el azar de la música en una mezcolanza de instrumentos que derivaba en contoneos y contorsiones de los presentes; y se degustaba un vino que, hasta que se secó la última botella, promovió la sensualidad, el deseo y el sueño en tal punto que cuanto empezaba en la noche concluía al amanecer sin que nadie hubiese abandonado la vivienda de la pequeña delegación francesa. Por este motivo se llegó a la idea de que aquella construcción, que seguía recordando al navío que fuera un día, tomase el oficio de hospedaje e iniciara la tradición que seguirían las tres naves que aún estaban por arribar.

Habiendo sido tan productiva la llegada del primer navío, la aparición y embarranque de los otros tres a lo largo de los meses que se sucedieron, compuso una especie de sentimiento supersticioso que relacionaba aquellas tragedias navales con los beneficios ulteriores de la población. Aunque el suceso no volvió a repetirse, los progresos mecánicos y eléctricos no influyeron de cara a adoptar una solución sencilla: nadie planteo nunca la edificación de un faro. Las nuevas familias, así como la marinería de cada buque encallado, vieron en Terreno un símil de la tierra prometida quizá porque, en realidad, en tiempos en los que el ser humano se masacraba allá donde hubiese desarrollado tecnologías y miserias, la tierra prometida tenía que ver más con aquel prototipo de calle que con una metrópolis avanzada y adaptada. En Terreno todo se había iniciado y, al mismo tiempo, todo estaba por hacer.

Pues bien, como ya he dicho, la idea hotelera se imitó tripulación tras tripulación. Italianos, ingleses y chinos, con sus familias grandes, medianas y pequeñas, fueron aceptados sin llegar a establecerse prolegómenos y acuerdos entre los que ya estaban y los que llegaron después. Los segundos —los italianos— designaron la ubicación de su hotel por simple contraposición a la ubicación del de los franceses. Uno enfrente del otro y en el centro exacto del camino. Así garantizaron la igualdad de oportunidades y evitaron las caminatas caso que apeteciera ir al hotel de la competencia. Cuando tuvieron que decidir dónde edificar el tercero y el cuarto se adoptaron la equidistancia y el equilibrio como valores que resolverían cualquier duda moral y cualquier disputa terrenal. De este modo, tras realizar un esfuerzo faraónico que forma parte del acervo cultural de Terreno, trasladaron las embarcaciones hasta el principio del camino y, tal y como sus antecesoras, ambas se convirtieron en hoteles, uno enfrente del otro. Quienes participaron en estos últimos traslados y culminaron el objetivo de semejante industria quedaron exentos de trabajar el resto de su vida, no porque lo decidiera la comunidad en pleno sino porque lograr el descanso eterno, mucho antes de la muerte, pareció un buen reclamo para encontrar voluntarios que se apuntaran a tareas imposibles. De hecho, la idea caló de manera tan apetecible que, en aquellos años pueriles, el pueblo entero se presentaba voluntario a cualquier aventura que surgiera por el simple afán de comenzar a descansar de la vida lo antes posible.

Los hoteles quedaron construidos de forma proporcional y pacífica ya que, por fortuna, los recientes dueños y dueñas de las nuevas hospederías, temiendo que el conflicto mundial pudiera encontrar abono en su nueva vida, evitaron una matanza innecesaria entre los seguidores de uno u otro bando tomando la decisión de encamarse los unos con las otras sin distinción de parejas, países, ni razas. Tras aquel acto heroico, en lugar de la posible guerra de celos e intereses, sobrevino una paz gozosa por lo cual, desde entonces, entre franceses, italianos, ingleses y chinos, todo conato de pelea lo sigue solucionando el sexo. Pueden suponerse que, con estos fundamentos, aún se los vea a todos ellos, digamos que por tradición y por costumbre, discutiendo mucho y matándose a besos. Se ha de señalar también —y así concluyo con todo lo que hace referencia a los hoteles de Terreno— que los cuatro establecimientos jamás tuvieron cliente alguno y que, al día de hoy, no son otra cosa que la vivienda de la extensa progenie que les fue naciendo a aquellos náufragos, los más bellos seres que se hayan visto en el mundo.

Les contaré otra particularidad que comenzó a darse en el pueblo con anterioridad a la llegada de Don Antonio Manrique, mucho tiempo después del establecimiento de los hoteles y centrales eléctricas. Ésta, pese a que también tiene que ver con lugares emblemáticos de Terreno, habla mayormente del carácter de sus habitantes y de su reflejo en el tiempo de recreo.

Comenzaré diciendo que aquellas buenas gentes se desfogaban los sábados en dos terrazas de baile cuyos dueños, como de costumbre, habían encontrado un método para competir en igualdad de condiciones. El sistema era sencillo y aleatorio: consistía en alternar y combinar las palabras de un mismo nombre. El “Nuevo mundo” y el “Mundo nuevo” —que tales eran los títulos de las dos terrazas— permutaban en su orden según el humor con que se despertaran los dueños de cada establecimiento. Gracias a esta técnica, los lugareños se despistaban, concretaban mal sus citas nocturnas y, de este modo, a la hora de emparejarse en las promiscuas noches de fiesta, nadie se encontraba nunca donde debía estar. Como ocurría con muchas otras prácticas, el amor, la economía y el equilibrio social terminaban dependiendo de elementos ajenos a cualquier ley derivada del uso de la lógica. Si, como he dicho, el ánimo con que despertasen los encargados de cambiar los carteles de ambas terrazas intervenía directamente en el destino de las personas, éstas daban en concluir que la ausencia de método aseguraba una diversión que nunca podría proporcionar un reglamento que terminase con los constantes equívocos. 

Sin ir más lejos —y por poner un último ejemplo de cómo se aceptaban las leyes no escritas— en el final mismo de la carretera, junto a la playa, se levantaba una gallera donde la sangre de cada combate se renovaba sin descanso. La razón de tamaña afición a las peleas de gallos atendía a la necesidad de mantener el equilibrio económico de los habitantes de Terreno. Día y noche se jugaban los cuartos, se empobrecían un poco o se enriquecían otro tanto al compás de los espolones, los picotazos y la resistencia de las aves. Y es que, en realidad, era del todo indiferente quien ganara o perdiera. Dado que en aquella época a nadie le había surgido la idea de crear un negocio de préstamos o de ahorros con promesas de beneficios, acumular papeles con números y pasar penalidades por llevar a cabo ese ejercicio carecía por completo de sentido. Para jugar se utilizaban piezas de metal que databan de fechas tan inverosímiles como sus procedencias. Téngase en cuenta que el dinero tan sólo tenía una puerta para entrar en Terreno: los nuevos colonos. Perdidos en su búsqueda de la prosperidad, al encontrarse con la alteración de la humanidad que era este pueblo, determinaban echar raíces y quedarse en Terreno echando también a perder el valor irreal del dinero con que habían llegado. ¿Qué comprar o vender si nadie necesitaba nada, si lo necesario se encontraba al alcance de la mano? De ahí que alguien propusiera la idea de construir una gallera y, de ese modo, darle algún uso a las monedas que resistían el manoseo del tiempo mucho mejor que el papel de los billetes que, con celeridad inusitada, terminaba desapareciendo para siempre. 

La construcción de la gallera trajo de la mano el consabido y eterno sistema de apuestas y, con ellas, la búsqueda de un aliciente para que quien ganase se sintiera vencedor y para que los perdedores no sufrieran al verse derrotados. Así, el dinero de los afortunados se ponía de inmediato en circulación pues el triunfo merecía siempre un convite que se apañaba, de forma tácita, en las casas de los perdedores. Éstos se encargaban de proporcionar las viandas que, o bien habían pescado, o bien habían criado, o bien habían recolectado. Así mismo, debían cocinarlas, servirlas, degustarlas al igual que los ganadores, y regarlas con el ron de caña que ellos mismos habían destilado. Ni que decir tiene que, al finalizar el festín, los perdedores también debían cobrar por los servicios prestados. El dinero volvía a ponerse en circulación y, al concluir la transacción, todos se largaban tan contentos, tan amigos y tan dispuestos a volver a la gallera al día siguiente. Perder y ganar, en definitiva, resultaba la mejor manera de pasar el tiempo con los amigos y la familia por lo que, de ninguna forma, surgió la idea de prohibir una práctica que los gallináceos ya ejercían en los corrales sin que el hombre mediase o sacase partido de tan violenta disputa.

Lo que se puede añadir a lo dicho sobre el pueblo, en aquellos tiempos anteriores a la llegada de Don Antonio Manrique, es que era un paraíso al que le faltaba de todo para dejar de serlo. Hoy por hoy, muy al contrario, tras la construcción de la mansión amurallada de Don Antonio, tras proceder a asfaltar la carretera principal por orden de éste y tras la llegada de obreros especializados, ávidos de rutinas, de comodidades y de mostrar el poder de su dinero; al pueblo se le han acabado las carencias. Nada queda ya de aquel edén y nadie, salvo éste humilde doctor en leyes y medicinas que les escribe, echa de menos una pérdida que, siendo justos, tampoco ninguno de sus habitantes valoró como un bien digno de recibir defensa.

Y hasta aquí llego en lo que se refiere al antes y al después de Terreno. No abundaré en descripciones del ahora pues todo el ahora es lo contrario de lo descrito, se conoce en el mundo entero y por esa razón no merece más tiempo que el que le hemos dedicado ustedes leyéndolo y yo redactándolo. En sí, que les haya detallado estos pormenores, poco aporta a esta extensa misiva salvo en lo que se refiere a una exigencia mía: explicar lo que puede hacer uno sólo de ustedes cuando se instala en un sitio inocuo como fue Terreno hasta hace treinta y tres años, cuando llegó Don Antonio a buscarse la conciencia.

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