lunes, 4 de agosto de 2014

TERRENO (Capítulo III)


Ilustración: Isabel Ruiz


Han llegado las lluvias y Terreno hiede.

El vapor de la muerte, macerado en los fangales crustáceos de las fosas comunes; se enreda en el fecundo aroma de la vida, fractura su espíritu y violenta su función hasta adormecer el sentido del asco.

A lo largo de las dos últimas semanas, las tropas se han dedicado a la labor sanitaria de ocultar los espantos cometidos. Sin criterio ni selección alguna, sin atender a lápidas ni señales delatoras, los cuerpos de la masacre se han ido enterrando a marchas forzadas bajo la supervisión de un teniente barbilampiño novato en estos jaleos que acarrea la muerte que, más afanado en la necesidad de escapar del dictado de la verdad, del retrato cercano, del crimen múltiple y tangible; ha optado por cubrir los cadáveres en lugar de sepultarlos con garantías salobres. Así, infantil y estúpido, el joven teniente ha utilizado la selva y sus pantanos como quien usa una alfombra para encubrir el polvo de toda la casa. 

Imaginen el resultado de semejante solución; comprendan su efecto cuando llegaron estas lluvias con todo su trópico a cuestas; intenten pisar esa alfombra que se deshilacha con cada nuevo aguacero; descubran ese polvo oculto y acumulado; vean cómo se transforma en fango de río, en marisma, en ciénaga; vislumbren todo ese agua en movimiento, ese manantial celeste ahogando la piel atropellada por las balas; ahogando la carne rasgada; ahogando las vísceras hinchadas de cientos, de decenas, de milésimas de muertos; persigan ese agua que inunda cada célula desprendida, cada gen aniquilado, cada átomo roto y liberado… Atiendan a esa reacción, al revuelo químico de los elementos putrefactos, a su fluctuación larvaria sobre cada alimento, sobre cada bebida, sobre cada envoltura y cada tejido; saboreen, chasqueen lengua y paladar, hagan un buche si lo consideran necesario y sepan que todo cuanto perciben, ese olor nauseabundo que es también gusto, tacto, vista y equilibrio; es su propio tufo, el que desprenden todos ustedes, esa mugre invencible que se adhiere al silencio de la historia, esa ponzoña afilada que penetra en la vida cuando muere la inocencia, ese instante explosivo que derrumba el clamor de la justicia y la convierte en conocimiento deshojado. Sí, señores, imaginen todo esto y, de ese modo, sabrán con completa exactitud el volumen intangible del hedor de Terreno; lo que respiramos, comemos y bebemos; la sentina de su aliento; la fetidez de su legado.

Pues bien, como si yo supiera qué hacer para poner remedio a la pestilencia, los mandos han dado orden a Oswaldo Núñez —el sargento encargado de las incursiones nocturnas— de hacerse con mis utilidades y asesoramientos. De nada han servido mis alegaciones en contra. “Soy doctor en humores que no en olores”, les dije hace tres días intentando simular mi contrariedad con un dicho de mis tiempos de estudiante que, como debí adelantar, no fue comprendido pero si divirtió por su rima. Tanto me dio hablarles de mi ignorancia como explicarles que el problema se agravaría, cosa que de hecho ha sucedido. Y es que las tempestuosas lluvias de agosto, al precipitarse con mayor constancia que en tiempos parecidos, han buscado su hueco en la tierra y, al encontrarlo, han terminado por reflotar los cadáveres de ahora y los ataúdes de siempre.

Mis excusas y advertencias tan sólo llevaron a los oficiales a variar la formulación de su orden inicial. Lograron, de este modo, que la fuerza del mando aplastase la inteligencia de mi breve razonamiento y la gran posibilidad de mi pronóstico. La orden, aún básica en su concepción —y errónea al intentar ser aplicada en esta zona y en esta época—; pasó a ser un mandamiento general, neutro e inabarcable, fundamentado todo él sobre los restos de una idea vacía. Es éste, según creo, el método por el cual se acostumbra a saldar cualquier duda y cualquier disputa en el ejército. A buen seguro que la frase más empleada, durante esa caída torrencial que posee todo dictamen, transmitida de escalafón a escalafón, de desastre en desastre, debe ser la misma con la que venimos manejándonos Oswaldo y yo mientras las excavadoras horadan las zonas de enterramiento, mientras el querosén en llamas achicharra los cuerpos y mientras el humo negro y cenizo representa batallas que nunca se lidiaron: “Soluciónenlo como crean que es mejor y, si lo mejor no funciona, soluciónenlo como sea”.

El sargento, al escuchar la aseveración de sus superiores, se cuadró con un ímpetu que rozó el ridículo de los juguetes de muelle. Yo, sin embargo, hice un último esfuerzo por librarme del futuro desbarajuste aludiendo a Don Antonio y a la necesidad que tiene mi paciente de tener cerca a su médico.

“Tranquilo, doctor, que si a Don Antonio le ocurriera algo ya le mandamos a buscar”, me respondieron al tiempo que me mostraban esa sonrisa suya de bruja de cuento, esa sonrisa sagaz con que me vienen respondiendo, día tras día, desde ese mismo momento. Cada noche, al regresar de nuestras labores funerarias, hago una nueva intentona. Por mucho que haya vilipendiado la transformación del pueblo, la pérdida de la naturalidad incauta de sus gentes y la serenidad con que lo práctico mandó al cuerno la aparente inutilidad de lo imprevisto; por mucho que haya denostado la influencia inoculada por Don Antonio en las necesidades vitales de Terreno; y por mucho que yo quisiera la realidad de una manera y la realidad fuera de otra; el hecho de asistir al desenlace de un pasado tan vivo y de un presente tan huero, me sume en una profunda sensación de derrota y en la fiebre tenaz de la ira. Contemplar la sencillez del tiempo detenido, constreñido en el embudo de semejante desmán, no hace sino exacerbar el odio que siento por ustedes como ideólogos, por Don Antonio en su calidad de causa y efecto, y por todo este ejército suyo, ávido, servil y cagón; incapaz de distinguir entre defensa y ataque, entre lo justo y lo injusto, entre lo positivo y lo negativo de cada acción. Este ejército mimetizado bajo el telón de la impunidad con que han fabricado sus leyes; este ejército armado con la ración de poder absoluto que distribuye el miedo; este ejército valedor perpetuo de planes que no remedian nada; que concluyen, como esa orden vacía que baja en cascada escalafón tras escalafón, desastre tras desastre—, en la operación militar de un juguete autómata, de un muñeco de muelle que se cuadrará ante sus superiores, que aplaudirá cada obligación con un choque de tacones y que, sin que se distinga en él la más simple reflexión ética, aplicará la fórmula más sencilla para consumar su orden, dar la respuesta final que se le exige y obtener, sea como sea, la solución definitiva que precisan ustedes. 

Y es debido a este odio que padezco que, mientras les escribo, cumplo mi propia imposición, una orden interna cuya finalidad reside en dar fe de los hechos, poner en conocimiento de todos ustedes cuanto he descubierto y darlo a conocer a la parte del mundo que tenga a bien leer cuanto les escribo. Para lograrlo me ha sido preciso datar con exactitud todo lo que aquí cuento. Lo considero indispensable para impedir, entre otras muchas posibilidades, cualquier argucia legal que pudiera ser esgrimida en tribunales y despachos. De no hacerlo así, además, este testimonio podría perder verosimilitud ante sus hijos o sus nietos a quienes —siguiendo principios que no entenderán— también pretendo localizar para hacerles cómplices de esa parte de la verdad que todo culpable desea ocultar, que ustedes, a buen seguro, procuran sepultar y que, sin que nadie lo evite, arrojará sombras y dudas sobre la versión casta que ellos puedan tener de la vida y actos de sus progenitores.

Dado que soy doctor en leyes y a su estudio he dedicado gran parte de mi vida, afirmo que no existe venganza más apropiada que la que proporciona la justicia y yo, con su búsqueda, tan sólo anhelo legalizar mi desquite, el del pueblo entero de Terreno y el de los seres bondadosos del mundo que, sin conocerles, perciben su existencia con sólo atender a los estragos que en él provocan. Por desgracia, también debido al ejercicio de mi profesión, sé que la justicia es un ideal; que poca imparcialidad se puede esperar de hombres y mujeres que juzgan a otros hombres y a otras mujeres; y que, en estos términos, tratándose de seres cuyo poder alimenta amenazas, peligros y cuitas, más expiación promueve el devenir de los acontecimientos que la intervención de tribunal alguno. Este testimonio, por tanto, y el castigo que les imponga el destino, ya sean ustedes padres ahora, ya sean abuelos mañana; intervendrá en su pasado, sobrevolará todo el futuro que quede para sus respectivas estirpes y, como si de una maldición se tratara, malogrará cuanto sus vástagos crearan en virtud haciéndolo nacer con esta mancha que no limpiarán oraciones ni bautismos.

He de añadir, y así concluyo este tercer apunte, que gracias a estos detalles he logrado hilar la cadena de contingencias que devino en dos sucesos claves para entender todo este asunto: por un lado, como ya saben, que Don Antonio Manrique descubrió su conciencia a las diez y quince minutos de la mañana del 23 de marzo, a esa hora precisa y en ese día concreto del presente año; y, por otro lado, que yo, tras leer un pequeño diario al que se aferraba el enfermo como pretendiendo sujetarse el alma, sepa con exactitud qué ocultan ustedes y por qué han mandado a matar a todas las gentes de Terreno si es que esa solución fuera necesaria.

ME SIGUEN EN Google+

Seguidores