lunes, 1 de septiembre de 2014

TERRENO (Capítulo V)


Ilustración: Isabel Ruiz

He de confesarles que no me sorprendió descubrir que Don Antonio Manrique no es la persona que decía ser.

En las múltiples analíticas y reconocimientos a los que se sometió en la última década, la huella de su salud no hacía otra cosa que contradecir la posibilidad de los años que aseguraba tener. El organismo de mi paciente comenzaba a secarse y no era la muerte quien lo sometía a este proceso sino la vida misma. Ante semejante evidencia poca cosa podía hacer yo, su médico, para evitar pensar que si alguien mentía en cosas tan superficiales como la edad, con toda probabilidad intentara ocultar asuntos más oscuros como lo hecho, lo perdido o lo encontrado. En cualquier caso, poco me importaban a mí los motivos de Don Antonio para mantener un embuste tan pueril. Seguí su carrete sin contradecirle ni desvelar una sospecha que, con toda seguridad, me acarrearía problemas y que, ahora, tras la lectura del diario, a falta de sorpresa por haber averiguado sus muchas mentiras, lo que sí me acarrea es un profundo e irremediable aborrecimiento.

Este escombro humano que se encoje y retuerce en su camastro desde hace algo más de dos meses, ni se llama Antonio, ni se apellida Manrique, ni su edad se corresponde con la que marca su pasaporte. Tras leer de inicio a fin lo descrito en ese librito que conseguí arrebatarle con tanto esfuerzo, lo único que puedo decir de su verdadera identidad es que mi paciente atiende al nombre de Ezequiel. Y lo sé porque, pegada en una de sus cuartillas, una foto muestra a Don Antonio joven, vestido con uniforme militar de gala, y en la esquina inferior, a la derecha, aparece una dedicatoria un tanto borrosa que reza: “Con todo el amor de este nuevo oficial. Tuyo siempre: Ezequiel”.

Por desgracia, en todo lo narrado en el diario no aparecen los apellidos verdaderos de Don Antonio, no se menciona la fecha de su nacimiento y mucho menos el lugar del mismo. Todo esto resulta normal si consideramos que el texto no pertenece a mi paciente sino a otra persona, en este caso a una tal Araceli Samaniego pues así se anuncia en la primera página del breviario. Del  mismo modo, se puede deducir por lo leído —que en apariencia no es otra cosa que el reflejo de las fechas y los encuentros inconexos con su queridísimo Ezequiel— que esta mujer fue novia de juventud de Don Antonio o, en todo caso, atendiendo a lo manuscrito, una amante sumamente cercana y profundamente enamorada de este miserable. He de reconocerles que tampoco me ha causado sorpresa esta posibilidad. Sé bien, por lo acaecido en Terreno durante el primer año de la revolucionaria estancia de Don Antonio, que el amor atiende donde nadie mira y se ciega con lo que todos advierten.

Lo que sí me impactó fue otro hecho, una constatación que roza lo cómico y ensalza la ironía de cada una de nuestras acciones cuando conocemos su repercusión. Pese a haber redactado cientos de documentos en su nombre; pese a haber acreditado en ellos que mi paciente era el dueño de las tierras que circunvalan Terreno; pese a haber dado fe de que le pertenecían el banco, la gasolinera, la nueva central eléctrica y todos los negocios posteriores que fueron abriendo sus puertas en el pueblo a lo largo de sus años de omnipresencia; puedo atestiguar, y confirmar sin miedo a equivocarme, que nada de todo esto es suyo, que de nada es propietario. Ni siquiera de la presa que mandó construir para desecar los pantanos, ni siquiera de esta mansión donde pernoctamos todos, ni siquiera del sucio pijama que lo cubre. No, nada de esto le pertenece. Tras tanto batallar para hacer de Terreno un lugar que nadie pidió ni propuso; tras tanto gastar su fortuna a manos llenas con tal de conseguir demostrar los beneficios de su progreso; tras tanto odio concentrado en una idea obsesiva; todo cuanto firmó lo firmó en falso y soy yo quien guarda la única prueba que lo demuestra. Como les digo, una auténtica ironía.

Pocos años de diferencia separan al Ezequiel de la foto del Don Antonio Manrique que conocí una tarde de enero, treinta y tres años atrás. Recuerdo que me encontraba aprendiendo los secretos del dominó en el hostal chino que, en aquella época, había dejado de ser la primera vivienda que encontraba el viajero perdido al llegar a Terreno. Nuevas familias, constituidas gracias a ese reparto equívoco del amor entre los habitantes del lugar, habían seguido la tradición de esquivar las zonas pantanosas y alargar la longitud del pueblo. Vivienda a vivienda se habían asentado más allá del hostal del clan chino, desaparecían tras un desnivel y aparecían cientos de metros más lejos subiendo una cuesta que se adentraba en la selva y perdía su cualidad de sendero. Por esta razón, por causa del desnivel, lo primero que se dijo de Don Antonio es que había nacido del mismo camino. Y, en cierto modo, así era. Su sombrero de paja fue lo primero que vi aparecer, flotando y bamboleándose a ras del suelo, según el desconocido se acercaba a mi posición. Una bandada de niños corrió hacia él y, tal y como solían hacer con cada nuevo náufrago, mostraron sus capacidades saltimbanquis acompañándolo con cabriolas y saltos mortales. Don Antonio vestía completamente de blanco. Blanco era su calzado, su pantalón, su cinturón; blanca era su camisa, blanca la sahariana que colgando de su mano derecha llevaba echada a la espalda y, como si se tratase de una promesa, hasta era blanca la cinta que adornaba la copa de su sombrero. La luz del sol parecía emanar de su atuendo hasta el punto de verme obligado a hacer parasol con las manos para seguir su recorrido. No pude distinguir sus facciones hasta que llegó a nuestra mesa y cuando lo conseguí pensé que un ángel había llegado a Terreno. Pálido y altivo, de fuerte mentón, nariz delgada y recta, y unos ojos verdes que por momentos emitían destellos marinos; aquel hombre me provocó tal conmoción que durante unos instantes tuve la tentación de postrarme ante él y, arrepentido por mi vulgar fealdad, suplicar perdón por el mero hecho de pertenecer a una humanidad capaz de engendrar a seres tan perfectos.

“¿Cómo se llama este lugar?”, preguntó con un acento castellano severo y pulcro que desvelaba su procedencia indiscutible. Atendí a su curiosidad y le ofrecí un odre de agua que descansaba a mis pies. Él no aceptó al tiempo que me recompensaba con una sonrisa pequeña y amable. “¿Dónde puedo comprar gasolina? Mi vehículo se ha quedado seco a un kilómetro de aquí, aproximadamente”, explicó a continuación para dar así origen a todos los males de Terreno.

En ocasiones, durante estos días aciagos, pienso cómo hubiese cambiado el destino de haber conservado el combustible que extrajimos de los veleros y que, de forma tan poco juiciosa, fuimos gastando en experimentos energéticos que nunca dieron resultado. También me veo acompañando a Don Antonio a rellenar el depósito de su jeep militar y despidiéndome de él agitando la mano durante un largo rato. Veo incluso la polvareda que levantaba aquel trasto perdiéndose en el millar de rumbos de la selva y luego regreso a esta habitación y recuerdo lo que ocurrió en realidad.

Lejos de asombrarse ante nuestra carencia de combustible, Don Antonio sonrió una vez más. Preguntó a continuación por la existencia de algún teléfono desde el que poder llamar para solicitar ayuda y, dado que la respuesta fue la misma, se limitó a examinar, sin moverse del sitio, todo cuanto permite a la vista la longitud del pueblo. Divertido e incrédulo me sometió a un interrogatorio rápido y conciso: ¿Qué había a la izquierda, a la derecha, al norte y al sur? ¿Qué actividades se desarrollaban en el pueblo y de qué vivía la gente? ¿Quién era el alcalde y quién el jefe de policía? ¿Cuál era la proporción de hombres y la de mujeres? ¿A qué distancia estábamos del mar?

Para finalizar me preguntó cuál era mi oficio y, al responderle irritado sacando a relucir mis muchos títulos, indagó sobre la causa de semejante retiro para un hombre tan instruido como yo.

“La sabiduría sólo me ha enseñado a perderme y, en este maravilloso lugar, la ignorancia me ha enseñado a encontrarme”, respondí.

Él movió lentamente la cabeza sin apartar sus ojos verdes del camino de Terreno. Acto seguido, con un ademán medido y ensayado, dio media vuelta, prometió que nos veríamos pronto y marchó por donde había aparecido.

No había pasado un mes cuando, precedido por una excavadora colosal, Don Antonio reapareció en Terreno a la cabeza de una columna de camiones, hormigoneras y furgones cargados de materiales y obreros. Detuvo la comitiva en el punto preciso donde se había construido la última vivienda del pueblo y allí mismo dio la orden que transformaría toda nuestra existencia: mandó que, de forma perpendicular al camino de Terreno, se creara un camino nuevo que concluiría en la explanada donde, una semana más tarde, comenzó a edificar esta mansión. Repartidas las ordenes dejó atrás a obreros y capataces y, a toda velocidad, subió el desnivel tal y como hiciera el día que lo conocí. No me halló esta vez jugando al dominó pero las gentes de Terreno, niños, mujeres y hombres que, agolpándose, sucumbían por primera vez a la tentación de la curiosidad; supieron indicarle dónde me encontraba. Dos horas más tarde, tras un debate intenso sobre lo que pretendía hacer, contrataba mis servicios como contable, abogado y notario. Años después también me convertí en su médico.

Pero ustedes a buen seguro que recuerdan todos estos pormenores y apenas si les ha causado sorpresa esta quinta parte de mi relato. Saben cómo comenzó todo del mismo modo que conocen el nombre real de Don Antonio, que conocen su edad, que conocen dónde vino al mundo y, sin lugar a dudas, también saben de esa mujer, de esa Araceli Samaniego que, tal como data en su diario en el mes de febrero de 1978, en España, decidió describir con todo lujo de detalles su relación sentimental con un joven oficial del ejército de tierra español. Un relato entrecortado, retozón de encuentro amoroso en encuentro amoroso, cursi en algunos momentos, sexualmente explícito en otros y, en apariencia, completamente fútil para que, por su causa, hayan cometió ustedes una nueva oleada de crímenes que, aunque me duela reconocerlo, dista mucho de acercarse a los que cometieron durante décadas, de una forma inimaginable, en su propia patria, en su propio terreno. 

Para leer el Capítulo VI pincha aquí.


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