lunes, 15 de septiembre de 2014

TERRENO (Capítulo VI)


Ilustración: Isabel Ruiz

Miré el reloj al escuchar el primer alarido.

Desde mi despacho en la segunda planta, donde también se alinean los dormitorios destinados a las visitas importantes, pude escuchar a Don Antonio comenzar su ritual de insultos acompañados del lanzamiento de todo tipo de objetos contra una servidumbre que, este último año, antes de que todo el mundo se marchara definitivamente, se había quedado reducida a una mucama de nombre Danae —encargada de la limpieza general y de las funciones de enfermería— y a un mozo que atendía al grito de Rómulo y que, de forma infructuosa, como quien pretende detener el movimiento, intentaba hacerse con la floresta incontinente del jardín, con el mantenimiento de los vehículos de Don Antonio y con los recados de la intendencia de cada jornada.

Ambos, mucama y mozo, estaban emparentados de una forma poco tradicional puesto que ella era, al mismo tiempo, hija y tía de Rómulo debido a uno de los constantes desaguisados que provocaba la lujuria, la confusión y la oscuridad en las antiguas noches de Terreno. Siendo innecesario que les dé explicaciones de cómo se hizo posible tamaño desbarajuste, si he de señalar que la consanguineidad repercutió de forma rocambolesca en Danae hasta el punto de engendrar a un ser bello pero imperfecto. La muchacha, para su futura desgracia, nació sin el meñique de cada mano y esta carencia promovió errores permanentes en las pocas cuentas que aprendió a realizar. Por mucho que se afanase, cualquier enumeración, realizada dedo a dedo, se le complicaba si debía superar en la cuantía al número ocho y este fenómeno, más que ningún otro, sacaba de sus casillas a Don Antonio. 

Si el dueño de la casa, antes de echar a perder su fortuna, había maltratado a todas las mujeres que tuvo a su servicio; con Danae logró superarse pues, sabiendo que en el pueblo ya nadie quería trabajar para él, se veía obligado a soportar a la joven y este factor aún lo encolerizaba más. Sin llegar a ponerle la mano encima, la táctica de Don Antonio para atacar a la mucama consistía en algo mucho más perverso e indemostrable que aquellas otras ya empleadas con sus anteriores asistentas. De forma sistemática procuraba que la fortuna deviniese en accidente, en una complicación aparentemente aleatoria que, por un lado, siempre llevara a Danae a cometer un nuevo error y que, por otro, proporcionase a Don Antonio un sentimiento de venganza cumplida que culminaba con el regocijo secreto, teatral e infantil, del lanzamiento y ruptura, contra paredes y muebles, de cuanto tuviera a mano y que multiplicara los quehaceres de su resignada asistenta y enfermera.

“Yo romperé de diez en diez lo que tú cuentas de ocho en ocho, así aprenderás lo que son los números”, solía murmurar cuando veía a la muchacha arrastrándose para recoger los múltiples vidrios rotos y diminutas astillas del mobiliario.

Por este motivo, lejos de correr siguiendo el instinto primario de procurar ayuda a la pobre Danae, cuando se inició lo que consideré griterío y mortificación, me entretuve con un pasatiempo habitual, impropio del hombre que fui antes de conocer a Don Antonio. Y es que el hastío, como un grifo mal cerrado, había ido llenando el balde de mi ánimo sin apenas darme cuenta. Tras años de chillidos, de abusos, de vajillas rotas, de botellas, de vasos y jarrones lanzados contra las espaldas y cabezas de los sirvientes; la urgencia se me había adormecido. Nada se podía hacer para calmar la furia del supuesto dueño de casi todo Terreno. Intentar aplacar sus ataques de ira conllevaba un riesgo que crecía sin límite si alguien se interponía entre él y sus víctimas.

La primera y única ocasión en que salí en defensa de un miembro del personal fue la noche de la fiesta que ofreció Don Antonio para inaugurar esta mansión. Recuerdo cómo me agarró por las solapas del traje que él me había obligado a comprar en la capital y cómo, llevándome en volandas, me estrelló contra uno de los muebles de caoba que había ordenado adquirir en la mismísima India. Colocó su antebrazo haciendo presa en mi garganta y, con lentitud, elevó el dedo índice de la mano que tenía libre hasta que lo oprimió contra mi sien, como si me encañonase. Aguardó la llegada de mi pánico mientras esos ojos suyos, cual fiera hambrienta, desgarraban mi poca hombría. Cuando ya me tenía a un punto del desmayo, elevó la voz para que lo escuchara todo el servicio y dijo:

“Nunca defiendas la torpeza de uno de éstos. Tú eres blanco. Hablas, respiras y hueles como un blanco por mucho que te hayas cepillado todos los cueros negros de este pueblo de mierda. Y si eres blanco, tu misión es estar a mi lado, tu misión es predominar, tu cometido es dejar claro quién manda en Terreno, ¿me has entendido?”, y, acto seguido, tras ayudarme a recomponerme, me ordenó que echase a todo el mundo de la casa, ordenó también que le llevaran a su dormitorio una botella del coñac francés que había encargado importar por cajas, y se retiró dando por finalizada una jornada desastrosa.

Y es que aquel día, Don Antonio, supo que había construido su propia celda sin darse cuenta. No sólo se había atado al sueño de emular la táctica que emplearon todos ustedes cuando compraron la totalidad de la isla; se había encadenado, también, al proyecto de modernizar Terreno; a la aspiración de crear un paraíso turístico para las élites mundiales y a la necesidad de convertir su enorme inversión en un negocio rentable. Y todo ello iba a tener que sacarlo adelante sin que ustedes volvieran a apoyarlo. Porque ustedes, sus compañeros de fechorías y crímenes, sus mentores y jefes, abandonaron a Don Antonio a su suerte y así se lo hicieron notar cuando ninguno se presentó a aquella recepción que con tanto empeño había preparado mi paciente.

¡Cuánta dedicación puso al servicio de su primer fracaso! ¡Cualquier detalle debía ser atendido y puesto a punto, cualquier necesidad de sus invitados debía ser solventada!

Al dictado de Don Antonio yo mismo redacté el centenar de invitaciones, yo mismo escribí en los sobres cada cargo real y secreto, cada nombre completo y oculto, cada dirección concreta y escondida. Yo mismo concordé cada uno de esos datos en una lista que un Don Antonio más que ilusionado con su posición de anfitrión, sin advertir el enorme error que estaba cometiendo, me obligó a confeccionar con la intención de apuntar acuses de recibo, confirmar asistencias, asignar dormitorios, anotar dietas especiales, subrayar peculiaridades y gustos pecaminosos que necesitaran satisfacerse. Todo ello con el objetivo de demostrarles su valía, de adornarles el ego, de lograr su aplauso y conseguir su ascenso al club de los dueños de la situación, de los vencedores, de los amos.

No advirtió Don Antonio que, con aquella lista, con aquel correo pormenorizado, rompía un anonimato que ustedes se habían procurado comprando una isla —todo un estado— que les albergase y defendiese en el supuesto de que algún día se desvelaran sus acciones venenosas y criminales. Y de ahí que fuera plena su ausencia a la fiesta de la mansión aquella noche. De forma conjunta decidieron dar la espalda a su más servicial vasallo sin imaginar que Don Antonio, con el tiempo, con la constatación de su crimen genocida, buscaría su expiación atacándoles en el único flanco donde podía hacerles daño, aquel que se parapetaba tras un secreto del que se debían haber borrado todas las huellas.

Pero no hablemos de esto ahora y recuperemos los hechos de aquella mañana del 23 de marzo que tan lejana me parece ahora.

Cuando escuché el alarido de Don Antonio me dediqué, como ya he dicho, a ese pasatiempo vergonzante que consistía en mirar el reloj en la pantalla del ordenador, abrir mi cuaderno de notas y apuntar la hora en una nueva entrada que rellenaría más tarde con la descripción de los motivos que habían provocado el nuevo desaire. Llevaba este registro en un archivo ajeno a la contabilidad desde que Don Antonio decidiera dedicar una habitación para que hiciera las veces de mi despacho y, ya de paso, por si el trabajo me obligaba a pernoctar en la mansión, para que pudiera disponer de una cama y alguna que otra comodidad tecnológica. Así, según evolucionó la vida de Terreno hacia ese presente que disfrutaba gran parte del mundo, tuve primero un aparato de radio —gracias al cual volví a tener noticias de éste y de otros planetas—; llegó después un equipo estereofónico de música que heredé de mi cliente cuando su edad falseada comenzó a retenerle el oído y, como final evolutivo, concluyó con una serie de ordenadores que, como todo lo que ha existido en este mundo, fueron grandes, lentos y pesados en una primera época para que hoy en día, rematando su progreso y el mío, hayan terminado siendo pequeños, rápidos y ligeros.

Pues bien, fue a las diez y quince minutos de la mañana cuando escuché el grito y cuando lo apunté. Sin embargo, al contrario que en otras ocasiones, el grito me pareció de dolor y no de ira. Impulsado por la curiosidad salí del despacho y, en ese momento, le oí volver a gritar una frase que culminó en un llanto desgarrador, en una combinación de rugido y silencio.

“¡Fui yo!”,

Su voz y su llanto íntegro, violento y henchido de tristeza, llegaban desde la salita donde Don Antonio, día tras día desde que instalaran la nueva antena, veía las noticias del canal internacional de la televisión española.

“¡Fui yo!”, le oí exclamar otra vez mientras mis pasos bajaban la escalera con lentitud e intriga. De pronto comencé a escuchar una serie de golpes secos que fueron en aumento mientras Don Antonio repetía la misma frase enredada en su agonía: “¡Fui yo, fui yo, fui yo…

Aguardé temeroso al pie de la escalera sin llegar a mirar lo que ocurría veinte metros más allá, al final del pasillo que concluye en la salita. Resultaba más saludable no especular respecto a cómo podían terminar los ataques de ira de Don Antonio. Tras unos minutos interminables en los que los golpes se convirtieron en estruendo, todo cesó menos la amargura del llanto del dueño de la casa. Escuché cómo se cerraba la puerta de una habitación que imaginé como la suya y, por fin, me decidí a comprobar qué había ocurrido y cuál era el origen de los golpes.

Frente a una montaña de libros destripados en el suelo uno sobre otro, frente a las estanterías vacías de los diferentes muebles, se encontraba Danae, la mucama de Don Antonio, conteniendo la rabia y apretando con fuerza sus puños pequeños de cuatro dedos.

Me situé junto a ella asombrado. Desde el televisor llegaba la sintonía de un programa, de un documental. En las imágenes se veía a mucha gente levantando el puño, como hiciera nuestro falso cura años atrás, mientras una cancioncilla repetía una y otra vez “Libertad, libertad, sin ira libertad”, o algo parecido. Como de costumbre se trataba del canal internacional de la televisión española. 

Intenté consolar a Danae pasando repetidamente mi mano por su espalda.

“¿Qué ha ocurrido esta vez?”, pregunté a la joven.

Ella me contestó que, al ir a retirar el desayuno, encontró a Don Antonio subido a una silla, llorando y gritando la misma frase que yo también había escuchado, rebuscando tras los volúmenes de las librerías del saloncito, tirando enciclopedias, literaturas compradas al peso, atlas y libros religiosos como si, al ver a la joven, le hubiese renacido el odio perverso que sentía por ella. Colérica por la reacción del dueño de la casa, y quizá para liberar las tensiones acumuladas, la sirvienta también arrancó a llorar y, entre ayes e invocaciones, vino a decirme que el señor Antonio, o bien se había vuelto completamente loco o Obatalá, dueña de los pensamientos y los sueños, le estaba susurrando sus secretos.

En lugar de dar pábulo a las supersticiones de la muchacha, procuré tranquilizarla y, cuando por fin dejó de enumerar santos, me hizo caso, salió del saloncito y aguardó alejada de la pieza a que yo intentase comprender qué había ocurrido unos minutos antes y se lo pudiera explicar.

Miré una vez más en derredor mío. Salvo los libros caídos y las estanterías vacías, todo estaba en orden. En el televisor un programa informativo había interrumpido la emisión del documental. Los rótulos circulares señalaban que el contenido del mismo atendía a un acontecimiento especial. Me quedé mirando el monitor sin saber qué hacer. Frente a él se encontraba el sofá regulado que solía usar Don Antonio. Una presentadora anunció que habían interrumpido la emisión del documental sobre la transición en España debido a que un tal Adolfo Suarez, que por lo visto había sido un presidente muy importante, había fallecido esa misma mañana.

Para leer el capítulo VII pincha aquí.


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