jueves, 2 de octubre de 2014

TERRENO (Cap.VII)


Ilustración: Isabel Ruiz


Ayer, en mitad de la noche, el silencio saltó por los aires.

La jungla rugió.

No sólo rugió. Grazno, silbo, aulló, croó, bramó, lloró y siseó. Como si toda ella conjurase un espectro, su sonido discurrió entre manglares, luneó ciénagas, rasgó palmas, lianas, musgos, cadáveres y putrefacciones hasta que, al llegar al espacio inmóvil, mustio y avejentado de Terreno, quebrantó el sueño de los supervivientes. Primero los hizo salir a las calles y, después, invadiéndolos con el invisible tormento de su estampido, los hizo correr de vuelta a sus viviendas, negocios y escondrijos en busca de cualquier alivio a la superstición que creció instantánea en sus mentes proclives.

En la mansión de Don Antonio, a eso de las tres de la madrugada, el estruendo despertaba a tropa y oficiales decretando un zafarrancho de combate anónimo. A mí —que desde hacía varias noches había regresado a mi dormitorio con la intención de vencer el duermevela— el escándalo me sacaba de la cama, me hacía tropezar con muebles y abandonos, y me llevaba hasta la única ventana de mi habitación para que, desde la altura, pudiese contemplar cómo se encendían las luces en casas, apartamentos y hotelillos. Sobrecogido y neutralizado por la estolidez con que nos arropa lo imprevisto, abrí el ventanal y recibí un golpe súbito, un impacto frontal, una conmoción inmóvil y oscilante al mismo tiempo. Una sacudida comparable al jugueteo de la vida clausurada en cada célula, similar a la pesadilla que, nada más despertar, se recuerda como un sueño incongruente. Un dolor inmediato se condujo hacia mis tímpanos y los hirió con un alfiler sordo, transmutado en silbido, en proyectil constante. Aún aturdido, cerré la ventana, bajé la persiana y, ya con el clamor ligeramente amortiguado, corrí hacia la entrada de mi dormitorio dispuesto a buscar mi botiquín para conseguir algodones con los que taponar, de una vez por todas, el estrépito salvaje.

De improviso, alertado por el instinto, detuve el impulso inicial de abrir la puerta y lanzarme, con la fuerza que restase en el fondo de mi vejez, hacia las cocinas donde guardaba mis utensilios. Al otro lado los gritos de la tropa se sumaban a las órdenes de los mandos. Reconocí la incongruencia del pánico, las carreras de los militares dando bandazos, lo mismo yendo que viniendo, pasando tan cerca de mí que, pese al bullicio de los hombres y al pertinaz chirrido de la selva, pude escuchar con relativa claridad cómo se impuso una decisión lógica. Colchones, mantas y muebles debían apilarse contra puertas, vanos, claraboyas y cristaleras. Y así se hizo para que, una vez más, la mansión de Don Antonio Manrique comenzara a descomponerse.

Durante unos minutos me mantuve inmóvil intentando dilucidar cuál de todas mis opciones sería la más conveniente. La soldadesca, sin duda, pronto entraría en mi habitación y desmantelaría todo cuanto de útil encontrase en ella. Debía adelantarme. Cuando entrasen no tendrían miramiento alguno, cumplirían la orden inmediata sin calcular los daños. Mientras la emergencia aplacaba el dolor en mis oídos y, al mismo tiempo, me concedía un respiro; valoré la disyuntiva: por un lado debía salvar mi ordenador y sus detalles, los archivos y las notas, mi informe de lo ocurrido transcrito día a día, llevado desde las simples anotaciones a lápiz hasta estos signos digitales que desgrana el cursor ahora, cuando ya todo termina y debo consolidar mi venganza. Por el contrario, se manifestaba en mí una necesidad inaudita de ofrecer resistencia, de atrancar la puerta, de hacerme con cualquier objeto pesado y evitar, a golpes, luchando hasta mi último aliento, que la canalla se sintiera libre de arrasar las pocas señales que mi paso por la vida me había permitido acumular.

Resolví hacer las dos cosas. Eché el pestillo y encajé, bajo el grueso pomo de bronce, el respaldo de una silla maciza que incliné a su vez para que hiciera tope con el suelo. Al menos esta defensa me permitiría ganar tiempo para razonar con precisión. Desconecté el ordenador, rebusqué los archivos importantes que nunca se informatizaron, aglutiné las pruebas que servirían en el futuro para atestiguar mi acusación y, al hacerme con todo ello, me dediqué a buscar un escondite que no pudieran descubrir los soldados bajo ningún concepto.

Llamaron a la puerta pero seguí a lo mío. Alegar que aquel estruendo animal me había ensordecido constituía una justificación admisible. Tan sólo debía acelerar el proceso de ocultación lo suficiente como para que, en caso de que los soldados intentaran forzar la apertura, la silla volviera a su lugar de origen. Con pliegos y carpetas bajo el brazo derecho y el ordenador portátil bajo el izquierdo, giré nervioso sobre mí mismo buscando un lugar que me permitiera camuflar los documentos y el aparato electrónico. Poco podía hacer mi vista, en medio de aquella oscuridad sonora, para hallar un escondrijo válido. Por mucho que ya se hubiesen acostumbrado mis ojos a distinguir las formas de los objetos, de los muebles y de los brillos azulados que silueteaban sus contornos, cualquier lugar se ofertaba como idóneo. Decidí recurrir al razonamiento y a la memoria en lugar de dejarme llevar por el engaño que me dictaban los sentidos. Con rapidez se formó una pequeña constelación de escondrijos plausibles.

Debido al forcejeo con el pomo de la puerta, la silla acusó la vibración y las patas de apoyo fueron deslizándose hasta perder la tensión requerida como contrafuerte. En medio del jaleo irreductible pude ver cómo el asiento de madera caía al suelo. El golpe careció de su propio sonido. Pasó a convertirse en una nota más de la estridencia. Un poco más allá, casi a ras del suelo, se encontraban, apilados en una estantería baja y alargada, los centenares de discos de vinilo que había heredado de Don Antonio. La puerta y el cerrojo comenzaron a mostrarse débiles según aumentaban las acometidas. Atendiendo una vez más al instinto —que dibujó una ironía en la idea de ocultar, tras toda aquella música, lo que a punto estaba de ser delatado por la cacofonía animal— me apresuré a entresacar bloques de álbumes y a introducir, en el hueco abierto, el ordenador, las carpetas y los documentos que aún no había clasificado. Por último, sin perder de vista la puerta que ya apenas si ofrecía resistencia, cogí un papel al azar, lo rasgue en varios pedazos y me los introduje en la boca. Pese a tener la garganta seca, mi organismo se comportó como debía. La saliva comenzó a humedecer el papel según lo masticaba. El cerrojo cedió y su manija saltó disparada. Escupí en mis manos la pasta de papel humedecido, hice dos bolitas con ella y las introduje en mis oídos. Acuciado por la angustia regresé a mi cama y tiré de la única sábana. En ese instante la puerta renunciaba a su misión y permitía el acceso a dos soldados que entraban en mi habitación, gritando furibundos, para tropezar con la silla y caer sobre ella, de forma cómica, uno seguido del otro. Fue en ese momento cuando sentí el aviso del subconsciente y, en lugar de experimentar satisfacción por el resultado final de toda la peripecia, recordé el diario de Don Antonio. La prueba definitiva de sus crímenes permanecía oculta en el dormitorio del dueño de la hacienda, a buen recaudo bajo el colchón de la cama de mi paciente donde sufría el dolor puro del despertar de su conciencia, donde nadie buscaría jamás mientras las condiciones de vida en la casa mantuvieran aquella dudosa normalidad. Pero ayer las condiciones de vida dejaron de ser normales en nuestra pequeña parcela del mundo, si es que semejante afirmación se podía aplicar al devenir de Terreno.

Pues bien, mi estratagema con los dos soldados funcionó. Saquearon cuanto creyeron útil y no habían pasado diez minutos cuando, ya vestido, bajaba hacia el vestíbulo acompañado de aquellos dos muchachos. Ambos habían imitado mi truco de los papeles y, mediante señas, se me mostraban muy agradecidos.

En la planta de abajo el ajetreo comenzaba a convertirse en desesperación. Colchones, mantas, cortinas, ropas y muebles tapiaban accesos y ventanales de la casa. Tan sólo la entrada principal permanecía abierta. Grupos de soldados ayudaban a entrar a aquellos compañeros que, ya estuvieran de guardia en los lindes de la hacienda, ya estuvieran patrullando las calles del pueblo cuando las bestias recuperaron el habla; ahora llegaban a la mansión por decenas. La honda sonora los había transformado en piltrafas acobardadas, temerosas de la muerte al comprobar cómo la sangre fluía desde sus tímpanos y cómo, obsesivo, el dolor reflejaba en su memoria el recuerdo del mismo dolor que padecían.

Miré en dirección al pasillo que conducía al dormitorio de Don Antonio y sentí un respiro al comprobar que su puerta permanecía cerrada. Con la excusa de ir en busca de mi botiquín me separé de mis dos acompañantes, los cuales, guiados por la lógica del miedo, se habían unido a mí conformando una especie de escolta donde, según yo lo veía, se confundían los papeles entre defensores y defendido. Pese a todo, la pantomima de la hombría no les dejó más opción que permitirme marchar en solitario.

Corrí hacia el dormitorio de Don Antonio y con un gesto, inútil pero acostumbrado, llamé a su puerta.

Meses atrás, durante la fatídica mañana del 23 de marzo, me encontraba en una situación similar. Don Antonio se había encerrado en su habitación y yo golpeaba la puerta sin lograr que, del otro lado, se me concediese el permiso para entrar. Sentí la tentación de tomarme una licencia arriesgada e introducirme en la estancia sin más. Por fortuna, distinguí a tiempo el impulso de la curiosidad camuflándose con ese otro, más propio de mis tareas, que pretendía prestar atención al dueño de la casa. De este modo, no interrumpí a Don Antonio y lo escuché manteniendo una conversación telefónica —que más bien era un gritar sin permitir respuesta— con alguien que, sin duda alguna, era uno de ustedes. Es posible que no pueda transcribir al pie de la letra cuanto dijo. Sus exclamaciones se enredaban unas con otras, se precipitaban por barrancos y lagunas ininteligibles y volvían a cobrar sentido pese a carecer de contexto. Lo que a continuación detallo, de cuanto gritó mi paciente, es lo que me dicta el recuerdo de mis sensaciones —así han de interpretarlo— que resta y suma sin lograr la exactitud y el rigor que se pudiera esperar de mi memoria. Más o menos dijo algo así:

“¡Lo he visto! ¡He visto lo que hicimos! ¡Asesinos! ¡Eso es lo que somos! ¡Unos asesinos! ¡Diles a esos hijos de puta que, aunque sea lo último que haga en esta vida, sacaré todo a la luz! ¡Se lo contaré al más miserable de estos negros! ¡Se lo contaré al más inteligente de estos blancos! ¡Se lo contaré al mundo! ¡Os haré famosos ya que tanto os gusta ocultaros! ¡Maldeciré vuestra historia y toda vuestra estirpe!  ¡No me vengas con calmas! ¡No necesito calmarme! ¡Lo he visto! ¡Ellos lo sabrán! ¡Se lo contaré! ¡Más de dos millones de personas muertas! ¡Años y años sin parar de matar gente, joder! ¡No hicimos justicia, no defendimos ningún ideal, no luchamos ni por el puñetero dios ni por la puñetera patria! ¡Nos llenamos los bolsillos! ¡Seguro que vosotros aún lo hacéis, hijos de mala madre, seguro que os seguís forrando! ¡Fui yo pero lo ideasteis vosotros! ¡Yo los maté pero vosotros pensasteis en cómo hacer de tanta muerte un negocio! ¡Y tengo la prueba absoluta que lo demuestra! ¡Tengo el diario de Araceli! ¡Se lo daré a ellos primero ya que a ellos también los he destruido! ¡Después se la daré al mundo, hijos de puta! ¡Pagaréis! ¡Pagaréis! ¡Pagaré...!”

De pronto, Don Antonio dejó de hablar y comenzó a llorar de esa forma inconsolable que, como ya saben, perduró hasta el día en que quedó mudo, hasta el día en que dio el pie a todos los animales para que callaran hasta nueva orden, ya fueran víctimas o verdugos, ya habitaran o merodearan la extraña suerte de Terreno. Entre los sollozos que me llegaban desde el interior, pude distinguir el sonido de sus pasos hasta que el quejido de su cama delató que se había tumbado. Fue entonces cuando me decidí a entrar en la habitación, cuando lo descubrí hecho un ovillo, postrado en su cama y encogido sobre sí mismo mientras protegía ese librito del que tanto les he hablado, el diario que escribiera con detalle Araceli Samaniego, una mujer enamorada, la amante incauta que decidió que podía reflejar los viajes que realizaba junto a su novio Ezequiel, que podía detallar a quién iba conociendo de la mano de su reluciente oficial, que podía describir el lujo de cada casa donde él tenía una reunión, que podía mencionar el nombre y rango de todos aquellos militares, los Paternina banda azul —así los llama de cuando en cuando—, a los que pertenecía cada vivienda. Araceli Samaniego, una pobre mujer deslumbrada por un futuro que la permitía entrar en las casas solariegas, en los clubes de campo, en los chaletes; un futuro que la recibía como a toda una señora, que la pedía el abrigo, que la servía el té en compañía de auténticas damas; un futuro que se hacía posible, que estaba a un paso, que recibía en los despachos a su futuro marido y que la alejaba, definitivamente, de las miserias que sufría España. Un futuro, en definitiva, del que quiso hablar narrando cada presente en su diario, en esa huella que los delata a todos ustedes y que hoy no sólo se constituye en mi venganza, también cumple con lo que, aquella mañana del 23 de marzo, les prometiera Don Antonio Manrique, ese compañero de armas que ustedes conocieron con el nombre de Ezequiel.

Quitarle el diario a quien había sido mi patrón durante tantos años no resultó un asunto sencillo. Poco a poco, a lo largo de las jornadas que prosiguieron a su ataque de conciencia, concebí todo tipo de fantasías respecto a lo que se ocultaba en aquel cuaderno de apuntes con pastas duras y floreadas. No podía ser de otra manera: al mirarlo, y no poder curiosear en su interior, crecía en mí la idea de que la prueba irrefutable de un crimen terrible, a la que había hecho mención el día en que se descubrió la conciencia, era ese librito, el objeto que Don Antonio había buscado desesperadamente tirando centenares de otros libros ante los ojos de Danae, la mucama, que, rogando a todos sus santos, decidió poner tierra de por medio sin aguardar a que mis pesquisas dieran resultado. Rómulo, su padre y sobrino, siguió los pasos de la muchacha puesto que, en su caso, los lazos afectivos eran dobles. Y de esta manera, nos quedamos a solas los dos durante tres días. Don Antonio y yo. En medio de ambos, uniéndonos para siempre, el diario.

Viendo que el estado nervioso de mi paciente no se recomponía, decidí hacerme con la fuente de tanto sufrimiento. Durante aquellos tres días recurrí a milongas y cambalaches propios de un padre ante el llanto de sus hijos; practiqué juegos de intercambio que fracasaron cuando todo apuntaba a mi éxito y, ya en la noche de la tercera jornada, sacrifiqué las horas dedicadas a lograr que cediera, de forma natural, el tesón del dueño de la hacienda. Mediante la fuerza culminé mi triunfo dando paso, con mi acción indigna, a la progresión insoportable del llanto de Don Antonio.

Como ya les he contado en qué consistía todo lo que su autora quiso describir, no me extenderé más con lo que encubría su contenido. Ahora que mi tiempo llega a su fin, se me antoja más importante narrar cómo mi investigación unió puntos dispares y cómo terminé descubriendo qué habían hecho todos ustedes aprovechándose de la ignorancia moral de Don Antonio y del ansia de libertad de todo un pueblo mil veces más grande que Terreno.

Pues bien, gracias a aquellas notas alambicadas, gracias a los medios que la tecnología y el propio Don Antonio Manrique habían puesto al alcance de mi mano, y gracias a poder descubrir el documental que la televisión española había emitido la mañana en que este pueblo rubricó el final de su propia historia; di con la clave, di con el pasado de todos ustedes. El diario de Araceli Samaniego, en realidad, no hablaba de otra cosa que no fuera de ese pasado. Se recreaba en sus cargos, en su poder, en su filiación, y en esas ideas manifestadas por la mayor parte de sus esposas en conversaciones informales, a la salida de los ejercicios religiosos o en los brindis de los banquetes y cenas a los que asistió pletórica. Ideas y razones que, según expresan sus palabras, llevarían a la patria a recuperar el sentido del deber, la fe en Dios y el orden público. Su afán de escritora llegaba más allá y, así, la inocente mujer se dedicó a pormenorizar, con claridad y admiración, sobre las provincias que visitó junto a su amado Ezequiel: trató de costumbres y gastronomías, de arquitecturas y artes y, sobre todo, de los paisajes que descubrían en sus itinerarios dando énfasis a la fuerza y belleza de las costas que siempre aparecían cuando cada viaje llegaba a su destino. De este modo, la joven e imprudente Araceli Samaniego establecía un factor común en cada uno de los desplazamientos que realizó a lo largo de 1978: la cercanía del mar, de puertos y de capitanías marítimas que, pese a haber muerto ya un hombre al que siempre llamaba “generalísimo”, permanecían aún bajo la autoridad de militares marchitos, afines al régimen anterior, cuyo ejercicio de mando se delegaba de forma constante en las nuevas generaciones de oficiales. Es decir, en muchos de ustedes.

Ese mar constante, ese factor común, me llevó de una vez por todas, a establecer la clave que desvelaría el misterio por el cual se había masacrado a las gentes de Terreno.

Para leer el Capítulo VIII (final) pincha aquí.

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