lunes, 20 de octubre de 2014

TERRENO (VIII Final)

Ilustración: Isabel Ruiz

Tal como era de esperar, nadie me abrió la puerta.

El simple hecho de haber llamado a la habitación de Don Antonio ─solicitando un permiso que ya no era preciso─ simbolizaba el miedo acumulado durante tantos años. Pese a que el único enfrentamiento que mantuvo conmigo fue durante aquella recepción fallida a la que no acudió ninguno de sus invitados, mis cuidadas estrategias —pensadas para no equivocarme ni en gestos ni en palabras que pudieran volver a ponerme en peligro— habían terminado por convertirme en un espécimen extraño dentro de la categoría de los cobardes. Y era extraña mi cobardía porque era diferente, porque no se fundamentaba en el temor al dolor físico ni en el castigo psíquico como le ocurría al resto de los empleados. Mi miedo, en comparación con el de ellos, era preventivo y por esta razón lo sufría y acallaba de forma permanente. El personal de servicio, sin embargo, temía las palizas y los abusos de Don Antonio pero, aún atemorizado, no variaba su actitud. Ni las encargadas de la limpieza ni el equipo de cocina ni las camareras ni los jardineros ni los encargados de cuadras ni los chóferes se corregían. Todos ellos cometían los mismos errores, una y otra vez, hasta que el dueño, harto de oírse a sí mismo quejándose, harto de  abroncarlos con cada nuevo tropiezo  y harto, incluso, de ejercer tanto daño; terminaba echándolos.

En multitud de ocasiones llegué a pensar que aquel equívoco constante, en apariencia atolondrado, que tan sólo se materializaba en el desempeño de cualquiera de las tareas que les encomendara Don Antonio; se debía a un acto de resistencia pura, a una última batalla en defensa de la idiosincrasia primitiva y casi olvidada de los habitantes de Terreno. Confundirse y saber que la confusión cometida, por insignificante que fuera, había de tener el mismo destino en la apreciación del patrón que cualquier acierto, y, al mismo tiempo, saber también que Don Antonio no variaría esa conducta suya, torticera y decadente, por la cual todo error se convertía en desastre y todo acierto, en su proyección futura, terminaría por convertirse en error; enfrascaba al servicio en una confabulación que consistía no sólo en no enmendarse ellos sino en no anticipar el remedio a cualquiera de los accidentes probables y conocidos. Más de diez veces estuvo la mansión a un punto de incendiarse por la misma causa, con la misma grasa adherida a las paredes de extracción y desde el mismo fogón de las cocinas. Jarrones, lámparas de mesa y botellas con los licores más exclusivos; se situaban, por costumbre, en los límites donde peligraban las virtudes del equilibrio. Se promovía así que la brizna de aire ─despistada pero metódica─ que solía pasear por las estancias acompañando el albor de cada día, terminara por tropezar con los objetos, culminando, de este modo, un ritual de roturas disfrazado de inocencia. Yeguas y sementales de pura sangre, traídos desde España, adquiridos para proporcionar boato a la mansión más que disfrute a su dueño, lograban escapar de las cuadras, se enselvaban y perdían la doma hasta el punto que, cuando se encontraba a alguno de aquellos soberbios animales y, a duras penas, se conseguía conducirlo hasta la casa, nadie lograba volver a montarlo ya acudiera a la fusta, a la espuela o al lazo.

¿Qué decir de cuanto tuviera que ver con los automóviles que Don Antonio, a lo largo de los años, fue adquiriendo sin otro motivo que el de realizar un viaje a la capital que, a lo largo de los mismos años, fue posponiendo hasta el día de hoy? Toda nueva compra se malograba debido a los malos usos en la conducción y a los arreglos y sanaciones de los vehículos. Y es que, por mucho que hubiesen cambiado las tornas en la estructura del pueblo, por mucho que Terreno se hubiese llenado de todo tipo de transportes motorizados, y por mucho que se hubieran abierto garajes y que se dispusiera de un par de gasolineras; los conocimientos mecánicos se fracturaban víctimas de la inverosimilitud del tiempo. Mientras, en el mundo avanzado, la técnica viajaba a su velocidad de cadena, arrastrada por los acontecimientos evolutivos que obligan a la mejora de cada creación; en Terreno no se llegaba a entender que lo que aún funcionaba tuviera que abandonarse en pos de mayores velocidades, menor consumo de combustible o lujosas comodidades que, a todas luces, iban a reducir la fortaleza que precisaban los habitantes del pueblo para la realidad de sus vidas y de sus quehaceres. De este modo —cuando llegó la automoción, se preño el deseo y nacieron las envidias— los habitantes de Terreno aprendieron mecánicas para arreglar los modelos que lograron permitirse. Nada hicieron, sin embargo, por cultivar nociones sobre las nuevas tecnologías que imponía ese otro tiempo externo, raudo y voraz. Los vehículos que compraron en aquellos primeros años del progreso se reparaban permanentemente y, por repararse tanto, dieron al traste con las expectativas de los mercaderes de coches, potenciaron el negocio de repuestos obsoletos y promovieron que cada adquisición de Don Antonio hallara, al llegar a Terreno, un rápido ocaso y una pronta renovación que convirtió las cocheras en una necrópolis de autos en permanente descomposición.

En definitiva, se debiera a un ardid del servicio o a una sucesión de honestos despistes, el personal de la mansión fue reemplazado tantas veces como fue posible pero, pese a la llegada de nuevos trabajadores, no varió su condición desastrosa. Cuanto más sufrían a Don Antonio, más errores cometían y este efecto sólo se podía deber a que, por alguna causa ajena a mi condición, todos los que formaron parte de la servidumbre poseían una pátina moral que les hacía inmunes al miedo. Prueba de ello fue que, en todos los casos, prefirieron perder empleo, sueldo y horarios con tal de recuperar unas vidas que el destino premiaba con su incertidumbre suma. Regresaron, uno tras otra, a un Terreno desguazado, ramificado y arácnido, que nunca más volvería a ser el pueblo largo y estrecho, construido sin pensar en sus límites y, sobre todo, sin pensar que un día llegaría a él Don Antonio Manrique, con el infortunio disimulado tras la sombra de la prosperidad, para crear la primera esquina, para construir la segunda calle, para alquitranar aquel barrizal continuo por donde la selva pretendía, segundo a segundo, año tras año, recuperar lo que había sido suyo.

Ellos regresaron, yo me quedé. Ellos dejaron atrás órdenes, obligaciones y temores; yo permití que se me adueñara ese miedo que, sin duda, creó mi inteligencia. Consentí que mi aprensión premonitoria se me enroscara al alma filtrándose, sibilina, entre conversaciones con mi conciencia. Quizá tentado por el recuerdo de los placeres perdidos, di por buenos los nuevos lujos, las nuevas tecnologías y los nuevos aprendizajes, y fueron éstos, a traición, los que me volvieron a convertir en el hombre que fui antes de llegar a este pueblo casual, a este Terreno donde me llené de una felicidad sencilla olvidando, sin apenas esfuerzo, aquella otra felicidad de mi pasado, aquella banalidad opulenta, vacía e infecciosa que me convirtió en un ser triste y suicida.

Así fueron transcurriendo los días de mi vida, sirviendo fiel al hombre que pervirtió el orden lógico de la ignorancia de este pueblo, que trajo de su mano el desorden lógico del progreso cosmopolita y que, con sólo abrir un nuevo cauce en nuestro prolongado camino, logró pisar con su mundo complejo la naturaleza simple de nuestro pequeño planeta. Treinta y tres años degradándome hasta que, en la madrugada de ayer, mientras los soldados y sus mandos luchaban contra el estruendo animal de la selva, me vi, ridículo frente a su puerta, aguardando que un Don Antonio, completamente enloquecido, me diera el visto bueno para que entrase en su habitación.

Cansado de mi irracional pleitesía, aspiré hondo y giré el pomo de la puerta. Estaba cerrada. Por primera vez, en los meses transcurridos desde que llegaran las tropas, la habitación del dueño de la casa estaba clausurada desde adentro. Pensé que, debido a la humedad, la puerta podía haberse quedado encajada al haberse henchido la madera. Empujé con mis pocas fuerzas.

No hubo manera.

Sorprendido, me vi dando por buena una única explicación que pasaba por una realidad difícilmente imaginable: Don Antonio se había incorporado de un lecho que no abandonaba ni para hacer sus necesidades y se había encerrado en su dormitorio por motivos que, en mi imaginación previsora, eclosionaron siguiendo el torbellino del pánico. Entre todas las ideas que cruzaron mi mente, dos se abrieron paso: pedir ayuda, abrir la puerta a cualquier precio y, cómo no, rogar para que nada le hubiera pasado al diario de Araceli, el cimiento de todas mis conjeturas oculto durante meses bajo el colchón de mi paciente.

Seguí el impulso que dictaban dichas ideas para evitar que me paralizase la indecisión y, solicitando auxilio a voz en grito, me interpuse en la carrera del primer soldado que pasó a mi lado. Se trataba de un joven de una estatura monumental, de complexión oronda y unas facciones que delataban una más que probable falta de luces. El soldado paquidérmico detuvo su estampida y adoptó una ridícula posición de firmes. Mediante gestos y sobreponiendo mi voz al escándalo invasor, transmití la urgencia que requería la situación y, viendo que mis explicaciones no hacían otra cosa que confundir las pobres entendederas de mi colosal aliado, recurrí al principio básico de dictarle una orden concreta. “Tira esa puerta”, chillé y con eso fue suficiente. El soldado, sin más, obediente y autómata, sin analizar la resistencia del obstáculo, se dispuso frente a la habitación con una calma que contrastaba con el nerviosismo que imperaba en la mansión. En el pasillo se compuso una suerte de tauromaquia entre el soldado y el pórtico que debía derribar. El joven movió la cabeza de un lado a otro con la parsimonia de un rumiante y, de improviso, descargó una patada experta en el lateral correspondiente al pomo. Madera, manija, cerco y goznes reventaron y la puerta cayó al suelo de plano. Perplejo ante tamaña eficacia, palmeé la espalda del joven ariete. Éste me miró con expresión mustia y, entendiendo que ya había cumplido con su cometido, continuó su carrera imprecisa sin llegar a mediar palabra. Me dejó allí, inmóvil ante la estancia abierta y oscura, inerte en el vórtice de un huracán, temblando en medio de hombres desesperados que, armados y bien pertrechados, corrían de un lado a otro sin saber cómo combatir, cómo vencer, cómo domar el sonido conjuntado de los elementos y las bestias.

Desconozco de dónde saqué fuerzas para vencer la parálisis pero, tras unos segundos interminables, me vi cruzando el umbral de la habitación. El gran ventanal de la pieza estaba abierto de par en par. Más allá el amanecer despertaba una luz pálida y azul que, somnolienta, rasaba el mobiliario hasta chocar con la pantalla de la mosquitera que cubría la cama de mi paciente. Aún tardé unos instantes en acostumbrarme a la penumbra. En apariencia todo se encontraba en su sitio. Caminé hacia la ventana dispuesto a cerrarla y fue en ese soplo, en ese acto reflejo de cerrar lo que no podía estar abierto, cuando se manifestó el peor de mis pensamientos. En dos zancadas me planté frente a la mosquitera, la rasgué como quien escapa de una tela de araña y me di de bruces con lo incomprensible:

Don Antonio Manrique, tras meses de llantos, de gritos, de silencios, de muecas, mocos y hocicadas; había desaparecido, había abandonado el lecho, había cogido sábanas, cortinas y visillos y, sin lugar a dudas, había creado una escala para descolgarse por la ventana y escapar como si fuera el prisionero medieval de un cuento. Aún me pregunto cómo se las apañó para no dejar rastro de su cuerda de telas, cómo logró traspasar la seguridad del recinto y cómo perpetró, en la santabárbara improvisada de la bodega, el robo de la dinamita que utilizó después. El caso es que lo hizo y, con ayuda o sin ayuda, logró culminar una estrategia que, en aquellas incontables jornadas de delirio silencioso, debió dictarle el diablo mientras le desbarataba el cerebro.

Antes de alertar a los mandos procedí, desesperado y aturdido por la sorpresa, a buscar el diario bajo el grueso colchón. Pero mi apreciado librito, al igual que su dueño, también había desaparecido. Sufrí, de inmediato, un intenso brote de furia. En mi mente una idea atropellada y torrencial borraba todo lo que les he escrito, todo lo pensado y recopilado. Un augurio, que gritaba tanto como gritaba la selva, que aullaba tanto como aullaban los muertos de Terreno; me aseguraba, aumentando mi desesperación, que ustedes quedarían impunes de todos sus crímenes.

Nadie sabría jamás, con pruebas irrefutables, cómo orquestaron su plan genocida. Nadie podría demostrar nunca cómo diseñaron un ataque a la población civil española, a los trabajadores, a sus mujeres y a sus hijos, a los partidarios de un sistema democrático contrario a los deseos del dictador muerto. Nadie lograría constatar cómo, logrado el primer objetivo, la cadena de acontecimientos se hizo imparable, se convirtió en una pandemia y arrasó con la juventud de su país. Nadie, en definitiva, podría certificar cómo se organizó, desde las cúpulas militares y policiales, una ofensiva con parámetros bélicos, con desembarcos portuarios estratégicos, con sus movimientos de tropa, con su guerra de guerrillas, con su línea de abastecimiento, con su maniobra de desgaste y con sus fases de ejecución.

Lo que no fue posible en cuarenta años de dictadura, sucedió de pronto.

Ustedes saben a qué me refiero, lo han sabido desde que han iniciado esta lectura. Claro que sí. Ustedes, que habían vigilado las puertas, las abrieron de golpe siguiendo un plan medido. Un completo plan de guerra para que toneladas de heroína se distribuyeran desde las principales zonas portuarias e invadiesen no sólo los territorios de su país sino las capas sociales que, tras años de opresión, mediante unas simples elecciones, podrían decidir y tomarse un desquite que hubiese dado al traste con su hegemonía patibularia.

Y en todo ese plan, Don Antonio. Enlazando, coordinando, siguiendo órdenes secretas y transmitiéndolas. Y en toda esas acciones de Don Antonio, Araceli. Viviendo el espejismo de su ascensión social; describiendo en su diario los pormenores de cada viaje; firmando su hecatombe con cada letra escrita, reventando el destino de los habitantes de Terreno en su estúpido librito de pastas floreadas y logrando que yo mismo, hasta el amanecer de esta misma mañana, creyese que me iba a ser posible denunciarles, sacar a la luz todas mis investigaciones sobre sus actividades y, de una vez por todas, desterrar mi miedo cobrándome venganza. Sí, la pobre Araceli que nunca pudo imaginar que, en realidad, no cumplía otra función que la de simple pantalla, la de mero camuflaje, la de señuelo para que las reuniones ilícitas tomasen la apariencia de presentaciones en sociedad; de puestas de largo de un flamante oficial, y su futura esposa, en los círculos de poder del ejército y los servicios de seguridad del estado español.

Y en toda esa maquinaria perversa, ustedes. Llenándose los bolsillos como seguramente nadie pueda imaginar; construyendo sus paraísos fiscales y legales; comprando gobiernos y elecciones a golpe de talonario; interviniendo en los mercados, creando hambrunas y cataclismos comerciales; ejerciendo el poder y su voluntad sobre el torrente sanguíneo de su país sin que nadie pudiera llegar a culparles.

Sin embargo no pudieron prever que décadas después de todos estos hechos, en la mañana del 23 de marzo, moriría el que fuera presidente durante toda aquella época lejana. El hombre que dio pie a una nueva intentona democrática en su país y al que los canales internacionales de la televisión española dedicaron decenas de documentales. El hombre que, aún muerto, conjugaría astros y mareas para que Don Antonio terminara prestando oídos a uno de ellos que, como la mayoría, pretendía enmarcar los logros del presidente muerto dentro de la sociedad que le tocó vivir.

Dediqué un esfuerzo mínimo a dar con el reportaje en cuestión. Aquella mañana del ataque de conciencia de Don Antonio, no sólo había visto imágenes del mismo; debido a mi necesario estudio de los patrones de comportamiento del dueño de la casa, y gracias a los gritos de Danae, también había registrado en mi libreta el horario al que fue emitido. Dar con el documental en concreto fue un juego de niños. Descargarlo y revisarlo más de cien veces tan sólo me exigió una dosis superlativa de paciencia.

Hasta que di con la clave.

Y es que, ya al final de la pieza, casi de pasada, se hacía una estimación de víctimas por consumo de estupefacientes durante aquellos años de transición. Por otro lado, con apenas dos frases, la  narradora describía lo que supuso la aparición posterior de esa enfermedad llamada sida, transmitida de aguja en aguja, de fiesta en fiesta y de sexo en sexo. Para finalizar, se hacía un breve apunte que aludía a cómo el miedo al contagio de esta perseverante enfermedad, cambió el hábito de consumo hacia otra droga, destinada a las élites e inocua en apariencia, que multiplicó el consumo exponencialmente y se instaló de forma permanente en todas las capas de la sociedad. La cocaína que, como bien saben ya que les nutre a buen seguro, arruina de forma soterrada la economía de familias enteras y, en España, generó mafias autóctonas que se encargaron de su distribución por toda Europa.

Con sólo echar un vistazo a los puntos donde habían nacido estas redes mafiosas y pasar a compararlos, uno por uno, con todas aquellas capitales marítimas que habían visitado Araceli y Ezequiel en sus múltiples viajes; saqué una conclusión lógica e indiscutible.

Con toda seguridad, Don Antonio llegó a la misma conclusión aquella mañana. Entendió con claridad hasta dónde había alcanzado la ofensiva patriótica. En ella participó activamente y gracias a ella se enriqueció de forma ostensible. Y, con ese entendimiento, la conciencia real, la conciencia que no justifica ni admite engaño alguno, la conciencia que no puede soportar el peso de la culpa, se manifestó a gritos. Millares de muertos, convertidos de pronto en fantasmas verdaderos, no sólo señalaban el crimen cometido, se lo mostraban de cerca. De ahí que, presa de uno de sus habituales arrebatos, decidiera buscar el diario oculto para lanzar un ataque contra todos ustedes amigos, compañeros y superiores que, sin abandonarlo a su suerte, terminaron humillándolo. Una embestida contra los conspiradores del mayor complot criminal, desde el golpe de estado pergeñado cuarenta años atrás, para el que utilizaría la única prueba existente, la única prueba que él mismo, esta madrugada, una vez más, ha hecho desaparecer.

Los primeros rayos de sol expandieron su luz en el dormitorio y el estruendo sonoro creció hasta límites insoportables. Ni siquiera la pasta de papel que me había introducido en los oídos calmaba el dolor que provocaba en los tímpanos. No obstante, furibundo, me dediqué a buscar el diario por todos los rincones del dormitorio hasta que, como un milagro, la luz del sol se posó sobre el escritorio de Don Antonio y me descubrió que allí, a simple vista, estaba el ansiado manuscrito. Incrédulo me lancé sobre él y comencé a hojearlo con rapidez para comprobar que estaba intacto. Así era salvo porque había desaparecido el retrato de Don Antonio fotografiado en aquella época en que su nombre era Ezequiel y salvo porque mi paciente desaparecido, con su letra pulcra y estilizada, había añadido una palabra singular en la última página: “Marabunta”.

No valoré si la ausencia de la foto restaba fiabilidad al diario y, mucho menos, me detuve a pensar qué había querido decir el dueño de la casa con su referencia a las migraciones de hormigas. Me sentía tan pletórico que incluso dejé de escuchar la inmensa algarabía. En mi mente se hizo el silencio y con él logré un estado calmo, clarividente, pleno de decisión y entusiasmo. Que Don Antonio hubiese desaparecido no debía preocuparme en modo alguno. Mi obligación consistía en llegar al final y, con urgencia, impedir que ese juego que mantiene la vida con el universo volviese a poner en peligro la verdad.

Abandoné la estancia para encontrarme con una escena caótica que, lejos de asustarme, me llenó de satisfacción. Los soldados, incapaces de soportar la aberración sonora, huían de forma desquiciada. A empellones y culatazos, creando una montonera bajo la cual se adivinaban decenas de cuerpos aplastados, intentaban salir de la mansión por la entrada principal. Uno de los oficiales, viéndose superado por el frenesí del terror, comenzó a disparar su revólver sobre sus subordinados. Vi con claridad los fogonazos del cañón del arma pero no llegué a escuchar el estampido de las detonaciones. Varios hombres cayeron abatidos. Dio igual. Otros tantos los sustituyeron. Atacaron a su superior y le destrozaron el cráneo a golpes. No me detuve. Al fondo del pasillo se encontraba mi dormitorio y, en él, mi ordenador, mi posibilidad de conectarlo a la red telefónica, mi esforzada recopilación de datos y, de una vez por todas, mi objetivo final: la ejecución de una venganza que ustedes padecerán y que me es muy necesaria.

Epílogo

Han transcurrido un par de horas desde que se produjeran los acontecimientos que les he descrito. La casa está vacía. Desde mi habitación puedo ver los cadáveres de decenas de soldados caídos bajo el fuego de sus propios compañeros. He seguido trabajando sin prestar atención a su batalla particular. El silencio colma mi interior y vacía cada uno de mis movimientos. No oigo el pulsar de las teclas ni el soplido continuo que refrigera el ordenador. No oigo a los animales, no oigo la selva, no oigo el mar ni los restos de la vida pululando por Terreno.

Me he quedado sordo.

He logrado organizar todos los envíos con los diferentes documentos y pruebas. He rellenado una maleta con mis necesidades básicas y en ella he introducido el diario. Me he asomado a la ventana una vez más y he seguido con la mirada el antiguo camino de Terreno. He visto cómo se marchaban los supervivientes en sus viejos vehículos y cómo dejaban atrás todas las historias que se confundieron en este pueblo. He pensado, quizá por última vez, en aquel día en que vi llegar a Don Antonio con su traje blanco y su aspecto de ángel. 

De repente, ahora, en este instante mío tan tardío para ustedes, como si mi recuerdo del hombre que destruyó Terreno hubiese revuelto las vísceras del mundo, siento un temblor bajo mis pies.

Me giro y distingo en la lejanía varias columnas de un humo blanco y denso. La mansión comienza a vibrar y los muebles se deslizan con pequeñas arritmias. Sé qué es lo que hay en ese lugar que oculta la jungla. Sigo tecleando y escribo: "Como una epifanía me llega el recuerdo de la película favorita de Don Antonio, una cinta visionada una y mil veces durante las tórridas noches del Caribe, una historia de aventuras donde el dueño de la mansión se miraba en un espejo para memorizar cada gesto del protagonista, cada una de las soberbias de un Charlton Heston dueño de una inmensa plantación. Un personaje rudo y frío a la hora de tomar decisiones extremas, capaz de malograr sus sueños con tal de vencer a sus enemigos, a las hormigas, a la marabunta…" 

Comprendo ahora el significado de su último apunte en el diario; adivino que Don Antonio Manrique ha volado la presa que construyó para intentar desecar las zonas pantanosas; lo imagino, devorado por sus propios insectos, encendiendo la mecha que destruirá su barrera, el dique que, como a su héroe, no le sirvió para nada salvo para estancar el mayor de sus sueños fallidos.

Veo una ola enorme tumbando a su paso la selva entera.

Miro las chabolas, las casetas, los garajes, los comercios, las centrales eléctricas, las gasolineras nuevas y, mientras este mar efímero llega, cojo mi maleta, sonrío al pensar que en Terreno sobreviven aún cuatro barcos que sólo nos trajeron cosas buenas y, sin más, acerco mi dedo índice al ordenador, pulso la tecla de enviar y, con placer y lentitud, escribo la palabra que concluye mi tarea.

Fin.  

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