domingo, 20 de julio de 2014

TERRENO (Capítulo II)



Ilustración Isabel Ruiz



Antes de proseguir con este testimonio, es necesario que me permitan hacer varios incisos en el relato. Me es imprescindible matizar mis intenciones respecto a esta declaración, concretar el método que he seguido para documentarla y definir las circunstancias que han influido en mi punto de vista sobre los hechos que les describo.

Comenzaré con esto último:

Resulta evidente que sufro del mal de la añoranza, una enfermedad sin diagnóstico que hace que uno se enfrasque en conmemorar lo que le fue grato, lo que le fue posible y lo que no debe ser recordado. De ahí que les haya dado tanto detalle sobre el pasado de un pueblo que, con toda seguridad, ustedes no visitarán nunca. No lo hicieron cuando Don Antonio lo transformó a su gusto y no lo harán cuando hayan concluido este desastre con el que pretenden, como siempre ocurre en este país del carajo, que la selva devore los desmanes cometidos y los borre de la historia con su digestión de anaconda.

Al mismo tiempo tengo miedo, no se lo voy a negar. Por esta razón escribo cuando puedo y no cuando deseo. Debo hacerlo a escondidas, madrugando antes de las madrugadas para evitar coincidencias con turnos, cambios de guardia y dianas desafinadas. La falta de costumbre de mis despertares ante horarios tan prácticos para dormir; el cansancio que generan las tensiones de los días; y esta vejez mía que aturde en lugar de despejar; se conjuran y provocan que cada vez más a menudo, en lugar de ser fiel a mi cometido de escribano, me solace en el descanso y no ponga en pie ni media palabra.

Porque deben saber ustedes, si no lo han intuido ya, que desde la llegada a Terreno de las tropas de asalto, vivo encerrado y oculto en la mansión de Don Antonio. 

Como nadie busca lo que no está perdido, decidí, muy a mi pesar, ponerme de su lado en este pleito y, en el mismo día que me di por preso, conseguí que se trasladaran a la mansión mis archivos e instrumentos. No se me ocurrió mejor artimaña para evitar los registros a contrapié, los juicios sumarísimos de la playa o que cualquiera de estos matarifes, en una de las noches de mal mascar que vienen padeciendo, obrase la epifanía de ver en mí al culpable del robo, ordenase que se me localizará en el pueblo, que se procediese a mi detención bajo cualquier pretexto, que se examinara palmo a palmo mi vivienda, mi parcela y mi consulta, que se incautara cualquier pronóstico delictivo, que se me tomase declaración ordinaria y que, si en ella, yo no declarase otra cosa más que mi inocencia, se me colgara de pies al cielo, se me dejara secar hasta que confesara mis pecados o, en su defecto —como se viene practicando con los jóvenes para que ni huyan ni se levanten—, que se procediera a darme de culatazos en los calcáneos hasta revelar cualquier otro crimen que el dolor me sugiriera.

Pues bien, gracias a esta paradoja que me convierte en prisionero de forma voluntaria, durante las siete jornadas que su ejército lleva acuartelado en la finca de Don Antonio, he logrado camuflarme con la mismísima luz del día: me paseo ante los soldados con completa inmunidad, organizo su intendencia y desarrollo consultas para coser costurones, aliviar pesares, calmar cefaleas y adormecer los insomnios que, por tanto dedicarse a la redacción de listas, al cálculo de incursiones y al sorteo de próximas matanzas; se les han ido cocinando a sargentos y oficiales en los salones vacíos de sus mínimas seseras. Sirviéndome de ese artificio que, al aliviarles, agiganta mi popularidad y mis pequeños secretos de botica; la soldadesca me introduce de forma natural y amigable en sus conversaciones; me invitan a tomar un trago por si, agradecido y fraternal, deseo delatar a algún vecino que tuviera algo que ver con el mal de Don Antonio; y, de confianza en confianza, voy cultivando tamaña necesidad de mis servicios que, hoy mismo sin ir más lejos, dos oficiales me han pedido que traduzca al lenguaje de las personas las órdenes escritas que recién les han llegado de la capital, esas que prescriben ustedes a mucha distancia para que, como es natural, sean ejecutadas a mayor distancia de ustedes mismos, si es que eso es posible.

El resto del día, hasta que la noche llega y se asienta el clamor de detonaciones y balaceras, cuido de Don Antonio aunque para hacerlo no exista otro estímulo que no sea el de mi propia supervivencia. Aún sin haber dado dictamen alguno a este respecto —su mudez y su desorden mental parecen inmutables—, el enfermo, con permanecer vivo y no enterarse de cuanto ocurre, cuida de mí. Y ya puestos, en una carambola de intereses algo más que curiosa, también me salvaguarda la necesidad que tienen ustedes de que alguien cure el desconsuelo de Don Antonio, haga que le entre el ánimo y le devuelva, por cualquier medio, el habla y la cordura. ¿Y quién mejor para desempeñar esa tarea que su médico de toda la vida? Miren, señores, de la respuesta a esta cuestión retórica nace lo extraordinario, la carambola que les comentaba hace un instante. Y es que, vistas así las cosas, está triangulación de necesidades y dependencias mueve el destino de tal manera que tanto Don Antonio, como ustedes, como ese pelotón de malparidos que está masacrando Terreno, protegen sin sospecharlo a la persona a la que más deben temer: a éste humilde doctor que les escribe. Dado que la concepción de esta última catástrofe fue idea suya, reconocerán que, en un principio, los oficiales de la primera avanzadilla cumplían órdenes muy distintas. Pero, como bien sabemos los viejos, si Dios juega a los dados el Diablo mueve el cubilete. 

Cuando los comandos tomaron la finca dispuestos a convertir la vivienda en el cuartel general desde donde se organizara la represión, se abortara la amenaza y se negociara con Don Antonio Manrique para que se aviniese a razones; no imaginaron cómo el esperpento que terminaron hallando cambiaría todo lo ordenado. En lugar de enfrentarse a un titán y a una población que defendería, hasta su último aliento, a quien tanta prosperidad les había llevado; se dieron de bruces con la realidad de un Don Antonio poco imaginable. Ante ellos se descomponía un alfeñique encerrado en su inmundo dormitorio, un ripio gesticulante y silencioso, un badajo sin campana enloquecido, contrahecho y embarrado en su propia humanidad y en la ajena cochambre del tiempo. Un enfermo, en definitiva, para el que aquella primera avanzadilla no había llevado médico y, para colmo de lo imprevisto, un ser al que se odiaba de tal manera en este pueblo inesperado, que se volvieron todas las tornas, se sacaron una infinidad de conclusiones erróneas y se cambiaron las directrices pues, como no podía ser de otra forma en éste lugar, lo equivocado resultó tan lógico como lo verdadero: 

De improviso, Don Antonio Manrique no era ya el enemigo a convencer o a combatir; el enemigo era toda la población de Terreno. Tanto los descendientes de los antiguos como las familias de los nuevos, tanto el estado llano como el abrupto, aunados por la envidia, desagradecidos por patologías milenarias y ávidos de riquezas como suele ocurrirle a la plebe; se habían levantado contra su benefactor, habían tomado al asalto la mansión y, durante el saqueo de la propiedad, habían dado con la piedra filosofal de todo este embrollo, aquello que ustedes anhelan y yo he robado: la conciencia de Don Antonio Manrique, amigo, compañero y miembro de la misma logia a la que pertenecieron todos ustedes, fraternidad de donde deberían haber sido expulsados por la conjunción amoral y genocida de todos sus actos. 

Ya de esta guisa, por ese arte de birlibirloque que conduce cualquier razonamiento hacia el provecho propio, también convinieron que la llamada telefónica que les efectuó su maltrecho amigo, aquella misma mañana del 23 de marzo en que, entre llantos e hipidos, les amenazó con desvelar cuanto permanecía oculto; sólo se podía entender bajo la influencia de otra amenaza, la de una muchedumbre chantajista y desbocada que le hubiese obligado a hacer lo que ni en sueños hubiese querido. Así, tras un cambalache de interpretaciones contradictorias, el desquiciado Don Antonio recuperó, a su entender, la confianza que siempre depositaron en él, fue aplaudido como el héroe capaz de soportar sabe Dios qué torturas que le llevaron a perder la razón, y, por el contrario, todos los habitantes del pueblo, salvo contadas excepciones, se convirtieron en sospechosos de felonía y, por tanto, en enemigos de un gobierno que nunca había mostrado el menor interés por ellos hasta que, hace treinta y tres años, asomó por el viejo camino de Terreno la sombra sinuosa de Don Antonio.

Poco más se puede añadir a la explicación de todos estos avatares salvo lo que se refiere al proceso de mi entrega a su ejército y mi encierro en esta mansión desguazada. A este respecto sólo diré que, una vez más, la casualidad, la coincidencia, el curso de los astros o el choque de átomos que no interesan a la ciencia; dieron sus frutos favoreciendo una solución que conllevaba mi propia condena. A la mañana siguiente de la llegada del primer grupo de soldados, sin que yo supiera nada de esta operación secreta, aparecí por la propiedad para comprobar si mi paciente se había muerto de una vez por todas. Ya hacía dos semanas que lo había abandonado a su suerte no sin antes proveerle de alimentos en demasía, píldoras y jarabes como para tumbar a dos puercos, y agua suficiente como para beber hasta ahogarse si es que así lo requería. En cierto modo, había dado por incurable a mi cliente y, por no parecerme a él, también había decidido que fuera la vida y no yo quien diera cuenta de su sanación o su muerte. Me concedía con este ejercicio una posibilidad de defensa al ser culpable de desidia y no de asesinato.

Llegué a la entrada principal de la finca sorteando los extensos manglares y las zonas pantanosas que las empresas de Don Antonio llevaban años desecando sin éxito alguno. La intención de tan fatigoso rodeo consistía en mantener el absoluto incógnito de mi visita. Nadie debía tener conocimiento de mi consulta para que el pretexto de mi inacción siguiera manteniendo su solidez. Tanto y de forma tan nociva han cambiado las costumbres en Terreno que la curiosidad, inexistente antaño, es, hoy por hoy, machete al que le han afilado los dos cantos.

Me extrañó volver a encontrarme la verja cerrada pero, como uno ya vivió sorpresas y milagros, di en pensar que Don Antonio, para escarnio de sus vecinos y empleados, había vuelto a apretarse los machos de la cordura. Grité su nombre hasta cuatro veces haciéndome altavoz con ambas manos. Al no obtener respuesta probé con el nombre de su última mucama. Tampoco contestó nadie y, ya decidido a saltar la verja cosa que no me hacía la menor gracia, me identifiqué a gritos. Fue entonces, al escuchar el primero de mis oficios, cuando aparecieron de entre los matorrales tres soldados armados hasta los dientes. Al identificarme como quien he sido durante todos estos años —el médico, contable y notario a las órdenes de Don Antonio—, me dieron acceso a la finca y, temerosos de ser descubiertos, espolearon mi paso hasta la casa.

No pude ver a Don Antonio hasta mucho más tarde. Antes me presentaron a dos oficiales que, con una seriedad impostada, procedieron a interrogarme en buena lid, como quien mantiene un examen médico. No obstante, al analizar sobre la marcha el carácter de las preguntas que se me hicieron, al relatarme la versión de los acontecimientos según los habían interpretado ellos; y al conocer por boca propia el oficio e intenciones de aquellos mandos; supe que sobrevivir, y dar una última oportunidad a las gentes de Terreno, pasaba por jugar el resto de la partida bajo las órdenes del enemigo, pasaba por preparar esta confesión y mi venganza y, sin más remedio, pasaba por mantener con vida a Don Antonio, el hombre al que, unas horas antes, deseaba haber hallado muerto. 




lunes, 7 de julio de 2014

TERRENO (Capítulo I)

Ilustración: Isabel Ruiz



A Charo con agradecimiento,
un comentario suyo inspiró todo el relato.

Don Antonio Manrique, que a sus cincuenta y dos años apenas recordaba quién había sido,  se descubrió la conciencia a las diez y quince minutos de la mañana del 23 de marzo del año 2014, horario del Caribe.

El lugar geográfico concreto donde le sobrevino semejante desgracia es un pueblecito costero llamado Terreno, el cual, tres décadas antes, cuando llegó a la isla, estaba formado por un único camino que actuaba de pespunte entre cabañas y chozas, que no se asfaltaba nunca, que no se sabía muy bien dónde nacía y que concluía su viaje confundiéndose con la arena de un playazo que relamía el mar.

Alguien, en el pasado perdido de esta tierra, construyó una cabaña donde le vino en gana y, sin más, dio origen al pueblo. Para garantizarse una escapatoria con lo construido y pertrechado —en el supuesto de que la selva no aceptara su presencia—, aquel personaje que perdió el nombre en el desgaste de las leyendas, allanó un breve trecho hasta tener acceso a terrenos transitables y, con el tiempo, según aparecieron nuevos peregrinos y colonos, aquella idea básica dio origen a la vía de tránsito que comunica la totalidad del pueblo. Todos sin excepción imitaron la táctica que había empleado el fundador. Construían su cabaña un tanto más allá de la del vecino, rasuraban el follaje hasta componer algo más de camino y, al otro lado de su parcela de sendero, sembraban el huerto, levantaban sus corrales y sus porqueras. La obra quedaba terminada cuando la naturaleza del pisar de las gentes y del arrastre de los materiales enlazaba el nuevo camino con el tramo antecesor. Dado que en aquellas épocas esta tierra no tenía más límite que el mismo mar y carecía de dueños y vallados, el sendero se fue alargando hacia el interior serpenteando entre ciénagas y bancales, con un empeño férreo en el seguir hacia adelante en lugar de abrirse paso hacia los lados. De ahí que Terreno aún sea el pueblo más largo, más zigzagueante y más estrecho que haya planificado el ser humano. Como con el tiempo se demostró que el factor de la extensa longitud y de la mínima latitud del pueblo aportaba su correspondiente beneficio social, no se varió el diseño urbanístico hasta la aparición de Don Antonio. 

Y es que la ausencia de travesías y callejones evitó en gran medida cualquier actividad clandestina o violenta. Nadie tuvo lugar de práctica para hurtos o asesinatos vecinales. Los crímenes —si es que durante aquella etapa se cometió alguno debieron quedar restringidos a la intimidad de cada hogar donde, según la opinión de los primeros colonos, poco daño podían provocarse las personas al disponer de un espacio tan reducido. Se puede concluir, por tanto, que en Terreno no se cometían crímenes porque apenas si había sitio que dedicar a esos propósitos. Es más, como los habitantes del pueblo se caracterizaban por la facultad de no sentir atracción por los asuntos de los demás convecinos, si alguien mató, robó o secuestró, se llevó a la tumba su acción, su secreto y sus consecuencias. Nadie investigó nada jamás. Dicha facultad no latía por respeto a la intimidad ajena sino para evitar la fatiga que provoca la curiosidad. De esta manera, cuando creció el sentimiento comunal entre los habitantes y pensaron en organizarse siguiendo algún código de comportamiento social, no se propuso ni se idealizó la necesidad de una institución que administrase la justicia y, así, por pereza, nadie redactaría nunca las leyes por las que durante años los miembros de la aldea se gobernaron en paz.

Para que se hagan una idea clara de cómo era el lugar donde halló refugio Don Antonio Manrique, su bienquerido compañero de juventud, procederé a hacerles una breve descripción del pueblo en aquel tiempo de su llegada, mucho antes de convertirse en este andurrial nauseabundo que es hoy en día:

Contando con los corrales, con los reducidos huertos y con las viviendas —que, hoy por hoy, al amanecer, se transforman en puestos de venta de todo aquello que se pueda comer o pueda tener alguna utilidad—; todas las infraestructuras dignas de tomarse en cuenta se alineaban siguiendo ese único camino por el que discurría la vida en Terreno.

Cuatro hoteles mínimos, nacidos del desguace de cuatro veleros, se repartían el camino de forma equidistante. Los regía una amalgama de familias francesas, italianas, inglesas y chinas que, huyendo de la muerte en tiempos previos a la II Guerra Mundial, como si todas ellas acudiesen a una reunión pactada, encallaron sus embarcaciones, una tras otra, mes sí, mes no, en el arrecife repentino que, a escasos cincuenta metros de la playa, protege al pueblo de la pleamar. Las familias, según fueron desembarcando, descubrieron con facilidad el camino, el camino les llevó hacia las escasas edificaciones del pueblo y, como ya venía ocurriendo desde los tiempos de la fundación de Terreno, por pura y simple imitación se asentaron en él construyendo sus viviendas a partir de los restos de sus naves. No pidieron permiso a nadie para instalarse porque, náufragos y nativos, asumieron que en este lugar, en aquella época, no se necesitaba permiso alguno para realizar cualquier acción que tuviera que ver con la supervivencia. Si algo habían aprendido los unos y los otros, por motivos muy distintos, es que, desde el mismo momento de nacer, la vida es un naufragar constante y que no existe acto más inhumano que poner trabas a quien desea perpetuar las ilusiones de ese empeño que es vivir.

Los escasos habitantes de Terreno ayudaron en las labores de despiece de la primera embarcación —la francesa— y, gracias a los potentes generadores, a los motores, a las hélices y a las dinamos que extrajeron de la misma; dieron pie al nacimiento de la principal central eléctrica del pueblo. Alimentada por la fuerza del viento, su modesta actividad tan sólo lograba encender el farol de la entrada encargado de señalar en la noche la primitiva vivienda de los franceses, los cuatro camarotes que montaron tal cual habían sido, y una suerte de gran tienda de campaña que se desplegó, gracias al velamen y a los palos, para cumplir las funciones de comedor, salón de lectura y bar. 

Con la llegada de la luz eléctrica a las angostas noches de Terreno, se alteraron las costumbres y las gentes comenzaron a acudir al único lugar donde se alargaba el día. En esas noches torrenciales, las mujeres francesas leían historias que sólo entendían sus compatriotas pero cuyo tono embriagaba a los asistentes nativos; se practicaba el azar de la música en una mezcolanza de instrumentos que derivaba en contoneos y contorsiones de los presentes; y se degustaba un vino que, hasta que se secó la última botella, promovió la sensualidad, el deseo y el sueño en tal punto que cuanto empezaba en la noche concluía al amanecer sin que nadie hubiese abandonado la vivienda de la pequeña delegación francesa. Por este motivo se llegó a la idea de que aquella construcción, que seguía recordando al navío que fuera un día, tomase el oficio de hospedaje e iniciara la tradición que seguirían las tres naves que aún estaban por arribar.

Habiendo sido tan productiva la llegada del primer navío, la aparición y embarranque de los otros tres a lo largo de los meses que se sucedieron, compuso una especie de sentimiento supersticioso que relacionaba aquellas tragedias navales con los beneficios ulteriores de la población. Aunque el suceso no volvió a repetirse, los progresos mecánicos y eléctricos no influyeron de cara a adoptar una solución sencilla: nadie planteo nunca la edificación de un faro. Las nuevas familias, así como la marinería de cada buque encallado, vieron en Terreno un símil de la tierra prometida quizá porque, en realidad, en tiempos en los que el ser humano se masacraba allá donde hubiese desarrollado tecnologías y miserias, la tierra prometida tenía que ver más con aquel prototipo de calle que con una metrópolis avanzada y adaptada. En Terreno todo se había iniciado y, al mismo tiempo, todo estaba por hacer.

Pues bien, como ya he dicho, la idea hotelera se imitó tripulación tras tripulación. Italianos, ingleses y chinos, con sus familias grandes, medianas y pequeñas, fueron aceptados sin llegar a establecerse prolegómenos y acuerdos entre los que ya estaban y los que llegaron después. Los segundos —los italianos— designaron la ubicación de su hotel por simple contraposición a la ubicación del de los franceses. Uno enfrente del otro y en el centro exacto del camino. Así garantizaron la igualdad de oportunidades y evitaron las caminatas caso que apeteciera ir al hotel de la competencia. Cuando tuvieron que decidir dónde edificar el tercero y el cuarto se adoptaron la equidistancia y el equilibrio como valores que resolverían cualquier duda moral y cualquier disputa terrenal. De este modo, tras realizar un esfuerzo faraónico que forma parte del acervo cultural de Terreno, trasladaron las embarcaciones hasta el principio del camino y, tal y como sus antecesoras, ambas se convirtieron en hoteles, uno enfrente del otro. Quienes participaron en estos últimos traslados y culminaron el objetivo de semejante industria quedaron exentos de trabajar el resto de su vida, no porque lo decidiera la comunidad en pleno sino porque lograr el descanso eterno, mucho antes de la muerte, pareció un buen reclamo para encontrar voluntarios que se apuntaran a tareas imposibles. De hecho, la idea caló de manera tan apetecible que, en aquellos años pueriles, el pueblo entero se presentaba voluntario a cualquier aventura que surgiera por el simple afán de comenzar a descansar de la vida lo antes posible.

Los hoteles quedaron construidos de forma proporcional y pacífica ya que, por fortuna, los recientes dueños y dueñas de las nuevas hospederías, temiendo que el conflicto mundial pudiera encontrar abono en su nueva vida, evitaron una matanza innecesaria entre los seguidores de uno u otro bando tomando la decisión de encamarse los unos con las otras sin distinción de parejas, países, ni razas. Tras aquel acto heroico, en lugar de la posible guerra de celos e intereses, sobrevino una paz gozosa por lo cual, desde entonces, entre franceses, italianos, ingleses y chinos, todo conato de pelea lo sigue solucionando el sexo. Pueden suponerse que, con estos fundamentos, aún se los vea a todos ellos, digamos que por tradición y por costumbre, discutiendo mucho y matándose a besos. Se ha de señalar también —y así concluyo con todo lo que hace referencia a los hoteles de Terreno— que los cuatro establecimientos jamás tuvieron cliente alguno y que, al día de hoy, no son otra cosa que la vivienda de la extensa progenie que les fue naciendo a aquellos náufragos, los más bellos seres que se hayan visto en el mundo.

Les contaré otra particularidad que comenzó a darse en el pueblo con anterioridad a la llegada de Don Antonio Manrique, mucho tiempo después del establecimiento de los hoteles y centrales eléctricas. Ésta, pese a que también tiene que ver con lugares emblemáticos de Terreno, habla mayormente del carácter de sus habitantes y de su reflejo en el tiempo de recreo.

Comenzaré diciendo que aquellas buenas gentes se desfogaban los sábados en dos terrazas de baile cuyos dueños, como de costumbre, habían encontrado un método para competir en igualdad de condiciones. El sistema era sencillo y aleatorio: consistía en alternar y combinar las palabras de un mismo nombre. El “Nuevo mundo” y el “Mundo nuevo” —que tales eran los títulos de las dos terrazas— permutaban en su orden según el humor con que se despertaran los dueños de cada establecimiento. Gracias a esta técnica, los lugareños se despistaban, concretaban mal sus citas nocturnas y, de este modo, a la hora de emparejarse en las promiscuas noches de fiesta, nadie se encontraba nunca donde debía estar. Como ocurría con muchas otras prácticas, el amor, la economía y el equilibrio social terminaban dependiendo de elementos ajenos a cualquier ley derivada del uso de la lógica. Si, como he dicho, el ánimo con que despertasen los encargados de cambiar los carteles de ambas terrazas intervenía directamente en el destino de las personas, éstas daban en concluir que la ausencia de método aseguraba una diversión que nunca podría proporcionar un reglamento que terminase con los constantes equívocos. 

Sin ir más lejos —y por poner un último ejemplo de cómo se aceptaban las leyes no escritas— en el final mismo de la carretera, junto a la playa, se levantaba una gallera donde la sangre de cada combate se renovaba sin descanso. La razón de tamaña afición a las peleas de gallos atendía a la necesidad de mantener el equilibrio económico de los habitantes de Terreno. Día y noche se jugaban los cuartos, se empobrecían un poco o se enriquecían otro tanto al compás de los espolones, los picotazos y la resistencia de las aves. Y es que, en realidad, era del todo indiferente quien ganara o perdiera. Dado que en aquella época a nadie le había surgido la idea de crear un negocio de préstamos o de ahorros con promesas de beneficios, acumular papeles con números y pasar penalidades por llevar a cabo ese ejercicio carecía por completo de sentido. Para jugar se utilizaban piezas de metal que databan de fechas tan inverosímiles como sus procedencias. Téngase en cuenta que el dinero tan sólo tenía una puerta para entrar en Terreno: los nuevos colonos. Perdidos en su búsqueda de la prosperidad, al encontrarse con la alteración de la humanidad que era este pueblo, determinaban echar raíces y quedarse en Terreno echando también a perder el valor irreal del dinero con que habían llegado. ¿Qué comprar o vender si nadie necesitaba nada, si lo necesario se encontraba al alcance de la mano? De ahí que alguien propusiera la idea de construir una gallera y, de ese modo, darle algún uso a las monedas que resistían el manoseo del tiempo mucho mejor que el papel de los billetes que, con celeridad inusitada, terminaba desapareciendo para siempre. 

La construcción de la gallera trajo de la mano el consabido y eterno sistema de apuestas y, con ellas, la búsqueda de un aliciente para que quien ganase se sintiera vencedor y para que los perdedores no sufrieran al verse derrotados. Así, el dinero de los afortunados se ponía de inmediato en circulación pues el triunfo merecía siempre un convite que se apañaba, de forma tácita, en las casas de los perdedores. Éstos se encargaban de proporcionar las viandas que, o bien habían pescado, o bien habían criado, o bien habían recolectado. Así mismo, debían cocinarlas, servirlas, degustarlas al igual que los ganadores, y regarlas con el ron de caña que ellos mismos habían destilado. Ni que decir tiene que, al finalizar el festín, los perdedores también debían cobrar por los servicios prestados. El dinero volvía a ponerse en circulación y, al concluir la transacción, todos se largaban tan contentos, tan amigos y tan dispuestos a volver a la gallera al día siguiente. Perder y ganar, en definitiva, resultaba la mejor manera de pasar el tiempo con los amigos y la familia por lo que, de ninguna forma, surgió la idea de prohibir una práctica que los gallináceos ya ejercían en los corrales sin que el hombre mediase o sacase partido de tan violenta disputa.

Lo que se puede añadir a lo dicho sobre el pueblo, en aquellos tiempos anteriores a la llegada de Don Antonio Manrique, es que era un paraíso al que le faltaba de todo para dejar de serlo. Hoy por hoy, muy al contrario, tras la construcción de la mansión amurallada de Don Antonio, tras proceder a asfaltar la carretera principal por orden de éste y tras la llegada de obreros especializados, ávidos de rutinas, de comodidades y de mostrar el poder de su dinero; al pueblo se le han acabado las carencias. Nada queda ya de aquel edén y nadie, salvo éste humilde doctor en leyes y medicinas que les escribe, echa de menos una pérdida que, siendo justos, tampoco ninguno de sus habitantes valoró como un bien digno de recibir defensa.

Y hasta aquí llego en lo que se refiere al antes y al después de Terreno. No abundaré en descripciones del ahora pues todo el ahora es lo contrario de lo descrito, se conoce en el mundo entero y por esa razón no merece más tiempo que el que le hemos dedicado ustedes leyéndolo y yo redactándolo. En sí, que les haya detallado estos pormenores, poco aporta a esta extensa misiva salvo en lo que se refiere a una exigencia mía: explicar lo que puede hacer uno sólo de ustedes cuando se instala en un sitio inocuo como fue Terreno hasta hace treinta y tres años, cuando llegó Don Antonio a buscarse la conciencia.

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