lunes, 18 de agosto de 2014

TERRENO (Capítulo IV)


Ilustración: Isabel Ruiz

La borrasca persevera y confunde el paso del tiempo. Convierte la vida en el interior de la mansión en una monotonía de claroscuros, en un ir de noches negras y un venir de días sombríos. El amanecer no irrumpe, se desliza sobre la luz del sol y lo estaña hasta que del astro sólo queda el síntoma, su oro sucio, su disimulo. La lluvia abanea su son de pandereta entre truenos y ventoleras. Arrulla pesadillas dentro y fuera de la vivienda. Su cadencia de plaga se desbarata en los cristales, chapotea mínima en los barrizales del jardín, tañe grave en la lona de las tiendas de campaña.

Desde el ventanal del dormitorio de Don Antonio, entre los penachos orquestados de los cocoteros, se logra distinguir el Caribe en su lejanía. El horizonte lo clausura con esta nubosidad rotunda que nos envuelve, que preña tristezas en el ánimo de los supervivientes y que seduce las armas calladas de los verdugos. Oficiales y soldados aguardan nuevas órdenes mientras la inacción se extiende. Sus silencios se alargan diluidos en el vacío de los últimos días. La mansedumbre se enrosca en el filo de las miradas y la sed de victorias tensa el aire en los pulmones.

Hace una semana, harto de aguardar obligaciones y con el fin de evitar pensamientos inesperados en la tropa; el mando dispuso la restauración de pasillos, salas y habitaciones. Como el acuartelamiento parece que será largo, resulta vital que los hombres duerman secos y bajo techo. Por este motivo se pretende recuperar el aspecto anterior al ataque imaginario de los habitantes de Terreno, esa sublevación de ladrones que se dedujo del extraordinario deterioro de la casa.

La tarea, como era de esperar, ha recaído en los soldados de reemplazo. Desde las seis de la mañana desempeñan las funciones requeridas para el zafarrancho de la casa. Con un celo insospechado combaten el quebranto de la arquitectura que, por empeño de su dueño, recreó atributos coloniales en tiempos de rascacielos. Las herramientas, abandonadas en el garaje desde que se diera por terminada la construcción, han recuperado su empleo. Mazas, escoplos y cepillos derriban lo inservible y limpian lo podrido; paletas, espátulas y llanas picotean paredes, raspan papeles pintados y enyesan desconchones. Destornilladores, alicates y grifas se encargan de fijaciones y goteras mientras guías, cables y clemas hacen lo propio con la vetusta instalación eléctrica. Junto a bidones de pintura blanca, las lijas, los rodillos y las brochas aguardan a que el temporal conceda una tregua.

Según estos muchachos se aplican a las diferentes labores, se los escucha silbar y tararear viejas canciones de amor. Trastocan las letras, las erotizan, las aberran. Cuando la fantasía sexual se manifiesta como apetece, cuando lo que se canta llega a ser obsceno, la variación se contagia hombre a hombre provocando un jolgorio que circula por estancias, por pasillos, por escaleras. De este modo, la risa culmina en carcajada, en fracciones exactas de sus pecados, en la afirmación gutural que oculta la culpabilidad de la conciencia. Risas y carcajadas que los limpian como si ninguno hubiese cometido un crimen jamás, como si todos ellos aún conservaran su inocencia.

A la hora del rancho, pese a haberse organizado en cuadrillas atendiendo a las diferentes capacidades, se sientan todos juntos en las bancadas que se han dispuesto en el comedor. Discuten sobre los procesos y los métodos empleados, sobre las carencias de la obra y sobre cómo subsanarlas. Cuentan historias y anécdotas con las que pretenden dar categoría a sus conocimientos sobre el tema que origina cada debate. Hablan de cómo hacía las cosas el padre de uno o de cómo las mejoraba el abuelo de otro hasta que, sin darse apenas cuenta, van entremezclando el recuerdo de lo práctico con el recuerdo de los detalles importantes. Surgen así conversaciones sobre madres, esposas, novias e hijos. Sin remedio, los retratos que cada joven soldado porta de sus seres más queridos terminan pasando de mano en mano, de compañero en compañero, de mutismo en mutismo. A las tres de la tarde vuelven a la faena, a las herramientas, a su arte de pieza y engranaje que, si bien brillaba, cantaba y reía por la mañana, ahora, calla y se herrumbra. A las seis de la tarde se les ordena dejar el trabajo y cambiarse para formar durante la arriada de bandera. En algún lugar del mundo se pone el sol y, en Terreno, la noche se nos echa encima obstinada en esta borrasca que confunde el tiempo de todos, que concluye otro día de la vida de todos. Tras la cena me introduzco en el dormitorio de mi paciente, me cuido de su limpieza y necesidades, intento que calme su gesto desbocado y comienzo a escribir pronto, sin madrugones, sintiéndome más a salvo que en mi propio dormitorio. Prosigo por tanto en esta noche en que, como ya habrán comprobado, les he descrito cómo van las obras de la mansión y cómo van los ánimos de sus tropas... aunque intuyo que a ustedes poco les interesan todos estos pormenores.

En realidad a ustedes no les interesa apenas nada de cuanto les escribo.

Aguardan exasperados porque no cejo en lo literario, porque no voy al grano y porque vislumbran que cuando lo haga no les va a gustar ni el grano ni la paja. Anhelan que les dé cuenta de mis descubrimientos. Ruegan por saber con certeza qué pasos he dado durante el intervalo, durante este movimiento de piezas que transcurre desde mi presente como escritor —innato en cada letra de esta carta—, hasta su presente como lectores. Una distancia de días, de meses, de años… Una distancia que constatará, sin remisión, que lo que les cuento ya ha ocurrido, que forma parte inamovible del pasado. Una distancia que les incapacitará para detener mi ataque pues, ahora mismo, mientras se detienen en esta coma, mi ataque se transforma en intriga, impide que salten estos párrafos, impide que esquiven el orden de las páginas. ¿Quién sabe? Quizá, en cualquiera de ellas, o en ésta mismo, o antes de llegar al siguiente punto y aparte, se esconda el error de mi celada; quizá mi trampa se active cuando ustedes lean; quizá no suceda nada de nada.

Díganme, ¿podrán impedir que ocurra lo ocurrido, que ocurra en su mañana lo que les escribo en mi hoy? ¿Qué hacer después de este momento mío, de este instante de Don Antonio, de sus soldados y oficiales, de las víctimas que son ahora y que, mucho antes de leer esta carta, según decidan ustedes en mi hoy, podrán ser o no ser mañana? ¿Qué hacer, insisto, cuando ustedes descubran en este momento suyo, en este instante de lector, que no pueden sujetar el vendaval en que me he convertido; que no pueden negociar conmigo porque tal vez ya me haya muerto yo solo o me hayan matado ustedes mismos?

No deja de ser curiosa la argucia que esconde este limbo de las cartas, este espacio por el que ustedes viajan, por el que viajo yo, por el que viaja la verdad desde el tiempo de Terreno hasta el tiempo indeterminado de ustedes, hasta el tiempo en que leen cómo me las he apañado para condenar su recuerdo y el futuro de su simiente. Desde esta historia de Terreno que surgió antes de mí, antes de que ustedes llegaran a la isla con todo su dinero, y antes de que la pieza fundamental de toda la operación en España, Don Antonio Manrique, les pidiera cobertura para borrar su rastro. Don Antonio Manrique, el hombre al que, como les vengo contando, algo le ocurrió, en ese instante preciso de las diez y quince minutos de la mañana, que originó en mi paciente, tras telefonearles con su amenaza, una eclosión de llanto inmediato, irracional e irrefrenable. Sí señores, él, que tantas veces se vanaglorió de su capacidad para evitar la ostentación del lamento, comenzó a gimotear, a llorar y a gritar sin pausa ni descanso hasta tal punto que, ya en sus sueños, ya en sus despertares, la agonía de Don Antonio resonó, se extendió desde la mansión y, al igual que las canciones de amor que retuercen los soldados, llegó aberrada a los hogares de todos infectando de tristeza ya nuestros días, ya nuestras noches, ya la totalidad de la jornada.

En un principio no se dio importancia a semejante efecto. Llorar y gritar cuanto se quisiera, al ir notando en los huesos la hora de morir, era costumbre arraigada en la gente de Terreno. Este hábito, y su trasfondo práctico, lo extrajeron de las actitudes de un desertor soviético que llegó al pueblo disfrazado de religioso, allá por el invierno de 1962. No imaginaba aquel hombre que su disfraz, lejos de salvarle la vida en los caminos, iba a culminar con la que se considera la primera intentona de asesinato en la alargada población de Terreno.

No viene al caso describir cómo el disfraz hizo al clérigo. Baste con decir que el soviético, con el único propósito de dar mayor credibilidad a su artificio, a nada que aprendió cuatro frases del idioma, pretendió instaurar mandamientos divinos donde nunca había interesado más ley que aquella que emanaba de la propia naturaleza, de la misma tierra, de la necesidad inmediata de los seres humanos y las bestias. El falso cura lanzó sermones en contra de la promiscuidad incandescente que tanto divertía a sus nuevos e incultos feligreses. Con sus nuevas palabras despotricó del juego, de las apuestas de la gallera, del uso del ron en las fiestas y, para colmo y remate, de la desidia de aquellos que, habiendo superado pruebas imposibles, sesteaban la vida y disfrutaban de sus muchos placeres.

Tamaña insensatez provocó una repulsión lenta, cocinada en todas la brasas, servida en todos los hogares y fogueada en todos los lechos. Así hasta que las mujeres de Terreno, en una noche de ardores, viendo que los hombres comenzaban a amilanarse ante infiernos eternos; que los apocalipsis equinos limitaban la oportunidad del sexo; y que el purgatorio no mejoraría aquella gloria de vivir como a uno le viniera en gana; decidieron salir en batida nocturna, echar al clérigo de la choza que él mismo se había construido junto a la playa, y proceder a darle un susto con forma de linchamiento.

Lo sacaron del jergón sin la oportunidad de que tomase sus ropas. Lo maniataron y lo condujeron, divertidas con su broma y escarmiento, hacia el lugar de la playa donde recibiría castigo. Las mujeres de la delegación inglesa hicieron honores de verdugo. Prepararon el cadalso con una chapa de zinc y una banqueta, eligieron rama de donde colgarlo, probaron que el grueso nudo no corriera y colocaron antorchas al pie de la silla para dar al acto la teatralidad necesaria. Y fue por culpa de las antorchas y su luz que la algarabía de la broma transmutó en un silencio que, siendo de admiración, cumplió veces de respeto funerario. Allí, subido a la silla sobre la chapa de zinc, mientras pedía clemencia completamente desnudo, se encontraba el hombre más agraciado y mejor dotado para el amor que se recordara en el pueblo.

A regañadientes continuaron con el embromado y, cuando la soga le abrazó el cuello, éste comenzó a gritar, a llorar, a renegar de Cristo y a cantar “La internacional” en un idioma desconocido, suave y dulce que a todas encandiló. Una vez terminado el canto promulgó, festejándolo con grandes lágrimas, el que sin duda fue su mejor sermón. A voz en grito exclamó que no había en el mundo amor más saludable que el que se practicaba en Terreno; que no había mejor juego que el que creaba familias como premio; y que la existencia sólo tenía sentido si podías detenerte a contemplarla. Luego calló y se entregó a su sentencia. Un aire socarrón recorrió las sonrisas de las mujeres y el corazón de todas ellas susurró un amén embravecido.

Salvó así la vida el falso cura, colgó la sotana que nunca le había pertenecido e inició una breve carrera como cantante en los hoteles. Canciones y gracias naturales devinieron en tal profusión de amantes que el pobre hombre terminó muriendo, de puro paroxismo, un mes más tarde de su linchamiento.

Se sacó en conclusión de toda aquella peripecia que gritar, llorar y despotricar es lo mejor que uno puede hacer al finalizar la partida vital. “Te haya ido bien o te haya ido mal, cuando sientas que se te viene encima la señora, grita como un cura y te irás más contento”, comenzó a decirse en Terreno según fue conociéndose la historia del linchamiento. Con los años de práctica, y viendo que la costumbre ayudaba en mucho a las personas, se aceptó el griterío de los moribundos como un auténtico cantar a la existencia. Irse en silencio significaba consentir que la vida te mandara a callar y, ya que al final se salía siempre con la suya, mejor llevarle la contraria hasta el último momento.

Sí, lo de gritar al morir era un gran acierto y por eso, tratándose de Don Antonio, supusieron su muerte y dejaron que se desgañitara en paz. Nadie, salvo yo mismo, se preocupo en visitas y consultas. Ya bastante lo habían sufrido todos en vida como para no ahorrarse su muerte. Total, el enfermo había construido su guarida de ogro rodeada de un muro cuya función no era otra que la de emparedar y emparedarse, alejar y alejarse de la población y su destino. Bien empleado le estaba que muriera como quiso vivir, más solo que la una.

¿Cómo imaginar que la  jauría de perros, entrenados por él mismo para guardar lo que ya no quería nadie, iba a constituirse en coro nocturno del sufrir de su amo? ¿Cómo intuir que la síncopa interminable de aullidos, contagiada a cualquier animal rugiente, mugiente y silbante, terminaría por desvelarnos a todos? ¿Cómo adivinar que las habilidades esotéricas de un santón haitiano terminarían por descubrir que el manantial de semejante alboroto de fieras, bestias y pájaros era el llanto de Don Antonio?

Fuera como fuere, bastó con que el santón señalara a Don Antonio para que, al tratarse de un hombre tan poco querido, pronto se diera amplia cuenta del último castigo que éste deseaba imponer a Terreno. Los muchos vecinos y criadas que le odian y le odiaron; concertaron una solución pagana para este hecho tan poco probable.

Sangraron gallinas, fumaron cigarros y escupieron ron sobre fuegos y ascuas hasta que del llanto cesó el sonido aunque no el gesto. Puedo asegurar que, quizá por perseverancia y hartazgo de los vecinos, a Don Antonio le encontraron un destino en ese inframundo de creencias que anudan lo vivo y lo vivido, lo muerto y lo sagrado. Y lo puedo afirmar, yo que soy hombre de ciencia, porque no hace ni mes y medio procedí a reconocer a mi paciente con carácter de urgencia, alarmado porque el silencio, de buenas a primeras, había recuperado su lugar en las noches de Terreno. Al llegar a la finca, por primera vez en los muchos años que me encargué de su salud, de sus registros y de sus cuentas; me encontré el acceso abierto y sin vigilancia. No ladraron los perros ni piaron los pájaros. Todas las puertas de la casa permanecían abiertas también y, también por primera vez, me permití el lujo de traspasar el umbral sin anunciarme ni pedir permiso. Recorrí los pasillos y subí las escaleras que conducían al dormitorio de Don Antonio. Percibí esa presencia de los años vividos que arraiga en los hogares cuando son abandonados, que se resiste a partir por mucho que lo hayan hecho sus moradores, que se aferra a ventanas y visillos, a maderas y metales, a rectas y a esquinazos hasta que, en su agónica añoranza, termina por sacar de quicio toda la casa; ese misma presencia que había tomado con premura el uso de sus artes y que, sin duda, estaba empeñada en que toda la mansión se viniera abajo.

La habitación de Don Antonio resultó ser la única pieza de la planta de dormitorios que permanecía cerrada. Giré el picaporte con la prudencia de un ladrón, abrí la puerta y permití que la luz del exterior se me adelantase rompiendo la negritud opaca que dominaba la estancia. El torrente luminoso se arrastró rápido por la tarima del suelo, reptó por las paredes, por los ventanales clausurados, y finalizó su recorrido en la mosquitera que se vertía desde el dosel de la cama. Tras ella se encontraba el dueño de la casa, en silencio, encogido sobre sí mismo como cuando lo descubriera aquel primer día en que se le manifestó la conciencia.  Constaté que su dolor secreto, en lugar de ceder, insistía en dañarlo. Aquel hombre arrogante y despiadado boqueaba como quien intenta desahogarse las entrañas y persistía en su llanto sin emitir gemido alguno. De forma definitiva, Don Antonio Manrique —su compañero de aventuras— se había quedado mudo y con él, tal y como se descubrió con el paso de los días, todos los animales de Terreno. 

Para leer el Capítulo V pincha aquí.



lunes, 4 de agosto de 2014

TERRENO (Capítulo III)


Ilustración: Isabel Ruiz


Han llegado las lluvias y Terreno hiede.

El vapor de la muerte, macerado en los fangales crustáceos de las fosas comunes; se enreda en el fecundo aroma de la vida, fractura su espíritu y violenta su función hasta adormecer el sentido del asco.

A lo largo de las dos últimas semanas, las tropas se han dedicado a la labor sanitaria de ocultar los espantos cometidos. Sin criterio ni selección alguna, sin atender a lápidas ni señales delatoras, los cuerpos de la masacre se han ido enterrando a marchas forzadas bajo la supervisión de un teniente barbilampiño novato en estos jaleos que acarrea la muerte que, más afanado en la necesidad de escapar del dictado de la verdad, del retrato cercano, del crimen múltiple y tangible; ha optado por cubrir los cadáveres en lugar de sepultarlos con garantías salobres. Así, infantil y estúpido, el joven teniente ha utilizado la selva y sus pantanos como quien usa una alfombra para encubrir el polvo de toda la casa. 

Imaginen el resultado de semejante solución; comprendan su efecto cuando llegaron estas lluvias con todo su trópico a cuestas; intenten pisar esa alfombra que se deshilacha con cada nuevo aguacero; descubran ese polvo oculto y acumulado; vean cómo se transforma en fango de río, en marisma, en ciénaga; vislumbren todo ese agua en movimiento, ese manantial celeste ahogando la piel atropellada por las balas; ahogando la carne rasgada; ahogando las vísceras hinchadas de cientos, de decenas, de milésimas de muertos; persigan ese agua que inunda cada célula desprendida, cada gen aniquilado, cada átomo roto y liberado… Atiendan a esa reacción, al revuelo químico de los elementos putrefactos, a su fluctuación larvaria sobre cada alimento, sobre cada bebida, sobre cada envoltura y cada tejido; saboreen, chasqueen lengua y paladar, hagan un buche si lo consideran necesario y sepan que todo cuanto perciben, ese olor nauseabundo que es también gusto, tacto, vista y equilibrio; es su propio tufo, el que desprenden todos ustedes, esa mugre invencible que se adhiere al silencio de la historia, esa ponzoña afilada que penetra en la vida cuando muere la inocencia, ese instante explosivo que derrumba el clamor de la justicia y la convierte en conocimiento deshojado. Sí, señores, imaginen todo esto y, de ese modo, sabrán con completa exactitud el volumen intangible del hedor de Terreno; lo que respiramos, comemos y bebemos; la sentina de su aliento; la fetidez de su legado.

Pues bien, como si yo supiera qué hacer para poner remedio a la pestilencia, los mandos han dado orden a Oswaldo Núñez —el sargento encargado de las incursiones nocturnas— de hacerse con mis utilidades y asesoramientos. De nada han servido mis alegaciones en contra. “Soy doctor en humores que no en olores”, les dije hace tres días intentando simular mi contrariedad con un dicho de mis tiempos de estudiante que, como debí adelantar, no fue comprendido pero si divirtió por su rima. Tanto me dio hablarles de mi ignorancia como explicarles que el problema se agravaría, cosa que de hecho ha sucedido. Y es que las tempestuosas lluvias de agosto, al precipitarse con mayor constancia que en tiempos parecidos, han buscado su hueco en la tierra y, al encontrarlo, han terminado por reflotar los cadáveres de ahora y los ataúdes de siempre.

Mis excusas y advertencias tan sólo llevaron a los oficiales a variar la formulación de su orden inicial. Lograron, de este modo, que la fuerza del mando aplastase la inteligencia de mi breve razonamiento y la gran posibilidad de mi pronóstico. La orden, aún básica en su concepción —y errónea al intentar ser aplicada en esta zona y en esta época—; pasó a ser un mandamiento general, neutro e inabarcable, fundamentado todo él sobre los restos de una idea vacía. Es éste, según creo, el método por el cual se acostumbra a saldar cualquier duda y cualquier disputa en el ejército. A buen seguro que la frase más empleada, durante esa caída torrencial que posee todo dictamen, transmitida de escalafón a escalafón, de desastre en desastre, debe ser la misma con la que venimos manejándonos Oswaldo y yo mientras las excavadoras horadan las zonas de enterramiento, mientras el querosén en llamas achicharra los cuerpos y mientras el humo negro y cenizo representa batallas que nunca se lidiaron: “Soluciónenlo como crean que es mejor y, si lo mejor no funciona, soluciónenlo como sea”.

El sargento, al escuchar la aseveración de sus superiores, se cuadró con un ímpetu que rozó el ridículo de los juguetes de muelle. Yo, sin embargo, hice un último esfuerzo por librarme del futuro desbarajuste aludiendo a Don Antonio y a la necesidad que tiene mi paciente de tener cerca a su médico.

“Tranquilo, doctor, que si a Don Antonio le ocurriera algo ya le mandamos a buscar”, me respondieron al tiempo que me mostraban esa sonrisa suya de bruja de cuento, esa sonrisa sagaz con que me vienen respondiendo, día tras día, desde ese mismo momento. Cada noche, al regresar de nuestras labores funerarias, hago una nueva intentona. Por mucho que haya vilipendiado la transformación del pueblo, la pérdida de la naturalidad incauta de sus gentes y la serenidad con que lo práctico mandó al cuerno la aparente inutilidad de lo imprevisto; por mucho que haya denostado la influencia inoculada por Don Antonio en las necesidades vitales de Terreno; y por mucho que yo quisiera la realidad de una manera y la realidad fuera de otra; el hecho de asistir al desenlace de un pasado tan vivo y de un presente tan huero, me sume en una profunda sensación de derrota y en la fiebre tenaz de la ira. Contemplar la sencillez del tiempo detenido, constreñido en el embudo de semejante desmán, no hace sino exacerbar el odio que siento por ustedes como ideólogos, por Don Antonio en su calidad de causa y efecto, y por todo este ejército suyo, ávido, servil y cagón; incapaz de distinguir entre defensa y ataque, entre lo justo y lo injusto, entre lo positivo y lo negativo de cada acción. Este ejército mimetizado bajo el telón de la impunidad con que han fabricado sus leyes; este ejército armado con la ración de poder absoluto que distribuye el miedo; este ejército valedor perpetuo de planes que no remedian nada; que concluyen, como esa orden vacía que baja en cascada escalafón tras escalafón, desastre tras desastre—, en la operación militar de un juguete autómata, de un muñeco de muelle que se cuadrará ante sus superiores, que aplaudirá cada obligación con un choque de tacones y que, sin que se distinga en él la más simple reflexión ética, aplicará la fórmula más sencilla para consumar su orden, dar la respuesta final que se le exige y obtener, sea como sea, la solución definitiva que precisan ustedes. 

Y es debido a este odio que padezco que, mientras les escribo, cumplo mi propia imposición, una orden interna cuya finalidad reside en dar fe de los hechos, poner en conocimiento de todos ustedes cuanto he descubierto y darlo a conocer a la parte del mundo que tenga a bien leer cuanto les escribo. Para lograrlo me ha sido preciso datar con exactitud todo lo que aquí cuento. Lo considero indispensable para impedir, entre otras muchas posibilidades, cualquier argucia legal que pudiera ser esgrimida en tribunales y despachos. De no hacerlo así, además, este testimonio podría perder verosimilitud ante sus hijos o sus nietos a quienes —siguiendo principios que no entenderán— también pretendo localizar para hacerles cómplices de esa parte de la verdad que todo culpable desea ocultar, que ustedes, a buen seguro, procuran sepultar y que, sin que nadie lo evite, arrojará sombras y dudas sobre la versión casta que ellos puedan tener de la vida y actos de sus progenitores.

Dado que soy doctor en leyes y a su estudio he dedicado gran parte de mi vida, afirmo que no existe venganza más apropiada que la que proporciona la justicia y yo, con su búsqueda, tan sólo anhelo legalizar mi desquite, el del pueblo entero de Terreno y el de los seres bondadosos del mundo que, sin conocerles, perciben su existencia con sólo atender a los estragos que en él provocan. Por desgracia, también debido al ejercicio de mi profesión, sé que la justicia es un ideal; que poca imparcialidad se puede esperar de hombres y mujeres que juzgan a otros hombres y a otras mujeres; y que, en estos términos, tratándose de seres cuyo poder alimenta amenazas, peligros y cuitas, más expiación promueve el devenir de los acontecimientos que la intervención de tribunal alguno. Este testimonio, por tanto, y el castigo que les imponga el destino, ya sean ustedes padres ahora, ya sean abuelos mañana; intervendrá en su pasado, sobrevolará todo el futuro que quede para sus respectivas estirpes y, como si de una maldición se tratara, malogrará cuanto sus vástagos crearan en virtud haciéndolo nacer con esta mancha que no limpiarán oraciones ni bautismos.

He de añadir, y así concluyo este tercer apunte, que gracias a estos detalles he logrado hilar la cadena de contingencias que devino en dos sucesos claves para entender todo este asunto: por un lado, como ya saben, que Don Antonio Manrique descubrió su conciencia a las diez y quince minutos de la mañana del 23 de marzo, a esa hora precisa y en ese día concreto del presente año; y, por otro lado, que yo, tras leer un pequeño diario al que se aferraba el enfermo como pretendiendo sujetarse el alma, sepa con exactitud qué ocultan ustedes y por qué han mandado a matar a todas las gentes de Terreno si es que esa solución fuera necesaria.

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