martes, 22 de diciembre de 2015

EL MIEDO



EL MIEDO



Pese a que tengo mis más y mis menos con la fidelidad a las formaciones políticas, he dado mi voto o, lo que es lo mismo, mi confianza, a Podemos. El motivo que me ha llevado a tomar esta decisión trasciende afinidades y filosofías sociales y económicas y se resume del siguiente modo: quiero que se hagan experimentos con la democracia hasta que nos sintamos libres y amparados por nuestros gobiernos de una vez por todas. 

Hemos de entender que la democracia no es tan sólo una forma más de encuadrar sistemas de ordenación legislativa de los países; es la forma de progreso y perfeccionamiento de nuestra sociedad

No deseo que dichos experimentos se realicen en casa y con gaseosa tal y como manifestó hace tiempo el Sr. Rajoy; quiero que se produzcan con luces y taquígrafos, con esa transparencia tan difícil de aceptar en España, para devolver e inventar derechos como si tuviésemos que descubrirlos de nuevo.

Algo que se debe aclarar es que la libertad, por definición, en tanto a hito de la sociedad, no debe tener límites sino tender hacia máximos y, para lograr esos máximos, sólo se precisa una herramienta: la prudencia. No confundir esta cualidad con el miedo, el miedo es cosa distinta.

Para distinguir ambos términos diré que, en mi caso, de ese sentimiento, del miedo, no he necesitado nunca nada y, por tanto, poco sé de él. Por otro lado, de lo que siempre he requerido es del uso de la prudencia como actitud que permite avanzar, estudiar el camino y mejorar, en definitiva, cualquier proceso.

La prudencia me ha ayudado a corregirme pero no me ha detenido nunca.

Lo que sí conozco del miedo en estos términos sociales es a quién ayuda, para qué sirve y, por descontado, a quién perjudica.

Y la perjudicada siempre es la población sin caudal, sin paracaídas, sin trabajo (o con un trabajo que no merece ese nombre) y, por supuesto, con unas deudas derivadas de ese gasto sin freno por parte de las administraciones y grandes emporios con las que se creó un espejismo, una burbuja laboral y económica, que llevó a las familias a creer que se podía beber donde no había agua de pozo sino agua estancada; una charca que se agotaría con prontitud.

Porque el miedo cunde más cuando uno se ve desprotegido y, al mismo tiempo, ve desprotegida a su familia y entorno. Es entonces cuando el miedo y su proceso químico logran que uno actúe sin valorar otros peligros y sus correspondientes daños colaterales. El miedo hace que eches agua sobre el aceite ardiendo de la sartén en lugar de tapar el utensilio en llamas con un paño.

Gracias al miedo se cuelan en el cerebro del electorado esos mensajes agoreros y predicciones apocalípticas que, sin descanso, llevan triunfando en la sociedad desde que se inventaron conceptos tales como el cielo o el infierno.

Sin ir más lejos, durante la resaca poselectoral, debatí en las redes con un neoliberal de los que se aprenden la lección -el discursode carrerilla y con musiquilla lotera aún sin saber lo que significan ni los números ni los premios. El resultado fue que este personaje terminó acusando, por ejemplo, a los afectados por las preferentes de ser "idiotas" (éste fue el término) al haberse dejado llevar por la codicia sin tener idea de finanzas y de mercados bursátiles.

Es decir que, trasladando y ampliando el caso de los preferentistas a todo lo ocurrido en España -burbuja tras burbuja, gobierno tras gobierno- según él, todos y todas somos idiotas por creer a aquel de quien nos deberíamos fiar, ya sea nuestro director de sucursal bancaria, ya sea cualquier político que llegue a ministro, ya sea cualquier formación política que asuma el poder del estado.

Culpar a las víctimas -en un estado que permite la corrupción y hasta la fomenta- por haberse fiado del timador, es caer muy bajo pero, eso sí, define la filosofía neoliberal que nos infecta: usted no importa, importan los beneficios y para lograrlos tampoco importa la ética de los medios utilizados.

Mi interlocutor afirmó también, para remate del círculo vicioso que intentó argumentar, que, conseguido el beneficio económico por parte de banca y multinacionales, todo redundaba en beneficios sociales.

Y, así, se reprodujo lo que yo denomino "el bucle del timador": te cuento que hay agua donde hay desierto y, cuando ya estás casi muerto de sed, te vuelvo a decir que hay agua un poco más allá, siempre y cuando sigas dando por bueno lo que te susurra el mismo timador. Por decirlo de otro modo: el zorro asumiendo la protección del corral con el beneplácito de los sufridores, de los que tienen sed, de los que agonizan, de los que permiten que el miedo empape su capacidad para razonar.

Existe otra formula de asociación que se fundamenta en estos mismos principios: la mafia.

Como ya he dicho, y así termino, para salir de esta sequía de libertades y derechos que vamos sufriendo, sólo necesitamos de esa herramienta que es la prudencia. Así no volveremos a creer a quien nos vende parcelas de un oasis que no existe; así podremos experimentar con las libertades para hacerlas crecer; y, así, podremos frenar esta economía salvaje que conduce al mundo hacia el desastre para, por el contrario, crear una economía saneada, humanitaria y renovable.

No es cuestión de recuperar el comunismo, es cuestión de mostrar las infinitas oportunidades que tiene el otro círculo, ese al que apenas nadie con poder se ha dedicado, ese campo de acción novedoso (y casi virgen para la industria y la banca) que es el cuidado de los bienes sociales y del planeta gracias a la tecnología lícita y justa.

No tengáis dudas, el oasis -la tierra de la que mana leche y miel-va a tener que ser construido por el pueblo si queremos disfrutar todos y todas de él. No va a ser cosa sencilla pero, al menos, hay una formación joven y valiente que ha decidido ponerse manos a la obra. 

Por el momento, y aunque permanezco prudente, seguiré dándoles mi confianza.

Amén.



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