jueves, 21 de enero de 2016

BOWIE Y LOS ASESINOS


Ilustración: Manuel F. Torres

Ya se han dicho y escrito la mitad de la mitad de los panegíricos que se debían decir y escribir de él; ya se han hecho la mitad de la mitad de los homenajes póstumos que se le podían hacer; ya no queda más por hacer que no sea curiosear entre recuerdos y documentos para conocer la mitad de la mitad de todo cuanto hizo Bowie.

Ahora -en esta extraña misión que nos imponemos los seres humanos cuando mueren los mitos- sólo queda amplificar su historia y los milagros de su infrahistoria para que la evangelización surja y, con ella, su efecto llegue a esas masas que nunca se interesaron por su obra. La beatificación queda cerca, a sólo una parada. La ascensión dependerá en breve de esa tremenda mayoría compuesta por consumidores descontrolados y carentes de sentido crítico que prestarán atención al titular, al reportaje de a minuto en los noticiarios; que se apuntarán al comentario mínimo y al hashtag sin detenerse a escuchar y a recapacitar sobre lo que supuso esta supernova de la oscuridad en la historia del arte.

La maquinaria del show business ya construye su particular tabernáculo y los ejecutivos engrasan los engranajes de la caja registradora. La muerte de lo único es tan rentable para ellos como la ruina de los prescindibles.

La hamburguesería ha abierto sus puertas, pasen y deglutan lo que hemos matado entre todos.

Porque ya os aclaro que a este ser de otro mundo no lo ha matado el cáncer, lo hemos asesinado nosotros. Si no a él sí a su espíritu. Le hemos metido un tiro por la espalda tal y como acostumbramos cuando alguien nos ofrece una creación visionaria del futuro, cuando el individuo es individual, cuando el ser no se adocena en la huevera. Le hemos acribillado con cada edición de un Gran Hermano, con cada estantería de Ikea, con cada baile del caballo, o con cada barba hipster sin aullido, sin camino, sin contenido...

Por mi parte lo voy a dejar tan claro como me es posible: a mí no me gustaba Bowie; a mí, a veces, me gustaba Bowie; a mí, sin saber cómo, me iba entusiasmando Bowie; a mí, por las buenas, me reventaba los cojones Bowie; a mí, como si me pegasen un puñetazo de pura envidia, Bowie me hacía bailar en las cuerdas flojas de cada idea; a mí, como si un rayo supiera circular por mis venas, Bowie me hacía amar y odiar cada paso que daba, cada canción que interpretaba, cada una de sus sorpresas y cada uno de sus sustos hasta que, un día raro, mecanizado el punk y el rock y el tecno y el funky y el jazz y el blues y hasta el folk; se quedó solo en el pódium de mis guías, de mis referentes musicales, condicionando la pregunta final a la hora de enfocar una nueva creación, o mi aspecto personal, o lo que se podía o no se podía hacer, o, incluso, mi forma de experimentar con mis grandes pasiones y mis pequeñas adicciones; una pregunta que siempre era la misma: ¿cómo lo haría Bowie?

Y no hay nada en esta pregunta que refrende un deseo de imitación sino, al contrario, define mi intención adolescente y perpetua de no ponerme en fila, de ser inconsecuente, de permanecer incongruente ante la congruencia de las modas, de gritar más alto que las leyes de la vida, de cagarme en todos los dioses de la creación en conserva, de romperme los cuernos contra todos los muros del dictado, de darle la vuelta a las pieles de la mercadotecnia, de intentar por todos los medios no ser tú aunque te comprenda, de no ser parte de ninguna mayoría, de morirme con un beso de puro individualismo, de pura contracorriente, de pura indisciplina artística.

Vosotros veréis qué hacéis, yo, en estos asuntos del pensamiento, de la creatividad o del arte, prefiero seguir siendo asesinado por el simple hecho de ser otro chico raro en este colegio que habitamos.

ME SIGUEN EN Google+

Seguidores