viernes, 1 de julio de 2016

DESNUDOS





Es paradójico esto que hacen nuestras ropas.

Tú piensas que yo, como un enamorado iluso, encuentro magia en cualquiera de nuestros juegos. Pero, esta vez, en contra de mis costumbres, he llegado a otra conclusión: lo de tu ropa y la mía, mientras permanecemos desnudos, resulta más contradictorio que mágico...

Porque, si lo piensas, tan sólo nos vemos cuando permanecemos desnudos, nos descubrimos sinceros cuando nos habitamos desnudos, nos reímos de nosotros mismos cuando nos existimos desnudos y, ante todo, somos osados y libres cuando nos enfrentamos desnudos.

Sin embargo, algo ocurre con nuestra ropa que, al vestirnos, nos hace invisibles; nos hace desaparecer el uno ante el otro. Algo así como si nos cubriéramos, poco a poco, con una capa tejida con medias, faldas, blusas, suéteres, calcetines, pantalones, camisas, corbatas y chaquetas. Hasta que nada queda de ti porque tú, vestida, no eres tú; hasta que nada queda de mí porque yo, vestido, no soy yo.

Nos corroe la prisa y la mecánica; nos disolvemos en las alarmas, en la mugre, en las normas; nos desterramos de los tactos, nos caducamos en los besos, nos licuamos entre los sexos para, ya imaginarios, tras abrocharnos el último botón o atarnos el cordaje del último zapato, mostrarnos visibles ante el mundo, opacos ante los otros, adaptados ante los demás. 

Acobardados y rendidos ante nuestras rutinas y tedios.

Y ya sin poder reconocernos, aparecemos uniformados de nosotros mismos, con esa cristalización irrompible, con esa turgencia de muro, con esa costumbre de cárcel, de patíbulo, de abandono, que se inicia cuando el reloj suena y, al encender la luz, dejamos de estar desnudos y comenzamos a ser prisioneros de cuantos nos ven más tarde, cuando nuestra propia ropa nos impide saber quiénes somos.


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