jueves, 22 de agosto de 2013

HORMIGUEROS




La sangre de su última víctima discurría por el filo de la bayoneta.

Tras acumularse brevemente en el vértice final del arma, culminaba su descenso cayendo con un goteo plomizo, acompasado y certero, sobre la embocadura del hormiguero.

El jefe del pelotón, mientras recuperaba el aliento que le había robado el combate cuerpo a cuerpo, había descubierto el pequeño orificio junto a sus botas.

Un número incalculable de insectos embadurnaba sus antenas, sus vellosidades, sus cuerpos invertebrados, con el maná rojizo que les otorgaba el cielo.

La mirada del sargento se mantenía anclada a la imagen de aquella orgía laboriosa, como atrapado en la sincronía de un juego hipnótico.

La suerte que pudieran haber corrido sus hombres durante la ofensiva había perdido todo interés: vivos y muertos serían sustituidos por nuevos vivos, por nuevos muertos.

Con toda seguridad, se decía, al otro lado, donde se reorganizaba el enemigo, también un guerrillero contemplaría ensimismado cómo la sangre de sus víctimas se desperdiciaba en el hueco de otro hormiguero.

Sin llegar a descifrar el porqué, los hombres de ambos bandos habían luchado durante décadas entre sí, como reflejados en un espejo sucio, para que, en definitiva, la victoria siempre correspondiese a los insectos.

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