viernes, 8 de abril de 2016

PORTEROS


ILUSTRACIÓN MANUEL F. TORRES


Es preciso señalar que ésta no es sólo la historia de la señora Pilar aunque, en esta noche detenida en el noviembre de 1975, la veamos escapar de su domicilio cubierta de sangre. Pese a presentarla de esta guisa, en medio de la escena que da inicio a nuestra visita guiada, ella no es la protagonista principal. Ese papel le corresponde a Pedro.

Pedro era el marido de Pilar y ejercía como portero en el bloque de viviendas donde nos encontramos. Aquí pueden observar la antigua escalinata del vestíbulo, trabajada en mármol y granito pulimentado, que conduce a un segundo recibidor donde, como pueden comprobar, ya se encuentra clausurado el espacio dedicado a la portería.

Síganme por este pasillo que lleva a la escalera principal y al ascensor que será reemplazado por un último modelo en un tiempo máximo de dos meses. Bajemos las escaleras y lleguemos al domicilio de Pilar y Pedro. Pasen, no tengan miedo. Si lo desean pueden acercarse y entrar en el dormitorio que compartían los dos. Estudien la escena del crimen mientras les comento que, no hace más de un mes, le comunicamos a Pedro que el tiempo de su jubilación había llegado y que debía detener sus labores de forma inmediata. Ya de paso, recurriendo a un correo certificado, instamos al portero a abandonar el piso que le cediera la antigua propietaria para que lo habitara mientras se mantuviese vigente el contrato entre las partes. El plazo para que la vivienda quedara vacía era de quince días que culminan ahora, en esta jornada de autos a la que asistimos.

La jubilación y el aviso de desalojo se sucedieron de sopetón, sin tiempo para que el matrimonio pudiese reaccionar o, al menos, preparar un cambio de residencia con una planificación meditada. Quince días no son nada cuando uno tiene que trasladar la escoria acumulada durante toda una vida; máxime si uno desconoce dónde va a llevar tanto residuo. Según nos explicaron, fue este desconocimiento, sumado a los acontecimientos de los últimos meses, lo que provocó que la mente de Pedro pasara de un estado de cierta enajenación hostil a un estadio furibundo, desesperado e irracional en grado sumo.

Pero, si me lo permiten, dejemos atrás el cadáver de Pedro y avancemos; así podré mostrarles el resto de la vivienda que, aunque les pueda parecer extraño, siempre mantiene esta especie de opacidad.

Verán: la oscuridad que impera en la casa de los porteros se debe al hecho de estar enterrada en el sótano. Pese a contar con cuatro habitaciones, dos cuartos de baño, dos salones, una amplia cocina y un pasillo que recorre y conecta todas las estancias; sólo tiene dos ventanas que dan acceso al patio de luces de la finca: una desde la cocina y otra desde el aseo más amplio. Por lo demás, la única posibilidad que tiene la luz del día, para penetrar en la vivienda, son unas diminutas troneras que las milicias republicanas horadaron en los gruesos muros durante la defensa de Madrid. Como pueden observar, esas perforaciones, que en el interior se encuentran a la altura del techo, en el exterior apenas superan la altura del suelo. De ahí nace esta penumbra constante que se hilvana a esta cerrazón de tufos de cloaca, de letrina embozada, de cocina vieja, de coles, de matanzas de cerdo, de ropa de muertos, de papeles podridos y de humedades de yeso.

Prosigamos: una vez presentadas las escenas, situémoslas en el tiempo.

Asistamos al momento en que vemos huir a Pilar. Es la una de la madrugada de una fría y desierta noche de noviembre. Tan sólo han pasado unos minutos desde que Pedro cayera al suelo desde el lecho matrimonial, sujetándose la vida con sus propias manos, intentando que el corazón no alimentase la hemorragia que Pilar le ha provocado al clavarle sus tijeras de costura en el cuello. Esos breves instantes han sido suficientes para que el sentido de su existencia, si es que tuvo alguno, terminase fundiéndose en un recuerdo fútil: la primera vez que vio a Pilar cuando tan sólo era una niña envuelta en las hechuras de una mujer y él era un hombre enamorándose como un crío. Nada importante salvo por el detalle que establece la diferencia de edad del matrimonio y, sobre todo, la terquedad de la pareja por salvaguardar su relación desde tiempos anteriores al alzamiento.

Si bien ésta ha sido la escena final del crimen, les daré a conocer los motivos que llevaron al portero a un desenlace tan inesperado y desagradable.

Acompáñenme:

Pedro Castillejo González, que ese es el nombre completo del difunto, ejerció durante treinta y nueve años como conserje de este número de la calle General Ibáñez Iberos de Madrid. El contacto con Doña Concepción Martínez, la antigua propietaria de todo el inmueble, se lo proporcionó a Pedro un compañero de celda que, al igual que él, logró salvar la vida durante la guerra y esquivó el paredón durante los primeros años de paz. Se trataba de un vecino del mismo pueblo de Pilar que fue puesto en libertad un año antes que Pedro y que, tras unos meses ocupando el puesto, incapaz de permanecer tantas horas encerrado en el chiscón de la entrada, decidió regresar a su tierra dejando la plaza vacante y a disposición de alguien que prefiriese calmarse el hambre cambiando de celda.

Pedro empaquetó su oficio de albañil y se hizo portero sin pensárselo dos veces. La vivienda subterránea que se incluía en la oferta disipó cualquier lucha interna a favor de seguir buscando empleo en el campo de la construcción. Cementos, yesos, paletas, llanas, capataces y jefes de obra ya le habían mostrado las inclemencias de aquella labor antes del levantamiento y durante los años de prisión. Por mucho que el sector necesitara abundante mano de obra, Pedro decidió que las suyas no volverían a hacer masa ni a enfoscar paredes.

Gracias a la nueva vivienda, persuadió a Pilar para que se trasladara a Madrid y Pilar -que ni siquiera había cumplido dieciocho años-, por imposición paterna y por un deseo propio y explícito, persuadió a Pedro para que dejara a un lado sus convicciones anticlericales y se casara con ella por la iglesia. Así fue como -tras una boda tan de puntillas que levantó recelos en las comadres del pueblo- ambos se instalaron de forma definitiva en Madrid, dispuestos a comenzar una nueva vida y a crear una familia que, pese a los esfuerzos de Pedro y a las querencias de Pilar, nunca llegó a aumentar en número. Ninguno de los dos investigaron los motivos de su sequía. Aceptaron lo que la vida les daba y lo que no y permitieron que la soledad les llenara la intimidad de silencios. Compartieron treinta y nueve años fregando y barriendo, repasando la nitidez de los cristales, abrillantando pomos y reluciendo espejos, vigilando las entradas y salidas de los inquilinos y abriéndose a conversaciones con éstos que, con el paso de los años y el aumento de las confianzas, vinieron a convertir el rincón de la portería en una especie de confesionario donde los vecinos, en procesión diaria, iban dejando el relato de sus opiniones, de sus actitudes y de su curiosidad por la vida del resto de los habitantes del edificio.

En lo que correspondía a sus funciones de hombre para todo, Pedro las desempeñó con diligencia y un servilismo que rayaba lo obsceno.

Educó sus formas moldeándolas como contrapunto a las idiosincrasias de cada uno de los inquilinos: si, por ejemplo, se cruzaba en la escalera con Don Anselmo -el vecino del Cuarto Derecha, un soltero cincuentón de una locuacidad insustancial y pertinaz-; Pedro trataba de conducir sus comentarios hacia terrenos de necesario cuchicheo. Picardeaba la curiosidad de su contertulio no sin antes solicitar de éste el secretismo respecto a las novedades en la vida de sus convecinos. De este modo, la introducción de la complicidad en la relación cocinaba un arreglo tácito que disminuía la verborrea de Don Anselmo y aumentaba el prestigio del portero: el alcahuete probable se convertía en confidente leal.

Del mismo modo actuaba con el resto.

Si, en el trato de los primeros meses, Francisca Ordóñez -que vivía en el Tercero Izquierda, era madre de cuatro niños y estaba casada con un capitán destinado en el Sahara-; se mostró altiva y grosera, transformó su comportamiento en poco tiempo. Francisca equilibró el desprecio de clase hacia su portero. La pericia de Pedro para desplegar todas sus habilidades lo convirtió en un ser imprescindible en el día a día de aquella madre saturada. El desprecio mutó en pequeñas confraternizaciones, aguinaldos abundantes y regalos de ropas usadas. Para que éstas se ajustaran y les fueran útiles a ella y a su marido, Pilar se dejaba los ojos entrando o sacando bajos y dobladillos de vestidos, camisas y pantalones abandonados a la vejez del alcanfor y la naftalina.

Piso por piso, vivienda por vivienda, el ritual de adaptación del portero se filtraba por cualquier ranura. Si con Augusto -el septuagenario del Primero Derecha- intercambiaba y renovaba novelitas de Marcial Lafuente o de Silver Kane; con Gloria -la hija única de los del Segundo Izquierda- se dedicaba a fabricar miniaturas de muebles para sus muñecas. Padres y nietos, hijos y abuelos, familiares de los inquilinos o éstos mismos, fueron desfilando ante el portero, fueron transformándose de forma paulatina al gusto de Pedro y, sobre todo, fueron cambiando su valoración personal hacia aquel antiguo obrero y excombatiente republicano.

No sólo se transformaron ellos:

Pedro se convirtió en otra persona y se sintió parte de una familia enorme que lo quería, que dependía y que se sentía segura bajo los techos y entre las paredes que él vigilaba y protegía. El portero olvidó sin esfuerzo su antigua ideología libertaria y, en un proceso de mimetización voluntaria que lo igualaba a todos aquellos personajes, se obró en él un cambio intelectual que se reafirmó cuando sintió el grado de su categoría, cuando fue consciente del poder adquirido.

Los años transcurrieron y la tendencia se afirmó. El matrimonio de porteros se convirtió en un miembro más de la comunidad y el trato se hizo familiar, sin diferencias entre los empleados y aquellos a quienes debían servir. Pedro pasó a ser llamado el “Señor Pedro” y cuanto hacía al margen de sus labores se transformó en una guía de comportamiento vecinal. En tiempos de disimulo y penurias, se contagiaron conductas de ayuda entre los habitantes de los diferentes domicilios y el Señor Pedro, con suma discreción, se encargó de la conexión e información entre ellos. Si alguien necesitaba cualquier cosa se lo hacía saber al portero y éste, a su vez, se encargaba de dejar caer en sus conversaciones tal o cual carencia. Por el contrario, si alguien quería deshacerse de algo empleaba el mismo sistema y, de este modo, lo que podía terminar en basureros y escombreras alargaba sus posibilidades en manos de otros inquilinos. Esta sencilla metodología aumentó la influencia de Pedro, si ello era posible, y ésta tardó poco en convertirse en una peculiar devoción del vecindario hacia las virtudes del portero.

Pero, como han podido comprobar, todo este viaje feliz por el pasado profesional de Pedro ha tenido un final inesperado y trágico.

Tal y como ocurre con las malas noticias, un día anónimo apareció un cacharro automático; una especie de teléfono que comunicaba los domicilios con el portal del edificio. El “telefonillo” -nombre que, como saben, se dio al intercomunicador por unanimidad social- se puso de moda de la noche a la mañana. A toda la ciudad le dio por pensar que disponer del control sobre quién entraba en los portales era un símbolo de progreso, de una modernidad que no termina por ceder e instalarse en España.

El poder seductor de aquel aparatejo se fue extendiendo como un azote bíblico. Manzana tras manzana, vecindario tras vecindario, el portero automático ganó terreno hasta que un día irremediable apareció en este bloque. En tan solo tres jornadas de trabajo intensivo, el invento, lleno de cables retorcidos y conexiones encintadas, dio al traste con la utilidad del portero como vigilante diurno: el portal quedaría cerrado día y noche y cada uno de los vecinos sería responsable de las entradas y salidas de personas ajenas al edificio. Fue éste un resultado inmediato de la invasión tecnológica. Y no sería el único. También, de forma progresiva, una serie de procesos imperceptibles fueron marchitando al Señor Pedro como responsable de la limpieza y como hombre sanador de rotos y descosidos.

Sacar a Pedro de su chiscón, de su esquina en el recibidor, y reducir su sueldo; fueron las primeras acciones que emprendió nuestra inmobiliaria, dueña ahora de toda la finca tras el fallecimiento de Doña Concepción, la anterior propietaria. Pedro -que ya había superado los sesenta años de edad- sintió profundamente la perdida de aquel habitáculo desde donde había capitaneado la evolución de la comunidad vecinal. No obstante, los inquilinos lograron que la tristeza de Pedro por el abandono del centro de mandos, se camuflara con un pequeño homenaje y el regalo de una figurita de plata en cuya base se podía leer: “Al mejor portero”. El vecindario al completo aplaudió la medida porque veían en ella un merecido descanso a los muchos esfuerzos de su fiel servidor.

Pilar y Pedro no durmieron aquella noche del homenaje. Cada uno, a su manera, sufrió un ataque intuitivo y éste les llevó a una conclusión similar sobre la que, con la intención de conjurarla y evitar que llegara a hacerse realidad, evitaron pronunciarse: la vida que habían construido llegaba a su fin. El intento por adivinar cómo se desarrollaría el funesto augurio les desveló y, tras dos horas de soportar el sonido de sus respiraciones, Pilar decidió abrazarse a su marido y buscó un amor que él había sustituido, hacía décadas, por una pasión frenética hacia su trabajo. Pedro mantuvo su postura, dando la espalda a su compañera, y modificó la intensidad de su respiración para hacer creer que, por fin, había conciliado el sueño. Así permanecieron hasta que el despertador alivió la tensión de la farsa y ambos se pusieron en pie, dispuestos a enfrentarse a una novedad que, sin lugar a dudas, les imponía una desaparición forzosa.

La nueva situación promovida por la pequeña invasión tecnológica hizo mella en el espíritu de Pedro. Un rencor obsesivo se instaló en sus maneras y tratos con el vecindario. Su diligencia habitual se tornó en apatía y la evolución del mal humor terminó por convertirlo en un ser taciturno. Los inquilinos, asombrados e incómodos, lo escuchaban rumiar aversiones según regresaban de sus respectivos lugares de trabajo, de sus compras o de sus paseos. Con una rapidez insospechada, desapareció en Pedro el servilismo que le había caracterizado a lo largo de tantos años y, como es natural, la brusquedad del cambio molestó sobremanera al vecindario que se sintió víctima de un engaño.

Fue por este motivo que la junta de vecinos, con la misma celeridad que experimentaron la transformación del Señor Pedro en un ser arisco -hartos de insultos soterrados y de silencios insultantes-, nos solicitó, como sociedad propietaria del inmueble, que despidiéramos al portero y que contratáramos un servicio de limpieza y mantenimientos mínimos.

Revisamos el contrato y constatamos que el portero ya estaba en edad de jubilarse y que este detalle facilitaría el cese del trabajador en sus labores. Los trámites se resolvieron con una premura poco acostumbrada y, como ya les he comentado, hace quince días consolidamos la jubilación y la cancelación de las prebendas.

Cuando se certificó su jubilación y se le ordenó el abandono del domicilio prestado, el hilo del que pendía la sensatez de Pedro se rompió sin esfuerzo. Todo él se enmarañó entre recuerdos por los servicios prestados, serpenteó por los huecos de la ideología abandonada, se estranguló en el insufrible futuro que expone la imaginación desesperada, y, en un remate del pespunte, señaló la más peregrina de las ideas como la idea que se debía llevar a cabo.

Más tarde, cuando la policía nos permita acceder al resto de escenarios de esta matanza, les podré mostrar el ensañamiento con el que el Señor Pedro ha asesinado a la totalidad de vecinos del bloque. Enfangado por el odio y sintiéndose traicionado, se ha despachado a gusto, sin respetar a viejos, ni a mujeres, ni a niños. Un espectáculo atroz que deberían ahorrarse.

Sigan mi consejo, es preferible que les muestre la escena de la muerte de Pedro. En ella verán cómo el portero llegó tarde a su domicilio. También descubrirán a Pilar en su dormitorio, embelesada en su costura, asustada porque la hora ya supera las doce de la noche, porque desconoce dónde puede encontrase su marido y porque no consigue disolver el mal auspicio que se le ha anudado a los pensamientos.

Pasen y atiendan al momento exacto en el que Pedro llega al domicilio y, tras sortear las múltiples cajas y mobiliario desmontado, se detiene en el umbral del dormitorio. Fíjense en cómo, gracias a luz amarillenta de la lamparita de noche, al entrever el rictus fúnebre de Pedro, Pilar constata que algo grave ha ocurrido pero, sin embargo, no hace pregunta alguna. Noten su actitud nerviosa mientras deja la labor sobre la mesilla. Perciban cómo el silencio se afianza en la estancia cuando, entre un quejido de muelles, Pedro se sienta sobre el lecho matrimonial. Escuchen susurrar a Pedro. Acérquense para lograr descifrar su murmullo, ese rezo que no es más que una reiteración de la misma frase: “todo ha terminado, todo ha terminado, todo ha terminado…” 

Miren ahora a Pilar, calculen su pavor cuando se gira para intentar hablar con Pedro y ve que su marido la aguarda, que se mantiene a la espera sujetando con fuerza la mitad de la almohada que le corresponde. Asistan al instante en el que Pedro se abalanza sobre la mujer, miren cómo la porción de almohada que maneja parece engullir las facciones de Pilar; cómo todo el cuerpo de la mujer desaparece bajo mantas y sábanas, cómo el hombre oprime y balbucea su letanía de forma entrecortada por el esfuerzo: “Todo ha terminado, todo ha terminado, todo ha terminado…” 

Dense prisa, descubran esa mano de Pilar que entre asfixias y agonías logra tantear la superficie de la mesilla de noche. Observen cómo caen al suelo madejas de lana, carretes de hilo, el alfiletero, el dedal… Comprueben, finalmente, cómo se hace con las tijeras, cómo con un golpe certero, guiada por el anhelo de mantenerse viva, clava una de sus hojas en la garganta de Pedro, cómo se libera de la presa ante el estupor de su marido que, tras un instante de incredulidad y exasperación, escupe una bocanada de sangre sobre el camisón de Pilar y se deja caer al suelo sin saber qué hacer con su vida y con su muerte. Métanse en la mirada del hombre, en el reflejo que le devuelve a su mujer corriendo por el largo pasillo del domicilio, ese largo camino hacia el recuerdo de la primera vez que se fijó en Pilar, cuando ella aún era una niña y él no era un superviviente. 

Quédense unos segundos para ver cómo se apaga con suavidad, con una leve sonrisa, como quien encuentra descanso…

Volvamos ya a la escena de inicio, al final de esta visita guiada, hasta este momento definitivo, hasta esta noche cerrada y silenciosa de noviembre. Volvamos a Pilar subiendo los escalones, llegando hasta el portal y comenzando a oprimir cada botón del portero automático, suplicando que alguien conteste y, desesperada, aceptando cuanto le dicta la imaginación, toda esa muerte que intuye tras pulsar cada botón de cada piso.

Mírenla correr, empapada en sangre y semidesnuda, gritando, chillando, pidiendo auxilio a una ciudad que intenta mantenerse despierta mientras aguarda, paciente, la muerte de un dictador.

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