viernes, 3 de enero de 2014

TIEMPO ATRÁS



Ahora ya lo he matado.

No he querido escuchar ni quejidos, ni súplicas, ni ofertas. He abierto la puerta, lo he visto desnudo tal como lo dejé, he desenfundado su revólver y he disparado. 

Antes, al medio día, regreso al refugio sin ocultarme. Camino junto a los carromatos, a los camiones de suministro y a las tropas alineadas. Los soldados marchan cansados. Cargan con la muerte y la victoria. Evito mirarlos pero no oculto la cara. La boina roja y la camisa azul del hijo de Don Jesús me protegen. Huele a madera quemada, a polvo y a querosén. El sol aprieta. De sopetón, el verano ha vuelto.

Antes, hace dos horas, avanzo por las calles de la capital buscando escondite en cada esquinazo. Me oculto de amigos y enemigos. Uniformado de esta guisa, mientras permanezca en la ciudad, pueden traicionarme los unos y descubrirme los otros.

El olor ahora es diferente. Huele a pólvora y a carne achicharrada. Huele a gritos y a pánico, a bacanal y muerte. Huele a desfile imperial, a rencor macerado, a venganza consumada. Entre los escombros rumorean los llantos de las plañideras. Rosarios, crucifijos y lutos advierten a Dios de la masacre. Sigo sus lamentos como quien busca el nacer de un río.  A lo lejos diviso una columna de humo que a mis ojos se antoja campanario. Me apresuro, corro, pierdo el miedo. Llego hasta la tapia del cementerio y aterrado, a través de las verjas, contemplo cómo se quema la matanza.

Esto no es nada, comenta con sorna un legionario, en la plaza nos hemos llevado por delante a cientos.

Se acerca a la tapia y orina junto al cadáver de una muchacha que reconozco. Es Pilar, la más joven de las camareras de la hacienda. Decenas de muertos la acompañan mezclando su alma en los cauces del empedrado. Los orines del rebelde serpentean y mancillan los restos. Moscas y avispones zumban y revolotean embriagados. Paralizado ante la muchacha intento detener mis lágrimas. El soldado guarda sus vergüenzas y se sitúa a mi lado. Ambos contemplamos el cadáver. Mi mano, tranquila e inconsciente, abre la cartuchera y empuña el revólver. Cauta y cobarde no desenfunda el arma.

Una pena, compadrea el legionario, a chicas tan guapas es mejor joderlas y matarlas que matarlas sin joderlas.

Acto seguido se ríe como escupiendo y echa el fusil al hombro. Nos miramos. En sus ojos fallece la conciencia, todos los odios del hombre le tiznan la cara. Se marcha y yo sigo su paso de reojo hasta que, a medio camino, la verdad estalla.

Corro sin disimulo.

Adela yace entre la hilera de cadáveres como una flor viva entre los terrones de un páramo. La flor está muerta. Su camisa amarilla es un harapo que ondea inquieto entre las rachas de humo que escapan del cementerio. De la falda morada no queda más que un girón de tela y el rojo mustio de su sangre completa la bandera.

Antes, hace cuatro jornadas, en el refugio de pastores donde me oculto, el hijo del difunto Don Jesús me asegura que su centuria tan sólo se dedica a la propaganda, que no ha matado a nadie, que él no tiene culpa de nada, que él es inocente. Balbucea sus escusas, las llora para que las crea. No es necesario, sé bien que son muy ciertas.

Desde niño, pese a haber acompañado a su padre en múltiples monterías, jamás ha apretado el gatillo de su flamante escopeta. Estoy seguro. Tal y como ha confesado hace un minuto escaso, nunca ha matado nada, nunca ha matado a nadie. Pero a mí, que tanto tiempo he perdido en soportar su mal juicio, a mí sí me iba a matar. De eso también estoy seguro.

El hijo de Don Jesús es un joven calmo, blando en sus hechuras y somnoliento en el trato. Lo es hasta tal punto que, saltándose los férreos protocolos aprendidos, es capaz de boquear mientras se desarrolla una reunión con amigos, una cena con familiares o, como le ha ocurrido, durante ese momento exacto en que debió mantenerse alerta, descubrirme, apuntar y disparar.

Es este tic común e indiscreto, así como su fórmula para combatirlo, lo que define su actitud desde la niñez. No se recrea en él, no lo alarga hasta desatar el rugido que oculta todo bostezo, no lo esconde en el puño ni lo transforma en ulular de búho. Su costumbre, metódica y refinada, es la disección del gesto con un suave y breve palmeo de la mano sobre el labio superior. Así, según aparece el impulso de abrir la boca, domina la progresión de la mueca, como amaestrándola, hasta que la tensión cede y todos los músculos faciales recuperan la languidez de su expresión habitual e inerte.

Cuanto le ha sucedido en la vida ha corrido la misma suerte. Ningún hecho ha logrado alcanzar su punto superlativo: lo que es muy bueno ahora, ya era muy bueno cuando él nació y, por este motivo, sus posibles sentimientos de triunfo, de euforia ante el éxito, se han calmado mediante palmaditas en el ánimo. Por la misma razón, todo cuanto pudo resultarle dañino se filtró entre los muros de contención familiares hasta convertirse en algún que otro mal anecdótico, más relacionado con las enfermedades acostumbradas de la infancia que con una intervención irresoluble del destino.

Nació rico y morirá opulento, nació sano y morirá indemne, nació cansado y morirá harto. O, al menos, eso presuponía hace unos diez minutos, mientras permanecía apostado junto al refugio, mientras le llegaba el bostezo y, del mismo susto de verme tan cerca, él solito rendía el arma.

A empujones lo obligo a entrar en esta pequeña cueva a la que, desde que recuerdo, los pastores llaman refugio porque en la entrada, atada con cinchas y correas, alguien tuvo a bien poner una madera. Al atrancarla tras de mí nos ha llegado el eco sombrío del primer bombardeo. Badajoz va a caer como ha caído Mérida, como antes han caído Zafra y Llerena, como van a caer todos los pueblos de esta tierra; sin un ejército que sepa y pueda defenderla.

Antes, hace una hora, me muevo con rapidez entre las encinas, me arrastro bajo los matorrales, me guarezco tras las rocas y peñascos. Debo llegar a Badajoz sea como sea. Contengo la respiración. Afino el oído intentando descubrir el avance de los cazadores, siento el crujir seco del rastrojo bajo las botas, distingo el ansia servil de sus perros. Pronto dividirán la partida en dos grupos. Unos seguirán a los sabuesos, otros se dispersarán para marcar sus puestos.

Sin ser hombre de campo conozco bien el terreno. Todos los pobres de por aquí hemos aprendido a leer la rígida caligrafía del secano. De crío lo recorrí cientos de veces ayudando a mi padre en sus tareas. Él lo trabajó de niño, de hombre y de viejo; lo trabajó hasta caerse muerto de tanto empeño en sacarme de su camino y ponerme en el que consideró correcto: el ejército.

Antes, en los terrenos aledaños a la hacienda, mientras el sol levanta la bruma al marchitar la humedad del Guadiana, veo al hijo de Don Jesús echando un cigarrillo. Lo acompañan sus amigos. Son nueve compañeros, frecuentes en las reuniones navideñas y en las partidas de caza que se organizaban en la hacienda. Lucen con orgullo boinas rojas que nunca antes habían llevado. Por el cuello de cada pelliza asoma el azul oscuro de las camisas nuevas. El uniforme y sus armas recientes confunden las bravuconadas adolescentes y las disfrazan de hombría. Beben todos en abundancia, dan tragos largos y ceden la bota de vino al que tienen al lado. Ríen tranquilos y ufanos hasta que llega el silencio tácito. Casi sincrónicos, como tantas otras veces han visto hacer a sus padres, tiran al suelo sus cigarros, montan las armas y comienzan a caminar buscándome.

Los observo desde mi escondite en el nuevo granero. He pasado la noche enterrado en el pienso. Apenas he dormido. Durante ese tiempo no he logrado que la rabia y el odio calmen esta pena de niño, esta ausencia que se me mete tan adentro, tan en el respirar mismo, que ahoga de pura infancia la razón de mi tristeza de hombre.

Antes, con el primer apunte de la alborada, oigo cómo se abren los portones de la entrada principal de la hacienda. La vibración que provocan los camiones al entrar remueve el forraje que me cubre.  Me asomo con cautela para descubrir cómo se compone una realidad que unos días antes no eran más que rumores, posibilidades, certezas incompletas.

Una sección de soldados forma dos filas ante los focos mortecinos de los vehículos. El primero lo integran tropas moras y el segundo cristianas. Un superior grita órdenes que otro militar traduce a una lengua árabe. La formación se rompe y los sublevados comienzan su recolecta. Entran con saña en graneros, establos y despensas. El personal de servicio, bajo las órdenes del hijo de Don Jesús, abre todas las puertas.

La oscuridad aún sujeta la noche cuando el superior, un simple sargento, consulta un plano, su reloj y la carga de los camiones. Han llegado tres más y cuatro carromatos. De un golpe van a quitarnos la cosecha. Pliega el mapa con decisión, se sitúa frente a la tropa y, tras nuevas órdenes y nuevas traducciones, hace marchar a la sección mora desplegando sus filas como si fueran a sembrar la tierra.

Tras su confín el sol nace. Sobre Badajoz se abre la veda.

Antes, a las tres de la madrugada, me dirijo apresurado hacia el viejo establo que el vehículo de Don Jesús transformó en cochera. Corvando piernas y espalda, alzando la maleta para que no roce la grava, evito la casual, la furtiva mirada de algún miembro del servicio a través de los ventanales de la planta baja.

A unos cincuenta metros del garaje, escucho la voz del heredero. Me acerco con sigilo al cobertizo. Me asomo temeroso a la única ventana. La suciedad azoga los cristales y me devuelve mi propia imagen. Sin embargo, escucho las voces, la conversación entre varios hombres. El bostezo conocido, casi imperceptible, confirma la presencia del hijo de Don Jesús.

Hablan de mí, me están esperando. 

Antes, con la noche bien entrada, actúo por mera intuición. Salgo de mi dormitorio cargado con mi vieja maleta. Contiene cuatro cosas que merezcan la pena. Una muda, mi uniforme de teniente, el capote y el cinto.  El revolver reglamentario lo entregué cuando me acogí al decreto. Nunca pensé que lo echaría tanto de menos.

Para no hacer ruido, acomodo el paso como quien no desea dejar huella. Bajo las escaleras que conducen al patio central desde donde se distribuyen las diferentes alas de la casa. Jazmines y geranios endulzan el miedo y el silencio. La puerta pequeña, entallada en el antiguo portalón de carruajes, está abierta. Al otro lado, el farol del pórtico vigila y mi inquietud aumenta.

Antes, al ponerse el sol, bajo este mismo farol y este mismo pórtico, al culminar el repaso de la intendencia, logro liar un cigarrillo pese al temblor de mis manos. Al encenderlo con una calada severa, siento cómo se acallan todas mis preocupaciones. Es un instante. El temblor regresa. El calor de agosto se desangra en la corriente del Guadiana. Hace frío en pleno verano. De últimas ni el calor se comporta como debe.

Escucho pasos en el camino. Detecto el sigilo. Opto por tirar el cigarrillo y preguntar quién anda por ahí. Los pasos se detienen. Me contesta el susurro temeroso de una muchacha. Conozco su voz. Es Pilar. Es la más joven de las camareras. Entró a trabajar cuando expropiamos las tierras. Me acerco hasta la rinconera que la oculta.

Me marcho, asegura.

Sin que yo pregunte nada, se arranca con un torbellino de deberes que justifican su decisión: debe avisar a su familia, debe avisar a los vecinos, debe avisar a todo aquel que pueda.

¿Avisar de qué?, pregunto intrigado.
De qué ya llegan, contesta ella.

En un estado de estupor creciente, como si ante mí tuviese a un consumado estratega, escucho a la muchacha. Pilar me explica cuanto sabe. Entre sombras, susurros y nervios, cuenta que una columna de soldados, una mezcla de moros y legionarios, avanza a toda marcha desde Mérida hacia Badajoz. Que ya han caído Zafra, Llerena, Castuera... Afirma que no hacen prisioneros, que su jefe no quiere dejar enemigos en retaguardia, que la clave es la velocidad, que para avanzar seguro no dejará vivo ni a militar que le haga frente ni a civil que dé cuartel a los de izquierdas.

Incrédulo, guardo silencio.

Pero ¿quién te ha contado a ti eso?, termino preguntando.
El señorito me lo ha dicho…, termina contestando.

Descubiertas por un reflejo de luna veo las lágrimas de la muchacha. Sin esfuerzo recuerdo la juventud y belleza de Pilar. Con facilidad imagino qué ha ocurrido entre el hijo de Don Jesús y la joven camarera. Aterrorizado, intuyo toda la muerte que se nos viene encima. Siento como una premonición el frío que ha invadido nuestro verano y, como quien se siente estúpido al constatar una certeza, decido que yo también debo marchar, que en Badajoz cada hora que pasa es una condena.

Antes, no hace ni doce horas, me hace estremecer la risa de este pelele al que apenas le apunta el bigote. Con un subir y bajar de hombros, simplón y repetitivo, sigue riendo hasta que parece perder el resorte que mantiene cada carcajada. Se ríe porque ha vuelto, porque ha entrado en la finca arropado con una centuria de falange, porque también llega la columna de África, porque está sentado donde siempre quiso estar sentado, en el despacho que fuera de su padre y que ahora es nuestro. Se ríe porque las cosas ya nunca más volverán a cambiar y, al mismo tiempo, volverán a ser como fueron siempre. Y por eso ha tomado la finca y nos ha reunido en cónclave. 

Cuando lleguen las tropas debemos aportar cuanta ayuda soliciten, ordena como si aún pudiera.

Se recuesta con desgana en la silla donde tantas veces despaché con su padre. Desconoce que los jornaleros, en venganza por lo soportado y por lo hecho, utilizaron ese asiento para ahorcar a Don Jesús el cual, balanceándose en la soga, terminó por sucumbir a palos porque ni colgado se moría. Fui yo quien condujo a los hombres aquel día y fui yo quien intentó detener la venganza que había en su justicia.

Por fin van a cambiar las cosas en España, dice, y, a los rojos de mierda, los vamos a poner en su sitio. Vosotros, continúa, no debéis temer nada, de sobra se conoce la lealtad que siempre habéis manifestado hacia mi familia y sus propiedades.

De improviso, las palabras del heredero causan efecto y capataces, pastores, jefes de mantenimiento y de cuadras, jefas de servicio y de cocina, comienzan a defender su futuro. Elogian al heredero recordando la niñez del hijo, la vida y milagros del padre, y el sacrificio que se tuvo que hacer para que la chusma nos permitiese administrar la hacienda. Yo mismo, guardés de la casa desde que dejé el ejército y administrador político de la colectividad desde que, entre todos, expropiamos esas tierras, saco mi librillo de cuentas, cojo un lapicero del escritorio y pregunto al recién llegado sus deseos respecto a la intendencia.

Es entonces cuando, entre el revuelo desatado, el hijo de Don Jesús me dedica una sonrisa nueva, desconocida en él, una sonrisa de media asta, una sonrisa carroñera.

Antes, con el alba, Adela juguetea con mi sueño entre las sábanas. Imita cada uno de mis gruñidos y se burla con cada una de mis quejas. Cuando por fin me despierta, salta de la cama y con agilidad, como si bailara, llega hasta el viejo armario donde, poco a poco, con el paso de los días, han ido quedándose a vivir cosas suyas que la costumbre ha convertido en cosas nuestras.

Yo me deleito en su desnudez mientras me pide que no mire.

Si no quieres que mire ¿para qué me has despertado?, pregunto.
Porque si no estás despierto no puedo darte una sorpresa, contesta.

No hago caso alguno. Tras simular que no miro insisto en mi recreo. La luz de la mañana crece fresca y azul. Llena la estancia con un velo irreal que roza las redondeces de Adela. Ella manipula nerviosa el contenido de su bolsa de costura. Hace aparecer una falda de color morado que a continuación sube rauda por sus piernas. Luego, sin perder tiempo y dándome la espalda, se cubre con una camisa amarilla que anuda bajo el pecho. Se gira hacia mí y adopta una pose solemne.

Como no digo nada, ella critica mi falta de imaginación, mi falta de cultura y el mal que me ha hecho el ejército en la cabeza. Es su personaje en el sainete. Es la República amenazada, resistente y victoriosa. Los milicianos se volverán locos cuando la vean salir a escena.

Por coherencia mantengo mi silencio. Es libre de hacer lo que considera necesario. Ella misma ha organizado la función, ha escrito el sainete, ha confeccionado el disfraz, ha cosido cada costura del forillo y ha dirigido al resto de actores como si fueran profesionales de la escena.

Por instinto le pido que no vaya. 

No hay manera. Se ríe de mí del mismo modo que se ríe siempre que intento convencerla. Se ríe de mí como se ríe cuando le digo que deberíamos casarnos. Se ríe de mí con su independencia de mujer futura, con su desdén hacia mis costumbres añejas, con la sencillez que infunde su inocencia.

Cierro los ojos. Sin saber por qué, me alejo de la habitación y atravieso el tiempo hasta encontrar un recuerdo insignificante, un recuerdo donde todo el personal hace fiesta y las tierras son nuestras. Adela y yo, en las cocinas, desayunamos en silencio. Nadie nos critica ni nos observa. Ambos hemos amanecido libres y unidos por primera vez sin apenas conocernos. Ella rompe el pan recién hecho y la harina vuela hacia la luz de la candela. Con suavidad, deja que los migajones se empapen con la leche teñida de achicoria. Sus manos son firmes y suaves y, mientras recupero el tiempo y su latido, me digo que nunca unas manos de mujer describieron con tanta exactitud a su dueña.

Entonces, ahora, ella pregunta que si duermo y yo, abriendo los ojos y viendo marchar cuanto amo, pienso que ojalá todo fuera sueño.

Te falta el color rojo en el vestido, grito mientras se aleja.
Ese no hace falta, contesta alegre sin darse la vuelta, el rojo me corre por las venas.

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