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Fotografía: Isabel Ruiz Ruiz |
Hola, amor mío:
Sé que puede
resultarte muy doloroso recibir esta carta con tanto retraso. Era necesario
hacerlo de esta forma puesto que el favor que quiero pedirte te necesita en
calma, con todo reordenado y tras pasar ese tiempo imprescindible para
apaciguar este otro dolor de habernos perdido.
Te advierto
que tuve que pedir a mi madre que siguiera mis instrucciones al pie de la
letra; que no hiciera de las suyas y que te mandara esta carta cuando hubiese
pasado al menos un mes. Como ya sabes lo que me cuesta pedirle favores, y lo
que le cuesta a ella hacerme caso, no te me pongas en plan tiquismiquis y
acepta esta ocurrencia. Piensa que mi objetivo no es otro que poder hablar
contigo, sin nervios ni emociones, y que comprendas cuanto te digo.
Vamos al
grano:
Quiero
encargarte una misión que, casi con total seguridad, va a ocupar todo tu
tiempo; una misión que soy capaz de resumirte en una frase: debes dignificar mi
vida.
Y para que
esto sea posible se me ha ocurrido un método:
Esmérate en
la educación de nuestros hijos.
Es preciso
que sepan de nuestra lucha por salvaguardar los derechos y libertades que tanto
nos costó conseguir. Ambos aún son pequeños y, por mucho que les expliques, no
entenderán nada. No obstante, debes hacer lo necesario para que este batallar
nuestro, este no rendirnos ante cualquier tipo de injusticia, forme parte de su
propia experiencia.
Deben
constatar que merece la pena; que no fuimos unos pobres ilusos persiguiendo una
utopía; deben saber que la perfección no existe pero que sí existe el camino
para acercarse a esa meta.
Haz que
razonen por puro ejercicio, que entrenen su imaginación, que abracen sueños e
intenten hacerlos realidad.
Procura que
observen y sean críticos con su entorno, que se guíen por la intuición a la
hora de distinguir la verdad y la mentira, que reconozcan su propio pensamiento
y que no sean meros repetidores del pensamiento de otro.
Que pongan
en valor su propia voz, su posibilidad de elegir, su posibilidad de cambiar las
reglas del juego cuando a la partida de vivir se sientan los tramposos.
Permíteles
que cometan sus propios errores y ayúdales sólo cuando los hayan cometido para
que, así, distingan el rumbo de sus propios aciertos. De ese modo degustarán el
sabor agridulce del esfuerzo.
Explícales
que, cuando crezcan, tendrán la obligación de ser útiles, no a su familia o a
sus amigos… útiles en el gran sentido, en el de la solidaridad sin
explicaciones, en el de la solidaridad como se pueda.
Repíteles
eso que constantemente me decías cuando me ponía esotérica; diles que lo del
Karma es pura matemática, algo tan simple como la alta probabilidad de que lo
positivo sume y que lo negativo reste. Demuéstrales que jugando a ese juego
siempre toca un premio, aunque no les toque a ellos.
Por favor,
que no crean que la prioridad del ser humano se centra en lograr el confort
propio; que sepan que tras esa aberración de la existencia se ocultan y cometen
todos los delitos.
Procura que
no tengan miedo al futuro, explícales que evolucionar es cambiar lo que no
funciona, que todo cambio requiere lucha y compromiso y que adaptarse es lo
mismo que conformarse.
Haz de ellos
seres libres, mi amor, que no sean esclavos de nada ni de nadie. Muéstrales las
llaves infinitas de la cultura y, ya de paso, de cuando en cuando, cántales
aquel verso de Cabral que tantas veces te susurré cuando quisieron que te
vendieras.
¿Recuerdas?
“Solamente
lo barato se compra con el dinero”.
Y ya está… Eso
es todo, amor mío, aunque me dejo demasiado en el tintero.
No es poco
lo que te pido pero, conociéndote como te conozco, sé que llevarás esta misión
a buen término.
Ámalos tanto
como me amaste a mí.
Muéstrales
las fuentes del respeto y lograrás hacer de ellos las personas que siempre
deseamos que fueran: gente buena y fuerte, gente que hace esas cosas que los
cobardes aseguran que no son posibles.
Hazme este
favor y te prometo que si siempre te quise, tendré muchas más razones para
seguir queriéndote siempre.
Una cosa
más...
Si no te
importa, diles también que nunca, bajo ningún concepto, se fíen de quienes les
prometan chuches. Como bien han demostrado, esa gente no te consigue las
chuches que te salvan la vida, a la hora de la verdad, prefieren salvar los
números de sus cuentas.
Te quiero.
Salud,
compañero.