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lunes, 25 de noviembre de 2013

#UsaTuVoz




Asumimos un riesgo.

Durante el periodo de preproducción de la campaña #NoSeasSumisa, la cantante y compositora Laura Low y el productor musical Jose de Mara me encargaron la realización de un videoclip para acompañar el lanzamiento de su nuevo sencillo: “In the stars”.

Como suele ocurrir en los periodos creativos, uno se encuentra débil ante la influencia de sus propios sentimientos y, dado que cantante y productor me permitieron una gran licencia creativa, les propuse que participaran en la campaña aportando una idea rompedora y, al mismo tiempo, arriesgada.

Laura, Jose y Antonio (el manager de la cantante) se prestaron a ayudar en todo cuanto fuera posible pues, me consta, los tres son personas completamente comprometidas con la sociedad y luchan contra cualquier injusticia dentro de sus posibilidades.

La idea consistía en dirigir el guión del vídeo hacia una línea que relatase un proceso de acoso laboral y, así, cubrir una faceta de la violencia de género que considero imprescindible sacar a la luz para que sea erradicada.

De pronto se abrieron ante mí una serie de cuestiones, peliagudas todas ellas, a la hora de tratar algo tan serio y terrible en cualquiera de sus múltiples manifestaciones.

En primer lugar me encontraba con las características del género musical —la música de baile o música dance— en el que Laura es especialista (pese a que cultiva otros géneros de forma magistral). Resultaba evidente, a priori, que la fórmula bailable se alejaba de las características emocionales tipo; es decir, aquellas que nos provocan un escalofrío en la conciencia, aquellas que suelen formar parte de la esencia de cualquier campaña que aborde un problema extendido y sin síntomas de solucionarse.

Pensé en el público, en la horquilla social que escucha, baila, es fan de este estilo y que, además, ve videoclips con asiduidad. Medité sobre la función final de la campaña y me dije que no se trataba tan sólo de concienciar sino de llegar, de aproximarnos al foco donde se ceban las ideas, al lugar donde lo erróneo puede abrirse camino y germinar como una verdad absoluta y constatable: los jóvenes y su educación.

En las conversaciones que mantengo con ese pasado, que siempre va conmigo, surgió el recuerdo de mi época de estudiante, de mi rebeldía, de mi rechazo al discurso de lo establecido, al axioma, al dogma de fe, al sermón y al púlpito. Sin salir de aquella época reconocí cómo el empeño de mis profesores para que su alumnado desarrollase una actitud crítica, respecto a lo tangible y lo intangible, no fructificó hasta que cambiaron su propio sistema de inoculación del afán por el criterio propio. Pasamos de la letra con sangre entra, a lo que fue toda una innovación: la letra podía entrar con nuevas herramientas, con arte, con teatro, con cine, con música… no sólo entrar, perdurar.

El éxito del método radicó en que nos dieron poderes plenipotenciarios, libertad para construir e integrar nuestro momento, nuestras inquietudes, nuestros breves conocimientos, hasta que surgiera el resorte que se ocultaba tras el señuelo. Y es que las carencias de la cultura sólo se satisfacen buceando en la propia cultura. Pese a todo no era el arte de la generación de nuestros docentes, no era su cine, no era su teatro, ni su música. No era su cultura, era la nuestra, aunque, en definitiva, una vez que te zambulles en esas aguas, terminas por advertir que no hay nada tuyo en exclusiva, que no eres más que una gota en conexión con otra gota del río, una gota que te empuja o tira de ti, una gota a la que empujas o de la que tiras.

Entonces… ¿Por qué no recuperar aquella metodología para esta campaña? ¿Por qué no cambiar el vehículo de promoción de una idea, de una causa, de una necesidad? ¿Por qué no acercarnos a un sector de la sociedad —la juventud— usando un medio que sí les llega, que sí consume, que forma parte de su línea de seguimiento? ¿Por qué no intentar llegar utilizando un elemento en el que se suelen propagar conceptos que indican, de forma errónea y manipuladora, cómo debe ser una mujer, cómo debe vestir, qué medidas debe tener, cuál debe ser su actitud frente a la vida, al amor, a la sexualidad, a los hombres, etc.? ¿Por qué no darle la vuelta a dichos conceptos utilizando para ello los mismos mecanismos?

Expuse a la cantante, al productor y al manager los riesgos mediáticos que asumiríamos y, por quórum, los asumimos todos.

Después nos enfrentamos a la decisión de encontrar una historia adecuada teniendo en cuenta que el lenguaje audiovisual de un videoclip, pese a que intente narrar una historia siguiendo una estructura clásica, no es precisamente ortodoxo y siempre da juego al experimento, a la metáfora visual y, por supuesto, al ritmo. No hay videoclip cuya historia esté bien contada. De existir, ese intento narrativo quedará vinculado al territorio de las sensaciones, de lo subliminal y de lo subjetivo.

Plantearé un ejemplo para aclarar esto que digo:

Todo el mundo cree haber entendido lo narrado en ese clásico del género que es “Thriller” (Michael Jackson 1982), cuando, en realidad, por mucho que nos guste el famoso vídeo, si lo analizamos con frialdad, no existe historia más absurda, más tramposa y más errática en su resolución dramática.

La resumiré:

En un cine, una chica ve junto a su pareja una película de terror de la cual, al mismo tiempo, ambos son protagonistas. Salen del cine, ella está enfadada porque no le gustan las pelis de miedo, él se pone a cantar y a bailar a su lado. Pasan junto a un cementerio, surgen zombis y acorralan a la pareja. De buenas a primeras el chico se convierte en muerto viviente y todos bailan muy animados. Persiguen a la chica hasta una casa, la destrozan para entrar pese a que nadie ha cerrado la puerta y, cuando parece que el chico se va a zampar a la chica, resulta que todo ha sido un sueño. Pero no. El chico tiene ojos de hombre lobo, mira a cámara y sonríe. Fin. 125 millones de visitas en youtube, una red social que se inventó cuando “Thriller” ya se había visto tantas veces como se podía ver.

Pues bien, demostrado lo mucho que entendemos lo incomprensible, recuperemos el verdadero tema de este artículo.

No hacía mucho que me habían contado un caso en el que un prestigioso promotor musical español emulaba las andanzas de Berlusconi. Utilizaba su posición jerárquica para chantajear a las artistas con la intención de obtener favores sexuales a cambio de fomentar la carrera musical de las cantantes, proporcionarles costosos presentes y llevarlas a fiestas donde, al estilo del expresidente italiano, conocerían a lo más “granado” de la sociedad española.

Este hecho que nunca podré demostrar, como le ocurre a la mayoría de las víctimas de acoso, inspiró mi propuesta. Reconstruiríamos dicha situación. Eso sí, daríamos a la pieza elementos que favoreciesen el acercamiento del posible espectador a la trama. El mundo del cómic, el de las películas de acción o el de los videojuegos se nos apareció como un contexto al que podríamos adaptar la historia, su resolución y el mensaje.

Cuando Laura y Jose me comentaron que había una gran pega con el guión —ya que la letra habla de la ruptura de una relación sentimental debido a la apuesta de la protagonista por su carrera musical—, enarqué las cejas, sonreí ante la ironía que planteaba semejante conjunción y, ante sus dudas, me acordé de "Thriller" y les pedí que me permitieran continuar. Y así lo hicieron.

El resultado es el videoclip “In the stars”, una producción en la que todo el equipo, y las empresas colaboradoras, se han dejado la piel para mejorar el resultado final ya que si algo ha estado presente, en cada fase de la producción, es que el esfuerzo que realizáramos iba a ser diminuto en comparación con la amplitud del mal que deseamos combatir.

Creo hablar en nombre de todo el equipo, de Laura Low, de Jose de Mara y en el mío propio, cuando os solicito vuestra comprensión, vuestra apuesta por una nueva aportación a esta batalla, y vuestra ayuda para la difusión de este vídeo que no pretende ser otra cosa que una herramienta más en la lucha contra la violencia de género y el machismo.

Utilizadlo, enviádselo a vuestr@s hij@s, que lo vean sin darles explicación alguna, evitad el rechazo del sermón y dejad que, como le ocurriera a mi generación, la idea cale en ell@s como la lluvia fina.

Cada gota cuenta.



lunes, 18 de noviembre de 2013

#NoSeasSumisa




La conciencia toma al asalto mis pensamientos. 

Puede que éstos sean bienintencionados o una auténtica barbaridad. Puede que me parezcan brillantes para, de inmediato, descubrirse ante mí como una estupidez. Tengo, incluso, algún pensamiento optimista que la realidad se encarga de hacer desaparecer con una prontitud exasperante, como si la fe, en lugar de alimentar esperanzas, atrajese a su plato la voracidad de las circunstancias. 

Me dan ataques de pensamientos simultáneos: miro a mis hijas y a mi hijo y, mientras sonrío al ver cómo se entretiene el tiempo, me ensombrezco al meditar sobre lo que debo transmitirles para que crean en el ser humano, para que luchen por el conocimiento, para que la justicia les parezca algo portentoso, necesario y cercano y, por otro lado, para que sobrevivan a estos tiempos que no se entretienen, a seres que no son humanos y a un futuro mucho más desconocido e injusto de lo que hubiésemos sido capaces de imaginar hace unos cuantos años. 

Como digo, entre ideas y reflexiones, la conciencia me asalta, me atrapa, espabila mis sentidos y no me deja dormir. Hace no más de dos meses, se me vino encima acompañada de una de esas noticias que ya pasan sin más pena ni más gloria y desde entonces me maneja a rienda suelta. El caso es que una mujer, una desconocida tan cercana como deberían serlo todas las personas, caía asesinada a manos de su marido sin que semejante atrocidad tuviera otra causa última que la de haber conocido a ese hombre y haberse casado con él.

Otra mujer víctima y otro macho alfa desvelando un perfil asesino que nadie le había extirpado con el bisturí de la educación. (Tenemos por ahí a un ministro que no asume que la educación también sirve para evitar estas animaladas)

Quise liberarme de la conciencia para recuperar el sueño pero no me fue posible. No sé cómo se apañó para resistir ahí, latiendo persistente, cuando, en tantas otras ocasiones, sólo había seguido los discursos del arrebato, con sus alarmas, sus lamentos, sus súplicas y sus silencios. Debe ser que del mismo modo que los viejos se vuelven niños, yo, de pura madurez, estoy resucitando mi  juventud, me pongo manos a la obra y, en lugar de aportar granitos de arena para mejorar las cosas, vuelvo a lanzar piedras, palabras con fuego o imágenes con mecha.

Me escuché decir "al lío", hice algún comentario en twitter para ver cómo reaccionaba la gente y, al comprobar que la palabra reacción se tradujo en un par de comentarios (y gracias), de inmediato, me puse a trabajar.

Convencí al personal de mi empresa, a muchos amigos y a otras empresas e iniciamos la producción de una campaña mediática, contundente, sin frases amortiguadas; una campaña que concienciase y contagiara con esa rebeldía parásita que debería poseer la bondad por el simple hecho de que la bondad es práctica.

Comenzó entonces un proceso de documentación hiriente: el despertar conducía a la pesadilla. Cada dato estadístico, cada estudio comparativo, cada noticia oculta bajo decenas de titulares, me llevó a un razonamiento que, por desgracia, se me confirma día a día y no hace sino empeorar mis presagios.

Hoy, dos meses después, con cuatro mujeres más asesinadas sólo en España, con cientos de acosadas en los centros de estudio y de trabajo, con miles de jóvenes insultadas y degradadas en las redes sociales o en cualquier medio de difusión; puedo asegurar que no es que las mujeres padezcan este grave problema —que lo padecen—, es que el grave problema somos nosotros, la sociedad al completo, sin excepción.

No pretendo dar un sermón ni recurrir a las cifras. Eso, tras esta pequeña intentona de ofrecernos como personas útiles, solidarios con arrobas y sin arrobas; se lo dejo a los señores y señoras que el 25 de noviembre, aprovechando que se celebra el “Día internacional contra la violencia de género”, se harán con las palabras prestadas de otros discursos —ampulosos en las proclamas y hueros en su eficacia y compromiso—, y las vocearán como si las sintieran o fueran pensamientos propios.

Tan sólo diré que, al final, realizamos la campaña. 

Pero en el proceso, por más que intenté impedirlo, la realidad se alió con los monstruos del sueño y la sinrazón. Evité el circuito de los organismos oficiales y el de los partidos políticos pues la idea era alejar esta aportación de cualquier carga ideológica y partidista. Tampoco me dirigí a asociaciones de víctimas ni a asociaciones feministas ni a asociaciones por la igualdad de derechos, etcétera… Y es que, por muy obnubilado que me sienta ante este asalto que sufro de mi propia conciencia, conozco el tapete del juego político y sé cuánto tiempo se invierte en el consenso general,  en jugar una carta por muy necesaria que resulte: una eternidad kafkiana.

Mi estrategia consistió en mover hilos en el territorio empresarial, no ya para pedir apoyo económico —ese factor ya lo habíamos resuelto con nuestra propia inversión—, sino logístico. La idea principal se centraba en crear un evento y presentar la campaña con la fuerza suficiente como para que su difusión fuera lo más amplia posible. Traté con directivos de grupos mediáticos, con personalidades del mundo de los negocios y con fundaciones dependientes de grandes firmas… pero no hubo manera. El asunto de la violencia de género y esta iniciativa, pese al ánimo y a las buenas palabras que dedicaron todas y todos mis interlocutores, no interesó a casi nadie.

Debo decir que en el pasado, con y sin crisis, ya había manejado todos estos contactos de forma satisfactoria; en la mayoría de los casos para promocionar auténticas chorradas.

Por lo tanto, todo nuestro esfuerzo, al día de hoy, se ve enfocado al único canal de acceso libre: Internet. Es evidente que ya contábamos con ello pero, sin apoyo mediático, como ocurre con los #motivosdejorge y su huelga de hambre en la puerta del Sol, u otros tantos casos de reivindicación de derechos fundamentales que no llegan al conocimiento del ciudadano pero que sí existen; partimos con pocas posibilidades de que nuestra acción sirva para algo.

Lo vamos a intentar y a ver qué ocurre.

Iniciamos la campaña con el vídeo “No seas sumisa” cuyo título, al igual que el que hemos dado a toda la campaña, nace en contraposición al libro “Cásate y sé sumisa”, lectura que, en la actualidad, edita, recomienda y defiende el Arzobispado de Granada.

En esta pieza hemos creado un texto, dirigido a todas las mujeres, donde se pone de manifiesto que asumir determinadas actitudes masculinas, resulta contraproducente y peligroso en grado sumo. Dicho texto se refuerza con dos escenas contadas en paralelo. Por un lado, la primera plantea una secuencia durísima en la que una mujer es atacada por un hombre sin explicación ni motivo alguno. Por otro lado, la segunda, nos traslada a un espacio onírico en el que la misma mujer se va introduciendo en una laguna hasta ser engullida por las aguas. Finalmente, en ambas situaciones, la mujer logra reaccionar, lucha por sí misma y sobrevive llevando a cabo sus mejores opciones inmediatas, aquellas que pueden salvar su vida definitivamente: la comunicación, la denuncia y la autoprotección.

El vídeo es éste que aparece a continuación. Lamento haberos desvelado el contenido pero creo que, en estos casos, no debemos jugar a crear suspense. Echadnos una mano si os parece bien y difundidlo. Mal no va a hacer a nadie.



A lo largo de este mes iremos lanzando vídeos de diversa índole que intentarán llamar la atención sobre esta lacra social. 

Los enlaces de las versiones en ínglés, francés y alemán aparecen a continuación. En estos tiempos, tod@s tenemos amigos y amigas fuera.



Desde Grupo Spcie Films y en nombre de todas las personas y empresas que han colaborado en esta campaña, os damos las gracias por vuestra atención y ayuda. Esperemos que el esfuerzo merezca la pena y que nuestras conciencias despierten o sigan alerta.

martes, 23 de julio de 2013

CIRCUNSTANCIAS



Fidelio Martínez pisó el primer escalón con aquella naturalidad aprendida que pausaba la cadencia de su porte y le otorgaba un matiz liviano, casi etéreo, a la hora de subir a las tribunas y dirigirse a la población que gobernaba.

Había utilizado en tantas ocasiones la comparativa bíblica entre la existencia y el ascenso por una escalinata, que quiso, aunque fuera en los últimos lances de su vida, predicar con el ejemplo.

“Los primeros peldaños ―se había dicho a la espera del aviso―, se deben subir con presteza pues la intuición nos engaña con la esperanza del descanso a la mitad del proceso.” “Bien sabe Dios ―concluyó mientras se abotonaba la guerrera― que el único reposo del hombre es la muerte y que a su encuentro se debe llegar agotado, con la lengua por fuera”.

Cuando alcanzó el tercer escalón, escuchó la ovación y se sintió animado. Una vez más su pueblo se congregaba para vitorear su nombre. No obstante, como la costumbre dominaba su lenguaje corporal, no tuvo la deferencia de dirigir una mirada a sus fieles, aquella muchedumbre impersonal que lo había acompañado desde que apretara el primer gatillo y cayese el primer enemigo.

Antes debía llegar a lo más alto para que los de abajo reconocieran la auténtica envergadura de un líder.

Ya pasado el cuarto peldaño, mantuvo la bizarría de su rango pese a notar cómo el pasado se le agarraba a la pechera y le hacía reflexionar sobre lo vivido.

En el sexto tramo de la escalera, los ojos se le llenaron de recuerdos y se remontó a los campos de batalla, a la vanguardia de aquel grupo de campesinos desarrapados que se convirtieron en sus hermanos de armas; avanzando y retrocediendo según fueran enumerándose las bajas; luchando por un ideal sencillo, asimilable hasta para los oligarcas que oprimían a su gente y a todas las gentes del mundo.

Dedujo que su zapatero no se había esmerado al tratar la horma de las botas nuevas. Ambas le rozaban los meñiques al llegar al octavo peldaño. Pronto comenzarían a sangrar. El clamor de la multitud no alimentaba su ego lo suficiente como para lograr eliminar esa sensación incómoda. Ciertamente, el clamor de la multitud no era capaz, siquiera, de acallar ni el crujir de la madera que pisaba al ascender con su parsimonia arrogante de jefe de estado, ni aquel otro sonido, distante en el tiempo pero cercano en la memoria, del fragor de sus hordas asaltando la capitanía general para evitar que lo lincharan cuando, ya de vida, no le quedaba más que el peso de sus propias carnes, la rectitud de su osamenta y las heridas de sus pies descalzos.

En el décimo escalón, la vejez le jugó la celada del cansancio y, al intentar recuperar el aliento, se recordó en aquel viejo cadalso de la capitanía mientras el verdugo cernía la soga sobre su cabeza, mientras un sargento anónimo le instaba a pronunciar su último testimonio, mientras orgullo y rabia se tornaban en algo que él, Fidelio Martínez, confundió con la más ingrata de todas sus clarividencias: “Me he rodeado de los mejores y no he podido evitar esto”, susurró al tiempo que cedían las empalizadas y sus camaradas, a carne, sangre y machete, le evitaban la muerte.

Llegar al graderío le supuso un esfuerzo titánico. “Hoy se me sublevan hasta las tripas”, pensó cuando un retortijón le condujo a la garganta una bocanada de hiel. Contuvo la amargura y avanzó hasta situarse frente a frente con su pueblo. Allá abajo, a sus pies, Fidelio Martínez pudo contemplar los resultados de su obra: observó a la muchedumbre enfervorizada gritando cientos de consignas que se amalgamaban en un estruendo monocorde; un tanto más lejos se alzaba la silueta de la capital rota y herrumbrosa bajo el asalto de la miseria y la desidia y, unos kilómetros más al norte, el océano que, sin tregua,  devolvía a las costas los cadáveres de los disidentes a su mandato.

Se sintió desfallecer. Las manos fuertes y anónimas de un sargento impidieron que se desplomase sobre la tarima y, poco a poco, lo hicieron retroceder hasta un punto concreto y bien conocido.

Mientras el verdugo cernía la soga sobre la cabeza del dictador, el sargento le instó para que pronunciase sus últimas palabras. Fidelio giró la cabeza e intentó sin éxito mirar en la mirada de sus generales. Todos ellos se alineaban en el lateral derecho del viejo patíbulo de la capitanía, convertida ahora en santuario de la revolución; todos ellos con sus mejores galas, todos ellos con las impolutas condecoraciones a méritos supuestos, todos ellos con sus amplios estómagos, sus refinados bigotillos y sus negros espejuelos. Entonces Fidelio Martínez esbozó una sonrisa y comentó: “También me rodeé de los peores y no pude evitar esto”

Al abrirse la trampilla bajo sus pies, aquel revolucionario, aquel militar, aquel dictador y aquel hombre de negocios; tuvo un instante de lucidez y determinó que la soga que profanaba su vida para siempre, se concretaba en la única circunstancia que se le había mantenido fiel hasta el final de los tiempos.

Ya con el último estertor de sus pulmones, comprendió la dichosa frase de ese tal Ortega Nosecuantos del que tanto hablaban sus enemigos.

martes, 19 de febrero de 2013

JUSTOS POR PECADORES

Estamos tontos.

No digo que lo seamos, digo que lo estamos. Todos sin excepción. 

Y generalizo sin miedo a equivocarme por mucho que, últimamente, en cada conversación que he mantenido, la máxima que ha regido las tertulias ha sido la prohibición de ese ejercicio amplio, pero abarcable, que consiste en generalizar.

Se me ha insistido y se me insistirá en que, en lo político, en lo económico y en lo social, no puedo marcarme unas saludables metonimias, hipérboles y sinécdoques, así, tan tranquilamente como lo hago al expresar mi opinión actual.

No puedo etiquetar una idea con el nombre de otra siguiendo el afán complementario que tienen las palabras; no puedo exagerar con la pretensión de crear un mensaje que exprese mis sentimientos (los cuales, he de reconocerlo, nunca han sido ponderados); y, finalmente, no puedo tomar partes y describir con ellas el todo.

Y es que, en esto de la opinión, aparentemente, ya no queda un hueco para la retórica pero, día a día, no cejamos en la construcción del alcantarillado que oculta la demagogia.

Por lo tanto, no puedo expresar mi temor a que este gobierno y estos políticos —propios de aquella España simple y radical que conocimos muchos—, hayan convertido el sueño de país que un día tuvimos tantos, en la pesadilla de país que, aunque en algunos casos sólo sea de forma colateral, sufrirá la totalidad. No puedo afirmar, tampoco, que la gente se está suicidando debido al carácter vampírico, parasitario y deshumanizado de nuestra banca. Y, para colmo y remate, tampoco puedo asegurar que el sistema, al completo, se pudre, es una gusanera, y apesta como el tufo a requesón que delata la gangrena.

Y no me puedo expresar en estos términos porque, al hacerlo, de inmediato me da en los oídos la metralla dialéctica de aquellos que mantienen que exagero, que decir gobierno no significa decir país; que la mayoría de la población abona religiosamente sus cuotas hipotecarias; y que, respecto a la putrefacción del sistema, no todo él está corrompido, que algo se salva, que los derechos del ciudadano aún están garantizados y que, como lo están, no puedo hacer pagar a justos por pecadores.

Pero, tras cada debate, al relajarse la conversación, se me queda activado un sentido terco que, como el martillo de un despertador, golpea repetidamente en el quid de la cuestión.

¿Cómo es que no puedo generalizar? ¿Cómo es que tengo que restringir la amplitud de mi crítica? ¿Cómo es que no puedo subir a esa altura imposible donde colocamos la interpretación de lo abstracto? ¿Cómo es que, en definitiva, no puedo mirar el conjunto, ese dibujo puntillista de una sociedad, esa aritmética de la tendencia, esa media porcentual que engaña al ojo y completa nuestro retrato? 

¿Por qué se me niega esta posibilidad?

Mi hipótesis, para dar respuesta a estas preguntas, mantiene que quien nos exige que no lo hagamos, que no generalicemos, lo único que pretende, en realidad, es colocar un parapeto e impedir que lo identifiquemos por aquello que lo convierte en un ser común en lugar de ser reconocido por aquello que lo distingue del resto de los mortales.

¿A quién le gusta que le hermanen con el conjunto de los vagos, de los antipáticos, de los listillos o de los corruptos?

A nadie.

Deseamos que nuestra identidad —a pesar de poder pertenecer a alguno de estos grupos— sea clasificada recurriendo a los matices: somos feos pero simpatiquísimos y, además, tenemos un caudal económico excelente. Por lo tanto, manifestamos que no se puede generalizar porque hay variantes: ciertamente, existe el grupo más concreto de los simpáticos feos adinerados.

Pero no nos engañemos. Los feos pertenecen al conjunto de los feos. Otra cosa es que mantengan intersecciones con el conjunto de los antipáticos, con el de los listillos o con el de los corruptos.

Porque el ser humano, desde su nacimiento, se ve integrado en comunidades —separadas todas ellas por elementos distintivos— cuya predisposición será asociarse con otras comunidades. No podemos negar que el individuo, a lo largo de su vida, logra diferenciarse de los otros elementos del grupo en la medida que se va manchando con las tinturas (experiencias, ideologías, pensamientos y sentimientos) de otras congregaciones.

Nos hacemos más exclusivos cuanto mayor es nuestro grado de intersección con otros conjuntos pero, al mismo tiempo y por la misma razón, nos hacemos más vulnerables a la generalización ya que nuestra exclusividad tiene el precio de la pertenencia a la gama, a cada una de las diferentes asociaciones de las que vamos formando parte.

La realidad nos muestra, por ejemplo, que convivimos gracias a la generalización. Cualquier sistema democrático se sostiene, casi al completo, gracias a esta fórmula globalizadora. En democracia, la mayoría representa a la totalidad a sabiendas de que lo acordado y aceptado nunca satisfará los intereses de todos los votantes.

Es más, dado que se nos ha impuesto un coto económico al acceso a la justicia; que se ha logrado que los derechos particulares salten por los aires; y que el poder judicial —encargado de evitar lo general para centrarse en lo individual, en lo específico— ha perdido su carácter originario; se han creado dos conjuntos tan delimitados como amplios: el de los que pueden pagar para demandar lo que sus derechos garantizan; y el otro, el de aquellos que no pueden permitirse pagar demanda alguna y que, sin apenas darse cuenta, han perdido ya sus derechos, sus garantías y su libertad.

Por lo tanto, decir que todos somos iguales ante la ley es una generalización que resultaba más que admisible pese a que, hoy por hoy, en nuestro país, sea completamente irreal.

De hecho, seguimos promulgando dicha generalización sin temor a que a nadie se le acuse de lo que se me acusa a mí. 

Y factores como éste hacen que me reafirme en mi derecho a describir lo amplio por sus componentes reducidos; en mi derecho a proclamar que todos, incluso los neutrales, pertenecemos a algún conjunto político; en mi derecho a manifestar que todos, incluso los niños, aceptamos alguna ideología; y en mi derecho a pregonar que cada vez que un político utiliza la defensa del “tú más” nos está diciendo que lo de menos somos nosotros, el resto de los ciudadanos, sin atender a nuestra ideología ni al conjunto político al que pertenezcamos.

En el caso de no continuar luchando por los derechos de esta sociedad; en el caso de abandonarnos a la desidia del “nada se consigue haciendo esto o aquello”; y en el caso de no entender, sin duelo, que los únicos que podrán regenerar este tinglado serán los jóvenes que se nos van —no con la herencia sino con lo invertido—, sólo podré afirmar, de forma general, que, en mi país, todos estamos tontos, aunque no lo seamos.

lunes, 11 de febrero de 2013

EL CLAN





No logro comprender ciertas cosas por mucho que presto atención y me esfuerzo.

Leo y visiono todo tipo de discursos, pronunciamientos, editoriales, artículos de opinión y debates políticos. No reniego de ningún medio de comunicación por mucho que su tendencia ideológica no sea afín a los razonamientos que impulsan mi actividad política. Quien me conoce bien pondría en duda que yo atienda, ya de madrugada, a la repetición de informativos, de esos que reciben tal calificación del mismo modo que la recibe el documento que te explica las características de un coche. Esa gente que me conoce no creería que lo hago, que veo esos libelos, pero así es.

Estoy convencido de que es necesario intentar mantener los oídos abiertos a las ideas del otro. Tener miedo a las ideas viene a ser como temer a los fantasmas, a los designios de la cartas del tarot o a la bolita que salta de número en número cuando gira la ruleta. 

La vida del más allá pululando por los pasillos del más acá; lo predestinado impregnando las cartas arcanas de un vidente televisivo; o la suerte, esa combinación aleatoria a la que nos aferramos todos y a la que, en secreto, solicitamos más favores que a cualquier otra divinidad; no son factores temibles salvo cuando colman el intelecto e impiden la llegada de nuevas posibilidades razonables.

Lo verdaderamente temible es la actitud radical ante la idea y la creencia. Lo debemos reconocer así. La historia nos muestra sobrados ejemplos de los trágicos derroteros que han seguido las sociedades guiadas por un pensamiento exclusivo y excluyente.

En ese laboratorio social que es la manada humana se ha probado con algo más de una decena de fórmulas de gestión y de convivencia. No son muchas si nos planteamos el tiempo que venimos ocupando el puesto de especie dominante. A lo largo de la historia, nuestra inteligencia desarrollada ha sido acomodaticia y ha permitido que la pequeña estructura del clan prepondere sobre la del demos. Así llegamos hasta el inicio del siglo XX sin encontrar experimentos de organización social que pasaran de lo teórico a lo práctico. 

Pues bien, todas esas fórmulas, al fracasar, han dado como resultado una síntesis que se concreta en dos tendencias indiscutibles: la autoritaria y la permisiva.

Hasta la fecha podemos constatar que la tendencia autoritaria termina siempre por corromperse. Los blindajes que la sustentan se oxidan, se carcomen y su férrea resistencia a la idea alternativa se hace porosa. Es entonces cuando surgen movimientos y convulsiones que buscan lo permisivo y que, con raras excepciones, concluyen en guerras civiles y en un absurdo derramamiento de sangre. No hay nada de inteligente ni de desarrollado en una evolución a tiros. En los tiros hay mucho de instinto y de animalidad.

Sin embargo, la manada humana ha luchado, lucha y luchará por lograr que la tendencia autoritaria se transforme en permisiva ya sea de una forma inteligente y desarrollada o de una forma instintiva y animal.

Porque de lo singular a lo plural, de lo individual a lo colectivo, hemos entendido que cuanto más ampliamos las opciones del ciudadano —sus derechos—, mayor es su eficacia dentro del engranaje comunal. Hemos aceptado que dentro de lo plural siempre se encontrará lo singular, que lo colectivo atiende a lo individual y que la reciprocidad entre ambos conceptos es sumamente beneficiosa. De ahí que las que hemos dado en llamar sociedades evolucionadas se hayan determinado por un modelo de organización que, con sus múltiples variantes, pretende garantizar la convivencia de lo particular con lo general.

Por esta razón aceptamos la democracia como receta de coexistencia. Admitimos que tiene sus errores —el sistema no es perfecto puesto que el individuo tampoco lo es—, del mismo modo que deberíamos admitir que podemos mejorarla y que todo requiere un proceso primitivo de ensayos, pruebas erróneas y aciertos.

Y este es el motivo, tal como anunciaba al principio, por el cual no logro comprender ciertas cosas que están ocurriendo en España y, ya de paso, en Europa.

No comprendo, por ejemplo, cómo admitimos que los derechos sociales, que con tanto esfuerzo se fueron conquistando, se diluyan en el líquido espeso de esta crisis que padecemos. La mayoría de ellos, utilizando un razonamiento moral y políticamente simple, poco o nada tienen que ver con factores económicos resolutivos.

¿En qué afecta la justicia universal a la solución o desarrollo de la crisis? ¿En qué afecta el derecho a una vivienda digna? ¿En qué afecta la sanidad pública, la educación pública, los derechos laborales, la cobertura social…?

¿En qué y a quién beneficia la degradación de estos pilares?

Que nadie me diga que, después de haber visto aireado todo lo que se está viendo, la motivación de semejante expolio es el ahorro en las cuentas del estado, las cuentas europeas o las cuentas del mundo. Que nadie me diga que la sociedad ha despilfarrado durante una época determinada y, ahora, tiene que pagar por haberlo hecho. La economía, no nos engañemos, también está sujeta a aquella ley de Lavoisier sobre la conservación de la materia cuya máxima se resumía del siguiente modo: “La materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”.

A esa representación de lo material que es el dinero le ocurre lo mismo: se transforma, se revaloriza, cambia de manos, se devalúa. Menos representa a más o más representa a menos. Pero lo representado, la materia en sus infinitas transformaciones, permanece. Se puede ocultar pero no desaparece. Por lo tanto, resulta obvio asegurar que lo que no tiene la sociedad, lo plural, el demos; lo posee lo asocial, lo singular, el clan. 

Muchos somos pobres para que unos pocos sean ricos.

Insisto: la riqueza, al igual que la materia, se puede ocultar pero no puede desaparecer. Por lo tanto no queda otra que afirmar que nuestro supuesto despilfarro, el de la sociedad en su amplio espectro, ha hecho rico a ese conjunto singular y reducido que es el clan.

Entonces… si esa clase privilegiada se enriquece gracias a nuestro consumo derrochador ¿cómo es que hemos entrado en crisis? ¿Cómo ocurre que esa clase no sigue incentivando el flujo económico que la hace prosperar?

Partiendo de este planteamiento se me acumulan las preguntas:

¿Por qué se deben recortar los presupuestos estatales para sanear cuentas que se nutren del esfuerzo del contribuyente? ¿Por qué está roto el círculo cerrado de producción en el que la hacienda crea proyectos, genera empleo, el trabajador percibe un sueldo y, por ende, paga sus impuestos repercutiendo en la mejora del estado de las cuentas públicas? ¿Por qué debe sufrir el ciudadano ese hostigamiento, intrínseco en la filosofía del ahorro, si, total, mediante esa filosofía, el clan merma su dominio económico y no logra generar cambios estructurales que, sin lugar a dudas, serán positivos para sus arcas?

La respuesta se me hace tan sencilla como terrible:

El clan ya no busca la riqueza o, mejor dicho, ya no busca únicamente su enriquecimiento.

Y no lo hace porque la riqueza, como tantas otras cosas, pierde su valor cuando no es exclusiva ni excluyente. Para volver a serlo, el clan ha decidido cerrar el grifo. Ha construido una presa en la fluctuación natural de la economía, en una sociedad capitalista, y ha resuelto emular al terrateniente tejano prohibiendo que el ganado de los demás vecinos abreve en el río que pasa por sus tierras.

El clan ya no quiere ser más rico, quiere que los demás nunca lleguen a poseer su estatus; está harto de la democracia, de lo que juzga a todos por igual, sana a todos por igual, educa a todos por igual y de lo que otorga derechos a todos por igual.

Ante una sociedad adormecida, ante una sociedad que teme perder los bienes que tanto esfuerzo le ha costado conseguir, ante una sociedad educada con valores morales que la alejan de sus instintos, y ante una sociedad que no recuerda que su mayor posesión son sus derechos; el clan ha visto, hoy más que nunca, su oportunidad para restablecer su tendencia autoritaria.

Paso a paso, camuflando su ataque entre terminologías, entre congresos europeos y entre praderas donde puede pacer tranquilamente la manada humana; el depredador avanza.

Y no consigo comprender por qué, siendo tantos, siendo una mayoría de gacelas, elefantes, búfalos y algún que otro ñu; no logramos detenerlo.

Debe ser que no me he informado lo suficiente o que debería ver más documentales de la 2.

domingo, 20 de enero de 2013

VERDADES MATEMÁTICAS





No tengo una capacidad que implique con garantía que mis reflexiones son acertadas y verdaderas.

Es más, según constato un hecho, y reflexiono sobre el mismo, descubro que mi criterio se desvirtúa. La opinión de los demás modifica mi percepción y, dado el aumento de las variables que generan todas las opiniones, la verdad objetiva deja de existir con la misma inmediatez con que surge.

Me arriesgo a asegurar que sólo disponemos de la verdad intuitiva pues aquella otra verdad, la subjetiva, está a un punto de esfumarse gracias al lío mediático; y la objetiva, como el presente, nace al mismo tiempo que desaparece.

Según esta premisa, para ser objetivo en mis comentarios, debo exponer hechos y evitar cualquier tipo de descripción circunstancial. De este modo, un enunciado objetivo podría ser “la tierra se mueve” y lo convertiría en enunciado subjetivo con sólo decir: “la tierra se mueve lentamente”. Mi opinión puede ser ésta última pero, con sólo escribirla, presumo que Einstein y una millonada de científicos, muertos y vivos, se estarán revolviendo en sus tumbas, en sus laboratorios y en sus salas de observación del universo.

Por lo tanto, para ajustarme a la verdad y poder hablar sobre la anécdota de hace unos días, ocurrida durante la comparecencia ante la prensa de Soraya Sáenz de Santamaría para explicar en qué consistía el Fondo de Alquiler Social, sólo podré mencionar este hecho:

Soraya se puso sentimental.

A la vicepresidenta del gobierno español, se le quebrantó la voz y las lágrimas brillaron colgadas, que no caídas, de su mirada siempre desafiante.

Y gracias a que lo grabaron infinidad de cámaras, y lo emitieron otra infinidad de canales de difusión, podemos dar esto que escribo como un hecho cierto.

¿Lo hizo de verdad o de mentira? Ese es otro berenjenal. Cualquiera que atendiese a las imágenes de la rueda de prensa lacrimógena sacará sus propias conclusiones y, por tanto, decidirá sobre lo falso o verdadero del gesto.

Pero ahí no reside lo importante. Lo importante es el anuncio, incuestionable hasta la fecha, que motivó dicha comparecencia: 6.000 viviendas de alquiler barato para las víctimas de los desahucios…

Y este anuncio, lleno de emoción e ilusiones, es importante no sólo por lo que ayuda sino porque se da de bruces con un hecho, no mencionado entre los apuntes y quebrantos de la vicepresidenta, y es que el número de viviendas vacías en España multiplica por mil la cifra de la ayuda que han aprobado.

Por mil…

También por mil se multiplica la cifra de Soraya si atendemos a los parados declarados en España (que no son reales ni verdaderos, son más); por un número más alto se multiplican otras cifras tales como los ciudadanos que se han quedado sin derecho a una justicia universal, a una sanidad universal, a una educación universal y, sobre todo, se multiplica por un número mucho más alto que esa aportación de vivienda barata, la cifra de ciudadanos que ya están por debajo del umbral de la pobreza y que, desahuciados en todas las acepciones de la palabra, en breve no dispondrán de vivienda alguna.

Tenía yo un maestro que repetía el siguiente enunciado siempre que la ocasión le era propicia: “La matemática es la ciencia más cercana a la verdad”. No entraré aquí en disquisiciones a este respecto, pero sí aplicaré las matemáticas más elementales a mi reflexión para intentar acercarme a la verdad.

Para ser benigno en mi razonamiento, aceptaré que mil, con su uno y sus tres sencillos ceros a la derecha, es el múltiplo común que diferencia las cifras de ayuda que expuso Soraya, de la realidad de la sociedad española. Así, aplicando una simple cuenta, podremos determinar que todo cuanto se nos ofrece como ayuda es, como poco, mil veces menor que lo que se necesita. Y ser menor, en este caso, no es una cuestión de restas sino de divisiones.

Iré un poco más allá y, apoyándome en esta nueva premisa, haré un planteamiento lógico:

Si el censo nos dice que en España habitamos unos 46.000.000 de ciudadanos aproximadamente, y dividimos esta cifra por ese porcentaje de lo necesario, es decir por 1.000, concluiremos que el partido que rige el destino de nuestro país, con el voto de una mayoría absoluta de ciudadanos, cuida las necesidades legales, sanitarias y educacionales (así como los derechos democráticos escritos y suscritos en ese texto anacrónico que es la Constitución española) de 46.000 ciudadanos.

No sé si las cifras, y la matemática, se acercan a la verdad tal y como postulaba mi profesor; no sé incluso si las cifras y el planteamiento que tan sencillamente he desarrollado en este texto, es cuestionable, demagógico o incierto una vez lanzado hacia la reflexión y opinión de los demás.

Lo que sí sé es que mirando el día a día, lágrima tras lágrima, Bárcenas tras Bárcenas y ático tras ático; hago caso a mi intuición, a mi criterio y a mi reflexión para afirmar que esas cifras, que esas 46.000 personas que salen de mi cuenta, que esas 46.000 privilegiadas personas que son el resultado de la gestión política en España; se acercan enormemente a lo que considero un hecho contrastable y verdadero: son muy pocos los que se benefician y muchos, muchísimos, los que lo pierden todo.

Pero, claro está, ésa es tan sólo mi verdad, es la que me hace llorar a mí, y no puedo obligar a nadie a que la dé por buena. Con toda seguridad, la verdad de Soraya será otra, será otra la que le sonsaque una lágrima, será otra la que indulte el dinero de Bárcenas y otra la que cobije y dé salud a Ignacio González…
Pero me da a mí que, al final, con estas cuentas, mientras dividamos por números tan altos, terminaremos por llorar todos los que, al dividir, conformamos el resto.

Eso sí que será una verdad matemática.

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