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lunes, 1 de abril de 2013

ESTADO DE GRACIA



No salgo de mi asombro.

El viernes a la noche, mientras preparaba mi nuevo artículo, una noticia espeluznante saltó a la palestra mediática. Como es natural en las noticias que contienen el espeluzno como partición fundamental de su código genético, en cuestión de minutos nacieron titulares de dimensiones apocalípticas, las redes sociales se hicieron eco de dichos titulares y la gente amplificó las deformaciones del propio eco. Segundo tras segundo, lo analizable cobró forma, recibió nombre y, como quien pide una hamburguesa con patatas fritas y un refresco de cola a un dependiente robotizado, la III GUERRA MUNDIAL quedó servida en las mesas del gran público.

A las diez de la mañana del sábado, la noticia había dejado de serlo por mucho que la expusieran como tal en los noticiarios. En el breve transcurso de doce horas, la noticia se había convertido en un espectáculo cómico.

En Twitter sintagmas tales como “III GUERRA MUNDIAL”, Kim Jong-un”, “Corea” y, sobre todo, el hashtag (que fue trendig topic durante dos días) “#YOtrasFormasDeIniciarLaIIIGuerraMundial”;  desencadenaron un festival del humor al que dediqué horas de una observación y lectura estupefacta. De ahí que no salga de mi asombro ni a tortazos, que haya archivado mis intenciones respecto al artículo que pretendía publicar, y me haya decantado por intentar analizar qué demonios nos ocurre, de qué nos reímos tanto, en qué punto exacto del camino se nos rompió el criterio de lo importante y por qué hemos blindado nuestros sentidos añadiéndole humor a lo que no tiene puñetera gracia.

He de aclarar —porque durante estos días, en twitter, quien sacaba a pasear el sentido común era tachado poco menos que de gilipollas— que no soy un amargado, que mi indignación no evita que me ría a carcajadas de cientos de situaciones chistosas y que, en muchos casos, en mi entorno, soy el encargado de sacar la seriedad de su vía natural para convertirla en ese amasijo surrealista que es el humor.

Woody Allen proclamaba en “Delitos y faltas” (1989), sirviéndose de un productor televisivo presuntuoso (Alan Alda), la siguiente fórmula: “comedia es tragedia más tiempo”. Personalmente estoy de acuerdo. Es decir: creo que este proceder humano es real e inevitable pese a que, desde un punto de vista ético, alguien pueda rasgarse las vestiduras.

Necesitamos disolver lo trágico y el tiempo, separándonos del hecho, nos ayuda y crea un acuerdo tácito para introducir el humor en el relato de un acontecimiento dramático. Así hacemos más llevadera la existencia, quitamos plomo a la realidad que reproduce nuestra memoria y logramos seguir camino evitando marcar la senda con la sangre de nuestras tristezas. El humor hace las veces, por tanto, de apósito, de linimento, para los dolores de la mente. Este factor sanador lo convierte en un sentido sumamente útil, estrechamente relacionado con ese otro sentido que es el equilibrio de la psique.

Los españoles, sin lugar a dudas, somos expertos en su uso. Somos chistosos por naturaleza y, a estas alturas, poco podemos hacer por evitarlo. Es más, al postulado de Woody Allen añadimos no sólo el tiempo sino la distancia geográfica. Actuamos, en cuestiones del humor, como si el resto del mundo no tuviera que ver con nosotros. 

Sin forzarme en exceso puedo poner un par de ejemplos: 

Recuerdo que allá por el 92 salió la moda de los chistes sobre etíopes y que en el fervor de la gracia se llegaron a decir, y a reír, las salvajadas más desagradables. También recuerdo que, diez minutos más tarde del atentado contra las torres gemelas, alguien me contaba un chiste sobre las mismas relacionado con la inclinación de las Torres Kio. Y esto se hacia porque, sencillamente, la tragedia se producía lejos.

Sin embargo, cuando el drama nos toca de cerca, cuando la distancia respecto a la tragedia se estrecha y empapa el territorio español, cuando el tiempo que permite la aparición del humor es nuestro tiempo; cerramos filas y encerramos el chascarrillo a la espera de mejores temas que no nos afecten, en teoría, tan directamente.

Sinceramente, no recuerdo un solo chiste sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco, la tragedia del Prestige o los atentados del 11 de Marzo en Madrid.

Y eso me hace pensar que somos muy graciosos pero también muy cobardes, muy cínicos y muy poco solidarios.

Pasamos de todo menos de lo que nos afecta individualmente y así nos va. Distinguimos los sucesos según su capacidad para caernos en gracia y de ahí que nos cansemos pronto del esfuerzo que supone sobreponerse a lo fatídico o, en mejor caso, luchar por evitarlo.

Seguimos queriendo circo aunque ya no nos den ni pan. Asistimos al espectáculo de nuestra propia crisis y desintegración —no como reino, estado o nación; sino como seres humanos inteligentes— disertando en las redes sobre un cantante, sobre un equipo de fútbol o sobre la carrera que corresponda ese domingo. Y, de este modo, estas conversaciones, este conjunto de opiniones sí se convierten en tendencia privilegiada en nuestro país.

Supongo que la razón de todo esto se debe a esa degradación cultural que activó la burbuja inmobiliaria y que afectará a dos generaciones de individuos que dejaron el libro y cogieron el dinero. Ó, quizá, se encuentre dicha razón en el genoma hispano y nos sea imposible cejar en esta actitud. De ser así, seguiremos con el cachondeo, encontrándole la gracia a cualquier cosa, riéndonos mientras nos quitan hasta la sombra; sin reparar en que aquel dicho, que se refiere a la mejora que siente quien ríe el último y a su posibilidad de hacerlo dos veces, es completamente falso.

Hoy por hoy, quien siga riendo, cuando se haya terminado este espectáculo de carteristas, será quien, habiendo perdido hasta el reloj, no se haya enterado absolutamente de nada.

miércoles, 27 de febrero de 2013

LO VIEJO Y LA MAREA




Lo viejo se me está agarrando al carro del porvenir y no me deja avanzar como ciudadano.

Uno intenta variar, adaptarse, convertir lo que no funciona en algo mejorado, en algo eficaz o, como ocurre con la mayoría de los ideales, en algo cuya tendencia sea la perfección.

Cualquiera que lea esto aducirá con rapidez que alcanzar la perfección es un imposible. A lo que yo respondería, sin dudarlo un instante, que, afortunadamente, así es. El camino de la perfección no posee límite alguno y esta cualidad genera, a su vez, otras dos que mejoran la opción: por una parte lo convierte en un estímulo constante y, por otra, lo señala, al menos, como el mejor de los senderos a seguir. Digamos que es la ruta necesaria. Quizá la más dura e intransitable en apariencia pero, con toda seguridad, la única que hace escala en todos los puntos saludables que puede recorrer el devenir de una sociedad.

¿Qué le vamos a hacer? El ser humano no se puede permitir, ni puede lograr, echar el freno a su evolución porque la inteligencia, el don del que tanto presumimos, se lo impide. Otra cosa es anticipar que la evolución que uno sigue, esa senda escogida, es correcta o errónea.

¿Quién lo sabe?

En el experimento de la vida, todo acierto depende del error y viceversa. Podemos considerar apropiado cualquier efecto, cualquier logro tras el ensayo previo, acogiéndonos tan sólo a nuestro presente puesto que desconocemos la trascendencia futura de dicho logro. Con sólo echar un vistazo a la evolución y uso de la energía nuclear, queda más que demostrado cuanto afirmo.

No me equivoco si aseguro que no existe la solución o el fracaso definitivo ante cualquier proyecto o problemática empírica. El aleteo de una mariposa —volando hacia donde no se ha dirigido nunca— puede provocar cosechas donde hoy se despliega el desierto. El efecto contrario de ese aleteo, como sabemos y nombramos a menudo, puede llevarnos al desastre y éste, a su vez, a la salvación del planeta. De hecho, nunca he entendido por qué nos empeñamos en enraizar a ser tan bello únicamente con holocaustos y tragedias.

Entonces, ¿cómo guiarnos si en el universo toda causa provoca un efecto y todo efecto provoca una causa? ¿Cómo caminar mientras la polaridad de la vida se alterna de forma aleatoria, sin sentido alguno?

La respuesta generalizada a esta pregunta la buscamos en la historia. 

En el estudio de los acontecimientos pasados, en lo que se refiere a nuestros actos como especie, hallamos ese devenir de lo acertado y de lo erróneo. Analizándolos podemos concretar, por ejemplo, que la imperiosa necesidad de organizarnos como sociedad nos ha llevado, desde el albor homínido, a legislar, a crear un ordenamiento jurídico por precario que éste fuera. Así nos transformamos en seres políticos aún cuando ni se había filosofado sobre esta propiedad tan humana.

Por las mismas, también se ha de decir, que realizando el mismo análisis, podemos constatar que llevamos equivocándonos, con nuestras leyes y sus efectos, la misma cantidad de tiempo. Desde ese mismo albor hemos metido la pata incesantemente en nuestra búsqueda de la legislación perfecta. Y así seguiremos ya que, por definición, todo cuanto es susceptible de ser interpretado es también imperfecto.

Lo mismo que la ruta de la perfección es una imposición de nuestra inteligencia, la de los acontecimientos insospechados, y constantemente progresivos, es una ruta que nos impone la vida. La segunda engloba a la primera y la modifica sin miramientos. De ahí que no todo aquello que funcionó en el pasado esté obligado a resultar eficaz en el presente. 

Por esta razón digo que lo viejo, hoy, me impide progresar como ciudadano. Y es que, en lo legislativo, nos vemos atados a la comodidad que supone disponer de una especie de biblia que, en teoría, da respuestas a todas nuestras cuitas. Y en ese estadio del progreso reglamentario nos hemos quedado; luchando por no poner en riesgo el consenso que se adquirió en otra época, en la cual, como en todas, los acontecimientos y su progresión eran diferentes a los actuales.

Vemos pecaminoso cualquier intento por modificar lo escrito en ese testamento legal que es la Constitución Española a sabiendas de que cualquier gobierno —presente, pasado y futuro—, lo hará cuando lo crea oportuno. Ya nos ha ocurrido y, sin embargo, no ha dejado huella en nuestra memoria más allá de estar sufriendo, ahora, los efectos de semejantes modificaciones. Recordemos la introducción constitucional del techo de gasto.

Por lo tanto, en el ámbito legal, por mucho que nos cuenten milongas, lo viejo se puede cambiar y rejuvenecer en tiempo récord y, por las mismas, todo se puede actualizar no sólo cuando conviene a los factores económicos sino cuando conviene a las personas en lo anímico y en lo moral.

Es más: puedo asegurar que tanto mis padres como mis abuelos, al igual que tantos padres y tantos abuelos de su generación, votaron un texto sin haberlo consultado y, en muchos casos, sin saber qué quería decir la gran mayoría de los artículos que, a falta de poseerlo impreso en su totalidad, se enunciaban y anunciaban en la televisión de la época; una televisión compuesta de dos canales de los cuales uno de ellos, el UHF, siempre se veía mal. Imaginad a qué tipo de debate y a qué tipo de contraste de la información tuvieron acceso los votantes del texto.

Hablamos de dos generaciones que depositaron un sufragio afirmativo al documento en cuestión por el simple hecho de que Don Adolfo Suarez —que tanto estaba haciendo en favor de España y que era un hombre tan guapo, tan serio y educado—, había dicho que aceptar aquel pacto escrito era positivo para todos. 

Dos generaciones son muchos votos y, desgraciadamente, por circunstancias que todos conocemos, también es mucha ignorancia acumulada.

Desde aquella votación que tanto celebramos yéndonos de puente, se procedió a realizar un simulacro que consistía en que los niños leyesen artículos del documento sacrosanto. Niños ante leyes. Memoria rápida para un olvido aún más rápido. Un cero en comprensión para un examen que la retentiva aprobaba siempre. Lo necesario era garantizar el titular: en las escuelas españolas los niños aprenden la carta magna que nos une a todos. Nada más y nada menos.

Sin duda, todo aquel proceso, resultó beneficioso hace ya treinta y cinco años pero no lo está siendo ahora.

Porque la cuestión es que, en este momento, ya no somos como nuestros padres, como nuestros abuelos, ni como esos niños de la memoria y la carrerilla. Ahora el ciudadano escucha, lee, aumenta su cultura, contrasta, no aborrece la política y participa de ella aunque no vote.

Estoy seguro que la Constitución Española no dará respuestas a muchas cuestiones futuras porque es un texto de un pasado muy pasado, incapaz de contener tanta evolución e involución como vive y sufre esta país dependiendo de cada marea.

De ahí que la necesidad de que sea analizada de forma constante para la detección de errores se antoja imperativa, lo mismo que su desbloqueo para que, de forma pautada y consensuada, sean posibles sus enmiendas.


martes, 19 de febrero de 2013

JUSTOS POR PECADORES

Estamos tontos.

No digo que lo seamos, digo que lo estamos. Todos sin excepción. 

Y generalizo sin miedo a equivocarme por mucho que, últimamente, en cada conversación que he mantenido, la máxima que ha regido las tertulias ha sido la prohibición de ese ejercicio amplio, pero abarcable, que consiste en generalizar.

Se me ha insistido y se me insistirá en que, en lo político, en lo económico y en lo social, no puedo marcarme unas saludables metonimias, hipérboles y sinécdoques, así, tan tranquilamente como lo hago al expresar mi opinión actual.

No puedo etiquetar una idea con el nombre de otra siguiendo el afán complementario que tienen las palabras; no puedo exagerar con la pretensión de crear un mensaje que exprese mis sentimientos (los cuales, he de reconocerlo, nunca han sido ponderados); y, finalmente, no puedo tomar partes y describir con ellas el todo.

Y es que, en esto de la opinión, aparentemente, ya no queda un hueco para la retórica pero, día a día, no cejamos en la construcción del alcantarillado que oculta la demagogia.

Por lo tanto, no puedo expresar mi temor a que este gobierno y estos políticos —propios de aquella España simple y radical que conocimos muchos—, hayan convertido el sueño de país que un día tuvimos tantos, en la pesadilla de país que, aunque en algunos casos sólo sea de forma colateral, sufrirá la totalidad. No puedo afirmar, tampoco, que la gente se está suicidando debido al carácter vampírico, parasitario y deshumanizado de nuestra banca. Y, para colmo y remate, tampoco puedo asegurar que el sistema, al completo, se pudre, es una gusanera, y apesta como el tufo a requesón que delata la gangrena.

Y no me puedo expresar en estos términos porque, al hacerlo, de inmediato me da en los oídos la metralla dialéctica de aquellos que mantienen que exagero, que decir gobierno no significa decir país; que la mayoría de la población abona religiosamente sus cuotas hipotecarias; y que, respecto a la putrefacción del sistema, no todo él está corrompido, que algo se salva, que los derechos del ciudadano aún están garantizados y que, como lo están, no puedo hacer pagar a justos por pecadores.

Pero, tras cada debate, al relajarse la conversación, se me queda activado un sentido terco que, como el martillo de un despertador, golpea repetidamente en el quid de la cuestión.

¿Cómo es que no puedo generalizar? ¿Cómo es que tengo que restringir la amplitud de mi crítica? ¿Cómo es que no puedo subir a esa altura imposible donde colocamos la interpretación de lo abstracto? ¿Cómo es que, en definitiva, no puedo mirar el conjunto, ese dibujo puntillista de una sociedad, esa aritmética de la tendencia, esa media porcentual que engaña al ojo y completa nuestro retrato? 

¿Por qué se me niega esta posibilidad?

Mi hipótesis, para dar respuesta a estas preguntas, mantiene que quien nos exige que no lo hagamos, que no generalicemos, lo único que pretende, en realidad, es colocar un parapeto e impedir que lo identifiquemos por aquello que lo convierte en un ser común en lugar de ser reconocido por aquello que lo distingue del resto de los mortales.

¿A quién le gusta que le hermanen con el conjunto de los vagos, de los antipáticos, de los listillos o de los corruptos?

A nadie.

Deseamos que nuestra identidad a pesar de poder pertenecer a alguno de estos grupos sea clasificada recurriendo a los matices: somos feos pero simpatiquísimos y, además, tenemos un caudal económico excelente. Por lo tanto, manifestamos que no se puede generalizar porque hay variantes: ciertamente, existe el grupo más concreto de los simpáticos feos adinerados.

Pero no nos engañemos. Los feos pertenecen al conjunto de los feos. Otra cosa es que mantengan intersecciones con el conjunto de los antipáticos, con el de los listillos o con el de los corruptos.

Porque el ser humano, desde su nacimiento, se ve integrado en comunidades separadas todas ellas por elementos distintivos cuya predisposición será asociarse con otras comunidades. No podemos negar que el individuo, a lo largo de su vida, logra diferenciarse de los otros elementos del grupo en la medida que se va manchando con las tinturas (experiencias, ideologías, pensamientos y sentimientos) de otras congregaciones.

Nos hacemos más exclusivos cuanto mayor es nuestro grado de intersección con otros conjuntos pero, al mismo tiempo y por la misma razón, nos hacemos más vulnerables a la generalización ya que nuestra exclusividad tiene el precio de la pertenencia a la gama, a cada una de las diferentes asociaciones de las que vamos formando parte.

La realidad nos muestra, por ejemplo, que convivimos gracias a la generalización. Cualquier sistema democrático se sostiene, casi al completo, gracias a esta fórmula globalizadora. En democracia, la mayoría representa a la totalidad a sabiendas de que lo acordado y aceptado nunca satisfará los intereses de todos los votantes.

Es más, dado que se nos ha impuesto un coto económico al acceso a la justicia; que se ha logrado que los derechos particulares salten por los aires; y que el poder judicial encargado de evitar lo general para centrarse en lo individual, en lo específico ha perdido su carácter originario; se han creado dos conjuntos tan delimitados como amplios: el de los que pueden pagar para demandar lo que sus derechos garantizan; y el otro, el de aquellos que no pueden permitirse pagar demanda alguna y que, sin apenas darse cuenta, han perdido ya sus derechos, sus garantías y su libertad.

Por lo tanto, decir que todos somos iguales ante la ley es una generalización que resultaba más que admisible pese a que, hoy por hoy, en nuestro país, sea completamente irreal.

De hecho, seguimos promulgando dicha generalización sin temor a que a nadie se le acuse de lo que se me acusa a mí. 

Y factores como éste hacen que me reafirme en mi derecho a describir lo amplio por sus componentes reducidos; en mi derecho a proclamar que todos, incluso los neutrales, pertenecemos a algún conjunto político; en mi derecho a manifestar que todos, incluso los niños, aceptamos alguna ideología; y en mi derecho a pregonar que cada vez que un político utiliza la defensa del “tú más” nos está diciendo que lo de menos somos nosotros, el resto de los ciudadanos, sin atender a nuestra ideología ni al conjunto político al que pertenezcamos.

En el caso de no continuar luchando por los derechos de esta sociedad; en el caso de abandonarnos a la desidia del “nada se consigue haciendo esto o aquello”; y en el caso de no entender, sin duelo, que los únicos que podrán regenerar este tinglado serán los jóvenes que se nos van no con la herencia sino con lo invertido—, sólo podré afirmar, de forma general, que, en mi país, todos estamos tontos, aunque no lo seamos.

lunes, 11 de febrero de 2013

EL CLAN





No logro comprender ciertas cosas por mucho que presto atención y me esfuerzo.

Leo y visiono todo tipo de discursos, pronunciamientos, editoriales, artículos de opinión y debates políticos. No reniego de ningún medio de comunicación por mucho que su tendencia ideológica no sea afín a los razonamientos que impulsan mi actividad política. Quien me conoce bien pondría en duda que yo atienda, ya de madrugada, a la repetición de informativos, de esos que reciben tal calificación del mismo modo que la recibe el documento que te explica las características de un coche. Esa gente que me conoce no creería que lo hago, que veo esos libelos, pero así es.

Estoy convencido de que es necesario intentar mantener los oídos abiertos a las ideas del otro. Tener miedo a las ideas viene a ser como temer a los fantasmas, a los designios de la cartas del tarot o a la bolita que salta de número en número cuando gira la ruleta. 

La vida del más allá pululando por los pasillos del más acá; lo predestinado impregnando las cartas arcanas de un vidente televisivo; o la suerte, esa combinación aleatoria a la que nos aferramos todos y a la que, en secreto, solicitamos más favores que a cualquier otra divinidad; no son factores temibles salvo cuando colman el intelecto e impiden la llegada de nuevas posibilidades razonables.

Lo verdaderamente temible es la actitud radical ante la idea y la creencia. Lo debemos reconocer así. La historia nos muestra sobrados ejemplos de los trágicos derroteros que han seguido las sociedades guiadas por un pensamiento exclusivo y excluyente.

En ese laboratorio social que es la manada humana se ha probado con algo más de una decena de fórmulas de gestión y de convivencia. No son muchas si nos planteamos el tiempo que venimos ocupando el puesto de especie dominante. A lo largo de la historia, nuestra inteligencia desarrollada ha sido acomodaticia y ha permitido que la pequeña estructura del clan prepondere sobre la del demos. Así llegamos hasta el inicio del siglo XX sin encontrar experimentos de organización social que pasaran de lo teórico a lo práctico. 

Pues bien, todas esas fórmulas, al fracasar, han dado como resultado una síntesis que se concreta en dos tendencias indiscutibles: la autoritaria y la permisiva.

Hasta la fecha podemos constatar que la tendencia autoritaria termina siempre por corromperse. Los blindajes que la sustentan se oxidan, se carcomen y su férrea resistencia a la idea alternativa se hace porosa. Es entonces cuando surgen movimientos y convulsiones que buscan lo permisivo y que, con raras excepciones, concluyen en guerras civiles y en un absurdo derramamiento de sangre. No hay nada de inteligente ni de desarrollado en una evolución a tiros. En los tiros hay mucho de instinto y de animalidad.

Sin embargo, la manada humana ha luchado, lucha y luchará por lograr que la tendencia autoritaria se transforme en permisiva ya sea de una forma inteligente y desarrollada o de una forma instintiva y animal.

Porque de lo singular a lo plural, de lo individual a lo colectivo, hemos entendido que cuanto más ampliamos las opciones del ciudadano —sus derechos—, mayor es su eficacia dentro del engranaje comunal. Hemos aceptado que dentro de lo plural siempre se encontrará lo singular, que lo colectivo atiende a lo individual y que la reciprocidad entre ambos conceptos es sumamente beneficiosa. De ahí que las que hemos dado en llamar sociedades evolucionadas se hayan determinado por un modelo de organización que, con sus múltiples variantes, pretende garantizar la convivencia de lo particular con lo general.

Por esta razón aceptamos la democracia como receta de coexistencia. Admitimos que tiene sus errores —el sistema no es perfecto puesto que el individuo tampoco lo es—, del mismo modo que deberíamos admitir que podemos mejorarla y que todo requiere un proceso primitivo de ensayos, pruebas erróneas y aciertos.

Y este es el motivo, tal como anunciaba al principio, por el cual no logro comprender ciertas cosas que están ocurriendo en España y, ya de paso, en Europa.

No comprendo, por ejemplo, cómo admitimos que los derechos sociales, que con tanto esfuerzo se fueron conquistando, se diluyan en el líquido espeso de esta crisis que padecemos. La mayoría de ellos, utilizando un razonamiento moral y políticamente simple, poco o nada tienen que ver con factores económicos resolutivos.

¿En qué afecta la justicia universal a la solución o desarrollo de la crisis? ¿En qué afecta el derecho a una vivienda digna? ¿En qué afecta la sanidad pública, la educación pública, los derechos laborales, la cobertura social…?

¿En qué y a quién beneficia la degradación de estos pilares?

Que nadie me diga que, después de haber visto aireado todo lo que se está viendo, la motivación de semejante expolio es el ahorro en las cuentas del estado, las cuentas europeas o las cuentas del mundo. Que nadie me diga que la sociedad ha despilfarrado durante una época determinada y, ahora, tiene que pagar por haberlo hecho. La economía, no nos engañemos, también está sujeta a aquella ley de Lavoisier sobre la conservación de la materia cuya máxima se resumía del siguiente modo: “La materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”.

A esa representación de lo material que es el dinero le ocurre lo mismo: se transforma, se revaloriza, cambia de manos, se devalúa. Menos representa a más o más representa a menos. Pero lo representado, la materia en sus infinitas transformaciones, permanece. Se puede ocultar pero no desaparece. Por lo tanto, resulta obvio asegurar que lo que no tiene la sociedad, lo plural, el demos; lo posee lo asocial, lo singular, el clan. 

Muchos somos pobres para que unos pocos sean ricos.

Insisto: la riqueza, al igual que la materia, se puede ocultar pero no puede desaparecer. Por lo tanto no queda otra que afirmar que nuestro supuesto despilfarro, el de la sociedad en su amplio espectro, ha hecho rico a ese conjunto singular y reducido que es el clan.

Entonces… si esa clase privilegiada se enriquece gracias a nuestro consumo derrochador ¿cómo es que hemos entrado en crisis? ¿Cómo ocurre que esa clase no sigue incentivando el flujo económico que la hace prosperar?

Partiendo de este planteamiento se me acumulan las preguntas:

¿Por qué se deben recortar los presupuestos estatales para sanear cuentas que se nutren del esfuerzo del contribuyente? ¿Por qué está roto el círculo cerrado de producción en el que la hacienda crea proyectos, genera empleo, el trabajador percibe un sueldo y, por ende, paga sus impuestos repercutiendo en la mejora del estado de las cuentas públicas? ¿Por qué debe sufrir el ciudadano ese hostigamiento, intrínseco en la filosofía del ahorro, si, total, mediante esa filosofía, el clan merma su dominio económico y no logra generar cambios estructurales que, sin lugar a dudas, serán positivos para sus arcas?

La respuesta se me hace tan sencilla como terrible:

El clan ya no busca la riqueza o, mejor dicho, ya no busca únicamente su enriquecimiento.

Y no lo hace porque la riqueza, como tantas otras cosas, pierde su valor cuando no es exclusiva ni excluyente. Para volver a serlo, el clan ha decidido cerrar el grifo. Ha construido una presa en la fluctuación natural de la economía, en una sociedad capitalista, y ha resuelto emular al terrateniente tejano prohibiendo que el ganado de los demás vecinos abreve en el río que pasa por sus tierras.

El clan ya no quiere ser más rico, quiere que los demás nunca lleguen a poseer su estatus; está harto de la democracia, de lo que juzga a todos por igual, sana a todos por igual, educa a todos por igual y de lo que otorga derechos a todos por igual.

Ante una sociedad adormecida, ante una sociedad que teme perder los bienes que tanto esfuerzo le ha costado conseguir, ante una sociedad educada con valores morales que la alejan de sus instintos, y ante una sociedad que no recuerda que su mayor posesión son sus derechos; el clan ha visto, hoy más que nunca, su oportunidad para restablecer su tendencia autoritaria.

Paso a paso, camuflando su ataque entre terminologías, entre congresos europeos y entre praderas donde puede pacer tranquilamente la manada humana; el depredador avanza.

Y no consigo comprender por qué, siendo tantos, siendo una mayoría de gacelas, elefantes, búfalos y algún que otro ñu; no logramos detenerlo.

Debe ser que no me he informado lo suficiente o que debería ver más documentales de la 2.

sábado, 26 de enero de 2013

INCAUTOS




Nos engañan y nos engañamos.

No existe objeto que, manteniendo un aumento constante de su contenido interno, no adquiera algunas de las características de una burbuja. Lo dice la física y no es necesario que la economía nos venga con un término que, por como nos proyectan esa fórmula de transparencia, fragilidad, volatilidad y esfericidad; no es más que un simple trampantojo, más abstracto y llevadero, de lo que nos viene ocurriendo. 

Es cierto. 

Con sólo pensar en esa pompa que los niños, y algunos artistas admirables, crean soplando por un cilindro o un aro más o menos grande; asimilamos que un ligero toque con una superficie extraña o un cambio de temperatura, es capaz de hacerla estallar. Por lo tanto asumimos, también, que la causa de todos nuestros males consiste en que no se adquirió el jabón adecuado, que no se sopló con el cuidado necesario y que el crecimiento desbordado, siempre obtiene como resultado el estallido de tan frágil y a su vez compleja composición química. Si nos pasa lo que nos pasa es porque la vida de toda sociedad está construida con esa fragilidad histórica. 

Y ya está, aceptamos la consecuencia con mejor o peor humor, con mayor o menor revuelta social, con la furia inicial que conlleva perder y con ese agotamiento que deviene de luchar contra esos otros artistas, nada admirables, completamente desconocidos y, en su totalidad, despreciables; que se encargan de soplar por los desagües de la banca y los mercados hasta lograr que los grifos de nuestras casas den a luz chapapotes con forma de esfera.

Por eso, tal y como digo, nos engañan.

Y lo hacen porque el término, en realidad, no debería ser burbuja sino, por ejemplo, globo. Un globo es otra cosa. Y es otra cosa porque a la superficie del globo, la encargada de soportar el contenido, ya sea éste aire, gas, agua, petróleo o, incluso, el tejido empresarial o el mercado laboral al completo; se le puede dotar, desde su diseño inicial, de resistencia, de impermeabilidad, de elasticidad y de blindaje. Piensen que un globo es lo que tienen ustedes en el interior de las ruedas de sus automóviles, en las de los tractores, en la de los aviones. Todas ellas están diseñadas para soportar condiciones extremas de fricción, de temperatura, de choque... y su calidad, la de todas ellas, tiende a ser mejorada constantemente. Que se lo digan a Fernando Alonso o a cualquier conductor de Fórmula 1. Los ases del volante pueden confirmar, si es que no lo creen ustedes, que se invierte una cantidad increíble de dinero en lograr la mejoría de las ruedas.

Normal que esto sea así si lo que quieres es estar en primera linea de cualquier competición, si no quieres tener accidentes, si quieres terminar cada carrera y cumplir con tus compromisos de marca o si quieres cumplir, en definitiva, con lo que se espera de ti.

Sin embargo, nuestros especialistas en fabricar ruedas, nuestros escuderos, esos a los que encargamos que el coche ruede; con todos sus estudios de economía, con sus ciencias políticas, con sus diseños obsolescentes; tan sólo son capaces de sacar de su chistera, como si fueran magos o el señor del Monopoly, simples y complejas pompas.

¿No es para desconfiar de estos fabricantes? ¿No es para pensar que se da un caso claro de premeditación alevosa si el resultado de tanto estudio, de tanta inversión ciudadana, de tanta ilusión en un proyecto; es esta cochambre de escudería que nos ponen ante las narices? 

Por eso también digo que nos engañamos. 

Y lo hacemos porque nos dejamos embaucar en el juego de los trileros. Ganamos de a poco hasta que perdemos de a más. Y entonces, cuando llega el chasco, pagamos y regresamos a casa con los bolsillos vacíos.

Y el trilero, nuestro fabricante de burbujas, ya sabe de antemano que ese será el resultado de toda la operación. Ha estudiado los tiempos, nuestra vulnerabilidad a la tentación del enriquecimiento rápido, nuestra votabilidad (expresión que existe en las sedes de los grandes partidos aunque no la reconozca la R.A.E.), nuestra pasión por lo estable y nuestra resistencia a los tortazos que recibimos aunque ya no nos queden ni mejillas. 

El trilero es listo. Conoce bien a su víctima. Sabe que terminaremos claudicando tras reclamar mil veces lo que es nuestro. Y es que las víctimas siempre quieren diferenciarse de su agresor, las víctimas de este país hace mucho que aceptaron las normas de convivencia, las víctimas no están entrenadas en la pelea, las víctimas, ante todo, quieren paz, trabajo y salud, firmes cimientos de la estabilidad, y, por este motivo, por mantener esos cimientos, pican en cada burle.

Es más, ese timador que hemos sentado a nuestra mesa o que nos sienta a la suya, tanto da; al margen de contar con el apoyo de las fuerzas de seguridad; al margen de trabajar para que las leyes garanticen sus movimientos y su expansión; al margen de quitarnos no sólo lo que es nuestro sino lo que es de todos; siempre tendrá a mano la que se conforma como su mejor frase, aquella que los criminales de guerra nazis entonaron como excusa mientras veían a su población derrotada, su ambición destruida y el mundo hecho añicos: "nadie les obligó a elegirnos".

Y, para nuestra desgracia, mientras no luchemos con toda la fuerza que nos sea posible; mientras no evitemos que el futuro dependa de naipes y burbujas sino de leyes y ruedas formidables; mientras nuestro único objetivo sea mantener la estabilidad que hipotecamos buscando la propiedad que nos vendieron; esos tipos, esos fulleros de la economía, de la política y de la fabricación obsolescente de escuderías; tendrán razón y la culpa de perder seguirá siendo nuestra, será nuestra elección.

Por este motivo, porque nadie nos obligó a elegirlos, los timadores, tras sus fechorías de día, duermen tranquilos todas esas noches en que sus casinos se legalizan, se construyen y se llenan de incautos.  

domingo, 20 de enero de 2013

VERDADES MATEMÁTICAS





No tengo una capacidad que implique con garantía que mis reflexiones son acertadas y verdaderas.

Es más, según constato un hecho, y reflexiono sobre el mismo, descubro que mi criterio se desvirtúa. La opinión de los demás modifica mi percepción y, dado el aumento de las variables que generan todas las opiniones, la verdad objetiva deja de existir con la misma inmediatez con que surge.

Me arriesgo a asegurar que sólo disponemos de la verdad intuitiva pues aquella otra verdad, la subjetiva, está a un punto de esfumarse gracias al lío mediático; y la objetiva, como el presente, nace al mismo tiempo que desaparece.

Según esta premisa, para ser objetivo en mis comentarios, debo exponer hechos y evitar cualquier tipo de descripción circunstancial. De este modo, un enunciado objetivo podría ser “la tierra se mueve” y lo convertiría en enunciado subjetivo con sólo decir: “la tierra se mueve lentamente”. Mi opinión puede ser ésta última pero, con sólo escribirla, presumo que Einstein y una millonada de científicos, muertos y vivos, se estarán revolviendo en sus tumbas, en sus laboratorios y en sus salas de observación del universo.

Por lo tanto, para ajustarme a la verdad y poder hablar sobre la anécdota de hace unos días, ocurrida durante la comparecencia ante la prensa de Soraya Sáenz de Santamaría para explicar en qué consistía el Fondo de Alquiler Social, sólo podré mencionar este hecho:

Soraya se puso sentimental.

A la vicepresidenta del gobierno español, se le quebrantó la voz y las lágrimas brillaron colgadas, que no caídas, de su mirada siempre desafiante.

Y gracias a que lo grabaron infinidad de cámaras, y lo emitieron otra infinidad de canales de difusión, podemos dar esto que escribo como un hecho cierto.

¿Lo hizo de verdad o de mentira? Ese es otro berenjenal. Cualquiera que atendiese a las imágenes de la rueda de prensa lacrimógena sacará sus propias conclusiones y, por tanto, decidirá sobre lo falso o verdadero del gesto.

Pero ahí no reside lo importante. Lo importante es el anuncio, incuestionable hasta la fecha, que motivó dicha comparecencia: 6.000 viviendas de alquiler barato para las víctimas de los desahucios…

Y este anuncio, lleno de emoción e ilusiones, es importante no sólo por lo que ayuda sino porque se da de bruces con un hecho, no mencionado entre los apuntes y quebrantos de la vicepresidenta, y es que el número de viviendas vacías en España multiplica por mil la cifra de la ayuda que han aprobado.

Por mil…

También por mil se multiplica la cifra de Soraya si atendemos a los parados declarados en España (que no son reales ni verdaderos, son más); por un número más alto se multiplican otras cifras tales como los ciudadanos que se han quedado sin derecho a una justicia universal, a una sanidad universal, a una educación universal y, sobre todo, se multiplica por un número mucho más alto que esa aportación de vivienda barata, la cifra de ciudadanos que ya están por debajo del umbral de la pobreza y que, desahuciados en todas las acepciones de la palabra, en breve no dispondrán de vivienda alguna.

Tenía yo un maestro que repetía el siguiente enunciado siempre que la ocasión le era propicia: “La matemática es la ciencia más cercana a la verdad”. No entraré aquí en disquisiciones a este respecto, pero sí aplicaré las matemáticas más elementales a mi reflexión para intentar acercarme a la verdad.

Para ser benigno en mi razonamiento, aceptaré que mil, con su uno y sus tres sencillos ceros a la derecha, es el múltiplo común que diferencia las cifras de ayuda que expuso Soraya, de la realidad de la sociedad española. Así, aplicando una simple cuenta, podremos determinar que todo cuanto se nos ofrece como ayuda es, como poco, mil veces menor que lo que se necesita. Y ser menor, en este caso, no es una cuestión de restas sino de divisiones.

Iré un poco más allá y, apoyándome en esta nueva premisa, haré un planteamiento lógico:

Si el censo nos dice que en España habitamos unos 46.000.000 de ciudadanos aproximadamente, y dividimos esta cifra por ese porcentaje de lo necesario, es decir por 1.000, concluiremos que el partido que rige el destino de nuestro país, con el voto de una mayoría absoluta de ciudadanos, cuida las necesidades legales, sanitarias y educacionales (así como los derechos democráticos escritos y suscritos en ese texto anacrónico que es la Constitución española) de 46.000 ciudadanos.

No sé si las cifras, y la matemática, se acercan a la verdad tal y como postulaba mi profesor; no sé incluso si las cifras y el planteamiento que tan sencillamente he desarrollado en este texto, es cuestionable, demagógico o incierto una vez lanzado hacia la reflexión y opinión de los demás.

Lo que sí sé es que mirando el día a día, lágrima tras lágrima, Bárcenas tras Bárcenas y ático tras ático; hago caso a mi intuición, a mi criterio y a mi reflexión para afirmar que esas cifras, que esas 46.000 personas que salen de mi cuenta, que esas 46.000 privilegiadas personas que son el resultado de la gestión política en España; se acercan enormemente a lo que considero un hecho contrastable y verdadero: son muy pocos los que se benefician y muchos, muchísimos, los que lo pierden todo.

Pero, claro está, ésa es tan sólo mi verdad, es la que me hace llorar a mí, y no puedo obligar a nadie a que la dé por buena. Con toda seguridad, la verdad de Soraya será otra, será otra la que le sonsaque una lágrima, será otra la que indulte el dinero de Bárcenas y otra la que cobije y dé salud a Ignacio González…
Pero me da a mí que, al final, con estas cuentas, mientras dividamos por números tan altos, terminaremos por llorar todos los que, al dividir, conformamos el resto.

Eso sí que será una verdad matemática.

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