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jueves, 17 de octubre de 2013

ALBEDRÍO




El autor no tiene problema alguno a la hora de crear al protagonista. Tan sólo debe dotarlo de vida, darle un sexo y fijarlo en el tiempo.

El personaje será una mujer. Nacerá en la última década del siglo XX, en la era moderna.

El autor no se entretiene en poner nombre a su heroína. Plantearse burocracias de ese tipo —o las de la colocación, la talla y la salud del feto— suelen trastrabillar el buen curso de la idea general. Se pierde el tiempo interviniendo en las mecánicas acostumbradas de la existencia; la vida de sus personajes no es más que un dibujo, de trazos gruesos y aleatorios, donde la pintura resbala, viaja y se entremezcla de orilla a orilla del lienzo. Él autor tan sólo se encarga de los detalles que diferenciarán cada una de sus obras. La reiteración del proceso genera el estilo.

Por lo tanto el nombre de la protagonista llegará más tarde, cuando ocurra el nacimiento y sea necesario concretar circunstancias, anécdotas y matices. Antes, mucho antes, es preciso situarla en el amplio espacio terrestre y, así, darle unas características raciales e idiomáticas.

El autor —que sin haber estado en lugar alguno maneja innumerables datos—, se documenta para decidir dónde vendrá al mundo su criatura. Y dado que los antecedentes históricos le certifican que cualquier hecho que ocurra en África será exuberante, complejo, humano, tribal, primitivo y profundamente corrupto; escoge este continente como su mejor expectativa.

Pese al cúmulo de estadísticas y reseñas, toma algunas medidas a vuela pluma y, sin plantearse consecuencias colaterales, cuadra latitudes y longitudes buscando un único objetivo: la localización exacta del nacimiento debe hacer factible el final que ha pergeñado para su personaje.

Escoge un país, una población, una manzana y una casa. Elije a un padre y a una madre con condicionantes salubres aceptables. Planifica la intersección de gametos, y, promoviendo acontecimientos que permitan sortear los inconvenientes dramáticos que afectan a la pareja, deposita en sus vidas el germen de la protagonista.

Las opciones del embrión, a la hora de ser implantado en su recorrido social, serán las mismas que las de todos los personajes que en el mundo han sido: el recreo festivo de los ricos, los jardines caducos de las clases medias o los siempre sobrecargados estercoleros de los pobres. En definitiva, para el autor también resulta sencillo tomar esta decisión. El autor sabe complicar la vida de sus personajes con independencia del ambiente donde se concierte la tinta indeleble del carácter. Sobre semejante facultad apoya su privilegiado método argumental. Procura que lo improbable se haga real, sorprenda y mantenga floja la cuerda del suspense. Es gracias a una fórmula binomial, donde lo imposible prevalece sobre lo posible, como renueva temáticas de manera indefinida.

De este modo, hace girar la pequeña ruleta que desencadenará peripecias y eventualidades en la vida de esta niña que, ahora, en 1993, recién nacida, trae a un mundo oscuro un llanto que recorre la minúscula estancia donde apenas cabe un jergón y dos sillas, y que, como este rayo de luz que golpea su frente, se cuela por las mismas rendijas de una contraventana destartalada y se disuelve en el anonimato de la memoria y el olvido africano.

El autor convierte a la niña en el primer vástago de una familia de seres sin más historia que la de permanecer vivos. Al igual que sus ancestros, el padre y la madre no han hecho otra cosa que sobrevivir hasta convertir esta cualidad animal en un legado inhumano pero plausible. Sus mayores logros han consistido en trasladar sus pertrechos desde la aldea a la metrópolis, integrarse en el cenagal de una sociedad putrefacta y efervescente, y transformar sus costumbres milenarias en meros rescoldos paganos.

Y es en este punto donde el autor deja libre a su protagonista, la abandona a merced de hambrunas, sequías, plagas y guerras; para retomar su plan veinte años después, cuando los impulsos de la joven ya han sido domados por la realidad.

Queda cercano el día de su muerte, la culminación de la estrategia establecida desde el inicio de la historia.

El autor introduce un giro de acontecimientos y permite que, durante una escaramuza militar en la zona, sea violada por varios guerrilleros. Impide que la asesinen al concluir su juerga castrense puesto que uno de ellos, justo cuando los machetes se alzan sobre la cabeza de la muchacha, detiene la ejecución y recuerda las órdenes del alto mando con su táctica para variar la genética del enemigo.

Así, el autor logra que la joven quede embarazada. El siguiente paso es tan sólo consecuencia del miedo: la protagonista es repudiada por sus padres para evitar males mayores: nunca se sabe qué nueva ley puede decretar el nuevo dictador —o de qué puede ser acusada por su ejército policial— si llega a determinados oídos que la futura madre lleva en su vientre la sangre del enemigo.

Ya en esta tesitura, el resto del plan y el final pretendido se sucede y llega con extremada facilidad.

La joven vaga durante días por la altiplanicie desértica. Busca la antigua aldea de sus padres; el refugio, el secreto y la piedad de su clan. Perdida la orientación y el ánimo, la joven cae extenuada a un lado del camino. El hambre, la sed que acumula, se arraiga en el cansancio de su alma; el calor virulento compite con el frío que recorre sus huesos; el sudor se le confunde con las lágrimas hasta que toda humedad se seca y, deseando que esta derrota sea la última, comienza el delirio.

Entonces, el autor se manifiesta.

Persuade la inconsciencia de la joven con las voces de un buen sueño. Las resonancias del mismo crean imágenes etéreas y, entre sonidos y visiones, muestra un lugar al otro lado del mar donde su hijo podrá crecer libre y fuerte, donde todas las razas conviven y prosperan, donde los alimentos son sanos y repletan los mercados, donde la policía y el ejército protegen a los ciudadanos, donde la religión no es tabú ni obligación, donde realmente se cumple lo que decide el pueblo, donde los políticos no se enriquecen saqueando el fruto de los impuestos, donde la enfermedad se cura porque debe curarse, donde todos aprenden lo que debe saberse del mundo, donde las personas no sólo tienen una oportunidad sino muchas, donde todo lo bueno que falta, más pronto que tarde, llega y satisface.

El autor ve cómo su creación sonríe antes de que lleguen los primeros estertores y es, en este preciso momento, cuando, a lo lejos, levantando el polvo del camino, hace aparecer una vieja furgoneta; es en este preciso momento cuando coloca al volante a dos jóvenes monjas de una misión cercana y clandestina; es en este preciso momento cuando una de ellas descubre a la protagonista tumbada junto al sendero, es en este preciso momento cuando las hace detener la marcha junto a ella y es, en este instante final, mientras las dos religiosas le dan de beber e intentan reanimarla, cuando el autor susurra dulcemente a su criatura el único nombre que importa en la estrategia de esta historia:

Lampedusa…

jueves, 22 de agosto de 2013

HORMIGUEROS




La sangre de su última víctima discurría por el filo de la bayoneta.

Tras acumularse brevemente en el vértice final del arma, culminaba su descenso cayendo con un goteo plomizo, acompasado y certero, sobre la embocadura del hormiguero.

El jefe del pelotón, mientras recuperaba el aliento que le había robado el combate cuerpo a cuerpo, había descubierto el pequeño orificio junto a sus botas.

Un número incalculable de insectos embadurnaba sus antenas, sus vellosidades, sus cuerpos invertebrados, con el maná rojizo que les otorgaba el cielo.

La mirada del sargento se mantenía anclada a la imagen de aquella orgía laboriosa, como atrapado en la sincronía de un juego hipnótico.

La suerte que pudieran haber corrido sus hombres durante la ofensiva había perdido todo interés: vivos y muertos serían sustituidos por nuevos vivos, por nuevos muertos.

Con toda seguridad, se decía, al otro lado, donde se reorganizaba el enemigo, también un guerrillero contemplaría ensimismado cómo la sangre de sus víctimas se desperdiciaba en el hueco de otro hormiguero.

Sin llegar a descifrar el porqué, los hombres de ambos bandos habían luchado durante décadas entre sí, como reflejados en un espejo sucio, para que, en definitiva, la victoria siempre correspondiese a los insectos.

sábado, 1 de junio de 2013

THE QUESTION



Al final, cuando por enésima vez recapacité sobre la situación que nos toca vivir, cuando logré abstraer mi pensamiento de todas las influencias que lo rodean, cuando quise saber quién soy y qué pieza me representa en las componendas de la sociedad actual; vislumbré que la encrucijada metafísica de Shakespeare perseveraba con fuerza en el latido de las diferentes épocas y que seguía haciéndolo hoy en día.

Me refiero, cómo no, al famoso enunciado “To be or not to be…” que el maestro inglés arropó con la sencillez de la palabra y con la lógica de las afirmaciones matemáticas. De alguna manera, con semejante dilema, hizo entender a la humanidad que en el ejercicio de la libertad siempre encuentra abono la incertidumbre. 

El autor, sin la necesidad de recurrir a fervores místicos, encadenó tamaña disyuntiva a todas las brújulas, a todos los vaivenes, a todas las sendas y a todas las opciones aunque, en realidad —y siendo justo—, esas cadenas ya existieran desde que decidimos tomar tierra.

Y es que a cada paso que damos nace una multitud de alternativas y, sin remedio, nos apresa otra multitud de cuestiones. Por tanto, la grandeza del planteamiento de Shakespeare consistió en resumirlas en dos máximas: el “ser”, o el “no ser”, que persiste y nos obliga a definirnos teniendo en cuanta esas circunstancias a las que aludía Ortega en otra máxima intemporal.

Pues bien, remontándome al inicio de este artículo, al plantearme qué soy —hoy en día— y al encontrar inspiración en la proposición de un filósofo disfrazado de poeta; surgió la idea que alimentó el experimento que os presento. 

Porque “The Questión” es únicamente eso: un experimento, aparentemente banal, donde todo está medido al milímetro y todo tiene un porque: por un lado pretendo sacar conclusiones útiles tanto para el sector audiovisual y transmedia y, por otra parte, deseo evaluar sensaciones, tendencias, e interpretaciones que devienen de esta sociedad y de estos tiempos.

En "The Question" todo es sencillo. Os propongo que atendáis a las imágenes para, cuando finalicen, haceros una pregunta a la que, si lo deseáis, podréis contestar pulsando los símbolos del “me gusta” y del “no me gusta” de You Tube.

Es el método que se me ha ocurrido para poder trasladar mi inquietud a todos aquellos que quieran contestar. Hacer click en cualquiera de las dos opciones no tendrá nada que ver con que os interese, o no, el vídeo que apoya este test de mínimas dimensiones: una pregunta, dos planos y un tema musical de los que mola escuchar cuando se conduce.

Para rematar la faena, estaría genial que argumentaseis vuestra elección en la propia página de You Tube. En ningún caso, por mi parte o por parte de los miembros de Grupo Spcie Films, se vetará comentario alguno. Cada uno es muy libre de opinar lo que le venga en gana.

Y ya está. 

Espero que esta cuestión os haga meditar y disfrutar.


#thequestión

sábado, 16 de marzo de 2013

CARGADAS DE FUTURO



Esta semana no he cumplido con mi compromiso respecto a esta publicación.

Dicho compromiso consiste en un acuerdo interno, que firmé en un despacho situado en un lugar muy presente de mi cerebro, y que, en lo general, viene a constituir un código ético simple —intentar cumplir con la palabra dada— y, en lo particular, lo que atañe a esta bitácora, exige respetar un cronograma, unos límites de tiempo entre artículo y artículo, y una puntualidad respecto a las fechas de publicación.

En teoría, puedo saltarme dicho acuerdo siempre que quiera ya que soy mi propio jefe y, al ser el autor, estoy en mi derecho de no procurarme una carga de trabajo añadida a la obligada, a la del día a día remunerado, a la de la columna del sustento de mi familia.

¡Vamos! Que si una semana fallo, no escribo, no interpreto lo que he sentido y no doy mi opinión; tampoco va a pasar nada grave ni se me va a echar de menos.

Pero la realidad es otra. La realidad es que el principio del que nace la confianza se apoya en la certificación de lo acordado, de lo ofertado y de lo propuesto. Por lo tanto, si deseamos ser queridos o requeridos, debemos intentar cumplir con esa palabra dada ya sea a un dios, a un diablo o a uno mismo.

De manera que, para justificar este incumplimiento, este retraso, os contaré qué me ocurre:

Se trata de algo interno, de un mensaje de alerta subconsciente avisándome de que, más pronto que tarde, voy a perder el camino que me había impuesto. Ya sabéis: destapar mentiras al enfrentarlas a la lógica sencilla de las ciencias, de las letras y del sentido común.

El texto que publiqué la semana pasada, titulado “Etcétera”, sus números positivos, y el saber que soy escritor y no periodista; me han indicado un cambio de rumbo en la línea editorial de “Mentiras y desacuerdos” para conducirla hacia el relato breve, hábitat literario al que he dedicado mi obra publicada, sin abandonar por ello la crítica y la reflexión en las temáticas que aborde en cada texto.

La motivación de este giro en la ruta también recae en algunos acontecimientos ocurridos esta semana.

Y es que, tras asistir el domingo pasado a la representación de la obra “Visiones de Margarita de Navarra”; tras ver a los estudiantes universitarios manifestándose unidos contra una ley y un ministro que nunca se ha planteado cómo le tratará la historia educativa y cultural de este país; y, finalmente, tras recibir con entusiasmo las noticias de la sentencia del tribunal bruselense, resguardando al ciudadano de las prácticas de la banca; tras todo esto, como digo, he decidido transformar mi cabreo, evitar que me lo conviertan en algo crónico, y transmitir desde la necesidad de seguir luchando, un mensaje de esperanza en lugar de un mensaje airado y triste. Creo que esta transformación la lograré con mis relatos y no con estas opiniones que, al ser escritas, creaban un circuito cerrado de acritud e iban condicionando mis propios puntos de vista sobre la vida.

No obstante, para tomar esta decisión, he tenido que aguardar y, así, comprobar si ciertos fulgores en el ánimo se correspondían con la realidad.

Vayamos por partes:

La asistencia a la representación de la obra “Visiones de Margarita de Navarra”, me transmitió tal cúmulo de sensaciones respecto a lo que significa la cultura o, mejor dicho, a lo que significa el fervor por el hecho cultural; que terminó por bañarme en un aura que, hoy por hoy, contradice la línea oscura que estaba acusando en mis opiniones.

Sin entrar en una descripción de la obra pero aplaudiendo la brillante adaptación de un texto complejo a la hora de llevarlo a la escena; lo que me ocurrió fue que, ante el derroche de imaginación vertido en este teatro de linaje clandestino, descubrí —una vez más a lo largo de mi vida— que la manifestación artística siempre se abre paso; es imparable.

Aprueben la ley que deseen, quemen los libros que quemen, secuestren y ajusticien a quien quieran; la cultura brota y, cada escombro con intención de tumba, cada rescoldo con intención de incendio y cada sangre con intención de silencio; se convertirán para ella en abono vivo, vigoroso y virulento. La cultura, y su manifestación, es un valor que realmente atañe al alma, a la espiritualidad del individuo, desmarcándose de cualquier connotación religiosa pero en lucha continua por mantenerse eterna.

"Si desaparece el hombre, cantará el tigre", me dije al salir de la sala, afectado por un brote repentino de mi propia filosofía samurái.

Y, de pronto, me sentí feliz.

Días después, el 14 de marzo, los estudiantes universitarios se echaron a la calle exigiendo el mantenimiento de sus derechos —los cuales, no lo olvidemos, son los derechos de todos— y manifestándose en contra de la ley de este filibustero político que es el ministro Wert.

Debo aclarar que no pretendo insultar al ministro al llamarlo filibustero. Para ello, distinguiré este oficio de ese otro tan mitificado que es la piratería. Y es que también se denomina filibustero a aquél cuyo ejercicio es la obstrucción política o la estrangulación, como gestor, del futuro de un estado. Todo ello abalado por la mente preclara de un presidente al que, como le permiten fumar puros en su despacho, no se asoma a la ventana para ver qué están haciendo sus validos con aquellos a los que deben proteger y de los que emanan los poderes del estado.



La educación, la cultura y el deporte, en su categoría pública, no pueden poseer un carácter recaudatorio. Y esto no sólo debe quedar claro, debe aparecer en nuestro ideario como un principio cristalino: si existe un factor discriminatorio —aún más en tiempos de crisis— es el dinero, la economía familiar, lo que los padres pueden aportar para garantizar la regeneración educativa y cultural de sus hijos.

Con esta ley, sabemos muy bien quienes van a ser los privilegiados que van a poder permitirse dicha continuidad; no podremos todos, podrán sólo ellos, los que se han empeñado en repetir su historia porque en esa historia suya unos pocos se lo pasaron muy bien y una gran mayoría lo pasó fatal.

Y recordemos, para finalizar, que la igualdad está garantizada en ese manual de uso, al que tanto se recurre en política cuando conviene, que es la Constitución Española. Se lee en el primer párrafo del artículo primero. No hay que irse mucho más atrás para buscarlo. De manera que esta ley es inconstitucional a todos los efectos y debe paralizarse luchando en la calle, sin descanso, y en los tribunales, cuanto antes.

Ver la movilización, y su convocatoria en las redes, me trajo al paladar el sabor de lo correcto. Porque ante la regresión impuesta nadie puede permanecer inmune, nadie puede permanecer callado, nadie puede permanecer sentado. Sed todos conscientes de lo que está en juego. Si no continuamos la protesta se hará realidad aquella analogía que convertía los libros en ladrillos.

Acto seguido llegó la noticia. La historia grande de los acontecimientos y, a su vez, lo que tiene de histórico la sentencia. Llegó más esperanza y más vida desde un tribunal de Bruselas.

Un tribunal, tan europeo como alejado de España; con reglamentaciones que son de todos los europeos pero que, al parecer, sólo afectan al ciudadano extramuros; con otra justicia que no es la justicia que nos dan aquí; se había determinado por crear jurisprudencia en la defensa del ciudadano español, le había pegado un corte de mangas a la banca, a los gobiernos de derechas presentes y a los de izquierda pasados. Un corte de mangas que me supo a la sal agridulce que esconden las lágrimas.

Y entonces, según escuchaba la noticia, la leía en las redes sociales, en los periódicos y, más tarde, en los noticiarios televisados; sentí una fuerza que no se correspondía con mi tamaño de grano de arena.


Sentí que cada vez que he escuchado la frase “Sí se puede” en las manifestaciones, había detrás un empuje real y no sólo verbal. Pensé que el esfuerzo de un único ciudadano, de origen marroquí, había paralizado el desahucio de cientos de familias en España. Es más, a ese ciudadano, al que tantos deberemos tanto, lo vi alegre y emocionado por una victoria que no lo ha salvado a él, que no lo ha librado de la pérdida de su domicilio y que no lo ha perdonado del infierno que le espera tanto a él como a a su entorno. También dediqué un pensamiento a los salvapatrias de ideologías fascistas. No pude imaginar cómo justificarán sus planteamientos a la hora de beneficiarse de esta sentencia. Cosa que, sin ninguna duda, terminarán por hacer.

Y me pregunté que, si la lucha y la constancia de un ciudadano había materializado semejante gesta, ¿qué no podremos hacer entre todos si no nos damos por vencidos? ¿qué no podremos lograr si día tras día, con cada despertar, el primer pensamiento que nos viste es la lucha contra los injustos, contra los mentirosos, contra los timadores? ¿qué no podremos cambiar en contra de los que nos convierten en campo de experimentación, en meros números, en puntitos que, vistos desde la altura de una noria, interesan bien poco, o absolutamente nada, a quien sólo busca el beneficio por encima de las posibilidades de este hogar llamado tierra?

Y una vez más, en una semana, me sentí feliz.

De manera que, ante tanto sentimiento positivo, me volví a poner una vieja cazadora que guardo de otros tiempos (una prenda que de una manera singular terminó por convertirse en un símbolo de unión y amistad), miré mi edad en el espejo, sonreí —joven una vez más, cambiante una vez más— y recordé que, como la poesía, si no decaemos, si tomamos conciencia del poder democrático que tiene el pueblo y que no sólo se expresa en las urnas sino en nuestra cultura, en las calles y en los tribunales; seguiremos siendo unas armas cargadas de futuro que las otras armas, esas que poseen los de siempre, no pueden ni saben detener. 



miércoles, 6 de marzo de 2013

ETCÉTERA


Cercanos, despertaremos y habremos perdido las sorpresas. Nombraremos palabras como bostezos y la cortesía buscará en las mejillas el anticipo de un beso. Nos quitaremos el pijama común y, camino del baño, nos olvidará el deseo.

Vacíos, ampliaremos la soledad del sueño languideciendo entre el retrete y la ducha tibia. En el espejo destruiremos la realidad para esconder el recuerdo y, siendo más viejos, pretenderemos ser nuevos.

Antiguos, prepararemos un desayuno escueto, prestaremos más atención a la espiral del café que a nuestra pareja de turno, y nos restaremos un día antes de llevarlo a buen término.

Uniformes, saldremos a calles recién instaladas. Aceptaremos que nuestros vecinos simulen su alegría como nosotros simulamos la nuestra. Caminaremos rápido para que el reloj llegue tarde y viajaremos lentos para darle alcance.

Infinitos, transcurriremos en los despachos neutros. Esperaremos y daremos paso según indique la sección de lo válido. Susurraremos los viejos sermones y marchitaremos la furia como un reflejo extirpado. 

Inertes, nos recogerá la noche. Apagaremos las culpas entre las drogas legales. Espiaremos la verdad de los vecinos, del mismo modo que ellos espiarán la nuestra, y regresaremos a la celda con la ración apropiada.

Caducos, ingresaremos en el hogar que nos robó el sueño. Ficharemos el beso de nuestra pareja de turno y rendiremos silencio ante un noticiario ocupado.

Postrados, seremos dioses un minuto antes de instalarnos el pijama. Con un bostezo esculpiremos un amor desvanecido y, resignados al fracaso, rezaremos un etcétera de contrición por lo perdido.

miércoles, 27 de febrero de 2013

LO VIEJO Y LA MAREA




Lo viejo se me está agarrando al carro del porvenir y no me deja avanzar como ciudadano.

Uno intenta variar, adaptarse, convertir lo que no funciona en algo mejorado, en algo eficaz o, como ocurre con la mayoría de los ideales, en algo cuya tendencia sea la perfección.

Cualquiera que lea esto aducirá con rapidez que alcanzar la perfección es un imposible. A lo que yo respondería, sin dudarlo un instante, que, afortunadamente, así es. El camino de la perfección no posee límite alguno y esta cualidad genera, a su vez, otras dos que mejoran la opción: por una parte lo convierte en un estímulo constante y, por otra, lo señala, al menos, como el mejor de los senderos a seguir. Digamos que es la ruta necesaria. Quizá la más dura e intransitable en apariencia pero, con toda seguridad, la única que hace escala en todos los puntos saludables que puede recorrer el devenir de una sociedad.

¿Qué le vamos a hacer? El ser humano no se puede permitir, ni puede lograr, echar el freno a su evolución porque la inteligencia, el don del que tanto presumimos, se lo impide. Otra cosa es anticipar que la evolución que uno sigue, esa senda escogida, es correcta o errónea.

¿Quién lo sabe?

En el experimento de la vida, todo acierto depende del error y viceversa. Podemos considerar apropiado cualquier efecto, cualquier logro tras el ensayo previo, acogiéndonos tan sólo a nuestro presente puesto que desconocemos la trascendencia futura de dicho logro. Con sólo echar un vistazo a la evolución y uso de la energía nuclear, queda más que demostrado cuanto afirmo.

No me equivoco si aseguro que no existe la solución o el fracaso definitivo ante cualquier proyecto o problemática empírica. El aleteo de una mariposa —volando hacia donde no se ha dirigido nunca— puede provocar cosechas donde hoy se despliega el desierto. El efecto contrario de ese aleteo, como sabemos y nombramos a menudo, puede llevarnos al desastre y éste, a su vez, a la salvación del planeta. De hecho, nunca he entendido por qué nos empeñamos en enraizar a ser tan bello únicamente con holocaustos y tragedias.

Entonces, ¿cómo guiarnos si en el universo toda causa provoca un efecto y todo efecto provoca una causa? ¿Cómo caminar mientras la polaridad de la vida se alterna de forma aleatoria, sin sentido alguno?

La respuesta generalizada a esta pregunta la buscamos en la historia. 

En el estudio de los acontecimientos pasados, en lo que se refiere a nuestros actos como especie, hallamos ese devenir de lo acertado y de lo erróneo. Analizándolos podemos concretar, por ejemplo, que la imperiosa necesidad de organizarnos como sociedad nos ha llevado, desde el albor homínido, a legislar, a crear un ordenamiento jurídico por precario que éste fuera. Así nos transformamos en seres políticos aún cuando ni se había filosofado sobre esta propiedad tan humana.

Por las mismas, también se ha de decir, que realizando el mismo análisis, podemos constatar que llevamos equivocándonos, con nuestras leyes y sus efectos, la misma cantidad de tiempo. Desde ese mismo albor hemos metido la pata incesantemente en nuestra búsqueda de la legislación perfecta. Y así seguiremos ya que, por definición, todo cuanto es susceptible de ser interpretado es también imperfecto.

Lo mismo que la ruta de la perfección es una imposición de nuestra inteligencia, la de los acontecimientos insospechados, y constantemente progresivos, es una ruta que nos impone la vida. La segunda engloba a la primera y la modifica sin miramientos. De ahí que no todo aquello que funcionó en el pasado esté obligado a resultar eficaz en el presente. 

Por esta razón digo que lo viejo, hoy, me impide progresar como ciudadano. Y es que, en lo legislativo, nos vemos atados a la comodidad que supone disponer de una especie de biblia que, en teoría, da respuestas a todas nuestras cuitas. Y en ese estadio del progreso reglamentario nos hemos quedado; luchando por no poner en riesgo el consenso que se adquirió en otra época, en la cual, como en todas, los acontecimientos y su progresión eran diferentes a los actuales.

Vemos pecaminoso cualquier intento por modificar lo escrito en ese testamento legal que es la Constitución Española a sabiendas de que cualquier gobierno —presente, pasado y futuro—, lo hará cuando lo crea oportuno. Ya nos ha ocurrido y, sin embargo, no ha dejado huella en nuestra memoria más allá de estar sufriendo, ahora, los efectos de semejantes modificaciones. Recordemos la introducción constitucional del techo de gasto.

Por lo tanto, en el ámbito legal, por mucho que nos cuenten milongas, lo viejo se puede cambiar y rejuvenecer en tiempo récord y, por las mismas, todo se puede actualizar no sólo cuando conviene a los factores económicos sino cuando conviene a las personas en lo anímico y en lo moral.

Es más: puedo asegurar que tanto mis padres como mis abuelos, al igual que tantos padres y tantos abuelos de su generación, votaron un texto sin haberlo consultado y, en muchos casos, sin saber qué quería decir la gran mayoría de los artículos que, a falta de poseerlo impreso en su totalidad, se enunciaban y anunciaban en la televisión de la época; una televisión compuesta de dos canales de los cuales uno de ellos, el UHF, siempre se veía mal. Imaginad a qué tipo de debate y a qué tipo de contraste de la información tuvieron acceso los votantes del texto.

Hablamos de dos generaciones que depositaron un sufragio afirmativo al documento en cuestión por el simple hecho de que Don Adolfo Suarez —que tanto estaba haciendo en favor de España y que era un hombre tan guapo, tan serio y educado—, había dicho que aceptar aquel pacto escrito era positivo para todos. 

Dos generaciones son muchos votos y, desgraciadamente, por circunstancias que todos conocemos, también es mucha ignorancia acumulada.

Desde aquella votación que tanto celebramos yéndonos de puente, se procedió a realizar un simulacro que consistía en que los niños leyesen artículos del documento sacrosanto. Niños ante leyes. Memoria rápida para un olvido aún más rápido. Un cero en comprensión para un examen que la retentiva aprobaba siempre. Lo necesario era garantizar el titular: en las escuelas españolas los niños aprenden la carta magna que nos une a todos. Nada más y nada menos.

Sin duda, todo aquel proceso, resultó beneficioso hace ya treinta y cinco años pero no lo está siendo ahora.

Porque la cuestión es que, en este momento, ya no somos como nuestros padres, como nuestros abuelos, ni como esos niños de la memoria y la carrerilla. Ahora el ciudadano escucha, lee, aumenta su cultura, contrasta, no aborrece la política y participa de ella aunque no vote.

Estoy seguro que la Constitución Española no dará respuestas a muchas cuestiones futuras porque es un texto de un pasado muy pasado, incapaz de contener tanta evolución e involución como vive y sufre esta país dependiendo de cada marea.

De ahí que la necesidad de que sea analizada de forma constante para la detección de errores se antoja imperativa, lo mismo que su desbloqueo para que, de forma pautada y consensuada, sean posibles sus enmiendas.


martes, 19 de febrero de 2013

JUSTOS POR PECADORES

Estamos tontos.

No digo que lo seamos, digo que lo estamos. Todos sin excepción. 

Y generalizo sin miedo a equivocarme por mucho que, últimamente, en cada conversación que he mantenido, la máxima que ha regido las tertulias ha sido la prohibición de ese ejercicio amplio, pero abarcable, que consiste en generalizar.

Se me ha insistido y se me insistirá en que, en lo político, en lo económico y en lo social, no puedo marcarme unas saludables metonimias, hipérboles y sinécdoques, así, tan tranquilamente como lo hago al expresar mi opinión actual.

No puedo etiquetar una idea con el nombre de otra siguiendo el afán complementario que tienen las palabras; no puedo exagerar con la pretensión de crear un mensaje que exprese mis sentimientos (los cuales, he de reconocerlo, nunca han sido ponderados); y, finalmente, no puedo tomar partes y describir con ellas el todo.

Y es que, en esto de la opinión, aparentemente, ya no queda un hueco para la retórica pero, día a día, no cejamos en la construcción del alcantarillado que oculta la demagogia.

Por lo tanto, no puedo expresar mi temor a que este gobierno y estos políticos —propios de aquella España simple y radical que conocimos muchos—, hayan convertido el sueño de país que un día tuvimos tantos, en la pesadilla de país que, aunque en algunos casos sólo sea de forma colateral, sufrirá la totalidad. No puedo afirmar, tampoco, que la gente se está suicidando debido al carácter vampírico, parasitario y deshumanizado de nuestra banca. Y, para colmo y remate, tampoco puedo asegurar que el sistema, al completo, se pudre, es una gusanera, y apesta como el tufo a requesón que delata la gangrena.

Y no me puedo expresar en estos términos porque, al hacerlo, de inmediato me da en los oídos la metralla dialéctica de aquellos que mantienen que exagero, que decir gobierno no significa decir país; que la mayoría de la población abona religiosamente sus cuotas hipotecarias; y que, respecto a la putrefacción del sistema, no todo él está corrompido, que algo se salva, que los derechos del ciudadano aún están garantizados y que, como lo están, no puedo hacer pagar a justos por pecadores.

Pero, tras cada debate, al relajarse la conversación, se me queda activado un sentido terco que, como el martillo de un despertador, golpea repetidamente en el quid de la cuestión.

¿Cómo es que no puedo generalizar? ¿Cómo es que tengo que restringir la amplitud de mi crítica? ¿Cómo es que no puedo subir a esa altura imposible donde colocamos la interpretación de lo abstracto? ¿Cómo es que, en definitiva, no puedo mirar el conjunto, ese dibujo puntillista de una sociedad, esa aritmética de la tendencia, esa media porcentual que engaña al ojo y completa nuestro retrato? 

¿Por qué se me niega esta posibilidad?

Mi hipótesis, para dar respuesta a estas preguntas, mantiene que quien nos exige que no lo hagamos, que no generalicemos, lo único que pretende, en realidad, es colocar un parapeto e impedir que lo identifiquemos por aquello que lo convierte en un ser común en lugar de ser reconocido por aquello que lo distingue del resto de los mortales.

¿A quién le gusta que le hermanen con el conjunto de los vagos, de los antipáticos, de los listillos o de los corruptos?

A nadie.

Deseamos que nuestra identidad —a pesar de poder pertenecer a alguno de estos grupos— sea clasificada recurriendo a los matices: somos feos pero simpatiquísimos y, además, tenemos un caudal económico excelente. Por lo tanto, manifestamos que no se puede generalizar porque hay variantes: ciertamente, existe el grupo más concreto de los simpáticos feos adinerados.

Pero no nos engañemos. Los feos pertenecen al conjunto de los feos. Otra cosa es que mantengan intersecciones con el conjunto de los antipáticos, con el de los listillos o con el de los corruptos.

Porque el ser humano, desde su nacimiento, se ve integrado en comunidades —separadas todas ellas por elementos distintivos— cuya predisposición será asociarse con otras comunidades. No podemos negar que el individuo, a lo largo de su vida, logra diferenciarse de los otros elementos del grupo en la medida que se va manchando con las tinturas (experiencias, ideologías, pensamientos y sentimientos) de otras congregaciones.

Nos hacemos más exclusivos cuanto mayor es nuestro grado de intersección con otros conjuntos pero, al mismo tiempo y por la misma razón, nos hacemos más vulnerables a la generalización ya que nuestra exclusividad tiene el precio de la pertenencia a la gama, a cada una de las diferentes asociaciones de las que vamos formando parte.

La realidad nos muestra, por ejemplo, que convivimos gracias a la generalización. Cualquier sistema democrático se sostiene, casi al completo, gracias a esta fórmula globalizadora. En democracia, la mayoría representa a la totalidad a sabiendas de que lo acordado y aceptado nunca satisfará los intereses de todos los votantes.

Es más, dado que se nos ha impuesto un coto económico al acceso a la justicia; que se ha logrado que los derechos particulares salten por los aires; y que el poder judicial —encargado de evitar lo general para centrarse en lo individual, en lo específico— ha perdido su carácter originario; se han creado dos conjuntos tan delimitados como amplios: el de los que pueden pagar para demandar lo que sus derechos garantizan; y el otro, el de aquellos que no pueden permitirse pagar demanda alguna y que, sin apenas darse cuenta, han perdido ya sus derechos, sus garantías y su libertad.

Por lo tanto, decir que todos somos iguales ante la ley es una generalización que resultaba más que admisible pese a que, hoy por hoy, en nuestro país, sea completamente irreal.

De hecho, seguimos promulgando dicha generalización sin temor a que a nadie se le acuse de lo que se me acusa a mí. 

Y factores como éste hacen que me reafirme en mi derecho a describir lo amplio por sus componentes reducidos; en mi derecho a proclamar que todos, incluso los neutrales, pertenecemos a algún conjunto político; en mi derecho a manifestar que todos, incluso los niños, aceptamos alguna ideología; y en mi derecho a pregonar que cada vez que un político utiliza la defensa del “tú más” nos está diciendo que lo de menos somos nosotros, el resto de los ciudadanos, sin atender a nuestra ideología ni al conjunto político al que pertenezcamos.

En el caso de no continuar luchando por los derechos de esta sociedad; en el caso de abandonarnos a la desidia del “nada se consigue haciendo esto o aquello”; y en el caso de no entender, sin duelo, que los únicos que podrán regenerar este tinglado serán los jóvenes que se nos van —no con la herencia sino con lo invertido—, sólo podré afirmar, de forma general, que, en mi país, todos estamos tontos, aunque no lo seamos.

lunes, 11 de febrero de 2013

EL CLAN





No logro comprender ciertas cosas por mucho que presto atención y me esfuerzo.

Leo y visiono todo tipo de discursos, pronunciamientos, editoriales, artículos de opinión y debates políticos. No reniego de ningún medio de comunicación por mucho que su tendencia ideológica no sea afín a los razonamientos que impulsan mi actividad política. Quien me conoce bien pondría en duda que yo atienda, ya de madrugada, a la repetición de informativos, de esos que reciben tal calificación del mismo modo que la recibe el documento que te explica las características de un coche. Esa gente que me conoce no creería que lo hago, que veo esos libelos, pero así es.

Estoy convencido de que es necesario intentar mantener los oídos abiertos a las ideas del otro. Tener miedo a las ideas viene a ser como temer a los fantasmas, a los designios de la cartas del tarot o a la bolita que salta de número en número cuando gira la ruleta. 

La vida del más allá pululando por los pasillos del más acá; lo predestinado impregnando las cartas arcanas de un vidente televisivo; o la suerte, esa combinación aleatoria a la que nos aferramos todos y a la que, en secreto, solicitamos más favores que a cualquier otra divinidad; no son factores temibles salvo cuando colman el intelecto e impiden la llegada de nuevas posibilidades razonables.

Lo verdaderamente temible es la actitud radical ante la idea y la creencia. Lo debemos reconocer así. La historia nos muestra sobrados ejemplos de los trágicos derroteros que han seguido las sociedades guiadas por un pensamiento exclusivo y excluyente.

En ese laboratorio social que es la manada humana se ha probado con algo más de una decena de fórmulas de gestión y de convivencia. No son muchas si nos planteamos el tiempo que venimos ocupando el puesto de especie dominante. A lo largo de la historia, nuestra inteligencia desarrollada ha sido acomodaticia y ha permitido que la pequeña estructura del clan prepondere sobre la del demos. Así llegamos hasta el inicio del siglo XX sin encontrar experimentos de organización social que pasaran de lo teórico a lo práctico. 

Pues bien, todas esas fórmulas, al fracasar, han dado como resultado una síntesis que se concreta en dos tendencias indiscutibles: la autoritaria y la permisiva.

Hasta la fecha podemos constatar que la tendencia autoritaria termina siempre por corromperse. Los blindajes que la sustentan se oxidan, se carcomen y su férrea resistencia a la idea alternativa se hace porosa. Es entonces cuando surgen movimientos y convulsiones que buscan lo permisivo y que, con raras excepciones, concluyen en guerras civiles y en un absurdo derramamiento de sangre. No hay nada de inteligente ni de desarrollado en una evolución a tiros. En los tiros hay mucho de instinto y de animalidad.

Sin embargo, la manada humana ha luchado, lucha y luchará por lograr que la tendencia autoritaria se transforme en permisiva ya sea de una forma inteligente y desarrollada o de una forma instintiva y animal.

Porque de lo singular a lo plural, de lo individual a lo colectivo, hemos entendido que cuanto más ampliamos las opciones del ciudadano —sus derechos—, mayor es su eficacia dentro del engranaje comunal. Hemos aceptado que dentro de lo plural siempre se encontrará lo singular, que lo colectivo atiende a lo individual y que la reciprocidad entre ambos conceptos es sumamente beneficiosa. De ahí que las que hemos dado en llamar sociedades evolucionadas se hayan determinado por un modelo de organización que, con sus múltiples variantes, pretende garantizar la convivencia de lo particular con lo general.

Por esta razón aceptamos la democracia como receta de coexistencia. Admitimos que tiene sus errores —el sistema no es perfecto puesto que el individuo tampoco lo es—, del mismo modo que deberíamos admitir que podemos mejorarla y que todo requiere un proceso primitivo de ensayos, pruebas erróneas y aciertos.

Y este es el motivo, tal como anunciaba al principio, por el cual no logro comprender ciertas cosas que están ocurriendo en España y, ya de paso, en Europa.

No comprendo, por ejemplo, cómo admitimos que los derechos sociales, que con tanto esfuerzo se fueron conquistando, se diluyan en el líquido espeso de esta crisis que padecemos. La mayoría de ellos, utilizando un razonamiento moral y políticamente simple, poco o nada tienen que ver con factores económicos resolutivos.

¿En qué afecta la justicia universal a la solución o desarrollo de la crisis? ¿En qué afecta el derecho a una vivienda digna? ¿En qué afecta la sanidad pública, la educación pública, los derechos laborales, la cobertura social…?

¿En qué y a quién beneficia la degradación de estos pilares?

Que nadie me diga que, después de haber visto aireado todo lo que se está viendo, la motivación de semejante expolio es el ahorro en las cuentas del estado, las cuentas europeas o las cuentas del mundo. Que nadie me diga que la sociedad ha despilfarrado durante una época determinada y, ahora, tiene que pagar por haberlo hecho. La economía, no nos engañemos, también está sujeta a aquella ley de Lavoisier sobre la conservación de la materia cuya máxima se resumía del siguiente modo: “La materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”.

A esa representación de lo material que es el dinero le ocurre lo mismo: se transforma, se revaloriza, cambia de manos, se devalúa. Menos representa a más o más representa a menos. Pero lo representado, la materia en sus infinitas transformaciones, permanece. Se puede ocultar pero no desaparece. Por lo tanto, resulta obvio asegurar que lo que no tiene la sociedad, lo plural, el demos; lo posee lo asocial, lo singular, el clan. 

Muchos somos pobres para que unos pocos sean ricos.

Insisto: la riqueza, al igual que la materia, se puede ocultar pero no puede desaparecer. Por lo tanto no queda otra que afirmar que nuestro supuesto despilfarro, el de la sociedad en su amplio espectro, ha hecho rico a ese conjunto singular y reducido que es el clan.

Entonces… si esa clase privilegiada se enriquece gracias a nuestro consumo derrochador ¿cómo es que hemos entrado en crisis? ¿Cómo ocurre que esa clase no sigue incentivando el flujo económico que la hace prosperar?

Partiendo de este planteamiento se me acumulan las preguntas:

¿Por qué se deben recortar los presupuestos estatales para sanear cuentas que se nutren del esfuerzo del contribuyente? ¿Por qué está roto el círculo cerrado de producción en el que la hacienda crea proyectos, genera empleo, el trabajador percibe un sueldo y, por ende, paga sus impuestos repercutiendo en la mejora del estado de las cuentas públicas? ¿Por qué debe sufrir el ciudadano ese hostigamiento, intrínseco en la filosofía del ahorro, si, total, mediante esa filosofía, el clan merma su dominio económico y no logra generar cambios estructurales que, sin lugar a dudas, serán positivos para sus arcas?

La respuesta se me hace tan sencilla como terrible:

El clan ya no busca la riqueza o, mejor dicho, ya no busca únicamente su enriquecimiento.

Y no lo hace porque la riqueza, como tantas otras cosas, pierde su valor cuando no es exclusiva ni excluyente. Para volver a serlo, el clan ha decidido cerrar el grifo. Ha construido una presa en la fluctuación natural de la economía, en una sociedad capitalista, y ha resuelto emular al terrateniente tejano prohibiendo que el ganado de los demás vecinos abreve en el río que pasa por sus tierras.

El clan ya no quiere ser más rico, quiere que los demás nunca lleguen a poseer su estatus; está harto de la democracia, de lo que juzga a todos por igual, sana a todos por igual, educa a todos por igual y de lo que otorga derechos a todos por igual.

Ante una sociedad adormecida, ante una sociedad que teme perder los bienes que tanto esfuerzo le ha costado conseguir, ante una sociedad educada con valores morales que la alejan de sus instintos, y ante una sociedad que no recuerda que su mayor posesión son sus derechos; el clan ha visto, hoy más que nunca, su oportunidad para restablecer su tendencia autoritaria.

Paso a paso, camuflando su ataque entre terminologías, entre congresos europeos y entre praderas donde puede pacer tranquilamente la manada humana; el depredador avanza.

Y no consigo comprender por qué, siendo tantos, siendo una mayoría de gacelas, elefantes, búfalos y algún que otro ñu; no logramos detenerlo.

Debe ser que no me he informado lo suficiente o que debería ver más documentales de la 2.

domingo, 3 de febrero de 2013

LO INHABITABLE




Lo de escribir la opinión de uno, cada siete días, resulta ser un asunto saludable, práctico y estimulante.

Aquel que publica semanalmente no se ve atrapado en la vorágine de lo diario; en el exhibicionismo de los conocimientos a bote pronto; en la premura de la noticia que, al ser redactada en tiempo récord, lejos de mantener la neutralidad sobre los hechos, deja asomar nuestro punto de vista parcial.

Quien, como digo, puede pensar, escribir y publicar semanalmente; adquiere perspectiva sobre lo acontecido y su juicio de valor es más certero. Por eso me siento cómodo publicando esta bitácora primeriza una vez a la semana. Sé que de este modo opino sin estar enfurecido, sin el cabreo que genera vivir con la noticia anudada al cristal de las gafas, persiguiéndote en el autobús, en el taxi, en la conversación del amigo y del enemigo.

Porque una cosa es que las noticias sean pésimas y, otra muy diferente, es que las noticias pésimas te persigan. Cuando te persiguen las malas noticias no existe manera de esquivarlas. Ya te ocultes en un iglú ártico o ejerzas de anacoreta en un monasterio nepalés; los malos comunicados terminan por encontrarte.

De manera que esta semana el pesimismo ha dado con mi paradero. Día tras día, noticia tras noticia, injusticia tras injusticia; me ha sido imposible sortearlo. Ese factor de desanimo ha finalizado su labor con la construcción de un pandemónium, vergonzante, cuyo punto más elevado lo ha coronado la declaración leída, (sin preguntas, sin respuestas y desde un monitor que recordaba la imagen desoladora del Gran Hermano orwelliano), del presidente del gobierno español haciendo referencia a los archiconocidos "papeles de Bárcenas".

Dado que, por una serie de idas y vueltas de mi profesión, me he visto en la tesitura de realizar campañas audiovisuales para dirigentes políticos; y dado que esto implica tratar con ellos, escribir para ellos o trabajar con sus asesores, con esos leales mercenarios, encargados de proteger las palabras de los líderes de sus peores enemigos, es decir, de los pensamientos propios; puedo asegurar que me conozco el paño.

Sé lo que significa que, en medio de semejante pantomima, el actor principal se retrasase en no menos de una hora sobre lo previsto y anunciado; sé lo que significa que este gobernante nuestro manejase unos papeles con su discurso impreso y que, en definitiva, lo leyera; sé lo que significa que explicase el motivo de la lectura, que transmitiese tics nerviosos propios de un mal jugador, que esquivase los nombres claves, que tirase de argumentario interno, que lo camuflase entre tropos... y, como colofón, sé lo que significa que diese paso a unas preguntas que nadie, salvo sus ministros, barones y ministrables, iba a poder realizar.

Y lo que significa es muy simple y obvio: se tiró de estrategias de comunicación.

Es lo habitual y a nadie debe sorprender salvo por un detalle que diferenció la estrategia del sábado de cualquier otra empleada con anterioridad. La estrategia que se empleó el sábado, fuera de la forma que fuese, no podía fallar, debía proteger todos los flancos del presidente y los flancos de todos sus hombres y mujeres allí sentados, en esa junta ejecutiva donde apenas acertaban a mirarse entre ellos.

Para que la estrategia cumpliese sus objetivos, dio lo mismo el retraso, dio lo mismo lo criticable que sea que el presidente de España hable desde un plasma de televisión, dio lo mismo que el actor se sintiera marioneta y que, conteniendo las palabras que deseara decir, se le escapasen contracciones gestuales involuntarias; dio lo mismo que ese hombre, aferrado a la presunción de inocencia, fuese inocente en realidad. Por si acaso, la táctica debía blindar la intervención. Lo declarado debía ser infalible. Ya se tuviera que ensayar mil veces la lectura del guión, la estrategia debía funcionar. Estaba en juego algo a lo que sí hizo referencia el presidente en su señuelo: la habitabilidad del país.




Al leer y no responder, la estrategia marcó camino y no se detuvo en filtro cerebral alguno.

Se lee, por tanto, con contundencia, sin dar tiempo a las dudas ni a las malas pasadas de los nervios. Se lee de forma mecánica y estudiada, siguiendo la batuta del asesor que en los ensayos marca una repetición y un énfasis en determinados conceptos. "Es falso", repitió el presidente con una vehemencia poco acostumbrada en él.

Incido en este factor porque Mariano Rajoy, para referirse al peligro que se cierne sobre España, en el supuesto de llegar a saberse algún día la verdad, leyó algo que sólo se le puede ocurrir a un buen escritor, experto en comunicación política, y se expresó como un consumado orador. Y este presidente no es ni lo uno ni lo otro. Para dar fe de ello tan sólo tenemos que recordar el memorable episodio durante la entrevista con Pedro J. Ramírez y aquel hecho "notable".

Y así, imperceptiblemente, se puso en peligro toda la estrategia diseñada para salvar la cara y las partes pudendas de los integrantes de la cúpula del partido. Sus asesores debieron estimar que resultaba bastante improbable que, dada la gravedad del momento, alguien atase los cabos entre lo dicho y el factor humano que define a quien lo dice. Pero, por si las moscas, por si alguien se siente intrigado y desea mirar donde no se debe, se crea un acceso secreto, se coloca una estantería giratoria para cubrirlo y se deja a la vista el libro que la activa.

Se ha de decir que los que nos dedicamos a cosas de éstas (todo es marketing al fin y al cabo), no somos infalibles y cuando culminamos una campaña encendemos mil velas, o nos tomamos mil copas, o no dormimos, muertos de miedo por si la cosa esa, la táctica que hemos inventado, al final, no funciona.

Es sencillo de entender: el trabajo de los estrategas políticos, pese a quien pese, son los planes de batalla y, por más vueltas que se les dé, los planes siempre tienen puntos flojos. Por esta razón los estrategas crean planes B, pasadizos y subterfugios con los que intentar evitar lo impredecible. Pero lo impredecible adquiere su cualidad por esa pelea eterna con lo probable y, también por esta razón, los estrategas asumen que alguna de sus defensas puede fallar. No saber cuál, les lleva a las mil velas, a las mil copas, o al insomnio, antes de que todo se ponga en marcha. Es aquel momento antiguo del padre aguardando en la sala de espera a que nazca su hijo. Insoportable a buen seguro, pero igualmente maravilloso si todo sale bien.

Por eso, en ocasiones, cuando un punto flaco es enorme, y los asesores quieren solucionarlo cuanto antes, la mejor defensa es la exposición del fallo. En este caso, decir que algo se está leyendo para no pronunciar una palabra más alta que otra, como hizo Rajoy, es un ejemplo claro de lo que digo: es reírte el primero de tu fealdad para que nadie se ría de ella, es un camuflaje ante las miradas y oídos de todos, es cristal dentro de un cubito de hielo.


Existen latinajos que nos explican que una excusa no pedida es, en sí, un reconocimiento de culpa. Pero la realidad es otra si llegas a tu exposición con seis agujeros en el blindaje y quieres disimular el más grave, el que evidencia lo que está ocurriendo más que ninguna otra cosa. Más allá del plasma, más allá de la ausencia de preguntas, más allá de la argucia de una nueva conspiración; lo que había que ocultar el sábado pasado, a toda costa, era el hecho escueto de que el presidente de España estaba leyendo. Y bien que lo lograron. La sociedad y los periodistas están tan acostumbrados al "formato" que nadie ha destacado este hecho como algo a tener en cuenta y, por lo demás, entre los televidentes a los que he preguntado, la lectura del presidente me la calificaron como algo normal. Me atrevería a asegurar que nadie vio nada raro en esa acción. En otras sí, pero en esa no.

Objetivo cumplido.

Pues bien, como un mago dotado de esa varita mágica que era su guión, el presidente del estado español acusó a toda la oposición de no respetar la presunción de inocencia, imprescindible para todo ser en tela de juicio. No contento con esto, también acusó a la oposición de estar a punto de lograr que nuestro país fuera inhabitable.

Esa palabra, inhabitable, la leyó con todo el mal que encierra. Esa palabra, bien lo saben nuestros mayores, no la puede pronunciar un presidente demócrata porque significa lo que significa. Pero él la leyó gracias a que un escritor y un estratega la habían vestido con un eufemismo permisivo.

Les ruego que vean una vez más la intervención. Resulta escalofriante atender al mensaje cuando le has quitado el parapeto. Y, pese a todo, debo reconocer que la fórmula empleada es una obra de arte.

En mi profesión, esa idea, colocada donde se colocó, vale millones. Implica una victoria en el discurso y en la comparecencia. Implica decirle a tus opositores y a la ciudadanía atenta, manifestando en el gesto responsabilidad y preocupación, "si caemos nosotros, caéis vosotros, cae el país y, gracias a esta palabreja, inhabitable, que va a escuchar tanta gente, la culpa va ser de aquel que nos acuse, de aquel que mueva un dedo para airear trapos que puedan desalojarnos del poder".

Leyó la palabra, la escuchamos, pasamos de largo porque llegaban más palabras; y logró que un miedo etéreo, indefinible, subliminal, nos hiciera pensar que si continuábamos exigiendo la verdad seríamos los culpables de lo inhabitable.

Toda una obra de arte...

Por esta razón, lo más importante para los estrategas, los que escribieron esa palabra en el discurso de Rajoy, era disimular el quid de la cuestión. Piensen esto con serenidad lógica: el día en que el presidente de un país se está jugando la habitabilidad de su estado, tiene que recurrir a una redacción amplia (no a unas notas, no a un esquema) para poder decir la verdad.

Lo diré con más claridad aún: el presidente necesitó una estrategia para ser sincero.

Y es ahí donde se desmonta todo. Porque la verdad es sencilla, es la que es y no otra, no se puede manipular porque entonces es mentira, no es ambigua, es única; y, por tanto, no necesita estratagemas, tácticas, textos, consultores, asesores de imagen, golpes en el pecho o cualquiera de esos elementos que vimos retransmitidos, que nos han mostrado una y otra vez, que han analizado hasta la extenuación en múltiples y orwellianos plasmas de televisión.

Porque la verdad siempre está desnuda y la declaración del presidente de España no es otra cosa que una manta de retales, un búnker levantado con la escoria del ladrillo, un fraude con ánimo de chantaje confeccionado por la mano de un asesor.

Ni Mariano Rajoy ni sus bien pagados consejeros tienen derecho a jugar unas cartas que nadie les ha regalado y que, ante todo, no se pueden comprar. Y este sábado pasado lo hicieron. Las jugaron. Nos negaron la verdad y nos amenazaron mostrando la hipótesis, el farol, de un país inhabitable.

Pero lo habitable no se pone en juego, es nuestro, es de todos... 

De ellos, de las agrupaciones políticas, es la gestión efímera de lo nuestro. Así lo manifiesta el pueblo en las urnas, así lo manifiesta el pueblo mostrando su indignación y sus tragaderas de una forma pacífica y, así, nos toca fastidiarnos por mucho que se nos engañe en las campañas electorales y en el ejercicio de gobierno. Eso es lo demócrata. Eso es lo habitable. Eso es lo que nunca puede ser arma en manos de un político. Eso es lo que, cuando se utiliza en un órdago echado a la ligera, puede dar al traste con toda la partida y es, también, lo que delata a los malos jugadores.

Esa es, finalmente, la estrategia que el presidente y su cúpula decidió utilizar ante un pueblo al que juró servir. Esa es, también, la catadura moral de aquellos que venden lealtad cuando, como al escorpión de la fábula, su carácter los define como mercenarios.

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