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lunes, 25 de noviembre de 2013

#UsaTuVoz




Asumimos un riesgo.

Durante el periodo de preproducción de la campaña #NoSeasSumisa, la cantante y compositora Laura Low y el productor musical Jose de Mara me encargaron la realización de un videoclip para acompañar el lanzamiento de su nuevo sencillo: “In the stars”.

Como suele ocurrir en los periodos creativos, uno se encuentra débil ante la influencia de sus propios sentimientos y, dado que cantante y productor me permitieron una gran licencia creativa, les propuse que participaran en la campaña aportando una idea rompedora y, al mismo tiempo, arriesgada.

Laura, Jose y Antonio (el manager de la cantante) se prestaron a ayudar en todo cuanto fuera posible pues, me consta, los tres son personas completamente comprometidas con la sociedad y luchan contra cualquier injusticia dentro de sus posibilidades.

La idea consistía en dirigir el guión del vídeo hacia una línea que relatase un proceso de acoso laboral y, así, cubrir una faceta de la violencia de género que considero imprescindible sacar a la luz para que sea erradicada.

De pronto se abrieron ante mí una serie de cuestiones, peliagudas todas ellas, a la hora de tratar algo tan serio y terrible en cualquiera de sus múltiples manifestaciones.

En primer lugar me encontraba con las características del género musical —la música de baile o música dance— en el que Laura es especialista (pese a que cultiva otros géneros de forma magistral). Resultaba evidente, a priori, que la fórmula bailable se alejaba de las características emocionales tipo; es decir, aquellas que nos provocan un escalofrío en la conciencia, aquellas que suelen formar parte de la esencia de cualquier campaña que aborde un problema extendido y sin síntomas de solucionarse.

Pensé en el público, en la horquilla social que escucha, baila, es fan de este estilo y que, además, ve videoclips con asiduidad. Medité sobre la función final de la campaña y me dije que no se trataba tan sólo de concienciar sino de llegar, de aproximarnos al foco donde se ceban las ideas, al lugar donde lo erróneo puede abrirse camino y germinar como una verdad absoluta y constatable: los jóvenes y su educación.

En las conversaciones que mantengo con ese pasado, que siempre va conmigo, surgió el recuerdo de mi época de estudiante, de mi rebeldía, de mi rechazo al discurso de lo establecido, al axioma, al dogma de fe, al sermón y al púlpito. Sin salir de aquella época reconocí cómo el empeño de mis profesores para que su alumnado desarrollase una actitud crítica, respecto a lo tangible y lo intangible, no fructificó hasta que cambiaron su propio sistema de inoculación del afán por el criterio propio. Pasamos de la letra con sangre entra, a lo que fue toda una innovación: la letra podía entrar con nuevas herramientas, con arte, con teatro, con cine, con música… no sólo entrar, perdurar.

El éxito del método radicó en que nos dieron poderes plenipotenciarios, libertad para construir e integrar nuestro momento, nuestras inquietudes, nuestros breves conocimientos, hasta que surgiera el resorte que se ocultaba tras el señuelo. Y es que las carencias de la cultura sólo se satisfacen buceando en la propia cultura. Pese a todo no era el arte de la generación de nuestros docentes, no era su cine, no era su teatro, ni su música. No era su cultura, era la nuestra, aunque, en definitiva, una vez que te zambulles en esas aguas, terminas por advertir que no hay nada tuyo en exclusiva, que no eres más que una gota en conexión con otra gota del río, una gota que te empuja o tira de ti, una gota a la que empujas o de la que tiras.

Entonces… ¿Por qué no recuperar aquella metodología para esta campaña? ¿Por qué no cambiar el vehículo de promoción de una idea, de una causa, de una necesidad? ¿Por qué no acercarnos a un sector de la sociedad —la juventud— usando un medio que sí les llega, que sí consume, que forma parte de su línea de seguimiento? ¿Por qué no intentar llegar utilizando un elemento en el que se suelen propagar conceptos que indican, de forma errónea y manipuladora, cómo debe ser una mujer, cómo debe vestir, qué medidas debe tener, cuál debe ser su actitud frente a la vida, al amor, a la sexualidad, a los hombres, etc.? ¿Por qué no darle la vuelta a dichos conceptos utilizando para ello los mismos mecanismos?

Expuse a la cantante, al productor y al manager los riesgos mediáticos que asumiríamos y, por quórum, los asumimos todos.

Después nos enfrentamos a la decisión de encontrar una historia adecuada teniendo en cuenta que el lenguaje audiovisual de un videoclip, pese a que intente narrar una historia siguiendo una estructura clásica, no es precisamente ortodoxo y siempre da juego al experimento, a la metáfora visual y, por supuesto, al ritmo. No hay videoclip cuya historia esté bien contada. De existir, ese intento narrativo quedará vinculado al territorio de las sensaciones, de lo subliminal y de lo subjetivo.

Plantearé un ejemplo para aclarar esto que digo:

Todo el mundo cree haber entendido lo narrado en ese clásico del género que es “Thriller” (Michael Jackson 1982), cuando, en realidad, por mucho que nos guste el famoso vídeo, si lo analizamos con frialdad, no existe historia más absurda, más tramposa y más errática en su resolución dramática.

La resumiré:

En un cine, una chica ve junto a su pareja una película de terror de la cual, al mismo tiempo, ambos son protagonistas. Salen del cine, ella está enfadada porque no le gustan las pelis de miedo, él se pone a cantar y a bailar a su lado. Pasan junto a un cementerio, surgen zombis y acorralan a la pareja. De buenas a primeras el chico se convierte en muerto viviente y todos bailan muy animados. Persiguen a la chica hasta una casa, la destrozan para entrar pese a que nadie ha cerrado la puerta y, cuando parece que el chico se va a zampar a la chica, resulta que todo ha sido un sueño. Pero no. El chico tiene ojos de hombre lobo, mira a cámara y sonríe. Fin. 125 millones de visitas en youtube, una red social que se inventó cuando “Thriller” ya se había visto tantas veces como se podía ver.

Pues bien, demostrado lo mucho que entendemos lo incomprensible, recuperemos el verdadero tema de este artículo.

No hacía mucho que me habían contado un caso en el que un prestigioso promotor musical español emulaba las andanzas de Berlusconi. Utilizaba su posición jerárquica para chantajear a las artistas con la intención de obtener favores sexuales a cambio de fomentar la carrera musical de las cantantes, proporcionarles costosos presentes y llevarlas a fiestas donde, al estilo del expresidente italiano, conocerían a lo más “granado” de la sociedad española.

Este hecho que nunca podré demostrar, como le ocurre a la mayoría de las víctimas de acoso, inspiró mi propuesta. Reconstruiríamos dicha situación. Eso sí, daríamos a la pieza elementos que favoreciesen el acercamiento del posible espectador a la trama. El mundo del cómic, el de las películas de acción o el de los videojuegos se nos apareció como un contexto al que podríamos adaptar la historia, su resolución y el mensaje.

Cuando Laura y Jose me comentaron que había una gran pega con el guión —ya que la letra habla de la ruptura de una relación sentimental debido a la apuesta de la protagonista por su carrera musical—, enarqué las cejas, sonreí ante la ironía que planteaba semejante conjunción y, ante sus dudas, me acordé de "Thriller" y les pedí que me permitieran continuar. Y así lo hicieron.

El resultado es el videoclip “In the stars”, una producción en la que todo el equipo, y las empresas colaboradoras, se han dejado la piel para mejorar el resultado final ya que si algo ha estado presente, en cada fase de la producción, es que el esfuerzo que realizáramos iba a ser diminuto en comparación con la amplitud del mal que deseamos combatir.

Creo hablar en nombre de todo el equipo, de Laura Low, de Jose de Mara y en el mío propio, cuando os solicito vuestra comprensión, vuestra apuesta por una nueva aportación a esta batalla, y vuestra ayuda para la difusión de este vídeo que no pretende ser otra cosa que una herramienta más en la lucha contra la violencia de género y el machismo.

Utilizadlo, enviádselo a vuestr@s hij@s, que lo vean sin darles explicación alguna, evitad el rechazo del sermón y dejad que, como le ocurriera a mi generación, la idea cale en ell@s como la lluvia fina.

Cada gota cuenta.



sábado, 1 de junio de 2013

THE QUESTION



Al final, cuando por enésima vez recapacité sobre la situación que nos toca vivir, cuando logré abstraer mi pensamiento de todas las influencias que lo rodean, cuando quise saber quién soy y qué pieza me representa en las componendas de la sociedad actual; vislumbré que la encrucijada metafísica de Shakespeare perseveraba con fuerza en el latido de las diferentes épocas y que seguía haciéndolo hoy en día.

Me refiero, cómo no, al famoso enunciado “To be or not to be…” que el maestro inglés arropó con la sencillez de la palabra y con la lógica de las afirmaciones matemáticas. De alguna manera, con semejante dilema, hizo entender a la humanidad que en el ejercicio de la libertad siempre encuentra abono la incertidumbre. 

El autor, sin la necesidad de recurrir a fervores místicos, encadenó tamaña disyuntiva a todas las brújulas, a todos los vaivenes, a todas las sendas y a todas las opciones aunque, en realidad —y siendo justo—, esas cadenas ya existieran desde que decidimos tomar tierra.

Y es que a cada paso que damos nace una multitud de alternativas y, sin remedio, nos apresa otra multitud de cuestiones. Por tanto, la grandeza del planteamiento de Shakespeare consistió en resumirlas en dos máximas: el “ser”, o el “no ser”, que persiste y nos obliga a definirnos teniendo en cuanta esas circunstancias a las que aludía Ortega en otra máxima intemporal.

Pues bien, remontándome al inicio de este artículo, al plantearme qué soy —hoy en día— y al encontrar inspiración en la proposición de un filósofo disfrazado de poeta; surgió la idea que alimentó el experimento que os presento. 

Porque “The Questión” es únicamente eso: un experimento, aparentemente banal, donde todo está medido al milímetro y todo tiene un porque: por un lado pretendo sacar conclusiones útiles tanto para el sector audiovisual y transmedia y, por otra parte, deseo evaluar sensaciones, tendencias, e interpretaciones que devienen de esta sociedad y de estos tiempos.

En "The Question" todo es sencillo. Os propongo que atendáis a las imágenes para, cuando finalicen, haceros una pregunta a la que, si lo deseáis, podréis contestar pulsando los símbolos del “me gusta” y del “no me gusta” de You Tube.

Es el método que se me ha ocurrido para poder trasladar mi inquietud a todos aquellos que quieran contestar. Hacer click en cualquiera de las dos opciones no tendrá nada que ver con que os interese, o no, el vídeo que apoya este test de mínimas dimensiones: una pregunta, dos planos y un tema musical de los que mola escuchar cuando se conduce.

Para rematar la faena, estaría genial que argumentaseis vuestra elección en la propia página de You Tube. En ningún caso, por mi parte o por parte de los miembros de Grupo Spcie Films, se vetará comentario alguno. Cada uno es muy libre de opinar lo que le venga en gana.

Y ya está. 

Espero que esta cuestión os haga meditar y disfrutar.


#thequestión

jueves, 11 de abril de 2013

EL LADO HUMANO



Lo peor de todo es que, así por las buenas, se veía obligado a dar explicaciones. 

Ese ligero contratiempo había generado una duda y ésta, al lanzarlo al barrizal de la incertidumbre, había terminado por engullir el ánimo con que inició su aventura literaria.

Del mismo modo que un profesor instruye sobre teorías, sin matizar cuál es su forma de llevarlas a la práctica; él deseaba explicar pero no dar explicaciones. Ante todo, la verdad narrada debía justificar sus actos y la nación debía asumir las consecuencias de los mismos con la benevolencia de un dogma de fe. 

Era lo acostumbrado.

Miró el folio en blanco, luego se centró en el gavilán de la estilográfica que reservaba para las grandes ocasiones y, triste, detuvo el lento recorrido de su atención en el paquete, intacto, de papel verjurado.

A continuación, con un resoplido, extrajo una llave diminuta del bolsillo superior de su batín y se aplicó a la tarea de abrir un cajón secreto de su escritorio. Manipulando con la llave en una esquina del mismo, logró que se abriera un compartimento perfectamente simulado en la delicada marquetería del mueble. Quedaron a la vista un revólver, una cajetilla de cigarrillos y un mechero de oro. Con un ligero gesto de fastidio se llevó un pitillo a los labios y lo encendió. Acto seguido se hizo con su bastón, se incorporó del asiento con un esfuerzo tembloroso y, arrastrando gruñidos con cada uno de sus pasos, avanzó hacia el gran ventanal de la estancia que daba acceso a uno de los miradores del palacio.

Ya en el exterior, expeliendo el humo del cigarro como si fuera un suspiro, se dijo que por aquel mismo despacho habían pasado pintores, escultores y fotógrafos decididos, todos ellos, a extraer con sus artes y técnicas su lado más humano. “¿Cuál sería ese lado?”, se preguntó mientras los matices de la ironía le dibujaban una sonrisa.

“¡A la caza del lado humano!”, solía exclamar cuando la convocatoria de los artistas aparecía en su agenda.

Aconsejado por sus asesores de imagen, había convertido esta práctica en una obligación de periodicidad semestral. Pese a que, en un principio, descalificó la parafernalia que se organizaba en derredor suyo, con el tiempo se acostumbró y, ya de buen humor,  terminó aceptando los protocolos del maquillaje y del vestuario. Según su forma de ver las cosas, para fijar lo efímero en la memoria de lo eterno, no quedaba otra que hacer de tripas corazón y dedicar algo de su tiempo al ejercicio de posar.

En realidad, con el progreso de su mandato, pintores y escultores desaparecieron de las convocatorias y todo el trabajo pasó a manos de los fotógrafos y de los realizadores de televisión. No más de cuatro horas bajo los focos proporcionaban al resto de artistas material de sobra para reconstruir la evolución de su semblante y su figura. Un “póngase aquí, señor”, un “levante el mentón”, un “relaje el gesto”; ejercían sobre él una labor didáctica que vertía sus resultados en el formulario de las maneras y posturas que más podían agradar a su pueblo. Con aquellas cuatro horas, y siguiendo a pies juntillas el formulario, se podía resumir todo un año, incluso dos o tres.

Pero, de improviso, el diagnóstico lo había cambiado todo. La vida le había impuesto a destiempo un tercer acto con el anuncio de su muerte inmediata. Una muerte sin concesiones, sin retraso alguno. No existía, ni se hallaría con la celeridad precisa, un remedio que retardase la ejecución prevista por el gabinete médico.

Por lo tanto, haciendo honor al sentido práctico que siempre le había caracterizado; al poco de recibir el dictamen dejó a un lado todo aquello que tuviera que ver con su imagen física y decidió que había llegado el momento de mostrar su perfil intelectual. Debía poner por escrito el proceso que había cincelado su pensamiento y su alma a lo largo de los años.

Resolvió escribir sus memorias con premura. El disfraz con que el entorno familiar cercano había blindado su enfermedad, se degradaría con rapidez. A nada que su gabinete, los partidos y los medios de comunicación, se preguntarán por el motivo de tanta ausencia; el resto de su vida devendría en noticia, en urgencia, en comparecencias, trámites, preparaciones, misas y renuncias.

Todo ello, en su conjunto, supondría una merma considerable en el tiempo libre destinado a la escritura de una obra que —aún adquiriendo su publicación un carácter póstumo— no debía encargarse a biógrafos e historiadores. Los unos y los otros podrían especular con las causas y los efectos de su mandato pero nadie, salvo él mismo, podría imaginar, ni de lejos, la realidad que oculta un líder. Su testamento sería esa realidad, escrita sin omitir detalle, abierta en canal para que su sangre empapase la venda de esa ciudadanía que, a lo largo de los últimos años, le había dado la espalda.

El manuscrito debía llegar al editor y, sin transcribirse, se debía publicar. Una obra de semejantes características aumentaría su valor pese a obligar al lector a descifrar lo intrincado de su caligrafía. Al mismo tiempo, el método escogido garantizaría que nadie pudiera infectar con correcciones el documento donde expondría el devenir de su vida, de sus razonamientos, de sus actuaciones y, ante todo, de los secretos que atesoraba y que lastraban su conciencia al ocultarlos. Sí, el texto saldría de su puño y letra porque sólo de su puño y letra se podría dar crédito a la verdad.

Solía pensar —y deseaba aclarar esto por escrito— que no había regido para aquellos que lo aceptaron; que no lo había hecho para los que no desearon nunca su llegada al poder y que ni siquiera, por más vueltas que le diera, lo había hecho para mantener las necesidades de los que viven en estado de tránsito, más interesados en ganar el sustento diario, en seguir el camino, que en hacerse preguntas.

En definitiva y siendo realista, durante todos los años que había durado su mandato, se había dedicado a gobernar no a un pueblo sino a sus políticos.

«La política no importa; tampoco importa la muchedumbre que cree decidir algo cuando se les pide el voto… Importan los políticos —había comentado con su esposa la noche anterior—; importan los que llegan al hemiciclo, tan sólo los que llegan, no los que les hacen llegar. La élite se sienta en los escaños, los demás se sientan en el váter. Sólo a ellos se les debe gobernar si deseas que todo vaya bien. Los empresarios, los banqueros, los curas o los militares no tienen nada que hacer en este asunto aunque ellos crean que sí.

»Con que el pueblo encontrase a un solo político con carácter, con dignidad y sin una ambición desmedida por el poder; con que las gentes encontraran a uno sólo que cumpliese esos requisitos y lo sentaran en la presidencia del estado; darían al traste con los manejos, los intereses y las matanzas que promueven los poderes fácticos. Un gran político, querida, incluso daría al traste contigo y conmigo— advirtió.

»Por fortuna —concluyó antes de tomarse el calmante nocturno—, no existe ese ser y, al no existir, al pueblo sólo le queda la pureza de Dios y la mía. En eso nos va el cargo. Pero —y así dio por terminada su disquisición— ¿a ver quién se lo explica a toda esa muchedumbre?».

Ante el temor de que la muerte llegase anticipada, se puso manos a la obra a la mañana siguiente. La escritura de sus recuerdos, y su publicación irresoluble, calmaría la ansiedad que lo atenazaba. Morir sin más, desaparecer del presente y convertirse en un preso del pasado, lo convertiría en carroña periodística, criticable e indefensa, de no poner remedio cuanto antes.

Sin embargo, allí estaba a la una de la madrugada, asomado al balcón mientras daba las últimas caladas a un cigarrillo que tenía completamente prohibido; sitiado por las dudas y sin haber escrito una sola palabra, sin haber llegado a arrugar el primer folio de sus memorias.

Y todo ello porque, en su afán por contar la verdad, no había valorado que no existía forma humana de argumentar sus actos y evitar las explicaciones.

Miró hacia el cielo opaco de la noche y pensó en Dios. Sin duda era Él, en su inmensa sabiduría, quien lo había puesto al mando y, ya que su poder lo iluminaba, también lo eximía de justificarse ante nadie.

Tiró el cigarrillo y observó su caída en espiral hasta el jardín. Desde la ciudad le llegaban los ecos de las sirenas y las cargas policiales. Regresó al interior del despacho, cogió los folios en blanco, el tabaco y el mechero de oro y los introdujo en el compartimento de su escritorio. Al hacerlo, empujó el revólver y éste giró sobre el tambor. Miró el arma durante unos segundos y, finalmente, asiéndola con firmeza, la introdujo en el  bolsillo derecho del batín. Hizo una pausa para reafirmar su decisión, cerró el cajón secreto y, a continuación, elevó las llaves con su tintineo metálico sobre la boca abierta de la papelera. Se deleitó con el gesto como quién ofrece una galleta a un perro saltarín y, regodeándose travieso, dejó caer la llave en la papelera.

Se dirigió hacia la puerta del despacho y, al abrirla, se giró con parsimonia para observar el espacio donde se había mostrado tantas veces a su pueblo. Rebuscó la nostalgia de otros tiempos mejores entre presentes, ornamentos y recuerdos. Pero no encontró gran cosa. Al finalizar su examen, tiró lentamente del pomo, cerró la puerta con sigilo y marchó hacia el dormitorio resignado a morir en silencio o a vivir eternamente.

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