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miércoles, 6 de marzo de 2013

ETCÉTERA


Cercanos, despertaremos y habremos perdido las sorpresas. Nombraremos palabras como bostezos y la cortesía buscará en las mejillas el anticipo de un beso. Nos quitaremos el pijama común y, camino del baño, nos olvidará el deseo.

Vacíos, ampliaremos la soledad del sueño languideciendo entre el retrete y la ducha tibia. En el espejo destruiremos la realidad para esconder el recuerdo y, siendo más viejos, pretenderemos ser nuevos.

Antiguos, prepararemos un desayuno escueto, prestaremos más atención a la espiral del café que a nuestra pareja de turno, y nos restaremos un día antes de llevarlo a buen término.

Uniformes, saldremos a calles recién instaladas. Aceptaremos que nuestros vecinos simulen su alegría como nosotros simulamos la nuestra. Caminaremos rápido para que el reloj llegue tarde y viajaremos lentos para darle alcance.

Infinitos, transcurriremos en los despachos neutros. Esperaremos y daremos paso según indique la sección de lo válido. Susurraremos los viejos sermones y marchitaremos la furia como un reflejo extirpado. 

Inertes, nos recogerá la noche. Apagaremos las culpas entre las drogas legales. Espiaremos la verdad de los vecinos, del mismo modo que ellos espiarán la nuestra, y regresaremos a la celda con la ración apropiada.

Caducos, ingresaremos en el hogar que nos robó el sueño. Ficharemos el beso de nuestra pareja de turno y rendiremos silencio ante un noticiario ocupado.

Postrados, seremos dioses un minuto antes de instalarnos el pijama. Con un bostezo esculpiremos un amor desvanecido y, resignados al fracaso, rezaremos un etcétera de contrición por lo perdido.

miércoles, 27 de febrero de 2013

LO VIEJO Y LA MAREA




Lo viejo se me está agarrando al carro del porvenir y no me deja avanzar como ciudadano.

Uno intenta variar, adaptarse, convertir lo que no funciona en algo mejorado, en algo eficaz o, como ocurre con la mayoría de los ideales, en algo cuya tendencia sea la perfección.

Cualquiera que lea esto aducirá con rapidez que alcanzar la perfección es un imposible. A lo que yo respondería, sin dudarlo un instante, que, afortunadamente, así es. El camino de la perfección no posee límite alguno y esta cualidad genera, a su vez, otras dos que mejoran la opción: por una parte lo convierte en un estímulo constante y, por otra, lo señala, al menos, como el mejor de los senderos a seguir. Digamos que es la ruta necesaria. Quizá la más dura e intransitable en apariencia pero, con toda seguridad, la única que hace escala en todos los puntos saludables que puede recorrer el devenir de una sociedad.

¿Qué le vamos a hacer? El ser humano no se puede permitir, ni puede lograr, echar el freno a su evolución porque la inteligencia, el don del que tanto presumimos, se lo impide. Otra cosa es anticipar que la evolución que uno sigue, esa senda escogida, es correcta o errónea.

¿Quién lo sabe?

En el experimento de la vida, todo acierto depende del error y viceversa. Podemos considerar apropiado cualquier efecto, cualquier logro tras el ensayo previo, acogiéndonos tan sólo a nuestro presente puesto que desconocemos la trascendencia futura de dicho logro. Con sólo echar un vistazo a la evolución y uso de la energía nuclear, queda más que demostrado cuanto afirmo.

No me equivoco si aseguro que no existe la solución o el fracaso definitivo ante cualquier proyecto o problemática empírica. El aleteo de una mariposa —volando hacia donde no se ha dirigido nunca— puede provocar cosechas donde hoy se despliega el desierto. El efecto contrario de ese aleteo, como sabemos y nombramos a menudo, puede llevarnos al desastre y éste, a su vez, a la salvación del planeta. De hecho, nunca he entendido por qué nos empeñamos en enraizar a ser tan bello únicamente con holocaustos y tragedias.

Entonces, ¿cómo guiarnos si en el universo toda causa provoca un efecto y todo efecto provoca una causa? ¿Cómo caminar mientras la polaridad de la vida se alterna de forma aleatoria, sin sentido alguno?

La respuesta generalizada a esta pregunta la buscamos en la historia. 

En el estudio de los acontecimientos pasados, en lo que se refiere a nuestros actos como especie, hallamos ese devenir de lo acertado y de lo erróneo. Analizándolos podemos concretar, por ejemplo, que la imperiosa necesidad de organizarnos como sociedad nos ha llevado, desde el albor homínido, a legislar, a crear un ordenamiento jurídico por precario que éste fuera. Así nos transformamos en seres políticos aún cuando ni se había filosofado sobre esta propiedad tan humana.

Por las mismas, también se ha de decir, que realizando el mismo análisis, podemos constatar que llevamos equivocándonos, con nuestras leyes y sus efectos, la misma cantidad de tiempo. Desde ese mismo albor hemos metido la pata incesantemente en nuestra búsqueda de la legislación perfecta. Y así seguiremos ya que, por definición, todo cuanto es susceptible de ser interpretado es también imperfecto.

Lo mismo que la ruta de la perfección es una imposición de nuestra inteligencia, la de los acontecimientos insospechados, y constantemente progresivos, es una ruta que nos impone la vida. La segunda engloba a la primera y la modifica sin miramientos. De ahí que no todo aquello que funcionó en el pasado esté obligado a resultar eficaz en el presente. 

Por esta razón digo que lo viejo, hoy, me impide progresar como ciudadano. Y es que, en lo legislativo, nos vemos atados a la comodidad que supone disponer de una especie de biblia que, en teoría, da respuestas a todas nuestras cuitas. Y en ese estadio del progreso reglamentario nos hemos quedado; luchando por no poner en riesgo el consenso que se adquirió en otra época, en la cual, como en todas, los acontecimientos y su progresión eran diferentes a los actuales.

Vemos pecaminoso cualquier intento por modificar lo escrito en ese testamento legal que es la Constitución Española a sabiendas de que cualquier gobierno —presente, pasado y futuro—, lo hará cuando lo crea oportuno. Ya nos ha ocurrido y, sin embargo, no ha dejado huella en nuestra memoria más allá de estar sufriendo, ahora, los efectos de semejantes modificaciones. Recordemos la introducción constitucional del techo de gasto.

Por lo tanto, en el ámbito legal, por mucho que nos cuenten milongas, lo viejo se puede cambiar y rejuvenecer en tiempo récord y, por las mismas, todo se puede actualizar no sólo cuando conviene a los factores económicos sino cuando conviene a las personas en lo anímico y en lo moral.

Es más: puedo asegurar que tanto mis padres como mis abuelos, al igual que tantos padres y tantos abuelos de su generación, votaron un texto sin haberlo consultado y, en muchos casos, sin saber qué quería decir la gran mayoría de los artículos que, a falta de poseerlo impreso en su totalidad, se enunciaban y anunciaban en la televisión de la época; una televisión compuesta de dos canales de los cuales uno de ellos, el UHF, siempre se veía mal. Imaginad a qué tipo de debate y a qué tipo de contraste de la información tuvieron acceso los votantes del texto.

Hablamos de dos generaciones que depositaron un sufragio afirmativo al documento en cuestión por el simple hecho de que Don Adolfo Suarez —que tanto estaba haciendo en favor de España y que era un hombre tan guapo, tan serio y educado—, había dicho que aceptar aquel pacto escrito era positivo para todos. 

Dos generaciones son muchos votos y, desgraciadamente, por circunstancias que todos conocemos, también es mucha ignorancia acumulada.

Desde aquella votación que tanto celebramos yéndonos de puente, se procedió a realizar un simulacro que consistía en que los niños leyesen artículos del documento sacrosanto. Niños ante leyes. Memoria rápida para un olvido aún más rápido. Un cero en comprensión para un examen que la retentiva aprobaba siempre. Lo necesario era garantizar el titular: en las escuelas españolas los niños aprenden la carta magna que nos une a todos. Nada más y nada menos.

Sin duda, todo aquel proceso, resultó beneficioso hace ya treinta y cinco años pero no lo está siendo ahora.

Porque la cuestión es que, en este momento, ya no somos como nuestros padres, como nuestros abuelos, ni como esos niños de la memoria y la carrerilla. Ahora el ciudadano escucha, lee, aumenta su cultura, contrasta, no aborrece la política y participa de ella aunque no vote.

Estoy seguro que la Constitución Española no dará respuestas a muchas cuestiones futuras porque es un texto de un pasado muy pasado, incapaz de contener tanta evolución e involución como vive y sufre esta país dependiendo de cada marea.

De ahí que la necesidad de que sea analizada de forma constante para la detección de errores se antoja imperativa, lo mismo que su desbloqueo para que, de forma pautada y consensuada, sean posibles sus enmiendas.


lunes, 11 de febrero de 2013

EL CLAN





No logro comprender ciertas cosas por mucho que presto atención y me esfuerzo.

Leo y visiono todo tipo de discursos, pronunciamientos, editoriales, artículos de opinión y debates políticos. No reniego de ningún medio de comunicación por mucho que su tendencia ideológica no sea afín a los razonamientos que impulsan mi actividad política. Quien me conoce bien pondría en duda que yo atienda, ya de madrugada, a la repetición de informativos, de esos que reciben tal calificación del mismo modo que la recibe el documento que te explica las características de un coche. Esa gente que me conoce no creería que lo hago, que veo esos libelos, pero así es.

Estoy convencido de que es necesario intentar mantener los oídos abiertos a las ideas del otro. Tener miedo a las ideas viene a ser como temer a los fantasmas, a los designios de la cartas del tarot o a la bolita que salta de número en número cuando gira la ruleta. 

La vida del más allá pululando por los pasillos del más acá; lo predestinado impregnando las cartas arcanas de un vidente televisivo; o la suerte, esa combinación aleatoria a la que nos aferramos todos y a la que, en secreto, solicitamos más favores que a cualquier otra divinidad; no son factores temibles salvo cuando colman el intelecto e impiden la llegada de nuevas posibilidades razonables.

Lo verdaderamente temible es la actitud radical ante la idea y la creencia. Lo debemos reconocer así. La historia nos muestra sobrados ejemplos de los trágicos derroteros que han seguido las sociedades guiadas por un pensamiento exclusivo y excluyente.

En ese laboratorio social que es la manada humana se ha probado con algo más de una decena de fórmulas de gestión y de convivencia. No son muchas si nos planteamos el tiempo que venimos ocupando el puesto de especie dominante. A lo largo de la historia, nuestra inteligencia desarrollada ha sido acomodaticia y ha permitido que la pequeña estructura del clan prepondere sobre la del demos. Así llegamos hasta el inicio del siglo XX sin encontrar experimentos de organización social que pasaran de lo teórico a lo práctico. 

Pues bien, todas esas fórmulas, al fracasar, han dado como resultado una síntesis que se concreta en dos tendencias indiscutibles: la autoritaria y la permisiva.

Hasta la fecha podemos constatar que la tendencia autoritaria termina siempre por corromperse. Los blindajes que la sustentan se oxidan, se carcomen y su férrea resistencia a la idea alternativa se hace porosa. Es entonces cuando surgen movimientos y convulsiones que buscan lo permisivo y que, con raras excepciones, concluyen en guerras civiles y en un absurdo derramamiento de sangre. No hay nada de inteligente ni de desarrollado en una evolución a tiros. En los tiros hay mucho de instinto y de animalidad.

Sin embargo, la manada humana ha luchado, lucha y luchará por lograr que la tendencia autoritaria se transforme en permisiva ya sea de una forma inteligente y desarrollada o de una forma instintiva y animal.

Porque de lo singular a lo plural, de lo individual a lo colectivo, hemos entendido que cuanto más ampliamos las opciones del ciudadano —sus derechos—, mayor es su eficacia dentro del engranaje comunal. Hemos aceptado que dentro de lo plural siempre se encontrará lo singular, que lo colectivo atiende a lo individual y que la reciprocidad entre ambos conceptos es sumamente beneficiosa. De ahí que las que hemos dado en llamar sociedades evolucionadas se hayan determinado por un modelo de organización que, con sus múltiples variantes, pretende garantizar la convivencia de lo particular con lo general.

Por esta razón aceptamos la democracia como receta de coexistencia. Admitimos que tiene sus errores —el sistema no es perfecto puesto que el individuo tampoco lo es—, del mismo modo que deberíamos admitir que podemos mejorarla y que todo requiere un proceso primitivo de ensayos, pruebas erróneas y aciertos.

Y este es el motivo, tal como anunciaba al principio, por el cual no logro comprender ciertas cosas que están ocurriendo en España y, ya de paso, en Europa.

No comprendo, por ejemplo, cómo admitimos que los derechos sociales, que con tanto esfuerzo se fueron conquistando, se diluyan en el líquido espeso de esta crisis que padecemos. La mayoría de ellos, utilizando un razonamiento moral y políticamente simple, poco o nada tienen que ver con factores económicos resolutivos.

¿En qué afecta la justicia universal a la solución o desarrollo de la crisis? ¿En qué afecta el derecho a una vivienda digna? ¿En qué afecta la sanidad pública, la educación pública, los derechos laborales, la cobertura social…?

¿En qué y a quién beneficia la degradación de estos pilares?

Que nadie me diga que, después de haber visto aireado todo lo que se está viendo, la motivación de semejante expolio es el ahorro en las cuentas del estado, las cuentas europeas o las cuentas del mundo. Que nadie me diga que la sociedad ha despilfarrado durante una época determinada y, ahora, tiene que pagar por haberlo hecho. La economía, no nos engañemos, también está sujeta a aquella ley de Lavoisier sobre la conservación de la materia cuya máxima se resumía del siguiente modo: “La materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”.

A esa representación de lo material que es el dinero le ocurre lo mismo: se transforma, se revaloriza, cambia de manos, se devalúa. Menos representa a más o más representa a menos. Pero lo representado, la materia en sus infinitas transformaciones, permanece. Se puede ocultar pero no desaparece. Por lo tanto, resulta obvio asegurar que lo que no tiene la sociedad, lo plural, el demos; lo posee lo asocial, lo singular, el clan. 

Muchos somos pobres para que unos pocos sean ricos.

Insisto: la riqueza, al igual que la materia, se puede ocultar pero no puede desaparecer. Por lo tanto no queda otra que afirmar que nuestro supuesto despilfarro, el de la sociedad en su amplio espectro, ha hecho rico a ese conjunto singular y reducido que es el clan.

Entonces… si esa clase privilegiada se enriquece gracias a nuestro consumo derrochador ¿cómo es que hemos entrado en crisis? ¿Cómo ocurre que esa clase no sigue incentivando el flujo económico que la hace prosperar?

Partiendo de este planteamiento se me acumulan las preguntas:

¿Por qué se deben recortar los presupuestos estatales para sanear cuentas que se nutren del esfuerzo del contribuyente? ¿Por qué está roto el círculo cerrado de producción en el que la hacienda crea proyectos, genera empleo, el trabajador percibe un sueldo y, por ende, paga sus impuestos repercutiendo en la mejora del estado de las cuentas públicas? ¿Por qué debe sufrir el ciudadano ese hostigamiento, intrínseco en la filosofía del ahorro, si, total, mediante esa filosofía, el clan merma su dominio económico y no logra generar cambios estructurales que, sin lugar a dudas, serán positivos para sus arcas?

La respuesta se me hace tan sencilla como terrible:

El clan ya no busca la riqueza o, mejor dicho, ya no busca únicamente su enriquecimiento.

Y no lo hace porque la riqueza, como tantas otras cosas, pierde su valor cuando no es exclusiva ni excluyente. Para volver a serlo, el clan ha decidido cerrar el grifo. Ha construido una presa en la fluctuación natural de la economía, en una sociedad capitalista, y ha resuelto emular al terrateniente tejano prohibiendo que el ganado de los demás vecinos abreve en el río que pasa por sus tierras.

El clan ya no quiere ser más rico, quiere que los demás nunca lleguen a poseer su estatus; está harto de la democracia, de lo que juzga a todos por igual, sana a todos por igual, educa a todos por igual y de lo que otorga derechos a todos por igual.

Ante una sociedad adormecida, ante una sociedad que teme perder los bienes que tanto esfuerzo le ha costado conseguir, ante una sociedad educada con valores morales que la alejan de sus instintos, y ante una sociedad que no recuerda que su mayor posesión son sus derechos; el clan ha visto, hoy más que nunca, su oportunidad para restablecer su tendencia autoritaria.

Paso a paso, camuflando su ataque entre terminologías, entre congresos europeos y entre praderas donde puede pacer tranquilamente la manada humana; el depredador avanza.

Y no consigo comprender por qué, siendo tantos, siendo una mayoría de gacelas, elefantes, búfalos y algún que otro ñu; no logramos detenerlo.

Debe ser que no me he informado lo suficiente o que debería ver más documentales de la 2.

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