lunes, 1 de julio de 2013

SAFARI





Sol de las cuatro de la tarde.

Al Siglo XX le quedan dos tristezas. Final de verano. Isla con turismo de segunda. Paseo marítimo y palmeras muertas. Vacío de hoteles rotos. Erosión estival de la humanidad festiva. Basura plástica de bronceadores. 

Toalla perdida.

El pavimento, las baldosas, las teselas, se abandonan bajo la arena.

Sopor de derrota y rendición de siesta.

Padre, madre y dos hijos de edades imprecisas. Del cuello de cada progenitor una cámara. Pasean buscando. Juntos se sientan en la terraza de un chiringuito. Brisa ardiente, chicharra invisible. Sol de las cuatro y un rato de la tarde. Recorte de sombra que proporciona una sombrilla. Los niños no caben en el eclipse. Crema protectora y permiso para jugar.

A un fondo el acantilado y el mar, al otro lado el volcán.

Piden sus bebidas. Permiten que los niños se alejen hacia los límites que establece la mirada. Los padres callan hasta que regresa el camarero con las consumiciones. Él bebe cerveza a lo grande, ella agua a lo pequeño. Pagan para no esperar cuando deseen marcharse. 

Observación del hombre sobre los precios. Lo barato consiste en no moverse de casa. 

Silencio de ella, silencio que calla. 

El sonido recupera su brisa y sus chicharras.

La mujer rebusca distracciones en una bolsa de playa y extrae un sobre abultado. En la solapa se advierte el emblema de un laboratorio fotográfico. Aparece un conjunto de instantáneas y el pasado inmediato se desliza con parsimonia ante sus ojos. 

La felicidad no llega inesperadamente, eso piensa, pero, en el papel impreso, sus rostros aparentan alegría. Posan y sonríen con afán excesivo. Lo positivo es un cliché pluscuamperfecto. El recuerdo miente foto a foto. 

La mujer observa con atención su propio rostro. Despacio, pasa hacia atrás cada retrato. Analiza la situación y se analiza a sí misma. Descubre el desliz de la amargura, descubre la flacidez de sus carnes cuarentonas, el incremento de las estrías, el socavón de su mirada, el ventanal cerrado de las falsas esperanzas y la caída del deseo en un salto mortal sin piruetas.

Su propia mirada la contempla desde el retrato. Sabe de la sorpresa al otro lado. Ve en la expresión de ella el breve reflejo de una mueca. Ve cómo sus ojos viajan para detenerse en la figura del hombre, en la trampa del hombre, en la realidad de las promesas del hombre. 

Foto a foto, su marido. La prominente barriga, los restos de su cabello engominado, los rasgos rojizos de una vejez prematura y alcohólica; parlanchina en los bares, seca y violenta en el hogar.

Desde los retratos, la mujer de hace unos días se asoma ahora y, en un refilón de la retina, se le cuelan sus hijos. La estupidez heredada del marido, la distancia del ideal materno. Ve cómo aflora el desdén, el insulto, el sufrimiento y el tedio. La ruina de todo aquello que, en un tiempo anterior, logró endulzar un sueño.

Última instantánea. Ella en solitario. La mujer que ha sido empuñando su cámara a la altura de los ojos. Tras la óptica, tras el cuerpo mecánico, tras la postura de las manos; la mujer del retrato apunta el objetivo, directo y asesino, hacia la mujer de este instante, hacia la mujer que mira y que siente la amenaza, hacia la mujer que, sin poder evitarlo, llora aterrada.

Entonces, mientras las lágrimas se le van con un caer pequeño y silencioso, comienza a romper las fotos, despacio las hace añicos, una tras otra, sin atender a una elección que impulse la salvación de lo pasado.

Cuando concluye, suspira y extrae su cámara de la funda rígida y marrón. Disimula, busca y encuadra. 

Al fondo, el acantilado y el mar; al otro lado el volcán. 

En medio de todo su marido desenfundando su propia cámara; en medio de todo sus hijos que rompen lo que no ha roto nadie; en medio de todo un aura de odio insoportable.

Él da un trago amplio a la cerveza y, tras limpiarse la boca con el dorso de la mano, apunta con la cámara, enfoca con la avidez acostumbrada y la encuadra.

De pronto, para gestionar una sorpresa en el rostro de ella, añade a su voz la hipocresía de la importancia y pregunta:

—¿Qué te pasa?

Ella, cubriendo su última lágrima con la cámara, ocultando su mirada tras el antifaz del visor, cerrando el diafragma con su precisión de acorralada; contesta:

—Nada.

Los obturadores de ambos rasgan el tiempo y los atrapan.

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