lunes, 18 de noviembre de 2013

#NoSeasSumisa




La conciencia toma al asalto mis pensamientos. 

Puede que éstos sean bienintencionados o una auténtica barbaridad. Puede que me parezcan brillantes para, de inmediato, descubrirse ante mí como una estupidez. Tengo, incluso, algún pensamiento optimista que la realidad se encarga de hacer desaparecer con una prontitud exasperante, como si la fe, en lugar de alimentar esperanzas, atrajese a su plato la voracidad de las circunstancias. 

Me dan ataques de pensamientos simultáneos: miro a mis hijas y a mi hijo y, mientras sonrío al ver cómo se entretiene el tiempo, me ensombrezco al meditar sobre lo que debo transmitirles para que crean en el ser humano, para que luchen por el conocimiento, para que la justicia les parezca algo portentoso, necesario y cercano y, por otro lado, para que sobrevivan a estos tiempos que no se entretienen, a seres que no son humanos y a un futuro mucho más desconocido e injusto de lo que hubiésemos sido capaces de imaginar hace unos cuantos años. 

Como digo, entre ideas y reflexiones, la conciencia me asalta, me atrapa, espabila mis sentidos y no me deja dormir. Hace no más de dos meses, se me vino encima acompañada de una de esas noticias que ya pasan sin más pena ni más gloria y desde entonces me maneja a rienda suelta. El caso es que una mujer, una desconocida tan cercana como deberían serlo todas las personas, caía asesinada a manos de su marido sin que semejante atrocidad tuviera otra causa última que la de haber conocido a ese hombre y haberse casado con él.

Otra mujer víctima y otro macho alfa desvelando un perfil asesino que nadie le había extirpado con el bisturí de la educación. (Tenemos por ahí a un ministro que no asume que la educación también sirve para evitar estas animaladas)

Quise liberarme de la conciencia para recuperar el sueño pero no me fue posible. No sé cómo se apañó para resistir ahí, latiendo persistente, cuando, en tantas otras ocasiones, sólo había seguido los discursos del arrebato, con sus alarmas, sus lamentos, sus súplicas y sus silencios. Debe ser que del mismo modo que los viejos se vuelven niños, yo, de pura madurez, estoy resucitando mi  juventud, me pongo manos a la obra y, en lugar de aportar granitos de arena para mejorar las cosas, vuelvo a lanzar piedras, palabras con fuego o imágenes con mecha.

Me escuché decir "al lío", hice algún comentario en twitter para ver cómo reaccionaba la gente y, al comprobar que la palabra reacción se tradujo en un par de comentarios (y gracias), de inmediato, me puse a trabajar.

Convencí al personal de mi empresa, a muchos amigos y a otras empresas e iniciamos la producción de una campaña mediática, contundente, sin frases amortiguadas; una campaña que concienciase y contagiara con esa rebeldía parásita que debería poseer la bondad por el simple hecho de que la bondad es práctica.

Comenzó entonces un proceso de documentación hiriente: el despertar conducía a la pesadilla. Cada dato estadístico, cada estudio comparativo, cada noticia oculta bajo decenas de titulares, me llevó a un razonamiento que, por desgracia, se me confirma día a día y no hace sino empeorar mis presagios.

Hoy, dos meses después, con cuatro mujeres más asesinadas sólo en España, con cientos de acosadas en los centros de estudio y de trabajo, con miles de jóvenes insultadas y degradadas en las redes sociales o en cualquier medio de difusión; puedo asegurar que no es que las mujeres padezcan este grave problema —que lo padecen—, es que el grave problema somos nosotros, la sociedad al completo, sin excepción.

No pretendo dar un sermón ni recurrir a las cifras. Eso, tras esta pequeña intentona de ofrecernos como personas útiles, solidarios con arrobas y sin arrobas; se lo dejo a los señores y señoras que el 25 de noviembre, aprovechando que se celebra el “Día internacional contra la violencia de género”, se harán con las palabras prestadas de otros discursos —ampulosos en las proclamas y hueros en su eficacia y compromiso—, y las vocearán como si las sintieran o fueran pensamientos propios.

Tan sólo diré que, al final, realizamos la campaña. 

Pero en el proceso, por más que intenté impedirlo, la realidad se alió con los monstruos del sueño y la sinrazón. Evité el circuito de los organismos oficiales y el de los partidos políticos pues la idea era alejar esta aportación de cualquier carga ideológica y partidista. Tampoco me dirigí a asociaciones de víctimas ni a asociaciones feministas ni a asociaciones por la igualdad de derechos, etcétera… Y es que, por muy obnubilado que me sienta ante este asalto que sufro de mi propia conciencia, conozco el tapete del juego político y sé cuánto tiempo se invierte en el consenso general,  en jugar una carta por muy necesaria que resulte: una eternidad kafkiana.

Mi estrategia consistió en mover hilos en el territorio empresarial, no ya para pedir apoyo económico —ese factor ya lo habíamos resuelto con nuestra propia inversión—, sino logístico. La idea principal se centraba en crear un evento y presentar la campaña con la fuerza suficiente como para que su difusión fuera lo más amplia posible. Traté con directivos de grupos mediáticos, con personalidades del mundo de los negocios y con fundaciones dependientes de grandes firmas… pero no hubo manera. El asunto de la violencia de género y esta iniciativa, pese al ánimo y a las buenas palabras que dedicaron todas y todos mis interlocutores, no interesó a casi nadie.

Debo decir que en el pasado, con y sin crisis, ya había manejado todos estos contactos de forma satisfactoria; en la mayoría de los casos para promocionar auténticas chorradas.

Por lo tanto, todo nuestro esfuerzo, al día de hoy, se ve enfocado al único canal de acceso libre: Internet. Es evidente que ya contábamos con ello pero, sin apoyo mediático, como ocurre con los #motivosdejorge y su huelga de hambre en la puerta del Sol, u otros tantos casos de reivindicación de derechos fundamentales que no llegan al conocimiento del ciudadano pero que sí existen; partimos con pocas posibilidades de que nuestra acción sirva para algo.

Lo vamos a intentar y a ver qué ocurre.

Iniciamos la campaña con el vídeo “No seas sumisa” cuyo título, al igual que el que hemos dado a toda la campaña, nace en contraposición al libro “Cásate y sé sumisa”, lectura que, en la actualidad, edita, recomienda y defiende el Arzobispado de Granada.

En esta pieza hemos creado un texto, dirigido a todas las mujeres, donde se pone de manifiesto que asumir determinadas actitudes masculinas, resulta contraproducente y peligroso en grado sumo. Dicho texto se refuerza con dos escenas contadas en paralelo. Por un lado, la primera plantea una secuencia durísima en la que una mujer es atacada por un hombre sin explicación ni motivo alguno. Por otro lado, la segunda, nos traslada a un espacio onírico en el que la misma mujer se va introduciendo en una laguna hasta ser engullida por las aguas. Finalmente, en ambas situaciones, la mujer logra reaccionar, lucha por sí misma y sobrevive llevando a cabo sus mejores opciones inmediatas, aquellas que pueden salvar su vida definitivamente: la comunicación, la denuncia y la autoprotección.

El vídeo es éste que aparece a continuación. Lamento haberos desvelado el contenido pero creo que, en estos casos, no debemos jugar a crear suspense. Echadnos una mano si os parece bien y difundidlo. Mal no va a hacer a nadie.



A lo largo de este mes iremos lanzando vídeos de diversa índole que intentarán llamar la atención sobre esta lacra social. 

Los enlaces de las versiones en ínglés, francés y alemán aparecen a continuación. En estos tiempos, tod@s tenemos amigos y amigas fuera.



Desde Grupo Spcie Films y en nombre de todas las personas y empresas que han colaborado en esta campaña, os damos las gracias por vuestra atención y ayuda. Esperemos que el esfuerzo merezca la pena y que nuestras conciencias despierten o sigan alerta.

ME SIGUEN EN Google+

Seguidores