martes, 2 de diciembre de 2014

ZETA

Fotografía: Isabel Ruiz

Ocurrió en este tiempo que, sin que nadie siguiera sus pasos, sin que lo acompañara escolta alguna y sin recurrir al coche oficial ni a su conductor habitual; Abel Granado viajó al barrio de Hortaleza que se encuentra al este de Madrid.

Aprovechando que era el día del Señor, que su mujer y sus hijos tal como exigían las escrituras del partido iban a ocupar gran parte de la mañana en rendir cuentas de sus actos al Hacedor, y aprovechando, también, que había inventado excusa y coartada que le permitiera ausentarse de los preceptos familiares y devotos; Abel Granado dispuso de ropas de abrigo, de un impermeable y del sombrero tirolés que solía utilizar en las monterías para, ataviado de semejante guisa, salir al azar de la calle en busca de un taxi.

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Era fría la mañana y ya se anunciaba la llegada del invierno en sus brumas y en su contaminación de chimenea. El sol resplandecía y vio Abel que eso era bueno. Cambió sus gafas de ver que lo convertían en una persona reconocible entre los hombres comunes por unas de sol igualmente graduadas que lo transformaban, según su parecer, en un ser anónimo.

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Largo era el recorrido que distaba entre su finca y el barrio de Hortaleza en el cual desarrollara sus primeros estudios, sus primeras amistades, sus primeros amores, sus primeros empleos y, de la mano de estos últimos, sus primeros secretos. Temiendo que alguien pudiera dar con él mientras se encontraba en el vehículo, decidió apagar los dos teléfonos móviles que poseía: el oficial y el personal. Por mera prudencia evitó hablar con el conductor y se enfrascó en la lectura de los periódicos que habían publicado sus enemigos.

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Sintió alivio Abel y ensalzó a Dios por sus obras cuando descubrió que nada se decía en aquellos textos de los pecados que había cometido. El Altísimo le concedía el tiempo necesario para enmendar tanta fatalidad como estaba por acaecer y, en esto, notó Abel cómo su alma se elevaba y aclaraba sus pensamientos. Debía actuar con suma rapidez pues el mal no atiende al tiempo de los hombres y, al no saber de sus justicias, actúa más raudo.

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Abandonó el taxista la senda que Abel hubiese preferido. Fue de este modo, por seguir camino más largo pero carente de semáforos, que dejó atrás la M-30 para coger la Nacional II. A derecha e izquierda pudo contemplar Abel en qué habían dado fruto sus actos. Templos al descanso, a las reuniones de negocios y al comercio del futuro, crecían y se multiplicaban. Entonces, entendiendo que todo ello era positivo, se dijo Abel que si también en todo ello había tomado parte su mano, su mano había de ser buena y buena había de ser su herramienta.

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Llegó Abel a la dirección señalada pero, lejos de apearse del vehículo, solicitó al conductor que continuase unas manzanas más allá. Hecho esto, pagó la carrera, no dejó propina que pudiera ser recordada y, sin despedirse, se plantó en la acera que antaño recorriera en tantas ocasiones. Descubrió Abel que nada había cambiado en aquella zona del barrio. Su recuerdo de infancia y adolescencia, como una transparencia, se podía superponer sobre la imagen que le mostraba la calle sin que se diera distorsión alguna entre una y otra. Tan sólo los numerosos carteles de SE VENDE PISO o de LIQUIDACIÓN POR CESE DE NEGOCIO, daban un toque de color y desentonaban entre el pasado recordado y el presente inmediato de la mirada.

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Tembló el pulso de Abel cuando golpeó con el puño en la puerta metálica del almacén de Zeta que, a buen seguro, seguiría siendo también su vivienda y oficina. Escuchó cómo, desde el otro lado, unos pasos cansinos se acercaban y cómo, tras cierto forcejeo de cerrojos y llaves, la puerta de chapa galvanizada terminaba por ceder y se abría.

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Se le apareció a Abel una muchacha que no debía tener más que los años permitidos para ser mayor de edad. Distinguió el hombre en las inmaculadas facciones de la joven las marcas del sueño y tentada y oculta la mirada del varón tras las gafas de sol, recorrió el cuerpo de ella apreciando en él todos sus atributos sexuales. Cintura arriba, los pechos se desataban tras una camiseta de manga larga, masculina, amplia y desgastada, que proyectaba la imaginación del cuerpo desnudo de la hembra. Cintura abajo, las largas piernas, los fuertes muslos y las recientes nalgas; se ajustaban a unas mallas con dibujos de la Disney en posiciones sugerentes. Negro y espinado era el cabello, negros sus amplios ojos y sus finas cejas; breve la nariz y la boca; breve era el mentón que, pese a la palidez de las mejillas, endulzaba su cara.

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Zeta te está esperando dijo la muchacha con voz ronca y somnolienta─. Está en el salón. Entra y cierra con fuerza tras de ti ─concluyó con cierta desgana mientras Abel, transpuesto por la inesperada presencia de la joven, buscaba un lugar limpio donde dejar el sombrero tirolés que, de pronto, se le antojó ridículo.

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Siguió Abel a la muchacha en silencio mientras se cuestionaba cómo habían sabido en el interior quién era el que llamaba. Sin duda, Zeta había instalado un circuito cerrado de televisión. Se dijo Abel que no debía olvidar ese detalle para que, antes de dar por terminada la reunión, pudiera solicitar a su antiguo socio que borrase el instante preciso de su llegada. En ningún lugar, bajo ningún pretexto, debía existir constancia del encuentro de ambos.

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Vio también Abel, en la presencia de aquella muchacha, un problema añadido.

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Atravesaron los dos una oficina de muebles desvencijados. Abrió la mujer una nueva puerta y pasaron a un almacén donde se amontonaban cientos de electrodomésticos que el polvo acumulado matizaba con años de inmovilidad y desuso.

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Llegaron así a otra estancia que Abel reconoció inmediatamente del mismo modo que había reconocido el camino anterior. Como ya le ocurriera con las calles del viejo barrio, todo cuanto veía parecía suspendido en el tiempo. Cada elemento, cada mesa de la oficina, cada televisor del almacén y, ahora, cada desorden del salón ─verdadero  centro neurálgico de toda la actividad de Zeta, coincidía punto por punto con cada uno de los recuerdos que Abel conservaba de aquella etapa de su vida.

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Y sentado en un sillón se encontraba Zeta; y frente a él, en blanco y negro, una pantalla de plasma desgranaba imágenes de apocalipsis mundiales; y en el centro de la sala una mesa baja y alargada soportaba los restos de cientos de reuniones anteriores, de cientos de charlas interminables e inútiles, de vasos vacíos y resecos, de vasos medio llenos y sucios, de recipientes repletos de pavas, de cenizas de otras cenizas, de filtros deshilados y cigarrillos rotos; y entre todo ello el plástico de los CDs y sus portadas obsoletas; y sobre todo ello el polvo de coca despreciado tras mil alineaciones; y como encuadrado, como si la miscelánea y el sino de aquellos objetos se hubiesen empeñado en enmarcar una imagen bajo todo ello resplandecía un retrato de Zeta dibujado a lápiz. Transfigurado, el mismo Zeta que aparecía en el dibujo ocupaba una posición idéntica; la misma postura, mando a distancia en mano, que el Zeta que veía en ese preciso instante Abel Granado. Y todo en él dibujo y en la persona eran reflejo ingrávido, eterno por los siglos de los siglos, opulento en el vientre y en las carnes, fatigado y triste en el aliento, rasurado y apático en el aspecto, violento y grosero en el gesto. Zeta como era de niño, como era de joven, como era en ese momento y como sería siempre.

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Habló entonces Zeta y su voz cavernosa inundo la sala:

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─¿Te fijas en el retrato que me ha hecho la niña? Tengo una hija que es una artista… ─a lo que añadió─ Algún día pintará cuadros que costarán millones. El año que viene empezará la carrera de bellas artes pero antes debe subsanar un pecadillo pendiente. ¿Deseas que Judith te agasaje haciéndote un dibujo?
─Tengo que hablar contigo a solas ─respondió Abel viendo que la muchacha tomaba asiento en otro sillón y se hacía con un bloc y un lápiz.
─Nada se dice aquí que ella no pueda escuchar ─replicó Zeta─ pero si mi hermano cree que lo que tiene que contarme no debe ser oído por nadie, ni siquiera por la sangre de mi sangre, quizá será mejor que mi hermano no diga nada.
─No soy tu hermano, esta chica no puede ser hija tuya pues su belleza nunca apareció en tus genes, y lo que vengo a hablar contigo debe quedar entre tú y yo. Dile a la muchacha que se vaya.

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Con un esfuerzo quejumbroso, Zeta dio orden a la joven para que hiciera lo que Abel imponía. Ella accedió sin pronunciar palabra, cogió unas ropas del suelo, se vistió ante los ojos confusos y abrumados del visitante y se marchó dejando tras su rastro el retumbar metálico del portón al cerrarse. Luego, cuando se encontraron a solas, Zeta se incorporó del sillón, rebuscó en el desorden de la mesa hasta que encontró una tarjeta de crédito y, con ella como cuchilla, arrastró el polvo despistado sobre la carátula de un CD. Y he aquí que ese polvo que no era nada, al ser aunado y amasado por Zeta, transmutó en dos rayas de coca y Abel, atónito, dio fe del prodigio. Luego, el dueño del almacén hizo girar un billete entre sus dedos hasta que lo convirtió en cilindró y, haciendo honor a su visita, le ofreció las rayas diciéndole:

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─No es esta la casa donde vas a venir a dar órdenes, Abel, ¿quieres desayunar?

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A lo que Abel, para contestar y no ofender, se mantuvo en silencio y se limitó a negar con la cabeza.

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─Bien, para que veas que somos iguales, si tú no tomas, yo no tomaré ─respondió Zeta con aquiescencia.

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Dijo entonces Abel:

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─No voy a andarme con rodeos: tengo un problema grave y vengo a pedir tu ayuda para resolverlo.

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A lo que contestó Zeta:

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─Si el problema es grande y acudes a mí para que te apreste ayuda, grande debe ser la consideración y confianza en que me tienes. Pese a todo, hace un instante te he llamado hermano y tú me has negado ante mi hija Judith sabiendo bien que hermanos somos. ¡Hermanos en todo puesto que todo hemos compartido desde niños!
─Mucho hace que nada tenemos a medias ─respondió Abel con una tristeza que él mismo no podía explicar pues le llegaba del corazón y no de la mente. De hecho, este favor que voy a pedirte pondrá fin a cualquier tipo de relación que pudiera quedar entre nosotros .
─No creo que ésta sea la forma de pedir nada a nadie pero, siendo político afamado como eres, supongo que has perdido la costumbre de pedir para así dejar de dar. Por esta razón, espero que pagar sí pagues. Será dinero y no amistad lo que medie en nuestro acuerdo. Nada me pedirás, puesto que será compra lo que hagas, y yo nada te daré puesto que cobraré salario por mi trabajo. Dime qué quieres comprar y yo te diré cuál es mi precio.
─Lo que quiero comprar es complicado y sencillo al mismo tiempo ─contestó Abel con aplomo y frialdad─. En lo complicado preciso silencio, rapidez y confianza; en lo sencillo, la muerte de un hombre que a un punto está de hacer daño a muchísima gente a la que quiero y protejo.

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Quedó la sala en silencio. Luego, con un impulso repentino, cogió Zeta la carátula del CD y el cilindro que moldease. Acercó éste al polvo. Introdujo después el cilindro en uno de los orificios de su nariz y aspiró con fuerza las dos líneas de coca que del polvo disperso había creado.

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─Afirmé antes que no probaría este material si tú no lo probabas también ─exclamó Zeta con ánimo inusitado tras los segundos que empleó en asimilar la sustancia─. Pretendía mantener cierta igualdad entre nosotros pero, como has evidenciado, no somos iguales: tú quieres comprar aquello que yo te pedí en el pasado y que tú me negaste, aquello que rompió nuestra sociedad y dividió nuestros destinos. Siendo el problema de ambos, tú no te manchaste las manos y prosperaste, yo manché las mías y sucio quedé de por vida. ¿Quieres ahora que siga ensuciándome como si a esta podredumbre fuera capaz de acostumbrarse uno?
─Eso quiero ─murmuró Abel─ y te pagaré bien por ello. En mi defensa diré que no soy sólo yo quien lo desea, somos muchos.
─Pero eres tú quien me lo pide, nada sé de los otros. Ni los conozco a ellos, ni sé de sus actos. Sólo de ti sé pues en Madrid te has hecho famoso y, como puedes ver, en esta casa nunca se apaga la tele y siempre se compran diarios que cuentan cómo medras.
─¿Cuál es tu precio? Di la cifra y la pagaremos ─susurró Abel para contener la crispación que le nacía al reconocer el futuro negociado.

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Pareció enfadarse Zeta vista la tenacidad con la que Abel hablaba de pagar la muerte de un hombre con dinero. Sin embargo, en lugar de dejarse llevar por la furia, aparentó sosegarse y comentó bajando el tono:

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─¿Sabes por qué me llaman Zeta?
─Para esa pregunta sólo tú tienes respuesta ya que tú mismo fuiste quien se apuntó el sobrenombre. Con él te conocí y, si de niños no te pregunté la razón, no voy a preguntártela ahora. Tengo prisa y no es prudente que me quede aquí mucho más tiempo ─contestó Abel con impaciencia.
─Lo entiendo… Entonces, sólo necesitas mi compromiso y mi precio.
─Así es, nada más preciso.
─El compromiso lo tienes. Cuenta que, por mí, ese hombre, sea quien sea, ya está muerto. Dame todos sus datos, lo encontraré y le daré muerte en menos de una semana si es que tu enemigo vive en España.

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Sonrió Abel viendo salida a sus pesares y contestó:

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─En España vive y no te será difícil encontrarlo ya que en la cárcel de Soto del Real lleva encerrado más de un año. A buen seguro que allá adentro tienes buenos contactos. Debe hacerse esta semana como bien has intuido. De no lograrse en ese plazo lo que te pido, nada quedará de este acuerdo que aún no tiene finiquito. ¿Cuál ha de ser tu precio, insisto?
─Ese precio que tanto necesitas saber ─respondió Zeta─ es sencillo de calcular. Como muy grande es lo que me pides, más grande es lo que yo te pido a ti. Sólo quiero tu amistad, que volvamos a ser como hermanos, que seamos socios, que limpies mi pasado y me pongas al frente de algo tuyo, de algo donde pueda lavar mi dinero y pueda, en definitiva, alejarme de toda esta cochambre. Te ruego que no veas contradicción en esta oferta con las que fueron mis palabras de antes. Como bien te habrás dado cuenta, la amistad que te pido viene a ser como si oro te exigiera.

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Meditó Abel durante un instante y dio en resolver que ese pago era más sencillo de realizar de lo que Zeta imaginaba. No obstante, decidió que debía mantener la idea de separar, de forma definitiva, los caminos de ambos. De modo que frunciendo el ceño, confirmó:

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─Esto haremos y, así, todo quedará conforme en nuestro acuerdo: en el plazo de una semana has de buscar a alguien de tu confianza que compre en tu nombre unos terrenos que son míos. Estate tranquilo que nada has de pagar por ellos que no te sea devuelto con creces y plusvalías. Te certificaré, a través del consistorio correspondiente, licencias para que puedas construir en ellos y para que, después, hagas venta con lo construido. No ha de preocuparte saber o no saber de ladrillos y cementos. Pondré tu nombre en contacto con quien sí sabe de estas componendas. Sanará así tu dinero y se multiplicará en ciento, pero, eso sí, como ya te he dicho, tú y yo seremos hermanos pero nunca más volveremos a vernos. ¿Te place este acuerdo?

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Miró Zeta a Abel conteniendo la emoción, y fue en este impulso que ambos decidieron abrazarse mientras Zeta murmuraba en el oído de Abel:

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─Aunque no volvamos a vernos, hermanos seremos.

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Aprovechó Abel el abrazo para susurrar el nombre de la futura víctima de forma que nadie pudiera oírlo. Zeta no manifestó sorpresa al escucharlo y sonriente exclamó:

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─¡No podía ser otro!

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Sin más, Abel impuso el momento de la despedida por lo que pasó a culminar los últimos protocolos. Pidió a Zeta que borrase la cinta de seguridad que había registrado su llegada y, por las mismas, que se silenciara la voz de la muchacha que le había permitido el acceso. De todo ello recibió buena respuesta y, viendo que se le terminaba la posibilidad de mantener en pie todas sus coartadas, marchó sin permitir que Zeta lo acompañase hasta la puerta. Olvidó Abel por tanta prisa, tanto teatro y tanta escena el sombrero tirolés sobre una mesa. Y está escrito que fue ya muy tarde cuando recordó Abel la distracción de la prenda y que maldijo Abel su falta de costumbre y el hábito de los hombres de etiquetar todo cuanto el hombre hiciera.

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Y fue que, el mismo día de la reunión y del olvido, tras la marcha de Abel, quedó Zeta en medio de su salón alborotado.

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Revisó cada rincón con ojeadas furtivas. Miró todos los elementos de la mesa. Recordó las juergas trasnochadas, las charlas interminables, la lujuria explícita y la gula desenfrenada. Colocó en otro plato de la balanza, las pérdidas de amigos, las traiciones, las tristezas y las apatías. Y terminó observando Zeta que el fiel de la balanza señalaba la nada... También vio en todo esto un camino cerrado a cal y canto. Sonrío con placer pues adivinó que si en aquel infierno había vivido mucho purgatorio, también hallaría mucha sanación en el camino de vuelta a la paz del espíritu y de la conciencia. Dejó a un lado estos pensamientos y, sintiendo que el tiempo de respeto y precaución ya había transcurrido, gritó con inquietud:

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─¿Lo tenéis todo?

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Se abrieron en ese instante las puertas de la nave y entraron una decena de agentes de policía. Ungidos por la victoria, recorrieron presurosos cuartos y salas, dando órdenes calculadas y encendiendo todas las luces para que trabajaran los técnicos de cada departamento.

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Y al frente de ellos, una muchacha de aspecto virginal avanzaba con paso noble y erguido. Y era ella Judith, la hija de Zeta aquella que enjugaba su belleza con una juventud prohibida, la que al llegar junto a él se le abrazaba mientras, entre lágrimas, juraba agradecida y honraba a su padre. Así mismo, el padre calmaba el llanto de su hija, secaba con las palmas de sus manos la inconsciencia del error juvenil, y le hablaba de futuro, de fuerza, de estudios, de pintura, de trabajo, de familia, de libertad, de las muchas vueltas que tiene la vida y de las muchas caras que tiene la justicia.

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Viendo que ambos se calmaban, una agente volvió a cinchar las muñecas menudas de ella para, acto seguido, de forma más brusca, cinchar las gruesas muñecas de él.

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Ya de camino al furgón con que devolverían a ambos a las instancias policiales, Zeta preguntó a su hija:

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─¿Te conté alguna vez por qué me puse este sobrenombre tan extraño?

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Y viendo que las puertas del blindado se cerraban y que, al cegarse la luz del día, su hija comenzaba a llorar de nuevo, devino el padre en dar respuesta a su propia pregunta:

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─De niño vi una y mil veces las películas del Zorro ─confesó el padre con cierta vergüenza─ y quería ser de mayor ese héroe que, vengador y clandestino, dejara en la frente de corruptos y opresores una Z que no pudieran borrarse nunca de la cara. Y fíjate tú en qué he terminado.

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Miró el padre a su hija y ella lo miró a él con una sonrisa que borró lágrimas y culminó en carcajada. Abandonaron ambos el barrio de Hortaleza en un furgón policial que los llevaba a ambos mucho más lejos de sus celdas. Cayó preso Abel Granado a los pocos días y, con él, un número amplio de criminales financieros y falsos constructores. 

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Y así fue que en estos tiempos se comenzaron a notar los efectos de la justicia. Nada tuvo que ver Zeta ─que cumple diez años de pena con todos los casos descubiertos y, por fortuna, nadie, salvo Judith, que a los pocos días conmutó su condena, intuyó milagros en la conclusión de los hechos que en este relato se cuentan.



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