viernes, 19 de junio de 2015

GRAJOS


ILUSTRACIÓN: MANUEL F. TORRES


Me guardaba este título.

Debido al acervo popular, al eterno poema de Edgar Allan Poe y a que se trata de un ave que aúna en sus características físicas y protocolarias todo aquello que suele dar grima al ser humano; pretendía cubrir con él con ese mal aura que poseen los cuervos un relato autobiográfico sobre la que fue mi relación, durante mi infancia y adolescencia, con la iglesia católica y con sus representantes más cercanos: los curas y sacerdotes.

Una relación innecesaria, obligatoria e incoherente que bien puede hacer las veces de metáfora o establecer similitudes con la historia de los ciudadanos de cualquier país, en cualquier época y bajo el yugo mitológico de cualquier credo.

No sé si recuperaré este título en singular para narrar la historia que sufrí bajo el mando de uno de ellos, un sacerdote castrense, que, desde años antes a la fecha en que mis padres me ingresaran en el internado militar donde cursé estudios de bachillerato, ya recibía de las voces escondidas de los niños de los alumnos de aquella institución el sobrenombre de “El grajo”. Éste ha sido, con diferencia, el mejor mote colocado a personaje que yo haya conocido. Sin duda cumplía, de forma plena, con el requisito principal que requiere cualquier apodo: la abstracción. Definir el todo del individuo con un único concepto resulta complejo. Es por esta razón que los motes suelen atender tan sólo a una característica de la persona a la que pretenden renombrar y, por lo general, no logran abarcar la totalidad de sus rasgos físicos, intelectuales y psicológicos. Pero, como digo, en el caso de este personaje real, su apelativo completaba todas las fases que precisa una buena descripción. Tanto es así que el mal agüero de este hombre pájaro, las características del cuervo, el aura maligna a la que me refería al inicio de este texto; lo cubría de tal manera que, con toda seguridad, el apodo no dejó de él ni la reminiscencia de su verdadero nombre.

Pues bien, hoy he decidido gastar este título y el relato que le correspondía por una razón que considero justa: apoyar a Rita Maestre portavoz de la Junta de Gobierno del Ayuntamiento de Madrid no sólo para evitar que dimita de su cargo (algo que la propia implicada ha manifestado que no va a hacer) sino para explicar porqué no debe hacerlo ni ella ni nadie que se vea en su misma situación. No sé si mis escritos pueden servir para algo en este sentido, pero mis palabras, o los vídeos que realizo, son mi forma de tomar partido, de mancharme, intentando llegar con mis ideas a otras personas, a otras mentes, en busca de un remedio que aplaque esta sangría que sufre la democracia en mi país.

Al grano:

Resulta que, gracias a la que sigue siendo una acción de hostigamiento a la plataforma ciudadana “Ahora Madrid” (que desde el día 13 de junio rige la alcaldía de la capital de España), se requiere la dimisión de esta mujer, se pide que Rita Maestre abandone su cargo. ¿El motivo? La fiscalía de Madrid solicita para ella una pena de un año de cárcel por un acto contra los sentimientos religiosos que, para ser más concreto, vino a ser una acción de protesta en el interior de la capilla de la Universidad Complutense de Madrid.

Esto hecho que relato ocurrió en el año 2011 pero el grupo que lidera la oposición Partido Popular (PP)─ y el que no se opone tanto ─Partido Socialista de Madrid (PSM)─ no atienden a fechas lejanas ni al hecho contundente de que, en aquellos años, ni la imputada ostentaba cargo público alguno, ni su acción tenía algo que ver con el puesto que ocupa ahora. Como digo, sin atender a razones, ambas fuerzas políticas han hecho suyo el condicionante ético por el cual cualquier cargo político, imputado por la justicia, está obligado a dimitir; una máxima que fue estandarte de campaña tanto de la formación “Podemos” como de las plataformas ciudadanas que se presentaron a las pasadas elecciones. Así es: PP y PSM atacados de un fervor ético que les impide ver vigas carcomidas en sus propios ojos se tiran ahora a la piscina de pedir dimisiones por cualquier causa, aunque ésta no tenga nada que ver con los casos de corrupción que es, en definitiva, de lo que iba dicha máxima.

Dado que existen vídeos que describen lo que ocurrió durante el acto de protesta feminista en el que participó Rita Maestre, dejo aquí el correspondiente enlace a uno de ellos y prosigo con mi disertación.  

Para empezar, entro a empujones en el absurdo tejemaneje de esta imputación al tratar lo pendiente de resolución judicial de una acción contra la Iglesia Católica, la portentosa secta global que tanto hace por ocultar sus vergüenzas a los ojos de la justicia aunque, por fortuna, la historia y el dolor causado no las permiten mantenerse bajo tierra. Por mucho que sus prelados y acólitos blanqueen huellas y sepulcros, la mugre y la putrefacción siempre rezuman. Y esto que manifiesto, que en apariencia es un juicio de valor, se puede constatar con facilidad mediante el estudio e investigación de las actividades de esta congregación. Es más, constituye la piedra sobre la que edificaré mi argumentación.

Continúo:

Como digo, me parece absurdo todo este vericueto legal apoyándome en dos fundamentos que se complementan y que intentaré explicar:

Aunque hace cuatro años aún no se hubiese aprobado la dictatorial y carcelera “Ley Mordaza” (que a partir del 1 de julio de 2015 penalizará en España cualquier acción de protesta pacífica a nada que alguien sea violador, gánster o político corrupto pueda sentirse ofendido por efecto de la misma); en el momento en que se produjeron los hechos, la iglesia católica atentaba contra tantos derechos en este país aconfesional, se pasaba bajo los faldones tanta jurisprudencia civil y miraba para otro lado ante tanto derecho canónico; que lo natural, lo cívico, lo moral; era protestar, bien alto, por mucho que a cualquiera que llevase a cabo dicha protesta se le pudiera acusar de haber cometido un delito. 

Ahora bien, es en este punto, el del delito, donde debemos hacer parada y fonda ya que, si analizamos este supuesto quebrantamiento de la ley “la acción contra los sentimientos religiosos”, entramos en la paradoja legal que vengo advirtiendo.

Me explico:

Debido a que el estado español es aconfesional, y así lo determina la constitución en su artículo 16 sobre derechos y libertades, debemos entender que la religión mayoritaria en España, es el laicismo. Puede que algún lector me conteste que no profesar ninguna religión no se puede considerar un modelo de creencia espiritual. Pero yo no estoy de acuerdo y creo que nadie debería estarlo. La amplia mayoría de la población española posee un modelo de creencia espiritual aunque para tenerlo no precise de un mito todopoderoso, flamígero, antropomórfico y aviario: creemos de forma profunda y estudiada en la libertad del individuo y nuestra biblia es un manual elástico, consensuado e inclusivo, que se llama Constitución Española. Y la Iglesia Católica, al contrario que las jefaturas de muchas otras confesiones, no cesa de cometer agravios contra ese sentimiento religioso mayoritario, sin que nadie, ningún fiscal, haya llegado a denunciar jamás al clero por esta acción constante que, por lo tanto, deviene en costumbre. A este respecto, el de la costumbre, nuestro código penal abre un sinfín de interpretaciones y una de ellas es el principio "Costumbre secundum legem" que integra o completa los principios de una norma jurídica. De ahí que si la práctica, delictiva y manifiesta, de la Iglesia Católica en lo que concierne a su acción contra los sentimientos religiosos de la mayoría de los españoles─ nunca fue penada; tampoco, por costumbre, debe ser objeto de delito cualquier acción contra los sentimientos religiosos de la propia Iglesia.

Pero dejemos esta hebra en manos de jueces y abogados pues no es más que eso, un fleco de los muchos que tiene este galimatías jurídico que, sin otra opción en un estado de derecho, concluye en otro: el derecho de libre manifestación y protesta, un derecho que está reventando de forma paulatina y que debemos recuperar sea como sea.  

Compruebo, al releer este texto, que vengo hablando en pasado aunque, como bien sabemos, debería utilizar el presente siempre y cuando me refiera a la jefatura de esta congregación tan obscura como obscena. De poco me sirve que se me diga que el nuevo pontífice tiene el propósito de hacer limpia en su seno, salvo para ratificar que gracias a ese gesto, hasta él mismo, el vicario de Cristo en la tierra, es conocedor de cuanto se urde en la Santa Sede y en sus ramificaciones arácnidas; ese templo que, a nada que unió destino con las postrimerías del imperio romano, recuperó las formas antiguas de cualquier religión precedente, abandonó la enseñanzas de sus guías espirituales y volvió a convertirse en guarida de criminales y mercaderes hasta el día de hoy.

Allá cada cual con sus creencias y con las conclusiones que extraiga de la historia, de los hechos y de su libre interpretación…Pero, claro está, cuando este lobby religioso, en pleno siglo XXI, sigue interfiriendo en las políticas sociales y económicas que afectan a una sociedad plural; sigue practicando un filibusterismo que corrompe las libertades de un estado y de sus habitantes; sigue intentando imponer su fe a golpe de hoguera electoral y, para colmo de esta incongruencia, sigue lanzando soflamas que agreden, con sólo su mención, a cualquier colectivo que, según su criterio ambiguo, les parezca amoral acusándolo de barbaridades con tal de proscribirlo; no queda otra que acudir a la ley y a la justicia para lograr detener sus acciones.

Pero, una vez más en España, es en ese punto del proceso legal donde todo falla. Porque en este país la Iglesia Católica tiene patente de corso. Nada se puede hacer contra sus delitos. Sobre las mesas de los despachos de policías, fiscales y jueces existen denuncias terribles que así lo atestiguan y que no llegarán a ningún destino concreto. Dios es el único juez de esta banda criminal que, según parece, tiene en nómina al supuesto ente omnipresente.

¡Ojo! Cuando hago estas acusaciones a la Iglesia Católica, no hablo de su feligresía que víctima de un lavado de cerebro milenario bastante tiene con no ver en estos asuntos más allá de sus narices. Hablo de los jerarcas, de esa estructura de poder piramidal y, en mi discurso, abarco desde el primer cura hasta el último obispo. Y abro todo ese abanico porque, en verdad, de entre todos, aún aquellos que se creen inocentes y deciden que se tienen bien ganado el cielo, viendo ciegan, escuchando callan, descubriendo ocultan y, en su intentona por sanear, entierran. Todos, sin excepción, son culpables del pecado de omisión y lo que omiten es muy grave, es abominable. Poseer el sacramento de la confesión para eximirse de cualquier responsabilidad como testigo, administrar esa justicia suya de la penitencia mediante rezos y fustigaciones, y tener la posibilidad de conceder el perdón, así, por las buenas; no hace sino certificar que es una religión que ampara la ley del silencio, la omertá. Reto a cualquier lector a que me presente un caso en el que un criminal se haya entregado a la justicia debido a que su párroco le indicó, tras escucharlo en confesión, que eso es lo que debía hacer para expiar sus pecados. Me da que, caso de encontrar alguno, se tratará de un delincuente de poca monta.

Prosigo:

A la sociedad libre, variopinta y díscola ante los preceptos mitológicos, no le queda otra que el activismo político y social; no le queda otra que criticar la acción de este estamento instaurado en el poder no por tradición (que también) sino por la fuerza de una masa captada, señalada y guiada desde el mismo día de su nacimiento para que se postre y admita cuanto se les diga desde un púlpito. Una masa que callará si se lo manda el párroco de turno, que comulgará con ruedas de molino si así lo dictamina un arzobispo y que prestará su apoyo electoral a candidatos políticos según lo promulgue la archidiócesis que corresponda. Pensadlo y convendréis que es éste el verdadero populismo, el que emana del mito, el que da soluciones en el más allá estipulando y convenciendo a la población crédula de que, el paseo por el más acá, no es más que un sendero de espinas por el que el rebaño del Señor debe caminar sumiso hasta el matadero. Una receta magistral para controlar a millones de fieles que, debido a una lectura condicionada de los evangelios, no caen en la cuenta de que ese mensaje de sometimiento ante la injusticia y el dolor, nunca formó parte del Nuevo Testamento. Y es que, aún dando por cierta la recopilación de los hechos narrados en los Evangelios, una cosa es que Jesús en el “Sermón de la montaña” denominara como bienaventurados a los que sufren, porque ellos verían a Dios, y otra, muy diferente, es que exhortara a sus discípulos a que, de forma voluntaria, se lanzaran a pasar las de Caín. Todo lo contrario. En ese sentido, si en algo abunda el texto es en la confraternización, en la necesidad de ser honesto, en la lucha por la justicia social; Jesús, en el mismo sermón, habla mucho más de los perseguidos y de los que tienen sed de justicia.

Y es precisamente eso, sed de justicia, lo que buscaron y por lo que luchan tanto Rita Maestre, como sus compañeras de protesta, como gran parte de la ciudadanía: una justicia que no llega pero que se debe revolucionar para que, en este estado, las libertades puedan caminar solapándose sin problema alguno. Es precisamente por eso por lo que no debe dimitir Rita Maestre porque, de hacerlo, quedaríamos condenados todos los que hemos luchado, de forma veraz y contundente, por cambiar la forma de vivir y sentir la democracia, la forma de equilibrar esta sociedad de forma justa.

Nuestra libertad no termina donde comienza la de los demás. Ese silogismo es una falacia puesto que su argumento deriva, sin más. en choque, en conflicto. Nuestra libertad debe avanzar con la de los demás, en paralelo, sin cruces ni confrontaciones; sin intrusiones legales sobre el cuerpo y voluntad de cada mujer; sin invasiones en el ámbito de la cultura y educación de nuestros hijos e hijas; sin oscurantismo y diferenciación de la fiscalidad; sin permanencia en los estamentos de gobierno; sin intervención en la ecuanimidad de la justicia.

Cada vez que en estos tiempos nuevos por presiones encaminadas a cumplir una vieja estrategia de desgaste un activista sea cuestionado por acciones no violentas; sea juzgado por la lucha pacífica para evitar el uso de las apisonadoras del poder; o sea eliminado del juego político por su posición en los muchos frentes que se han abierto a lo largo de estos años de expolio; se dará un paso atrás inadmisible que no sólo borrará sonrisas, borrará la libertad de elegir nuevos caminos, nuevas soluciones. Y respecto a eso de dar pasos atrás para hallarlas, no nos queda otra que citar al "divino Edgar" y gritar:

“Nevermore”…

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