lunes, 1 de abril de 2013

ESTADO DE GRACIA



No salgo de mi asombro.

El viernes a la noche, mientras preparaba mi nuevo artículo, una noticia espeluznante saltó a la palestra mediática. Como es natural en las noticias que contienen el espeluzno como partición fundamental de su código genético, en cuestión de minutos nacieron titulares de dimensiones apocalípticas, las redes sociales se hicieron eco de dichos titulares y la gente amplificó las deformaciones del propio eco. Segundo tras segundo, lo analizable cobró forma, recibió nombre y, como quien pide una hamburguesa con patatas fritas y un refresco de cola a un dependiente robotizado, la III GUERRA MUNDIAL quedó servida en las mesas del gran público.

A las diez de la mañana del sábado, la noticia había dejado de serlo por mucho que la expusieran como tal en los noticiarios. En el breve transcurso de doce horas, la noticia se había convertido en un espectáculo cómico.

En Twitter sintagmas tales como “III GUERRA MUNDIAL”, Kim Jong-un”, “Corea” y, sobre todo, el hashtag (que fue trendig topic durante dos días) “#YOtrasFormasDeIniciarLaIIIGuerraMundial”;  desencadenaron un festival del humor al que dediqué horas de una observación y lectura estupefacta. De ahí que no salga de mi asombro ni a tortazos, que haya archivado mis intenciones respecto al artículo que pretendía publicar, y me haya decantado por intentar analizar qué demonios nos ocurre, de qué nos reímos tanto, en qué punto exacto del camino se nos rompió el criterio de lo importante y por qué hemos blindado nuestros sentidos añadiéndole humor a lo que no tiene puñetera gracia.

He de aclarar —porque durante estos días, en twitter, quien sacaba a pasear el sentido común era tachado poco menos que de gilipollas— que no soy un amargado, que mi indignación no evita que me ría a carcajadas de cientos de situaciones chistosas y que, en muchos casos, en mi entorno, soy el encargado de sacar la seriedad de su vía natural para convertirla en ese amasijo surrealista que es el humor.

Woody Allen proclamaba en “Delitos y faltas” (1989), sirviéndose de un productor televisivo presuntuoso (Alan Alda), la siguiente fórmula: “comedia es tragedia más tiempo”. Personalmente estoy de acuerdo. Es decir: creo que este proceder humano es real e inevitable pese a que, desde un punto de vista ético, alguien pueda rasgarse las vestiduras.

Necesitamos disolver lo trágico y el tiempo, separándonos del hecho, nos ayuda y crea un acuerdo tácito para introducir el humor en el relato de un acontecimiento dramático. Así hacemos más llevadera la existencia, quitamos plomo a la realidad que reproduce nuestra memoria y logramos seguir camino evitando marcar la senda con la sangre de nuestras tristezas. El humor hace las veces, por tanto, de apósito, de linimento, para los dolores de la mente. Este factor sanador lo convierte en un sentido sumamente útil, estrechamente relacionado con ese otro sentido que es el equilibrio de la psique.

Los españoles, sin lugar a dudas, somos expertos en su uso. Somos chistosos por naturaleza y, a estas alturas, poco podemos hacer por evitarlo. Es más, al postulado de Woody Allen añadimos no sólo el tiempo sino la distancia geográfica. Actuamos, en cuestiones del humor, como si el resto del mundo no tuviera que ver con nosotros. 

Sin forzarme en exceso puedo poner un par de ejemplos: 

Recuerdo que allá por el 92 salió la moda de los chistes sobre etíopes y que en el fervor de la gracia se llegaron a decir, y a reír, las salvajadas más desagradables. También recuerdo que, diez minutos más tarde del atentado contra las torres gemelas, alguien me contaba un chiste sobre las mismas relacionado con la inclinación de las Torres Kio. Y esto se hacia porque, sencillamente, la tragedia se producía lejos.

Sin embargo, cuando el drama nos toca de cerca, cuando la distancia respecto a la tragedia se estrecha y empapa el territorio español, cuando el tiempo que permite la aparición del humor es nuestro tiempo; cerramos filas y encerramos el chascarrillo a la espera de mejores temas que no nos afecten, en teoría, tan directamente.

Sinceramente, no recuerdo un solo chiste sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco, la tragedia del Prestige o los atentados del 11 de Marzo en Madrid.

Y eso me hace pensar que somos muy graciosos pero también muy cobardes, muy cínicos y muy poco solidarios.

Pasamos de todo menos de lo que nos afecta individualmente y así nos va. Distinguimos los sucesos según su capacidad para caernos en gracia y de ahí que nos cansemos pronto del esfuerzo que supone sobreponerse a lo fatídico o, en mejor caso, luchar por evitarlo.

Seguimos queriendo circo aunque ya no nos den ni pan. Asistimos al espectáculo de nuestra propia crisis y desintegración —no como reino, estado o nación; sino como seres humanos inteligentes— disertando en las redes sobre un cantante, sobre un equipo de fútbol o sobre la carrera que corresponda ese domingo. Y, de este modo, estas conversaciones, este conjunto de opiniones sí se convierten en tendencia privilegiada en nuestro país.

Supongo que la razón de todo esto se debe a esa degradación cultural que activó la burbuja inmobiliaria y que afectará a dos generaciones de individuos que dejaron el libro y cogieron el dinero. Ó, quizá, se encuentre dicha razón en el genoma hispano y nos sea imposible cejar en esta actitud. De ser así, seguiremos con el cachondeo, encontrándole la gracia a cualquier cosa, riéndonos mientras nos quitan hasta la sombra; sin reparar en que aquel dicho, que se refiere a la mejora que siente quien ríe el último y a su posibilidad de hacerlo dos veces, es completamente falso.

Hoy por hoy, quien siga riendo, cuando se haya terminado este espectáculo de carteristas, será quien, habiendo perdido hasta el reloj, no se haya enterado absolutamente de nada.

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