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sábado, 5 de noviembre de 2016

DE RATAS

DE RATAS


Se acabó…

De nada sirve a estas alturas rasgarse las vestiduras, lamentarse, llorar incluso… De nada sirve la ilusión por conseguir cambiar nuestra historia, la exigencia de auxilio tantas veces manifestada, la necesidad de cubrir con solidaridad el desastre acaecido tras este delito encubierto que es la presente crisis.

Los representantes políticos esta vez en España, a los que la ciudadanía encargó que se manejasen con los resultados de dos elecciones, nos lo han vuelto a demostrar: en nuestro país debemos pelear con mucha más fuerza contra esa fórmula económica que, pervirtiendo la idea de crear riqueza, genera esta suerte de capitalismo "psicópata" que terminará por destruir hasta la vida en el planeta. 

Lo que hay ahora el segundo gobierno consecutivo de un partido corrupto gracias a Susana Díaz y a la gestora del PSOE es ese “mal menor” que en España se ha convertido en sinónimo de mafia al adoptar sus métodos criminales las grandes corporaciones políticas, financieras y empresariales. Con él tenemos que seguir viviendo. De momento no se puede hacer nada más −hablando en términos legales− que no sea continuar la lucha por un cambio democrático real, orientado hacia la igualdad en todos los aspectos sociales y económicos. 

Sólo eso. 

Aunque nos entren ganas de escupir sobre el resultado con el que se ha abierto este nuevo periodo legislativo, cabía dentro de lo posible que la evolución del juego político determinase la consecuencia más improbable, la menos deseada. Se agitó el bombo lotero y salió traición, derecha y corrupción. Tres partidos políticos, uno de ellos de cero a la izquierda, le han dicho "ajo y agua" a esta sociedad "en pena" que pronto no tendrá para ajo, ni para agua, ni para joderse más, ni, con toda probabilidad, para aguantarse más las desesperaciones. 

Y así estamos. Una población mayoritaria convertida, tras la abstención del PSOE, en población minoritaria; en población a la que, para estos socialistas de librea servil, ni se la vio en las calles luchando sin descanso, ni se les aparece como población harta y agónica gracias a la corrupción de los dos partidos políticos más poderosos de España. Ambos, PP y PSOE −tras cuarenta años de turnarse gobiernos con ese reparto natural que proporciona el bipartidismo−, son dos formaciones políticas con tacha, con mucha tacha, y con una capacidad económica capaz de borrarla mediante “burles” de timador en las sedes judiciales, con trucos en las campañas mediáticas de “nada por aquí para que no miren nunca para allá”, y con la cara pétrea para identificar lo que han necesitado sus formaciones tanto en lo electoral como en sus regímenes internos− con lo que precisa la ciudadanía con urgencia. Ese es su poder. 

El caso más claro de esto que digo ha sido el mantra “el pueblo no quiere unas terceras elecciones” repetido hasta la saciedad y argumentado, de forma falaz, gracias a fórmulas torticeras que en las encuestas siempre han dado el resultado pretendido.

¿Por qué afirmo esto último?

Pues porque, deteniéndonos a pensar, si cualquiera de nosotros consultara a toda la población española preguntando “¿Desea usted que haya unas terceras elecciones?”, se obtendría siempre la respuesta lógica, amplia y contundente del “NO”. Pero si, por el contrario, la pregunta ofreciera la disyuntiva real, la que vivimos y ya padecemos, otro gallo cantaría. 

Me explico: si preguntásemos “¿Prefiere usted volver a votar o prefiere no hacerlo y, así, permitir que le gobierne de nuevo el PP de la corrupción?”, la respuesta y su resultado mayoritario sería muy distinto a todas luces. Sería un “SÍ, quiero votar otra vez con tal de que esto que hemos sufrido no vuelva a suceder" en un porcentaje enorme.

De hecho, por mi cuenta, a través de la página de este blog en FaceBook y de su perfil en Twitter, hice el experimento mediante el siguiente meme:



El meme lo lancé un jueves, en un horario lejano al prime time de las redes y, pese a ello, mi afirmación se hizo viral obteniendo unos datos que dejarían boquiabierto a cualquier profesional del mundo de la opinión y las encuestas. Sólo en la red social de Mark Zuckerberg llegó a compartirse más de 100.000 veces de forma directa. Un espectro mucho más amplio que el de los 5.000 encuestados que reforzaron la idea de que España no quería nuevas elecciones.

Y con esa encuesta, tras el golpe del “Susanato”, en el PSOE intentaron vender a sus bases la conclusión del “mal menor”, de la abstención y del brazo retorcido con el que la gestora del PSOE obligó a votar “SÍ” a diputados y diputadas que querían votar “NO”.

La traición a los deseos solicitados por los votantes de izquierda se consumó ante los ojos de millones de españoles; mujeres y hombres, socialistas con más historia de militancia que la de los miembros de la gestora, que se mostraban atónitos ante uno de los efectos de presión más brutales que se haya vivido en la historia de esta democracia entrecomillada.

Contemplar cómo la posibilidad inaudita se hacía realidad y cómo, al mismo tiempo, se nos condenaba a cuatro años más de corrupción impune, rizaba el rizo de lo razonable: por asombroso que pueda parecer, los inocentes hemos terminado una vez más entre barrotes económicos y los culpables se van de rositas con su licencia renovada para robar.

Que, después de haber cometido semejante acto de felonía, aparezca un portavoz llamado Antonio Hernando −aquel hombre de confianza de Pedro Sánchez que hundió aún más el cuchillo y pretenda convencernos de que el PSOE es la verdadera oposición... no es que sea asunto de risa, es un asunto de auténticas y apestosas ratas. 

En el PSOE, quizá por no haber visto películas del genial Scorsese, no sepan las connotaciones que tiene este animal en el mundo del hampa, pero estoy seguro de que sus nuevos amigos del PP se lo enseñaran con una prontitud presupuestaria.

Tiempo al tiempo.



domingo, 26 de junio de 2016

SÍ PASA (El Antifrau-gate)







Y ocurre lo del Brexit y parece que ya no pasa nada en nuestro país.

Pero sí pasa...

Pasa que votamos hoy, pasa que votamos hoy sin garantías, pasa que la institución que se encarga de darlas, las garantías, es un ministerio donde un filibustero se mantiene al frente. Un tipo que conseguirá, el solito, que una Cataluña a la que no se le permite decidir por dónde quiere continuar su andadura estatal, termine decidiendo de cualquier forma, legal o ilegal, pero por mayoría, que quiere poner tierra de por medio con el estado español.

Pasa que tenemos ante nuestras narices uno de los peores casos de corrupción estatal de cuantos hayamos podido enterarnos en las últimas décadas. No se trata de un delito de corrupción fiscal  -con sus blanqueos, sus mordidas, sus puertas giratorias y otras actividades de esta gente tan patriota-; este asunto de las grabaciones al Ministro de Interior en funciones, Sr. (es un decir) Fernández Díaz, es casi comparable (aquí aún no se ha asesinado a nadie que se sepa) al caso GAL

Salvando distancias y volúmenes, asistimos a un Watergate a la española. Ese tipo de asunto que hizo dimitir a todos los hombres del presidente Nixon y al presidente en cuestión. Aquel escándalo, surgido de la investigación de los periodistas del Washington Post, Bernstein y Woodward, se llevó al ejecutivo estadounidense por delante.

Pero aquí no, en España no, en España parece que estas cosas no pasan.

Aquí este hombre sobrevive, acusa al mensajero, mantiene que las grabaciones sacadas a la luz gracias a las investigaciones del diario Público son un montaje. Y tira para adelante y nadie monta un pollo en las calles exigiendo su dimisión. Nadie convoca el pollo. Todo tranquilo. Gibraltar español -alardea la Sra. Saenz de Santamaría y el Sr. Margallo- y grabaciones a la mar.

Estos pobres -aconsejará Rajoy a su ministro defendido- ahora sólo dan la lata en Twitter y en FaceBook. No hay de qué preocuparse, a los nuestros no les interesan estas cosas. Nos votan igual, hagamos lo que hagamos; a los nuestros no les pasa lo que pasa y a los que les pasa no se enteran de que somos nosotros los que les hacemos estas cosas; están como yo, al “Marca”, al “Sálvame”, al “Gran Hermano”. Ya sabes: "Prietas las filas"

Y a votar.

A votar aunque este ministro -que debe garantizar la limpieza del proceso electoral- haya puesto a trabajar a la policía y a la fiscalía del estado para mejorar sus intereses partidistas. Sí, han leído bien. En las grabaciones que salen hoy, en exclusiva del diario Público, hablan el ministro y el máximo responsable de la Oficina Antifraude de Cataluña, el Sr. De Alfonso, sin circunloquios, de fiscales implicados y a favor del ejercicio pocero. Llegan a nombrar en estos términos al que fuera el Fiscal Gral. del Estado, el Sr. Torres Dulce, como una de la piezas de este ajedrez de corrupción institucional sin paliativos. ¿Recuerdan cuándo dimitió este señor aduciendo desavenencias con el gobierno? Han acertado, dimitió en las mismas fechas en las que tuvieron lugar estas conversaciones, durante el mismo proceso.

Y resulta que en grabaciones anteriores, sacadas a la luz por el diario Público -ese diario en el que se persona la policía, tal que ayer mismo, y exige que se le entreguen la totalidad de las grabaciones sin autorización de juez alguno- el ministro asegura a De Alfonso que el presidente Rajoy está al tanto de todo y que el presidente de nuestro gobierno es la discreción en persona.

¿Rajoy discreto? 

Discreto no; invisible, incorpóreo, etéreo, “plásmico”… Una suerte de Neo de Matrix esquivando balas, permitiendo que le atraviesen, deteniéndolas a golpe de poderes secretos, infames, mafiosos, antisistema, dictatoriales.

Y pasa más… Pasa que en el Partido Popular sacan el mantra, muy diferido, de que las grabaciones están manipuladas. Y pasa que esta gente no sabe mucho ni de sonido, ni de técnicas de edición, ni de realidades que impiden la manipulación de los audios por mucho que vean CSI y en esa serie todo sea posible. Pero los que nos dedicamos a esto del sonido y de la imagen sabemos que no se puede hacer nada cuando, en una conversación entre actores, los unos y otros pisan el texto de sus compañeros. Ahí, en ese caso, no se puede. Máxime si se quiere dar coherencia a lo dicho. Y de esas conversaciones pisadas están llenas las conversaciones del ministro y, entre pisotones, además, se constata la coherencia de lo que se dice. No, no hay trampa ni cartón. Lo que hay es mucho cuento, mucho disimulo y mucho dejar que se enfríe la cosa que, entre noticia y noticia, en estos tiempos veraniegos y convulsos, todo pasa rápido, todo se olvida, hasta los delitos de los de siempre.

Pero a votar, que no pasa nada, que es verano, que hace mucho calor para dar caña, que es mejor tomársela que andar luchando por la justicia en periodo vacacional. Que en esta España nuestra nunca pasa ná, ¿na de ná? Ná de ná… Nadená nadená nadená... 

¡Y es que me paso el día de juerga…

martes, 22 de diciembre de 2015

EL MIEDO



EL MIEDO



Pese a que tengo mis más y mis menos con la fidelidad a las formaciones políticas, he dado mi voto o, lo que es lo mismo, mi confianza, a Podemos. El motivo que me ha llevado a tomar esta decisión trasciende afinidades y filosofías sociales y económicas y se resume del siguiente modo: quiero que se hagan experimentos con la democracia hasta que nos sintamos libres y amparados por nuestros gobiernos de una vez por todas. 

Hemos de entender que la democracia no es tan sólo una forma más de encuadrar sistemas de ordenación legislativa de los países; es la forma de progreso y perfeccionamiento de nuestra sociedad

No deseo que dichos experimentos se realicen en casa y con gaseosa tal y como manifestó hace tiempo el Sr. Rajoy; quiero que se produzcan con luces y taquígrafos, con esa transparencia tan difícil de aceptar en España, para devolver e inventar derechos como si tuviésemos que descubrirlos de nuevo.

Algo que se debe aclarar es que la libertad, por definición, en tanto a hito de la sociedad, no debe tener límites sino tender hacia máximos y, para lograr esos máximos, sólo se precisa una herramienta: la prudencia. No confundir esta cualidad con el miedo, el miedo es cosa distinta.

Para distinguir ambos términos diré que, en mi caso, de ese sentimiento, del miedo, no he necesitado nunca nada y, por tanto, poco sé de él. Por otro lado, de lo que siempre he requerido es del uso de la prudencia como actitud que permite avanzar, estudiar el camino y mejorar, en definitiva, cualquier proceso.

La prudencia me ha ayudado a corregirme pero no me ha detenido nunca.

Lo que sí conozco del miedo en estos términos sociales es a quién ayuda, para qué sirve y, por descontado, a quién perjudica.

Y la perjudicada siempre es la población sin caudal, sin paracaídas, sin trabajo (o con un trabajo que no merece ese nombre) y, por supuesto, con unas deudas derivadas de ese gasto sin freno por parte de las administraciones y grandes emporios con las que se creó un espejismo, una burbuja laboral y económica, que llevó a las familias a creer que se podía beber donde no había agua de pozo sino agua estancada; una charca que se agotaría con prontitud.

Porque el miedo cunde más cuando uno se ve desprotegido y, al mismo tiempo, ve desprotegida a su familia y entorno. Es entonces cuando el miedo y su proceso químico logran que uno actúe sin valorar otros peligros y sus correspondientes daños colaterales. El miedo hace que eches agua sobre el aceite ardiendo de la sartén en lugar de tapar el utensilio en llamas con un paño.

Gracias al miedo se cuelan en el cerebro del electorado esos mensajes agoreros y predicciones apocalípticas que, sin descanso, llevan triunfando en la sociedad desde que se inventaron conceptos tales como el cielo o el infierno.

Sin ir más lejos, durante la resaca poselectoral, debatí en las redes con un neoliberal de los que se aprenden la lección -el discursode carrerilla y con musiquilla lotera aún sin saber lo que significan ni los números ni los premios. El resultado fue que este personaje terminó acusando, por ejemplo, a los afectados por las preferentes de ser "idiotas" (éste fue el término) al haberse dejado llevar por la codicia sin tener idea de finanzas y de mercados bursátiles.

Es decir que, trasladando y ampliando el caso de los preferentistas a todo lo ocurrido en España -burbuja tras burbuja, gobierno tras gobierno- según él, todos y todas somos idiotas por creer a aquel de quien nos deberíamos fiar, ya sea nuestro director de sucursal bancaria, ya sea cualquier político que llegue a ministro, ya sea cualquier formación política que asuma el poder del estado.

Culpar a las víctimas -en un estado que permite la corrupción y hasta la fomenta- por haberse fiado del timador, es caer muy bajo pero, eso sí, define la filosofía neoliberal que nos infecta: usted no importa, importan los beneficios y para lograrlos tampoco importa la ética de los medios utilizados.

Mi interlocutor afirmó también, para remate del círculo vicioso que intentó argumentar, que, conseguido el beneficio económico por parte de banca y multinacionales, todo redundaba en beneficios sociales.

Y, así, se reprodujo lo que yo denomino "el bucle del timador": te cuento que hay agua donde hay desierto y, cuando ya estás casi muerto de sed, te vuelvo a decir que hay agua un poco más allá, siempre y cuando sigas dando por bueno lo que te susurra el mismo timador. Por decirlo de otro modo: el zorro asumiendo la protección del corral con el beneplácito de los sufridores, de los que tienen sed, de los que agonizan, de los que permiten que el miedo empape su capacidad para razonar.

Existe otra formula de asociación que se fundamenta en estos mismos principios: la mafia.

Como ya he dicho, y así termino, para salir de esta sequía de libertades y derechos que vamos sufriendo, sólo necesitamos de esa herramienta que es la prudencia. Así no volveremos a creer a quien nos vende parcelas de un oasis que no existe; así podremos experimentar con las libertades para hacerlas crecer; y, así, podremos frenar esta economía salvaje que conduce al mundo hacia el desastre para, por el contrario, crear una economía saneada, humanitaria y renovable.

No es cuestión de recuperar el comunismo, es cuestión de mostrar las infinitas oportunidades que tiene el otro círculo, ese al que apenas nadie con poder se ha dedicado, ese campo de acción novedoso (y casi virgen para la industria y la banca) que es el cuidado de los bienes sociales y del planeta gracias a la tecnología lícita y justa.

No tengáis dudas, el oasis -la tierra de la que mana leche y miel-va a tener que ser construido por el pueblo si queremos disfrutar todos y todas de él. No va a ser cosa sencilla pero, al menos, hay una formación joven y valiente que ha decidido ponerse manos a la obra. 

Por el momento, y aunque permanezco prudente, seguiré dándoles mi confianza.

Amén.



domingo, 5 de julio de 2015

EL PLACER DE LAS MARIPOSAS

AUTOR MANUEL F. TORRES



Las mariposas somos nosotros.

No busquéis un batir de alas en otra especie que no sea la nuestra. Nuestro comportamiento, su acción e inacción, es el verdadero motor del caos humanitario que se extiende a lo largo y ancho de la vida de este planeta único.

Miramos pero no atendemos, asimilamos pero no reaccionamos, acumulamos conocimiento pero no hacemos nada para que lo experimentado genere soluciones. Nos neutralizamos y dejamos que el amplio espectro de la enfermedad se extienda.

En términos generales, nos impregna la realidad cercana, la de nuestra familia y amigos. A un grado de separación más allá, nos interesa y preocupa el funcionamiento de la empresa para la que trabajamos así como la situación laboral de nuestros compañeros y compañeras de trabajo. Con estos últimos podemos tomar un refrigerio, salir una noche o tener concertada la partidita de los viernes, pero poco más. Somos esporádicos en lo que se refiere a ampliar y cuidar la parte más humana de nuestras relaciones diarias porque, a fin de cuentas, bastante tenemos con los contactos emocionales cercanos. Vamos a lo nuestro y todo lo demás es lo que le ocurre al mundo exterior, a una sociedad que, salvo contadas ocasiones, se extiende más allá de la república independiente de nuestra casa. Una sociedad hormiguero a la que negamos el saludo. Salvo si nos encontramos a solas con el tendero chino o, por poner otro caso, con la abuelilla del quinto que siempre se afana con el carrito de la compra y las puertas del ascensor; preferimos pasar por la vida cotidiana de los demás de puntillas y escudados.

Sin duda, esto que digo de nuestro comportamiento habitual, no se da del mismo modo en poblaciones pequeñas. Pero, en el momento que nuestro entorno cobra la apariencia de una ciudad, dejamos a la sociedad masificada de puertas para afuera, como si no existiera, hasta que recibimos en el buzón no el electrónico sino el de metal, ese que tenemos en el portal y que ya apenas sirve para otra cosa que no sea para recibir propaganda─ la carta del banco con el aviso de impago, la noticia que nos informa de la invención de un nuevo impuesto, o el recadito de que debemos volver a remozar la fachada de nuestra vivienda. Sólo en esos momentos creyendo que lo que se nos pide es algo negativo─ tomamos conciencia de que formamos parte de un todo y terminamos preguntándonos qué hace la sociedad por nosotros para que nosotros nos veamos obligados a hacer algo por la sociedad. Le damos la vuelta, en un santiamén, al afamado discurso de J.F.K. aún sin conocerlo. Siendo más claro: no nos cuestionamos qué podemos hacer por nuestro país.

Es natural que esto sea así. Por lo que a mí respecta, la palabra “país” como fuente inspiradora de sentimientos identificativos, me aburre, no me motiva. Si lo pensáis, la propia idiosincrasia del término incluye la diferenciación como principal línea argumental: se es de aquí ─del país que sea─ pero no se es de allá ─de cualquier otro territorio─; los habitantes de este país tienen unas características que no poseen aquellos que son de otro; en este país se habla esta lengua y no otra… pertenecer a un país, en definitiva ─tal y como nos venden la idea─, debe señalar características tan sublimes y distintivas que, por ellas, seamos capaces de jugarnos la vida defendiéndolas. Uno no puede ser patriota si no siente estas diferencias.

Pero, decidme, ¿creéis que estas sencillas particularidades, hoy en día, se le pueden atribuir a la ciudadanía de España, de Francia, de Alemania?...

No. Sabemos que somos mixtura caduca y regenerativa al mismo tiempo; migración genética constante, migración territorial y cultural desde que el hambre es hambre. ¿Qué significa, entonces, ser de un país a estas alturas de la evolución? Es sencillo responder a esta cuestión. Ser de un país significa formar parte de un conjunto humano que acepta una jurisdicción ─autónoma de la de otro conjunto social─ con toda la amplia gama de matices que encierra esta palabra. Con aceptar las leyes comunes, registrarse en el aparato administrativo de la agrupación y reconocer hasta dónde se limita la vigencia de las normas, usted pertenece a un país. Así de fácil. Por comparación y minimización, ser de un país viene a ser lo mismo que pertenecer a una comunidad de vecinos si ésta tuviera una capacidad judicial independiente. Por lo tanto, lejos ya de conciencias patrióticas, un país es un sistema administrativo con fronteras. Ni más ni menos. De ahí que, para mi gusto, la palabra “estado” aglutine mucho mejor este conjunto de características burocráticas. Máxime si, como se ha postulado en Europa desde la constitución de la UE, las fronteras entre los miembros adscritos a dicha unión han desaparecido. Ateniéndonos a esa maravillosa zanahoria que se nos colocó ante el hocico, un ciudadano madrileño, por ejemplo, debería sentirse súbdito del estado español y su sentimiento patriótico (caso que este sentimiento sea necesario) podría fijarlo en Europa. A buen seguro, esto es lo que le ocurre a un neoyorquino, respecto a los EEUU, de la forma más natural.

Pero no, en Europa, no. El sentimiento patriótico del europeo no existe.

Y esto es así porque en Europa tenemos hazañas bélicas que infectan de rencor nuestro ADN desde la antigüedad. Al mismo tiempo, somos artífices de uniones territoriales que fracasaron una y otra vez; tenemos entidades bancarias que nunca partirán de cero ni aun creando bancos centrales, ni aun inventando esa moneda única que debía igualar el estatus económico de cada estado integrante; y, para remate, en la actualidad, tenemos dirigentes que sienten el federalismo como esa comunidad de vecinos a la que antes me refería: con muros invisibles bloque tras bloque, interés económico tras interés bursátil, camuflando las barreras pero manteniéndolas.

Hemos arraigado el lastre. No lo podemos soltar y levantar el vuelo o, mejor dicho, los que pueden hacerlo no saben por dónde empezar. Ninguno de los estamentos que se encargan de gobernar la Unión es consciente de que la escena social pide a gritos que esta forma de interpretar el país europeo cambie; que en Europa ya no se es de ningún sitio en concreto; que toda una generación joven, y todavía amplia, no tiene un idioma sino dos o tres o cuatro; y que esas fronteras que derribó el comercio permitieron, en su caída, que las diferentes culturas traspasaran, se uniesen, tuvieran hijos y, para mejora de esta especie, se mezclasen sin remisión, sin vuelta atrás.

Para colmo de males, en esta nueva intentona de unificación, apareció la crisis económica mundial y a la manta europea se le agrietaron las costuras para mostrar los verdaderos entresijos heredados de aquel Mercado Común Europeo. Descubrimos entonces, asombrados, que los ciudadanos europeos no éramos iguales por mucho que nos hubiésemos mezclado; que nuestros intereses no eran comunes; que tampoco lo eran nuestros derechos societarios y que se nos diferenciaba entre una Europa del Norte y otra del Sur. Una Europa del Norte que había invertido y adquirido bienes y fondos en la Europa del Sur y que, temiendo el descalabro de sus finanzas, reglamentó la devolución de todos los préstamos concedidos recurriendo a pantomimas denominadas rescates. Un remedo de ayuda que no hacía sino condenar a cada estado desfavorecido y con las cuentas bancarias falseadas a hacer reformas de calado en las reglas laborales y de gasto público. Una trampa de usurero que consiste en prestar dinero a esos estados afectados gravemente por los juegos arriesgados de su banca privada para iniciar una recaudación viciosa, in crescendo debido a la carga de intereses elevadísimos, que se podría resumir con esta secuencia interminable: te presto para que me devuelvas tu deuda acumulada mientras los intereses de mi nuevo préstamo hacen tu deuda más grande y te ves obligado a pedir un nuevo "rescate" que ya veré si te concedo, o no, dependiendo de lo que modifiques las políticas de tu país de antes, ese que creías gobernar y cuya potestad sobre el mismo correspondía a sus habitantes. 

Y, así, ad eternum.

Como digo, un ejercicio de condena económica que, de forma indefectible, termina siempre en un desastre humanitario. África, sin ir muy lejos, es un ejemplo claro de lo que han significado históricamente estas prácticas. Un continente entero hundido y sin capacidad para intentar ponerse en pie. Un continente al que miramos pero no atendemos, cuyos descalabros asimilamos pero ante los cuales no reaccionamos salvo que, para salvarnos o para cubrir las apariencias de un expediente, nos contagie su miseria en forma de virus o de patera.

Pero si bien África es la gran historia de lo mal que se pueden hacer las cosas, sean cuales sean, ahora, en Europa, asistimos al desastre griego que tiene el mismo origen corrupto que Portugal y que España después de transiciones mal cerradas y la miramos como si la cosa no fuera con nosotros, como si, de pronto, también hablásemos de África, como si nosotros estuviésemos a salvo. No aportamos soluciones y a todo un pueblo lo convertimos en un número rojo de cuenta bancaria. ¡Qué paguen decimos─ o fuera! ¡Qué acepten y voten sí a Europa, o fuera! ¡Qué se ahoguen en un mar de deudas imposibles de pagar o que se mueran! ¡Todos pagamos! ¡Si ellos no pagan, fuera!

¿Todos pagamos? Espero que nadie se lleve las manos a la cabeza ante lo que voy a decir pero la realidad es que, en este planeta tan esférico, ningún estado paga sus deudas. Paga el recibo del trimestre pero nunca se cubre la deuda entera. Es el principio básico de lo que conocemos como el mercado de deuda externa. El país que adquiere deuda de otro país sabe que ésta no se liquidará jamás y en eso consiste el negocio redondo, en los intereses y en la posibilidad de revender esa deuda a terceros, según cotizaciones, cuando merezca la pena. Salvo una excepción, la que ocupa a la Europa del Norte respecto a la Europa del Sur: la ejecución de esa deuda cuando los mercados de inversión autóctona están en serio peligro de colapso. Es entonces cuando se obliga al pago integral de la deuda a sabiendas de que éste no podrá realizarse. En ese momento el negocio se vuelve despiadado, el negocio se convierte en un puñal en la garganta, el negocio mata pero, antes de hacerlo, te desangra.

Y de este modo, en Europa, comenzamos a batir nuestras alas de mariposa e iniciamos una guerra encubierta, un conflicto armado donde ya no se utilizan tanques, cañones y tropa (eso lo dejamos para el tercer mundo); se utiliza la macroeconomía.

En el diario InfoLibre, afirma mi admirado Ramón Lobo, en un artículo reciente sobre el interrogante que ha abierto esta nueva fase de la crisis griega; que “se sabe cómo comienzan las guerras, pero no cómo terminan”. Para mi humilde entender, este enunciado es erróneo. En realidad, ni siquiera nos planteamos cómo comienzan las guerras pero sí sabemos cómo terminan. Nos trae sin cuidado, por decirlo de otro modo, cuál es el origen de nuestro problema y, por eso, aun conociendo el resultado final inexorable, repetimos sistemas.

Me explico:

Todos incluso los niños sabemos cómo iniciar una guerra. Es sencillo. Uno tan sólo debe apostar por atacar cuando encuentra oposición a la consecución de sus deseos, estén justificados o no. Agredir sin atender a cualquier tipo de diálogo, de negociación o de trato. Se acomete, se inicia un conflicto y se vence o se pierde. La historia reciente está repleta de ejemplos que dan testimonio de este proceso simplificado. Ahora bien, esto que expongo en realidad no atiende al "cómo" se genera la chispa del conflicto, sino al "qué". ¿Y qué es necesario para que surja ese fogonazo violento? En resumidas cuentas, esto: que tú tengas algo que yo deseo y que yo no atienda a razones.

Prosigo.

Todo conflicto armado mantiene en su historial miles de pequeñas causas y, en diferente grado, decenas de motivos enormes que van marcando su camino como si de un puñado de mechas encendidas se tratara. La tendencia cuasi irremediable de todas ellas consiste en lograr que se prenda la mascletá y que todo salte por los aires. Da igual que sólo una cumpla su misión o que la cumplan todas. El efecto sigue siendo la explosión final. Si quisiéramos culpar del origen de las hostilidades a la existencia de esas mechas, pronto caeríamos en la serie de acontecimientos: alguien tuvo que poner las mechas, alguien dio la orden de que fueran puestas y, así, llegaríamos hasta la prehistoria para constatar que estaríamos dando respuesta al "cuándo". Como si de la escena inicial de "2001, Odisea Espacial" se tratase, veríamos a un homínido utilizando una herramienta para matar y encender las mechas de esa mascletá degenerativa que es la violencia.

Pero la cuestión del "cómo" sigue sin revelarse. ¿Cómo movimos las alas para provocar el caos? ¿Cómo hemos llegado a esto?

Cada vez que alguien, al contemplar los resultados de una catástrofe bélica, se hace esa pregunta, debe buscar y encontrar su propia voz interna; una voz que ocultamos en lo más recóndito de nuestro espíritu milenario; una voz que al ser hallada nos susurrará: 

“Hemos llegado a esa situación buscando nuestras dosis, individuales pero diferenciadas, del placer que proporciona la victoria”.

Así es como movemos esas alas terribles, buscando la satisfacción de nuestras ansias primarias: vencer, someter, acumular, ampliar… Nos comportamos como el macho alfa de una manada de gorilas aunque nos jactemos de haber dejado la selva. Vencemos a nuestros rivales, los sometemos, acumulamos hembras con las que procrear y aumentamos nuestra expansión. Cuando lo logramos nos subimos al Empire State y, con el pecho henchido del placer obtenido, nos lo golpeamos a modo de tamtam para que todos sepan cuán satisfechos nos sentimos con la victoria. Así es como enseñamos y transmitimos la experiencia placentera, así es como nos imita nuestra comunidad de vecinos, así es como el placer animal se convierte en una necesidad colectiva, en una necesidad de tribu, de clan, de pueblo, de país, de continente, de masa alienada y, finalmente, de ejército atacante. Si, por el contrario, enseñásemos y transmitiésemos el placer que proporciona la solidaridad, la cosa cambiaría de forma radical.

Termino.

Cuando las tropas aliadas, durante la Segunda Guerra Mundial, descubrieron el campo de concentración alemán de Dachau, horrorizados se hicieron esa misma pregunta: ¿Cómo había sido posible todo aquello? ¿Cómo se habían llevado a cabo en aquel campo, durante un periodo de dos largos años,  más de 70.000 asesinatos e incineraciones sin que nadie hubiese intentado detener el horror? ¿Cómo, ante el evidente hedor a muerte y a carne chamuscada, ninguno de los habitantes del pueblo cercano ─del mismo nombre que el campo de extermino─ había tomado partido para organizar a los vecinos y detener la masacre?

La tropas estadounidenses, a modo de escarnio, obligaron a los habitantes del pueblo a entrar en el campo, a comprobar la realidad del horror nazi y concluyeron esa misión haciéndoles las mismas preguntas que todos ellos se planteaban. La inmensa mayoría contestó que no eran conscientes de que aquello hubiera estado sucediendo…

Pues así es, para quien tenga dudas, como terminan las guerras: con gente con mariposas que, tras mover las alas por mero placer, por sueños de prosperidad y dominio, sin importarles el conocimiento real del desastre que avecinan, declaran, cuando todo se detiene, que no tenían ni idea de que tanto horror estuviera sucediendo ante sus narices y su mirada obtusa.

Hoy, el nuevo campo de concentración es Grecia. Ya lo estamos alambrando, ya construimos crematorios en su interior sin apenas importarnos pese a que, esta vez, ninguno de nosotros podrá decir, jamás, que no sabía cómo termina una guerra y cómo no se deben mover las alas..


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