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viernes, 8 de abril de 2016

PORTEROS


ILUSTRACIÓN MANUEL F. TORRES


Es preciso señalar que ésta no es sólo la historia de la señora Pilar aunque, en esta noche detenida en el noviembre de 1975, la veamos escapar de su domicilio cubierta de sangre. Pese a presentarla de esta guisa, en medio de la escena que da inicio a nuestra visita guiada, ella no es la protagonista principal. Ese papel le corresponde a Pedro.

Pedro, antes de que lo asesinara Pilar, era su marido y ejercía como portero en el bloque de viviendas donde nos encontramos. Aquí pueden observar la antigua escalinata del vestíbulo, trabajada en mármol y granito pulimentado, que conduce a un segundo recibidor donde, como pueden comprobar, ya se encuentra clausurado el espacio dedicado a la portería.

Síganme por este pasillo que lleva a la escalera principal y al ascensor que será reemplazado por un último modelo en un tiempo máximo de dos meses. Bajemos las escaleras y lleguemos al domicilio de Pilar y Pedro. Pasen, no tengan miedo. Si lo desean pueden acercarse y entrar en el dormitorio que compartían los dos. Estudien la escena del crimen mientras les comento que, no hace más de un mes, le comunicamos a Pedro que el tiempo de su jubilación había llegado y que debía detener sus labores de forma inmediata. Ya de paso, recurriendo a un correo certificado, instamos al portero a abandonar el piso que le cediera la antigua propietaria para que lo habitara mientras se mantuviese vigente el contrato entre las partes. El plazo para que la vivienda quedara vacía era de quince días que culminan ahora, en esta jornada de autos a la que asistimos.

La jubilación y el aviso de desalojo se sucedieron de sopetón, sin tiempo para que el matrimonio pudiese reaccionar o, al menos, preparar un cambio de residencia con una planificación meditada. Quince días no son nada cuando uno tiene que trasladar la escoria acumulada durante toda una vida; máxime si uno desconoce dónde va a llevar tanto residuo. Según nos explicaron, fue este desconocimiento, sumado a los acontecimientos de los últimos meses, lo que provocó que la mente de Pedro pasara de un estado de cierta enajenación hostil a un estadio furibundo, desesperado e irracional en grado sumo.

Pero, si me lo permiten, dejemos atrás el cadáver de Pedro y avancemos; así podré mostrarles el resto de la vivienda que, aunque les pueda parecer extraño, siempre mantiene esta especie de opacidad.

Verán: la oscuridad que impera en la casa de los porteros se debe al hecho de estar enterrada en el sótano. Pese a contar con cuatro habitaciones, dos cuartos de baño, dos salones, una amplia cocina y un pasillo que recorre y conecta todas las estancias; sólo tiene dos ventanas que dan acceso al patio de luces de la finca: una desde la cocina y otra desde el aseo más amplio. Por lo demás, la única posibilidad que tiene la luz del día para penetrar en la vivienda, son unas diminutas troneras que las milicias republicanas horadaron en los gruesos muros durante la defensa de Madrid. Como pueden observar, esas perforaciones, que en el interior se encuentran a la altura del techo, en el exterior apenas superan la altura del suelo. De ahí nace esta penumbra constante que se hilvana a esta cerrazón de tufos de cloaca, de letrina embozada, de cocina vieja, de coles, de matanzas de cerdo, de ropa de muertos, de papeles podridos y de humedades de yeso.

Prosigamos: una vez presentadas las escenas, situémoslas en el tiempo.

Asistamos al momento en que vemos huir a Pilar. Es la una de la madrugada de una fría y desierta noche de noviembre. Tan sólo han pasado unos minutos desde que Pedro cayera al suelo desde el lecho matrimonial, sujetándose la vida con sus propias manos, intentando que el corazón no alimentase la hemorragia que Pilar le ha provocado al clavarle sus tijeras de costura en el cuello. Esos breves instantes han sido suficientes para que el sentido de su existencia, si es que tuvo alguno, terminase fundiéndose en un recuerdo fútil: la primera vez que vio a Pilar cuando tan sólo era una niña envuelta en las hechuras de una mujer y él era un hombre enamorándose como un crío. Nada importante salvo por el detalle que establece la diferencia de edad del matrimonio y, sobre todo, la terquedad de la pareja por salvaguardar su relación desde tiempos anteriores al alzamiento.

Si bien ésta ha sido la escena final del crimen, les daré a conocer los motivos que llevaron al portero a un desenlace tan inesperado y desagradable.

Acompáñenme:

Pedro Castillejo González, que ese es el nombre completo del difunto, ejerció durante treinta y nueve años como conserje de este número de la calle General Ibáñez Iberos de Madrid. El contacto con Doña Concepción Martínez, la antigua propietaria de todo el inmueble, se lo proporcionó a Pedro un compañero de celda que, al igual que él, logró salvar la vida durante la guerra y esquivó el paredón durante los primeros años de paz. Se trataba de un vecino del mismo pueblo de Pilar que fue puesto en libertad un año antes que Pedro y que, tras unos meses ocupando el puesto, incapaz de permanecer tantas horas encerrado en el chiscón de la entrada, decidió regresar a su tierra dejando la plaza vacante y a disposición de alguien que prefiriese calmarse el hambre cambiando de celda.

Pedro empaquetó su oficio de albañil y se hizo portero sin pensárselo dos veces. La vivienda subterránea que se incluía en la oferta disipó cualquier lucha interna a favor de seguir buscando empleo en el campo de la construcción. Cementos, yesos, paletas, llanas, capataces y jefes de obra ya le habían mostrado las inclemencias de aquella labor antes del levantamiento y durante los años de prisión. Por mucho que el sector necesitara abundante mano de obra, Pedro decidió que las suyas no volverían a hacer masa ni a enfoscar paredes.

Gracias a la nueva vivienda, persuadió a Pilar para que se trasladara a Madrid y Pilar -que ni siquiera había cumplido dieciocho años-, por imposición paterna y por un deseo propio y explícito, persuadió a Pedro para que dejara a un lado sus convicciones anticlericales y se casara con ella por la iglesia. Así fue como -tras una boda tan de puntillas que levantó recelos en las comadres del pueblo- ambos se instalaron de forma definitiva en Madrid, dispuestos a comenzar una nueva vida y a crear una familia que, pese a los esfuerzos de Pedro y a las querencias de Pilar, nunca llegó a aumentar en número. Ninguno de los dos investigó los motivos de su sequía. Aceptaron lo que la vida les daba y lo que no, y permitieron que la soledad les llenara la intimidad de silencios. Compartieron treinta y nueve años fregando y barriendo, repasando la nitidez de los cristales, abrillantando pomos y reluciendo espejos, vigilando las entradas y salidas de los inquilinos y abriéndose a conversaciones con éstos que, con el paso de los años y el aumento de las confianzas, vinieron a convertir el rincón de la portería en una especie de confesionario donde los vecinos, en procesión diaria, iban dejando el relato de sus opiniones, de sus actitudes y de su curiosidad por la vida del resto de los habitantes del edificio.

En lo que correspondía a sus funciones de hombre para todo, Pedro las desempeñó con diligencia y un servilismo que rayaba lo obsceno.

Educó sus formas moldeándolas como contrapunto a las idiosincrasias de cada uno de los inquilinos: si, por ejemplo, se cruzaba en la escalera con Don Anselmo -el vecino del Cuarto Derecha, un soltero cincuentón de una locuacidad insustancial y pertinaz-; Pedro trataba de conducir sus comentarios hacia terrenos de necesario cuchicheo. Picardeaba la curiosidad de su contertulio no sin antes solicitar de éste el secretismo respecto a las novedades en la vida de sus convecinos. De este modo, la introducción de la complicidad en la relación cocinaba un arreglo tácito que disminuía la verborrea de Don Anselmo y aumentaba el prestigio del portero: el alcahuete probable se convertía en confidente leal.

Del mismo modo actuaba con el resto.

Si, en el trato de los primeros meses, Francisca Ordóñez -que vivía en el Tercero Izquierda, era madre de cuatro niños y estaba casada con un capitán destinado en el Sahara-; se mostró altiva y grosera, transformó su comportamiento en poco tiempo. Francisca equilibró el desprecio de clase hacia su portero. La pericia de Pedro para desplegar todas sus habilidades lo convirtió en un ser imprescindible en el día a día de aquella madre saturada. El desprecio mutó en pequeñas confraternizaciones, aguinaldos abundantes y regalos de ropas usadas. Para que éstas se ajustaran y les fueran útiles a ella y a su marido, Pilar se dejaba los ojos entrando o sacando bajos y dobladillos de vestidos, camisas y pantalones abandonados a la vejez del alcanfor y la naftalina.

Piso por piso, vivienda por vivienda, el ritual de adaptación del portero se filtraba por cualquier ranura. Si con Augusto -el septuagenario del Primero Derecha- intercambiaba y renovaba novelitas de Marcial Lafuente o de Silver Kane; con Gloria -la hija única de los del Segundo Izquierda- se dedicaba a fabricar miniaturas de muebles para sus muñecas. Padres y nietos, hijos y abuelos, familiares de los inquilinos o éstos mismos, fueron desfilando ante el portero, fueron transformándose de forma paulatina al gusto de Pedro y, sobre todo, fueron cambiando su valoración personal hacia aquel antiguo obrero y excombatiente republicano.

No sólo se transformaron ellos:

Pedro se convirtió en otra persona y se sintió parte de una familia enorme que lo quería, que dependía y que se sentía segura bajo los techos y entre las paredes que él vigilaba y protegía. El portero olvidó sin esfuerzo su antigua ideología libertaria y, en un proceso de mimetización voluntaria que lo igualaba a todos aquellos personajes, se obró en él un cambio intelectual que se reafirmó cuando sintió el grado de su categoría, cuando fue consciente del poder adquirido.

Los años transcurrieron y la tendencia se afirmó. El matrimonio de porteros se convirtió en un miembro más de la comunidad y el trato se hizo familiar, sin diferencias entre los empleados y aquellos a quienes debían servir. Pedro pasó a ser llamado el “Señor Pedro” y cuanto hacía al margen de sus labores se transformó en una guía de comportamiento vecinal. En tiempos de disimulo y penurias, se contagiaron conductas de ayuda entre los habitantes de los diferentes domicilios y el Señor Pedro, con suma discreción, se encargó de la conexión e información entre ellos. Si alguien necesitaba cualquier cosa se lo hacía saber al portero y éste, a su vez, se encargaba de dejar caer en sus conversaciones tal o cual carencia. Por el contrario, si alguien quería deshacerse de algo empleaba el mismo sistema y, de este modo, lo que podía terminar en basureros y escombreras alargaba sus posibilidades en manos de otros inquilinos. Esta sencilla metodología aumentó la influencia de Pedro, si ello era posible, y ésta tardó poco en convertirse en una peculiar devoción del vecindario hacia las virtudes del portero.

Pero, como han podido comprobar, todo este viaje feliz por el pasado profesional de Pedro ha tenido un final inesperado y trágico.

Tal y como ocurre con las malas noticias, un día anónimo apareció un cacharro automático; una especie de teléfono que comunicaba los domicilios con el portal del edificio. El “telefonillo” -nombre que, como saben, se dio al intercomunicador por unanimidad social- se puso de moda de la noche a la mañana. A toda la ciudad le dio por pensar que disponer del control sobre quién entraba en los portales era un símbolo de progreso, de una modernidad que no termina por ceder e instalarse en España.

El poder seductor de aquel aparatejo se fue extendiendo como un azote bíblico. Manzana tras manzana, vecindario tras vecindario, el portero automático ganó terreno hasta que un día irremediable apareció en este bloque. En tan solo tres jornadas de trabajo intensivo, el invento, lleno de cables retorcidos y conexiones encintadas, dio al traste con la utilidad del portero como vigilante diurno: el portal quedaría cerrado día y noche y cada uno de los vecinos sería responsable de las entradas y salidas de personas ajenas al edificio. Fue éste un resultado inmediato de la invasión tecnológica. Y no sería el único. También, de forma progresiva, una serie de procesos imperceptibles fueron marchitando al Señor Pedro como responsable de la limpieza y como hombre sanador de rotos y descosidos.

Sacar a Pedro de su chiscón, de su esquina en el recibidor, y reducir su sueldo; fueron las primeras acciones que emprendió nuestra inmobiliaria, dueña ahora de toda la finca tras el fallecimiento de Doña Concepción, la anterior propietaria. Pedro -que ya había superado los sesenta años de edad- sintió profundamente la perdida de aquel habitáculo desde donde había capitaneado la evolución de la comunidad vecinal. No obstante, los inquilinos lograron que la tristeza de Pedro por el abandono del centro de mandos, se camuflara con un pequeño homenaje y el regalo de una figurita de plata en cuya base se podía leer: “Al mejor portero”. El vecindario al completo aplaudió la medida porque veían en ella un merecido descanso a los muchos esfuerzos de su fiel servidor.

Pilar y Pedro no durmieron aquella noche del homenaje. Cada uno, a su manera, sufrió un ataque intuitivo y éste les llevó a una conclusión similar sobre la que, con la intención de conjurarla y evitar que llegara a hacerse realidad, evitaron pronunciarse: la vida que habían construido llegaba a su fin. El intento por adivinar cómo se desarrollaría el funesto augurio les desveló y, tras dos horas de soportar el sonido de sus respiraciones, Pilar decidió abrazarse a su marido y buscó un amor que él había sustituido, hacía décadas, por una pasión frenética hacia su trabajo. Pedro mantuvo su postura, dando la espalda a su compañera, y modificó la intensidad de su respiración para hacer creer que, por fin, había conciliado el sueño. Así permanecieron hasta que el despertador alivió la tensión de la farsa y ambos se pusieron en pie, dispuestos a enfrentarse a una novedad que, sin lugar a dudas, les imponía una desaparición forzosa.

La nueva situación promovida por la pequeña invasión tecnológica hizo mella en el espíritu de Pedro. Un rencor obsesivo se instaló en sus maneras y tratos con el vecindario. Su diligencia habitual se tornó en apatía y la evolución del mal humor terminó por convertirlo en un ser taciturno. Los inquilinos, asombrados e incómodos, lo escuchaban rumiar aversiones según regresaban de sus respectivos lugares de trabajo, de sus compras o de sus paseos. Con una rapidez insospechada, desapareció en Pedro el servilismo que le había caracterizado a lo largo de tantos años y, como es natural, la brusquedad del cambio molestó sobremanera al vecindario que se sintió víctima de un engaño.

Fue por este motivo que la junta de vecinos, con la misma celeridad que experimentaron la transformación del Señor Pedro en un ser arisco -hartos de insultos soterrados y de silencios insultantes-, nos solicitó, como sociedad propietaria del inmueble, que despidiéramos al portero y que contratáramos un servicio de limpieza y mantenimientos mínimos.

Revisamos el contrato y constatamos que el portero ya estaba en edad de jubilarse y que este detalle facilitaría el cese del trabajador en sus labores. Los trámites se resolvieron con una premura poco acostumbrada y, como ya les he comentado, hace quince días consolidamos la jubilación y la cancelación de las prebendas.

Cuando se certificó su jubilación y se le ordenó el abandono del domicilio prestado, el hilo del que pendía la sensatez de Pedro se rompió sin esfuerzo. Todo él se enmarañó entre recuerdos por los servicios prestados, serpenteó por los huecos de la ideología abandonada, se estranguló en el insufrible futuro que expone la imaginación desesperada, y, en un remate del pespunte, señaló la más peregrina de las ideas como la idea que se debía llevar a cabo.

Más tarde, cuando la policía nos permita acceder al resto de escenarios de esta matanza, les podré mostrar el ensañamiento con el que el Señor Pedro ha asesinado a la totalidad de vecinos del bloque. Enfangado por el odio y sintiéndose traicionado, se ha despachado a gusto, sin respetar a viejos, ni a mujeres, ni a niños. Un espectáculo atroz que deberían ahorrarse.

Sigan mi consejo, es preferible que les muestre de nuevo la escena de la muerte de Pedro. En ella verán cómo el portero llegó tarde a su domicilio. También descubrirán a Pilar en su dormitorio, embelesada en su costura, asustada porque la hora ya supera las doce de la noche, porque desconoce dónde puede encontrase su marido y porque no consigue disolver el mal auspicio que se le ha anudado a los pensamientos.

Pasen y atiendan al momento exacto en el que Pedro llega al domicilio y, tras sortear las múltiples cajas y mobiliario desmontado, se detiene en el umbral del dormitorio. Fíjense en cómo, gracias a la luz amarillenta de la lamparita de noche, al entrever el rictus fúnebre de Pedro, Pilar constata que algo grave ha ocurrido y, sin embargo, no hace pregunta alguna. Noten su actitud nerviosa mientras deja la labor sobre la mesilla. Perciban cómo el silencio se afianza en la estancia cuando, entre un quejido de muelles, Pedro se sienta sobre el lecho matrimonial. Escuchen susurrar a Pedro. Acérquense para lograr descifrar su murmullo, ese rezo que no es más que una reiteración de la misma frase: “todo ha terminado, todo ha terminado, todo ha terminado…” 

Miren ahora a Pilar, calculen su pavor cuando se gira para intentar hablar con Pedro y ve que su marido la aguarda, que se mantiene a la espera sujetando con fuerza la mitad de la almohada que le corresponde. Asistan al instante en el que Pedro se abalanza sobre la mujer, miren cómo la porción de almohada que maneja parece engullir las facciones de Pilar; cómo todo el cuerpo de la mujer desaparece bajo mantas y sábanas, cómo el hombre oprime y balbucea su letanía de forma entrecortada por el esfuerzo: “Todo ha terminado, todo ha terminado, todo ha terminado…” 

Dense prisa, descubran esa mano de Pilar que entre asfixias y agonías logra tantear la superficie de la mesilla de noche. Observen cómo caen al suelo madejas de lana, carretes de hilo, el alfiletero, el dedal… Comprueben, finalmente, cómo se hace con las tijeras, cómo con un golpe certero, guiada por el anhelo de mantenerse viva, clava una de sus hojas en la garganta de Pedro, cómo se libera de la presa ante el estupor de su marido que, tras un instante de incredulidad y exasperación, escupe una bocanada de sangre sobre el camisón de Pilar y se deja caer al suelo sin saber qué hacer con su vida y con su muerte. Métanse en la mirada del hombre, en el reflejo que le devuelve a su mujer corriendo por el largo pasillo del domicilio, ese largo camino hacia el recuerdo de la primera vez que se fijó en Pilar, cuando ella aún era una niña y él no era un superviviente. 

Quédense unos segundos para ver cómo se apaga con suavidad, con una leve sonrisa, como quien encuentra descanso…

Volvamos ya a la escena de inicio, al final de esta visita guiada, hasta este momento definitivo, hasta esta noche cerrada y silenciosa de noviembre. Volvamos a Pilar subiendo los escalones, llegando hasta el portal y comenzando a oprimir cada botón del portero automático, suplicando que alguien conteste y, desesperada, aceptando cuanto le dicta la imaginación, toda esa muerte que intuye tras pulsar cada botón de cada piso.

Mírenla correr, empapada en sangre y semidesnuda, gritando, chillando, pidiendo auxilio a una ciudad que intenta mantenerse despierta mientras aguarda, paciente, la muerte de un dictador.

lunes, 16 de noviembre de 2015

LAS UÑAS



ILUSTRACIÓN: MANUEL F. TORRES



El diálogo viene a ser éste:

AVNER: ¿No os dais cuenta de que cada vez que matamos a uno de los suyos lo sustituyen nueve peores?

EPHRAIN: Porque nos crecen las uñas ¿vamos a dejar de cortárnoslas?

Pertenece a la película "Munich" (Steven Spielberg, 2005) que es uno de los filmes más contundentes y certeros que se puede ver para entender el terrible problema que ocupa al mundo: el terrorismo.

Este filme centra su trama en la operación negra del Mossad conocida como "Cólera de Dios" que se puso en marcha tras el secuestro y asesinato, por parte del grupo terrorista Septiembre Negro, de once atletas israelíes durante los JJOO de Munich en 1972. No obstante, siendo ese el tema central, el subtexto del largometraje se esfuerza en hablarnos del origen de la escalada de violencia que, al día de hoy, impregna el mundo. Una violencia que, en realidad, nada tiene que ver con fundamentos ni fundamentalismos religiosos aunque éstos se utilicen como disfraz para ocultar los sempiternos factores económicos y geopolíticos.

Y digo que la película se esfuerza porque, en estas cuestiones de terrorismo de estado y de terrorismo sin estado, el problema se traduce siempre en el dilema irresoluble del huevo y la gallina. El caso es que, intentando dar con el origen, terminamos asistiendo a las consecuencias que Spielberg subraya, con trazo soterrado pero implacable, en la secuencia final. Pese a las críticas que los israelíes vertieron sobre la cinta, el discurso del director y sus guionistas es honesto e intenta mantener el equilibrio de la objetividad. 

Y es que en un mundo regido por las causas, por los efectos consecuentes y por su conversión en nuevas causas y efectos, el gravísimo problema que debemos solucionar no es el de esta III Guerra mundial -encubierta pero real- que vivimos desde el mismo instante que concluyó la II Guerra Mundial; el gravísimo problema consiste en cómo vamos a lograr la paz.

He hecho esta amplia introducción remitiéndome a la película de Spielberg porque dio la casualidad, este fatídico viernes 13, de que era la que estaba viendo yo, ajeno a los acontecimientos, la noche en la que cientos de víctimas eran masacradas en París. Al concluir, realicé un zapping y me di de lleno, en el informativo nocturno de TeleMadrid, con la señal en directo que mostraba el horror cercano, el que nos duele más porque atenta -de forma cruel, directa e injustificable- contra nuestra forma de entender la felicidad; ese acuerdo platónico que las clases bajas y medias nos resistimos a romper por mucho que los poderes fácticos se orinen en su fórmula sencilla: libertad, igualdad y fraternidad.

La sensación que experimenté fue la de una continuación de la película -de los hechos que se relatan en ella- pasados cuarenta y tres años.

Después guardé silencio y así me he mantenido hasta hoy. Mirando, escuchando, leyendo y, de cuando en cuando, llorando. No podía quitarme de la cabeza el recuerdo de mi experiencia durante los atentados del 11M. No lograba quitarme del corazón la sensación de culpa que arrastré durante aquellos trágicos días de Madrid.

El caso es que entre mi silencio, mi atención y mi sensación de culpa; se fueron colando los discursos de las fuerzas políticas, las posturas de los medios de comunicación, el postureo de quienes disponen de micrófonos en la boca y, cómo no, de los comentarios en las RRSS. Con todo ello, y tras una reflexión profunda, elaboré mi propia opinión sobre lo ocurrido y, ante todo, sobre lo que nos ocurre. Compartiré ahora la segunda ya que la primera es tan personal que, en realidad, es íntima. Ni la expongo ni quiero debatir sobre ella. 

Sobre lo que nos ocurre, sí quiero hablar.

Porque lo que nos ocurre es que somos, como gran conjunto social, manipulables y manipuladores en grado sumo. Me aventuro a pronosticar que si durante la jornada del sábado, posterior a los asesinatos, se hubiese hecho una encuesta para estimar si la población europea deseaba una intervención bélica, a gran escala, para darle la del pulpo al Estado Islámico; estoy más que seguro que hubiese salido un "SÍ" como la copa de un pino o de un misil. De hecho, Hollande, el presidente francés, y Manuel Valls, su primer ministro, se han llenado la boca con su declaración de guerra y muchos, muchísimos, aplaudieron la palabra: querían oírla de una vez por todas. Nada de intervención armada, de bloqueo militar, de bombardeo selectivo, de fuerzas de ocupación... Guerra, de una vez por todas, guerra sin reflexión; guerra sin darnos cuenta de que el modelo de conflicto mundial ha mutado transformándose en esto que llevamos sufriendo, de forma global, durante algo más de medio siglo. Es así, el tercer conflicto mundial es una guerra sin cuartel, sin territorios definidos. Es una guerra fría, una guerra oscura, una guerra económica de tapadillo, una guerra de propaganda y una guerra destinada a la destrucción de las libertades tal y como las deseamos.

Y, de este modo, por tirar de las tripas y no de las mentes, se borró y reseteó la memoria de la ciudadanía pacífica y demócrata y se decidió que volvíamos a tener las uñas largas. Se recuperó y creció el discurso de la venganza y vimos, en el ámbito internacional, a Marine Le Pen, del Frente Nacional, a su colegas de Pegida en Alemania, a Amanecer Dorado en Grecia y a miembros de Tea Party estadounidense; abogando por el cierre de fronteras, el cierre de mezquitas y la expulsión de musulmanes y refugiados. 

A su vez, en España, tuvimos que escuchar a Francisco Marhuenda, a Eduardo Inda y a Isabel Díaz Ayuso del PP, solicitando en el programa de TV "La Sexta Noche*, como si fueran el coronel Kurtz de Apocalypse Now, que se tirara la bomba, que se aplastase de forma fulminante a los yihaidistas pues no veían mejor solución contra este cáncer mundial cuya punta del iceberg es el Estado Islámico y la casi olvidada, pero muy activa, Al qaeda. 

Pero, de todos ellos y ellas, nadie, salvo para establecer comparaciones evidentes, recordó nuestro 11M en tanto a las causas y las consecuencias. Y si alguien se lo traía a colación en el debate de La Sexta Noche, contestaban que Bush, Aznar y Blair dejaron de mandar hace mucho y, por tanto, pelillos a la mar. 

No. Ninguno de ellos y ellas recordaban que la guerra consiste en ataques y defensas, y que los ataques del yihaidismo se fundamentan en esto que nosotros llamamos terrorismo pero que, en realidad, si hablamos de estrategia militar, consiste en la guerra de guerrillas que tantas victorias insospechadas ha generado y que, por no alejarme mucho en la historia, van desde la Guerra de la Independencia Española, hasta la Guerra de Vietnan, pasando por la Guerra Ruso-Afgana de la cual surgió Al qaeda financiada por el capital estadounidense entre otros.

No. Todos ellos y ellas prefieren repetir el modelo. Se olvidan de las causas y de los efectos quizá porque sus hijos e hijas no son trasladados a las zonas de conflicto, sus hijos e hijas no viajan en cercanías para ir a trabajar, o porque, sus hijos e hijas, tienen prohibido ir a ver a grupos de hard rock en salas sin zona VIP. Y, claro está, sin ese miedo es mucho más sencillo solicitar una guerra en la que van a morir otros y otras. Los suyos no; sus hijos e hijas, nunca.

Por otro lado, PSOE y C´s creaban una celada a Podemos consistente en la adhesión al reciente pacto de estado contra el yihaidismo -firmado y consensuado entre PP y PSOE- y lo hacían esgrimiendo ese argumento tan peregrino (y ausente de ideología democrática) que consiste en el “si no estás conmigo, estás contra mí”. Gracias a este silogismo, falaz y populista, Inda, con su verborrea creada al abrigo del Opus Dei, llegó a calificar a los votantes y simpatizantes de Podemos como unos auténticos malnacidos. Y se quedó tan pancho.

De manera que para concluir esta opinión sobre los que nos ocurre, sólo me queda hablar de la otra opción: la opción de un mundo civilizado real, esa opción que nada tiene que ver con este otro mundo feliz en el que creemos vivir hasta que irrumpe la figura del salvaje y se nos acaban las dosis de soma.

Esa otra opción precisa apoyar, aún con más medios, la investigación que llevan a cabo los cuerpos de seguridad de cada estado; fuerzas que, al contrario de lo que ocurre con las tropas, con las fuerzas armadas, cada vez están más especializadas en esta materia. La fuerza militar sabe de tácticas de ataque y de defensa, de ayuda humanitaria de gran volumen en casos de tragedias medioambientales -donde el control y el restablecimiento del orden es fundamental en el corto plazo- y de garantizar, sobre territorios en conflicto, que los organismos civiles de ayuda y cooperación puedan llevar a cabo su labor garantizando su seguridad. Pero, de investigación y lucha contra el terrorismo, sólo se pueden tener en cuenta sus acciones y riesgos sobre terreno hostil.

Esta opción precisa, también y de forma fundamental, bloqueos financieros claros. Hemos de ser conscientes de que gran parte de los fondos que los grupos terroristas utilizan para mantener sus fuerzas, provienen de tres fuentes: el narcotráfico, la extorsión y, en el caso del ISIS, además, el petróleo que ya controlan y venden en los mercados negros. Todo ese dinero sucio opera en nuestro mundo para lograr infraestructuras de ataque, infraestructuras de propaganda y captación y, finalmente, infraestructuras de aprovisionamiento armamentístico. Todo ese capital no se guarda bajo colchones ni en cajas de zapatos. Ese capital se encuentra en esa banca paradisiaca contra la que nunca se actúa. Y lo sabemos (esto ya está ampliamente contrastado) con sólo echar un vistazo a la lista Falciani y comprobar lo que los narcotraficantes guardan en Suiza. Mirad ese capital y multiplicadlo por las decenas de paraísos fiscales, herméticos, que operan en la economía mundial y sabréis cómo se puede financiar el transporte de petróleo para su venta fuera de Siria e Irak; cómo se pueden comprar armas y su correspondiente balística; cómo se puede transportar e introducir ese armamento, de forma sistemática, en países aparentemente impenetrables para este tipo de comercio, y, en definitiva, cómo se pueden saltar los controles para introducir células armadas en nuestra corrupta Europa.

Recordad también que las armas las fabricamos nosotros, los civilizados, y se las vendemos a ellos, la barbarie. No existe ni una sola fábrica de armamento de asalto en todo Oriente y, mucho menos, en toda África. Quien diga lo contrario se está inventando otras armas de destrucción masiva. En EEUU, en Rusia, en Francia, en Alemania, en Italia y en España, sí se fabrica ese armamento y esa balística. Comerciamos con este material. Nuestros gobiernos y las industrias de armamento atienden a los beneficios y, luego, cuando morimos, aseguran que venden armas a países como Arabia Saudí porque controlan el fin último de ese armamento.

La tercera clave es la solidaridad y en ella se encuentran la educación, la asimilación, la inclusión y la dotación de recursos a los que sufren y a los que no prosperan. Una dotación controlada desde las administraciones para que lo que se envía llegue a donde se necesita. Digo esto porque es un dato contrastado el que pone de manifiesto que la mayor parte de las ayudas económicas, enviadas al tercer mundo, se queda en manos de los señores de la guerra, de las mafias que crecen y se reproducen con cada nuevo punto de conflicto y, sin lugar a dudas, en manos de gobernantes corruptos e intermediarios de baja estofa.

Se ha dicho estos días -y así termino esta larga reflexión- que el problema no tiene solución. Ni armada ni pacífica. Yo creo que sí la tiene, que dicha solución pasa por estas tres medidas y, sobre todo, por un plus de coherencia -necesaria más que nunca en nuestros representantes políticos y en el resto de la sociedad libre y pacífica- que nos haga entender que cada vez que nos cortamos las uñas hacemos que las nuevas nazcan más fuertes, nazcan como garras.

Según termino este artículo, los aviones franceses, en coordinación con la aviación de EEUU, de Jordania y de Emiratos Árabes; han bombardeado la ciudad de Raqa, ciudad que ISIS considera la capital de su contingente armado.

La guerra, invisible para Europa, va a tomar cuerpo y sangre. Mi pésame más sentido a todas las familias de las víctimas.

(*) Dado que el programa de TV "La Sexta Noche" tiene una duración muy extensa, no he incluido enlaces al mismo pues me es imposible ir seleccionando cada corte. Si deseáis verlo, está subido a youtube por piezas de 20 minutos aproximados. Sólo con indicar el nombre del programa y la fecha os aparecerán todos los enlaces. 

jueves, 1 de octubre de 2015

HOTEL EDÉN

ILUSTRACIÓN MANUEL F. TORRES



Dios no existía. El “Edén” era una piscina sucia. Nada quedaba de mis ilusiones. El cielo se abría infinito y estéril. Los pájaros sobrevivían graznando óxido y hambruna. Mis amores habían muerto en hospitales vacíos. La soledad siempre crecía cerca. Los niños se perdieron entre ecuaciones y ciencias. El incendio había consumido los tonos verdes del jardín. El hedor manifestaba su quejido. Los muertos manifestaban su muerte. El recuerdo era un puñal, mi calma una losa. Las sirenas callaron varías jornadas atrás. El estúpido sentido de los objetos se desvanecía. Apenas nada resultaba útil. Tan sólo el alcohol que resistía en las despensas ofertaba soluciones. El alcohol que seguía vivo, tan vivo como una silla, como una cama, como un fogón o la madera. Tan vivo como el abrelatas y las conservas. Tan vivo como el vaso, el plato, el tenedor, el cuchillo y la cuchara. Nada más. Nada más. Nada más el resto de mi vida. Y sólo habían transcurrido seis días desde el ataque. Asomado al borde de la azotea observé la oscuridad del mundo y deseé que lanzaran otra. Otra que mandase al cuerno todo cuanto restaba por destruir, yo mismo, el hotel, la isla, los malditos pájaros. Entonces, ante la atracción del abismo, vi la hoguera y, al pie de su resplandor, la figura de una mujer rastreando como un ratoncillo entre los escombros. Cuando logré llegar a su lado, aquella muchacha, sucia y desvalida, ya había encontrado el bote de antidepresivos. No se asustó al descubrirme a su lado. Alzó su mano y me ofreció un buen puñado de píldoras.
¿Cómo te llamas?, pregunté antes de aceptar su oferta.
Eva, me respondió ella con su gran sonrisa de serpiente.
Supe entonces que, al menos, podría descansar el séptimo.

domingo, 5 de julio de 2015

EL PLACER DE LAS MARIPOSAS

AUTOR MANUEL F. TORRES



Las mariposas somos nosotros.

No busquéis un batir de alas en otra especie que no sea la nuestra. Nuestro comportamiento, su acción e inacción, es el verdadero motor del caos humanitario que se extiende a lo largo y ancho de la vida de este planeta único.

Miramos pero no atendemos, asimilamos pero no reaccionamos, acumulamos conocimiento pero no hacemos nada para que lo experimentado genere soluciones. Nos neutralizamos y dejamos que el amplio espectro de la enfermedad se extienda.

En términos generales, nos impregna la realidad cercana, la de nuestra familia y amigos. A un grado de separación más allá, nos interesa y preocupa el funcionamiento de la empresa para la que trabajamos así como la situación laboral de nuestros compañeros y compañeras de trabajo. Con estos últimos podemos tomar un refrigerio, salir una noche o tener concertada la partidita de los viernes, pero poco más. Somos esporádicos en lo que se refiere a ampliar y cuidar la parte más humana de nuestras relaciones diarias porque, a fin de cuentas, bastante tenemos con los contactos emocionales cercanos. Vamos a lo nuestro y todo lo demás es lo que le ocurre al mundo exterior, a una sociedad que, salvo contadas ocasiones, se extiende más allá de la república independiente de nuestra casa. Una sociedad hormiguero a la que negamos el saludo. Salvo si nos encontramos a solas con el tendero chino o, por poner otro caso, con la abuelilla del quinto que siempre se afana con el carrito de la compra y las puertas del ascensor; preferimos pasar por la vida cotidiana de los demás de puntillas y escudados.

Sin duda, esto que digo de nuestro comportamiento habitual, no se da del mismo modo en poblaciones pequeñas. Pero, en el momento que nuestro entorno cobra la apariencia de una ciudad, dejamos a la sociedad masificada de puertas para afuera, como si no existiera, hasta que recibimos en el buzón no el electrónico sino el de metal, ese que tenemos en el portal y que ya apenas sirve para otra cosa que no sea para recibir propaganda─ la carta del banco con el aviso de impago, la noticia que nos informa de la invención de un nuevo impuesto, o el recadito de que debemos volver a remozar la fachada de nuestra vivienda. Sólo en esos momentos creyendo que lo que se nos pide es algo negativo─ tomamos conciencia de que formamos parte de un todo y terminamos preguntándonos qué hace la sociedad por nosotros para que nosotros nos veamos obligados a hacer algo por la sociedad. Le damos la vuelta, en un santiamén, al afamado discurso de J.F.K. aún sin conocerlo. Siendo más claro: no nos cuestionamos qué podemos hacer por nuestro país.

Es natural que esto sea así. Por lo que a mí respecta, la palabra “país” como fuente inspiradora de sentimientos identificativos, me aburre, no me motiva. Si lo pensáis, la propia idiosincrasia del término incluye la diferenciación como principal línea argumental: se es de aquí ─del país que sea─ pero no se es de allá ─de cualquier otro territorio─; los habitantes de este país tienen unas características que no poseen aquellos que son de otro; en este país se habla esta lengua y no otra… pertenecer a un país, en definitiva ─tal y como nos venden la idea─, debe señalar características tan sublimes y distintivas que, por ellas, seamos capaces de jugarnos la vida defendiéndolas. Uno no puede ser patriota si no siente estas diferencias.

Pero, decidme, ¿creéis que estas sencillas particularidades, hoy en día, se le pueden atribuir a la ciudadanía de España, de Francia, de Alemania?...

No. Sabemos que somos mixtura caduca y regenerativa al mismo tiempo; migración genética constante, migración territorial y cultural desde que el hambre es hambre. ¿Qué significa, entonces, ser de un país a estas alturas de la evolución? Es sencillo responder a esta cuestión. Ser de un país significa formar parte de un conjunto humano que acepta una jurisdicción ─autónoma de la de otro conjunto social─ con toda la amplia gama de matices que encierra esta palabra. Con aceptar las leyes comunes, registrarse en el aparato administrativo de la agrupación y reconocer hasta dónde se limita la vigencia de las normas, usted pertenece a un país. Así de fácil. Por comparación y minimización, ser de un país viene a ser lo mismo que pertenecer a una comunidad de vecinos si ésta tuviera una capacidad judicial independiente. Por lo tanto, lejos ya de conciencias patrióticas, un país es un sistema administrativo con fronteras. Ni más ni menos. De ahí que, para mi gusto, la palabra “estado” aglutine mucho mejor este conjunto de características burocráticas. Máxime si, como se ha postulado en Europa desde la constitución de la UE, las fronteras entre los miembros adscritos a dicha unión han desaparecido. Ateniéndonos a esa maravillosa zanahoria que se nos colocó ante el hocico, un ciudadano madrileño, por ejemplo, debería sentirse súbdito del estado español y su sentimiento patriótico (caso que este sentimiento sea necesario) podría fijarlo en Europa. A buen seguro, esto es lo que le ocurre a un neoyorquino, respecto a los EEUU, de la forma más natural.

Pero no, en Europa, no. El sentimiento patriótico del europeo no existe.

Y esto es así porque en Europa tenemos hazañas bélicas que infectan de rencor nuestro ADN desde la antigüedad. Al mismo tiempo, somos artífices de uniones territoriales que fracasaron una y otra vez; tenemos entidades bancarias que nunca partirán de cero ni aun creando bancos centrales, ni aun inventando esa moneda única que debía igualar el estatus económico de cada estado integrante; y, para remate, en la actualidad, tenemos dirigentes que sienten el federalismo como esa comunidad de vecinos a la que antes me refería: con muros invisibles bloque tras bloque, interés económico tras interés bursátil, camuflando las barreras pero manteniéndolas.

Hemos arraigado el lastre. No lo podemos soltar y levantar el vuelo o, mejor dicho, los que pueden hacerlo no saben por dónde empezar. Ninguno de los estamentos que se encargan de gobernar la Unión es consciente de que la escena social pide a gritos que esta forma de interpretar el país europeo cambie; que en Europa ya no se es de ningún sitio en concreto; que toda una generación joven, y todavía amplia, no tiene un idioma sino dos o tres o cuatro; y que esas fronteras que derribó el comercio permitieron, en su caída, que las diferentes culturas traspasaran, se uniesen, tuvieran hijos y, para mejora de esta especie, se mezclasen sin remisión, sin vuelta atrás.

Para colmo de males, en esta nueva intentona de unificación, apareció la crisis económica mundial y a la manta europea se le agrietaron las costuras para mostrar los verdaderos entresijos heredados de aquel Mercado Común Europeo. Descubrimos entonces, asombrados, que los ciudadanos europeos no éramos iguales por mucho que nos hubiésemos mezclado; que nuestros intereses no eran comunes; que tampoco lo eran nuestros derechos societarios y que se nos diferenciaba entre una Europa del Norte y otra del Sur. Una Europa del Norte que había invertido y adquirido bienes y fondos en la Europa del Sur y que, temiendo el descalabro de sus finanzas, reglamentó la devolución de todos los préstamos concedidos recurriendo a pantomimas denominadas rescates. Un remedo de ayuda que no hacía sino condenar a cada estado desfavorecido y con las cuentas bancarias falseadas a hacer reformas de calado en las reglas laborales y de gasto público. Una trampa de usurero que consiste en prestar dinero a esos estados afectados gravemente por los juegos arriesgados de su banca privada para iniciar una recaudación viciosa, in crescendo debido a la carga de intereses elevadísimos, que se podría resumir con esta secuencia interminable: te presto para que me devuelvas tu deuda acumulada mientras los intereses de mi nuevo préstamo hacen tu deuda más grande y te ves obligado a pedir un nuevo "rescate" que ya veré si te concedo, o no, dependiendo de lo que modifiques las políticas de tu país de antes, ese que creías gobernar y cuya potestad sobre el mismo correspondía a sus habitantes. 

Y, así, ad eternum.

Como digo, un ejercicio de condena económica que, de forma indefectible, termina siempre en un desastre humanitario. África, sin ir muy lejos, es un ejemplo claro de lo que han significado históricamente estas prácticas. Un continente entero hundido y sin capacidad para intentar ponerse en pie. Un continente al que miramos pero no atendemos, cuyos descalabros asimilamos pero ante los cuales no reaccionamos salvo que, para salvarnos o para cubrir las apariencias de un expediente, nos contagie su miseria en forma de virus o de patera.

Pero si bien África es la gran historia de lo mal que se pueden hacer las cosas, sean cuales sean, ahora, en Europa, asistimos al desastre griego que tiene el mismo origen corrupto que Portugal y que España después de transiciones mal cerradas y la miramos como si la cosa no fuera con nosotros, como si, de pronto, también hablásemos de África, como si nosotros estuviésemos a salvo. No aportamos soluciones y a todo un pueblo lo convertimos en un número rojo de cuenta bancaria. ¡Qué paguen decimos─ o fuera! ¡Qué acepten y voten sí a Europa, o fuera! ¡Qué se ahoguen en un mar de deudas imposibles de pagar o que se mueran! ¡Todos pagamos! ¡Si ellos no pagan, fuera!

¿Todos pagamos? Espero que nadie se lleve las manos a la cabeza ante lo que voy a decir pero la realidad es que, en este planeta tan esférico, ningún estado paga sus deudas. Paga el recibo del trimestre pero nunca se cubre la deuda entera. Es el principio básico de lo que conocemos como el mercado de deuda externa. El país que adquiere deuda de otro país sabe que ésta no se liquidará jamás y en eso consiste el negocio redondo, en los intereses y en la posibilidad de revender esa deuda a terceros, según cotizaciones, cuando merezca la pena. Salvo una excepción, la que ocupa a la Europa del Norte respecto a la Europa del Sur: la ejecución de esa deuda cuando los mercados de inversión autóctona están en serio peligro de colapso. Es entonces cuando se obliga al pago integral de la deuda a sabiendas de que éste no podrá realizarse. En ese momento el negocio se vuelve despiadado, el negocio se convierte en un puñal en la garganta, el negocio mata pero, antes de hacerlo, te desangra.

Y de este modo, en Europa, comenzamos a batir nuestras alas de mariposa e iniciamos una guerra encubierta, un conflicto armado donde ya no se utilizan tanques, cañones y tropa (eso lo dejamos para el tercer mundo); se utiliza la macroeconomía.

En el diario InfoLibre, afirma mi admirado Ramón Lobo, en un artículo reciente sobre el interrogante que ha abierto esta nueva fase de la crisis griega; que “se sabe cómo comienzan las guerras, pero no cómo terminan”. Para mi humilde entender, este enunciado es erróneo. En realidad, ni siquiera nos planteamos cómo comienzan las guerras pero sí sabemos cómo terminan. Nos trae sin cuidado, por decirlo de otro modo, cuál es el origen de nuestro problema y, por eso, aun conociendo el resultado final inexorable, repetimos sistemas.

Me explico:

Todos incluso los niños sabemos cómo iniciar una guerra. Es sencillo. Uno tan sólo debe apostar por atacar cuando encuentra oposición a la consecución de sus deseos, estén justificados o no. Agredir sin atender a cualquier tipo de diálogo, de negociación o de trato. Se acomete, se inicia un conflicto y se vence o se pierde. La historia reciente está repleta de ejemplos que dan testimonio de este proceso simplificado. Ahora bien, esto que expongo en realidad no atiende al "cómo" se genera la chispa del conflicto, sino al "qué". ¿Y qué es necesario para que surja ese fogonazo violento? En resumidas cuentas, esto: que tú tengas algo que yo deseo y que yo no atienda a razones.

Prosigo.

Todo conflicto armado mantiene en su historial miles de pequeñas causas y, en diferente grado, decenas de motivos enormes que van marcando su camino como si de un puñado de mechas encendidas se tratara. La tendencia cuasi irremediable de todas ellas consiste en lograr que se prenda la mascletá y que todo salte por los aires. Da igual que sólo una cumpla su misión o que la cumplan todas. El efecto sigue siendo la explosión final. Si quisiéramos culpar del origen de las hostilidades a la existencia de esas mechas, pronto caeríamos en la serie de acontecimientos: alguien tuvo que poner las mechas, alguien dio la orden de que fueran puestas y, así, llegaríamos hasta la prehistoria para constatar que estaríamos dando respuesta al "cuándo". Como si de la escena inicial de "2001, Odisea Espacial" se tratase, veríamos a un homínido utilizando una herramienta para matar y encender las mechas de esa mascletá degenerativa que es la violencia.

Pero la cuestión del "cómo" sigue sin revelarse. ¿Cómo movimos las alas para provocar el caos? ¿Cómo hemos llegado a esto?

Cada vez que alguien, al contemplar los resultados de una catástrofe bélica, se hace esa pregunta, debe buscar y encontrar su propia voz interna; una voz que ocultamos en lo más recóndito de nuestro espíritu milenario; una voz que al ser hallada nos susurrará: 

“Hemos llegado a esa situación buscando nuestras dosis, individuales pero diferenciadas, del placer que proporciona la victoria”.

Así es como movemos esas alas terribles, buscando la satisfacción de nuestras ansias primarias: vencer, someter, acumular, ampliar… Nos comportamos como el macho alfa de una manada de gorilas aunque nos jactemos de haber dejado la selva. Vencemos a nuestros rivales, los sometemos, acumulamos hembras con las que procrear y aumentamos nuestra expansión. Cuando lo logramos nos subimos al Empire State y, con el pecho henchido del placer obtenido, nos lo golpeamos a modo de tamtam para que todos sepan cuán satisfechos nos sentimos con la victoria. Así es como enseñamos y transmitimos la experiencia placentera, así es como nos imita nuestra comunidad de vecinos, así es como el placer animal se convierte en una necesidad colectiva, en una necesidad de tribu, de clan, de pueblo, de país, de continente, de masa alienada y, finalmente, de ejército atacante. Si, por el contrario, enseñásemos y transmitiésemos el placer que proporciona la solidaridad, la cosa cambiaría de forma radical.

Termino.

Cuando las tropas aliadas, durante la Segunda Guerra Mundial, descubrieron el campo de concentración alemán de Dachau, horrorizados se hicieron esa misma pregunta: ¿Cómo había sido posible todo aquello? ¿Cómo se habían llevado a cabo en aquel campo, durante un periodo de dos largos años,  más de 70.000 asesinatos e incineraciones sin que nadie hubiese intentado detener el horror? ¿Cómo, ante el evidente hedor a muerte y a carne chamuscada, ninguno de los habitantes del pueblo cercano ─del mismo nombre que el campo de extermino─ había tomado partido para organizar a los vecinos y detener la masacre?

La tropas estadounidenses, a modo de escarnio, obligaron a los habitantes del pueblo a entrar en el campo, a comprobar la realidad del horror nazi y concluyeron esa misión haciéndoles las mismas preguntas que todos ellos se planteaban. La inmensa mayoría contestó que no eran conscientes de que aquello hubiera estado sucediendo…

Pues así es, para quien tenga dudas, como terminan las guerras: con gente con mariposas que, tras mover las alas por mero placer, por sueños de prosperidad y dominio, sin importarles el conocimiento real del desastre que avecinan, declaran, cuando todo se detiene, que no tenían ni idea de que tanto horror estuviera sucediendo ante sus narices y su mirada obtusa.

Hoy, el nuevo campo de concentración es Grecia. Ya lo estamos alambrando, ya construimos crematorios en su interior sin apenas importarnos pese a que, esta vez, ninguno de nosotros podrá decir, jamás, que no sabía cómo termina una guerra y cómo no se deben mover las alas..


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