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lunes, 25 de enero de 2021

LO OBJETIVO, LO SUBJETIVO Y PABLO IGLESIAS








Con la venia, señorías:

Por medio del presente artículo, que adquirirá formulas propias de un alegato de defensa, expongo mi argumentación con la que pretendo confirmar que Pablo Iglesias contestó de forma exacta, y acertada, a la pregunta que realizara el periodista conocido como "Gonzo" en su entrevista del pasado 17 de enero de 2021 para el programa “Salvados”, programa que emite el canal de televisión "La Sexta" propiedad del grupo de comunicación Atresmedia. Más en concreto, defenderé una de las respuestas que supuso el colofón a la breve serie de cuestiones con las que el periodista solicitó al vicepresidente del gobierno que explicase la diferencia entre la calificación de “rey huido” (con referencia al caso por el que el rey emérito Juan Carlos I marchó de España cuando se descubrieron varias irregularidades fiscales, de todo tipo y cuantía, para trasladar su residencia al extranjero pese a que ni la justicia española ni el gobierno español han presentado denuncia contra él); y la definición de un “político exiliado” (con referencia a la situación que mantiene a día de hoy Carles Puigdemont, huido de la justicia española pero puesto en libertad bajo fianza por el tribunal alemán de "Scheleswing-Holstein que desestimó el delito de rebelión y no apreció la consumación del delito de alta traición en virtud de la legislación alemana"). Contestada esta primera pregunta y explicada la diferencia entre la situación y calificación de los dos personajes, a juicio de Pablo Iglesias; el periodista pasó, de inmediato, a una nueva cuestión cuya respuesta futura requería, antes de cualquier matiz y en contraste con la primera, de un "sí" o de un "no" o, de forma improbable, de un "no lo sé" o un "no responderé a su pregunta". Como si fuera el tipo de interrogatorio utilizado de forma común en un juicio, "Gonzo" solicitó al vicepresidente que estableciese si, para él, se podía equiparar como exiliado al citado Carles Puigdemont con los republicanos españoles que sufrieron exilio tras el golpe de estado del Gral. Francisco Franco.

Toda mi defensa se ceñirá a la situación que acabo de describir.

Bien. Para mi alegato recurriré a las siguientes premisas que argumentaré, una tras otra, dentro de cada apartado o en los consiguientes:

a/ El exilio republicano español se dio en todos los sectores laborales, clases sociales y líneas generacionales. Esto no implica que dichos sectores, clases y generaciones sufrieran el mismo destino lesivo. De hecho, y por citar un simple ejemplo, la clase política más reconocible y recordable del gobierno de la República logra “recomponerse” en distintos destinos (París, URSS, Checoslovaquia, México…) y no sufre la misma cantidad de penalidades que padece la amplia mayoría durante la expatriación forzada.

Por consiguiente:

b/ Esgrimir que el exilio republicano no es comparable a cualquier otro exilio por existir diferencias entre lo bélico y lo político, o por lo dañino o menos dañino para la persona exiliada (punto C de esta enumeración), implica categorizar los exilios más allá de las propias categorías existentes.

A saber:

Por un lado, se encuentra la clasificación que atiende al tipo de persecución de la cual se es víctima. Gracias a esta clasificación se establece la categoría política (persecución por motivos ideológicos), la cultural (persecución religiosa) y la militar (conflicto bélico).

Por otro lado, también existe la clasificación que depende del territorio donde obra esa defensa que es el exilio ante la persecución o la represalia. Esta clasificación incluye el “exilio exterior” y el “exilio interior” y establece diferenciación categórica debido a que toda aquella persona inhabilitada para ejercer su oficio u opinión, en su patria, por causa de estar implantado en ella un régimen totalitario, y pudiendo recibir penas de cárcel o muerte caso de incumplir la prohibición establecida; padece también la exclusión que se soporta en todo exilio sin que por ello se deba dar la pauta de la expatriación.

Estas posibilidades de clasificación comparten muchísimos nexos y, pese a ser en la bélica y en la que generan los regímenes autoritarios donde se da lo peor de ellas (y donde se aglutina en las personas la totalidad de los efectos nocivos del exilio) resultaría inmoral ponerlas en una balanza para intentar descubrir qué tipo de causa de exilio supera en grado a otra. Entendamos, como ya he apuntado, que el exilio no es un crimen sino una defensa, y flaco favor haríamos a quien protege sus derechos y su vida si graduásemos las defensas tal y como debemos graduar, y graduamos, lo pernicioso y el dolo de los crímenes que se cometen o se intentan cometer.

c/ Lo recalco: establecer una comparativa del dolor sufrido no puede suponer un elemento diferenciador para considerar la condición de exiliado. Y dicho esto, se puede establecer, en términos objetivos, que el exiliado es lo que su definición académica y el ámbito del derecho establece:

Exiliado: “Expatriado, generalmente por motivos políticos”.

No hay ni más ni menos, se es o no se es y el término no atiende a la graduación pese a estar dividido en categorías que no predominan unas sobre otras. Porque el exilio, pese a dar la oportunidad de sobrevivir a quien lo emplea, no sana el dolor sino que evita un dolor mayor. Lo peor y lo menos malo del exilio siempre entra en ese terreno, el de la subjetividad cualitativa y cuantitativa y lo hace porque el sufrimiento, como señal de los sentidos y como aspecto psicológico de los sentimientos, también es subjetivo. Ninguna persona padece del mismo modo por la misma causa.

El grado de dolor, por tanto, no elimina la condición de exilado a nadie. No podemos caer en la trampa, en el falso discurso, que, tal y como está ocurriendo tras las declaraciones de Pablo Iglesias, pretende expresar lo siguiente: “si en el el exilio no lo pasas muy mal, exageradamente mal, no eres exilado o eres exiliado, pero poco”.

Este enunciado ridículo refleja el gran efecto colateral de lo expresado por el vicepresidente y se emplea de forma constante con cientos de condicionantes que nos califican y a los que no damos importancia por no estar bañados con esas emociones que son el dolor, la añoranza y, en consecuencia, la tristeza por lo ocurrido a las personas y al propio concepto de la justicia. Estudios, trabajo, cualificación, procedencia… Un estudiante de medicina es tan estudiante como uno de educación física, un ingeniero es tan trabajador como un barrendero, un sobresaliente cum laude es una calificación del mismo modo que lo es un suspenso y quienes nacen en Extremadura son tan españoles como quienes nacen en Cataluña o en Ceuta. ¿Por qué? Porque estamos tratando de conjuntos y no de otra cosa. Gracias a ellos, a los conjuntos, seleccionamos, diferenciamos y, con solo echar un vistazo a la incesante campaña crítica originada tras la pregunta comparativa de Gonzo, caemos en trampas dialécticas. Me explico: si el periodista hubiese formulado la comparación sin buscar la celada mediática, los términos de su cuestión deberían haber sido los siguientes:

“¿Considera usted que Puigdemont padece las mismas penurias que sufrió el gran grueso de la población exilada debido al golpe de estado franquista?”

Así de sencillo. Si la cuestión hubiese sido ésta, la respuesta de Pablo Iglesias, y la de cualquier persona con un mínimo de conocimiento sobre la historia del exilio republicano español, hubiese sido “no”.

De este modo funcionan los conjuntos; cuantos más matices añadimos a la hora de crearlos, más selectos los hacemos, más los diferenciamos y menor es nuestra posibilidad de convertirlos en algo ambiguo. En contraposición, si los generalizamos, perdemos la especificidad, esa capacidad de ser más específicos de forma progresiva.

Al margen de esta obviedad, no podemos incurrir en esa trampa falaz porque tras ella se encuentran otros discursos semejantes a los que, imbuidos de sentimientos y no de razonamientos, abrimos amplias puertas y damos paso a discursos demagógicos (algunos ya instalados en la mentalidad colectiva) que, por poner un ejemplo conocido, aseguran que no se puede vivir con holgura siendo de izquierdas; que solo el pobre puede entender al pobre, que si el pobre escapa de la pobreza olvida su anterior condición y lucha, y que en definitiva, por emplear la misma argucia que el periodista "Gonzo", alguien con un buen sueldo no puede tener el mismo pensamiento progresista o ser tan de izquierdas como alguien con un mal sueldo.

Metodología que simula lógica, pero que solo es un trampantojo argumental.

Porque todos estos alegatos se formulan gracias al mismo artificio dialéctico de la comparativa simple, esa que pide que se determine, con un sí o con un no, si es lo mismo un gato que un león. Cuestión ésta que un personaje político de alta responsabilidad, caso de plantearse en una entrevista improbable, no debería resolver con semejante simplicidad -la del sí o el no- porque al hacerlo metería el pie en todos los cepos posibles tal y como le ha ocurrido al líder de Unidas Podemos.

d/ Por último, recordemos, y esto es importante, que una ley puede quedar establecida y no por ello ser justa desde el punto de vista ético o no atenerse a derecho en diferentes tribunales de orden superior. De hecho, y ya que estamos dando saltos en el tiempo, ¿cuántas leyes franquistas se debieron incumplir?... Hago esta pregunta retórica por no recurrir al ejemplo nazi (el más aciago de la historia de la humanidad) y a las sentencias de Núremberg que mandaban al traste toda aquella argumentación falaz de la “obediencia debida” a la que se agarraba la defensa de los jueces nazis. El principio que anulaba tal patraña es sencillo: la ética del ser humano debe prevalecer, y prevalece, sobre la redacción, imposición y aceptación de la ley. Porque sí existe algo que se sitúa por encima de las leyes concebidas por la humanidad: la diferenciación ancestral entre el bien y el mal de donde emana el propio concepto de justicia.

Llegamos de este modo al campo más peligroso de todos:

Carles Puigdemont en el ámbito de la justicia española (la cual, como sabemos, aún sigue sin renovar el más alto organismo de los jueces debido a causas que desvelan la motivación política sesgada que la corrompe de forma absoluta) es calificado como prófugo y pesa sobre él orden de detención y entrega, una especie de búsqueda y captura, aunque no es necesario buscarle pues todo el mundo sabe dónde reside: en la localidad belga de Waterloo, fuera de España y fuera de Cataluña, la que él considera su única patria.

Ya de arrancada, que se conozca hasta la dirección de su vivienda actual y que aún así no sea detenido por la justicia española, la cual, en el sumun del despropósito, retiró la única denuncia por la que el tribunal alemán había admitido la extradición de Puigdemont (la de malversación de fondos); debería situarnos en el contexto de la realidad, el que es y no el que tanta gente desea que sea. ¿Por qué se da esta situación tan llamativa? ¿por qué no se presentan unas personas uniformadas mostrando papeles, órdenes y sentencias de los juzgados españoles y lo detienen? Como de costumbre, la respuesta más sencilla acude para solucionar estas cuestiones: porque no pueden. Y no pueden porque existe un tribunal europeo que mantiene que lo dictaminado por el sistema judicial español en lo que toca a las acusaciones a Carles Puigdemont por delitos gravísimos como el de rebelión y el de traición, no se sostienen en el ámbito legal europeo. Y, pese a esto, el político catalán no puede regresar a su país, o a su patria, o a su hogar, o a su trabajo, o al desempeño de sus funciones intelectuales porque sería detenido y encarcelado del mismo modo que detenidos y encarcelados se encuentran los conocidos como “presos del procés” desde hace años.

Imagino que, a estas alturas, ya no es necesario que recuerde las claves que definen como exiliado a un individuo… Son las mismas que se deben aplicar al antiguo presidente catalán sin lugar posible a la duda. Por lo tanto, y de forma categórica, Pablo Iglesias acertó al equiparar al exiliado Puigdemont y a los exiliados republicanos españoles en la entrevista que concedió al programa "Salvados". No solo acertó Pablo Iglesias, acierta la lógica, la teoría de conjuntos, la RAE y, por supuesto, la Declaración Universal de los Derechos Humanos en sus definiciones de cada categoría de exilio...

Señorías, ya concluyo, pero antes quisiera recordar a los presentes, antes de abandonar la sala, la variable tipificada como “exilio interior” que he comentado con anterioridad. Es imprescindible que no olvidemos que esa triste realidad también existió tras la victoria de los golpistas en España: el exilio republicano español no solo se vivió fuera, también se vivió dentro; y si tuviésemos la tentación de volver a valorar penalidades, tristezas y todo tipo de injusticias criminales llevadas a cabo en España durante un cómputo de cuarenta años, quizá muchas personas que se han sentido agraviadas por la afirmación de Pablo Iglesias volverían a coserse las vestiduras.

domingo, 6 de septiembre de 2015

MATICES



MATIZ


MATIZ 01
Tengo un grave dilema: quiero a Europa pero no quiero esta Europa.

MATIZ 02
Lo que sigue es el camino. La vida o permanece eterna en el horizonte o pasa contraria al sentido de nuestro viaje. 

MATIZ 03
Una cosa es la memoria y otra muy diferente es el recuerdo: la memoria puede perderse por accidente, enfermedad o deseo político. El recuerdo, aún cuando no lo deseemos, aún cuando lo arrojemos a hogueras o pretendamos evitarlo, aún cuando no existamos… permanece.

MATIZ 04
Es necesario diferenciar lo legal de lo justo. El comportamiento legal obedece a lo que se te permite hacer pese a quien le pese. Por contra, el comportamiento justo atiende a lo que puedes hacer para que tus actos no le pesen a nadie.

MATIZ 05
No es lo mismo un inepto que un inútil. 

El inepto suele ser un tipo apto para una serie de labores que no desarrolla porque ocupa un cargo para el que no se ha preparado. El inútil, por otro lado, no es apto para tarea alguna y en todas ellas fracasa. 

El inepto, que no tiene nada de tonto salvo la cara, suele colocar bajo su mando directo a un grupo reducido de inútiles. A su vez, un poco más abajo en el escalafón, sitúa a un numeroso equipo de personal cualificado y mal remunerado. El objetivo del inepto, con esta táctica, es camuflar sus múltiples incapacidades y apuntarse como tantos propios las soluciones que los útiles dieron a los errores de los inútiles. 

Además, gracias a este método, mantiene la cadena de mando, asegura su liderazgo sobre los inútiles
-que lo adoran pues, pese a sus resultados catastróficos, conservan sus cargos- y, al mismo tiempo, como efecto colateral, el equipo capacitado que observa todo esto desde muy abajo llega a la conclusión lógica de que el inepto debe ser la leche en verso si es capaz de mantenerse en pie con el apoyo de tanto inútil.

Y así nos va y nos irá hasta que los capacitados ocupen el puesto de los ineptos, éstos ocupen los puestos para los que se prepararon y los inútiles comiencen a estudiar el motivo de tanto desastre como generan, amén

MATIZ 06
La gente tiende a creer que los bancos se comportan como la mafia sin percatarse de que los empleados de banca no llevan armas y, aún así, logran sacarte tu dinero para hacer con él lo que les viene en gana.

MATIZ 07
Decía ese rufián que todos conocemos como "El bigotes", en una grabación de los tiempos gurtelianos, que "Mariano Rajoy es un gilipollas y un mierda" (sic).

Ante estas afirmaciones subjetivas, la mayoría de los comentarios que he leído en las redes coinciden en el punto de lamentar que un estafador de esta calaña (como en los tiempos de Franco hay en España profusión de calañas de estafadores) expresara sobre el presidente del país lo que pensamos muchísimos, incluso dentro de su entorno más cercano.

Y es aquí donde debo hacer un apunte y matizar la reacción generalizada:

Que la mafia corruptora organizada de España piense en estos términos de Mariano Rajoy
-que ha llegado a ser presidente del gobierno gracias a las financiaciones ilegales de estas tramas-, no implica que Mariano Rajoy sea bueno porque los malos lo ponen a parir. 

Todo lo contrario.

La cuestión es que también las personas "normales" (así definió nuestro presidente a las personas que están conformes con las medidas que dictan los barones del PP) y las que no somos normales porque estamos radicalmente en contra de todas esas medidas; pensamos lo mismo que los mafiosos sin pertenecer al grupo de los corruptores. En ese conjunto no militamos ni los "normales" ni los no "normales".

De este modo, se amplifica la percepción que tiene la sociedad Española del hombre que la gobierna sin que nada tengan que ver los malos con los buenos y sin que, Don Mariano, se beneficie de ese juicio taurino que es la "división de opiniones". Dicha división no neutraliza, no lo sitúa en medio del bien y del mal.

Como decía un chiste antiguo -que aún se puede contar pese a que se entiende dentro de un espectáculo de maltrato animal legal-, al terminar un torero la faena le preguntaron cómo había ido la cosa y él contestó: "Ha habido división de opiniones, unos se han cagado en mi madre y otros en mi padre".

¡Vamos, que todos de acuerdo pero por distinto motivo! 

Pues eso, Sr. Rajoy, que media España está con "El bigotes" cuando utiliza el término "gilipollas" contra usted y, otra media, también está con el mismo sinvergüenza cuando le llama "mierda" pese a que, afortunadamente, la mayoría de "normales" y no "normales" no pertenecemos al conjunto de los corruptores.

La otra fortuna que tenemos, unos y otros, es que este comentario ha salido de la boca de un tipo que ya está imputado y acusado (aunque no preso) y que, gracias a este factor, podemos parafrasearlo sin temer que la ley mordaza caiga sobre nosotros para multar que pensemos lo que pensamos.

MATIZ 08
Anoche, en un reportaje de promoción de un programa de humor, escuché una frase de mi admiradísimo Faemino, (con el que compartí uno de los viajes más absurdos y divertidos de mi vida y de ahí el superlativo) que me dejó pensando durante un buen rato.

Como no sé si la frase es suya o estaba citando a alguien, no me he atrevido a hacer un meme con ella pero, a mi entender, se lo merece.

Decía así más o menos:

"Ahora hay más cómicos que policías y no sé qué es más peligroso" 

Rajoy, su gobierno y su partido, puede que no sepan tampoco quiénes son más peligrosos pero tienen una idea clara de quiénes hacen más libres a los ciudadanos. De ahí que contra el humor y la crítica, entre otras cosas, aumenten los poderes de la policía.

MATIZ 09
Parecíamos tímidos y, que yo recuerde, la mayoría de las veces huíamos de las cámaras. Salvo la muchachada, que se tomaba el asunto de salir en la tele como algo necesario una vez en la vida, los adultos poníamos las manos delante del objetivo o, incluso, nos cabreábamos con el pobre operador de cámara si veíamos que nos robaba planos para cubrir su reportaje. "A mí no me saques", era la frase natural de gente que no tenía motivo alguno para ocultarse.

Más o menos la cosa era así no hace mucho hasta que, un buen o mal día, todo bicho viviente se hizo con un móvil con cámara y, por otro lado, la web creó esa macro televisión de la chorrada, la información, la desinformación y la genialidad.

Y las costumbres y el pudor dieron un vuelco.

Lo que más cambió cuando se produjo esa confluencia de cámaras y reproductores múltiples, globales, fue el mundo del espectáculo y el entretenimiento. Lo hizo hasta límites insospechados puesto que convirtió el planeta en un inmenso plató sin la necesidad de la macro superficie que hubiese sido necesaria años atrás, cuando Peter Weir planteó una posibilidad similar en "El Show deTruman" (cuidado que no quiero dar ideas a los productores de realitys). Pues bien, como en medio de este inmenso plató estamos todos nosotros y ya no nos podemos esconder, esta nueva concepción logró cambiar también el escrúpulo de la gente, su vergüenza ante los demás, su intimidad incluso, y nos convirtió a todos en actores. El espectáculo se sacaba de la arena y se buscaba en los asientos del coliseo.

Mostrarnos tal y como somos o como nos gustaría ser se ha convertido en el deporte por excelencia. Al principio había cierta intención de llegar a ser "virales", hacernos famosos en plan la chica de "la he liado parda" o el cocinero aquel que inventó la cocina desastre o el "Contigo no bicho" de mi amigo Carlos; pero ahora la gente sube su imagen a youtube o Facebook aunque se esté sacando un moco o depilando una axila -en el peor de los casos- o -en el mejor-, si lo que está ocurriendo ante sus ojos cree que merece la pena que alguien lo vea, aunque sean cuatro gatos o su prima del pueblo. Ha dejado de tener tanta importancia el share o el número de visitas y la ha cobrado la conversación on-line con cientos de personas (desconocidas en muchos casos) que origina la imagen subida: el tema de la conversación. 

Las redes sociales lo han hecho posible.

Pero, ante todo, se acabó la vergüenza. Nos sentimos bien mostrando las cosas que somos capaces de hacer; nos divertimos mostrando cómo nos divertimos o, mejor dicho, cómo vivimos. Sin darnos cuenta, entre tanto vídeo de gatito, burrada en la oficina, protesta laboral, publicidad, programas, trompazos, declaraciones, documentos perdidos que alguien rescata y críticas al gobierno, al chorizo y al banquero de turno; nos estamos haciendo el selfie más completo que se pueda hacer, y no son nuestras caras las que salen en la foto (que también), es nuestra psique.

Así, a tiro fácil, sin ser psicólogo ni psicoanalista, mirando esta actitud y meditando sobre ella, soy capaz de diagnosticar que en esta sociedad lo que más nos gusta es el circo pero (aún sin saberlo ni reconocerlo) lo que siempre nos apetece es el destape. Si se nos da una oportunidad, nos desnudamos, nos mostramos a cachete limpio y perdemos los complejos como quien se quita piedras del riñón. Y ese mostrarnos en cueros logrará que, en poco tiempo, dejemos de mirar, alucinados, los sucesos comunes que no tienen importancia aparezcan culos, penes, tetas o jackass. En esto de las novedades y las aperturas siempre aparecen espíritus con las caras de Ozores, Esteso y Pajares y, tras ellos, aparece esa maravilla que es la normalidad de sentirse libre para hacer y decir lo que uno desee y piense.

Eso sí, en lo que toca a España, este efecto volverá a ocurrirnos siempre y cuando seamos capaces de quitarnos la mordaza. Que ese otro destape hay que exigirlo a gritos.

MATIZ 10
Todos/as la hemos visto y nos hemos horrorizado con ella.
 
La foto de Aylan no es sólo la foto de una tragedia, de otro ahogamiento africano, de otro ébola, de otra hambruna, de otra guerra en continentes que arrasamos, de otro oriente que "pacificamos", de otro muro que reconstruimos, de otra política permisiva con los excesos de unos pocos y crítica con las carencias de la mayoría.

No.

La foto del niño Aylan contiene dos imágenes. Es nuestra foto, la de este otro planeta nuestro, la de este complejo hotelero de primera línea de playa -si lo pensamos el primer mundo no es otra cosa- con vistas a un mar que nos da este "chapuzón" de realidad mientras luchamos para que nada ni nadie nos fastidie las vacaciones.

La imagen terrible es de Aylan, la imagen vergonzante es la nuestra.





martes, 2 de diciembre de 2014

ZETA

Fotografía: Isabel Ruiz

Ocurrió en este tiempo que, sin que nadie siguiera sus pasos, sin que lo acompañara escolta alguna y sin recurrir al coche oficial ni a su conductor habitual; Abel Granado viajó al barrio de Hortaleza que se encuentra al este de Madrid.

Aprovechando que era el día del Señor, que su mujer y sus hijos tal como exigían las escrituras del partido iban a ocupar gran parte de la mañana en rendir cuentas de sus actos al Hacedor, y aprovechando, también, que había inventado excusa y coartada que le permitiera ausentarse de los preceptos familiares y devotos; Abel Granado dispuso de ropas de abrigo, de un impermeable y del sombrero tirolés que solía utilizar en las monterías para, ataviado de semejante guisa, salir al azar de la calle en busca de un taxi.

3
Era fría la mañana y ya se anunciaba la llegada del invierno en sus brumas y en su contaminación de chimenea. El sol resplandecía y vio Abel que eso era bueno. Cambió sus gafas de ver que lo convertían en una persona reconocible entre los hombres comunes por unas de sol igualmente graduadas que lo transformaban, según su parecer, en un ser anónimo.

4
Largo era el recorrido que distaba entre su finca y el barrio de Hortaleza en el cual desarrollara sus primeros estudios, sus primeras amistades, sus primeros amores, sus primeros empleos y, de la mano de estos últimos, sus primeros secretos. Temiendo que alguien pudiera dar con él mientras se encontraba en el vehículo, decidió apagar los dos teléfonos móviles que poseía: el oficial y el personal. Por mera prudencia evitó hablar con el conductor y se enfrascó en la lectura de los periódicos que habían publicado sus enemigos.

5
Sintió alivio Abel y ensalzó a Dios por sus obras cuando descubrió que nada se decía en aquellos textos de los pecados que había cometido. El Altísimo le concedía el tiempo necesario para enmendar tanta fatalidad como estaba por acaecer y, en esto, notó Abel cómo su alma se elevaba y aclaraba sus pensamientos. Debía actuar con suma rapidez pues el mal no atiende al tiempo de los hombres y, al no saber de sus justicias, actúa más raudo.

6
Abandonó el taxista la senda que Abel hubiese preferido. Fue de este modo, por seguir camino más largo pero carente de semáforos, que dejó atrás la M-30 para coger la Nacional II. A derecha e izquierda pudo contemplar Abel en qué habían dado fruto sus actos. Templos al descanso, a las reuniones de negocios y al comercio del futuro, crecían y se multiplicaban. Entonces, entendiendo que todo ello era positivo, se dijo Abel que si también en todo ello había tomado parte su mano, su mano había de ser buena y buena había de ser su herramienta.

7
Llegó Abel a la dirección señalada pero, lejos de apearse del vehículo, solicitó al conductor que continuase unas manzanas más allá. Hecho esto, pagó la carrera, no dejó propina que pudiera ser recordada y, sin despedirse, se plantó en la acera que antaño recorriera en tantas ocasiones. Descubrió Abel que nada había cambiado en aquella zona del barrio. Su recuerdo de infancia y adolescencia, como una transparencia, se podía superponer sobre la imagen que le mostraba la calle sin que se diera distorsión alguna entre una y otra. Tan sólo los numerosos carteles de SE VENDE PISO o de LIQUIDACIÓN POR CESE DE NEGOCIO, daban un toque de color y desentonaban entre el pasado recordado y el presente inmediato de la mirada.

8
Tembló el pulso de Abel cuando golpeó con el puño en la puerta metálica del almacén de Zeta que, a buen seguro, seguiría siendo también su vivienda y oficina. Escuchó cómo, desde el otro lado, unos pasos cansinos se acercaban y cómo, tras cierto forcejeo de cerrojos y llaves, la puerta de chapa galvanizada terminaba por ceder y se abría.

9
Se le apareció a Abel una muchacha que no debía tener más que los años permitidos para ser mayor de edad. Distinguió el hombre en las inmaculadas facciones de la joven las marcas del sueño y tentada y oculta la mirada del varón tras las gafas de sol, recorrió el cuerpo de ella apreciando en él todos sus atributos sexuales. Cintura arriba, los pechos se desataban tras una camiseta de manga larga, masculina, amplia y desgastada, que proyectaba la imaginación del cuerpo desnudo de la hembra. Cintura abajo, las largas piernas, los fuertes muslos y las recientes nalgas; se ajustaban a unas mallas con dibujos de la Disney en posiciones sugerentes. Negro y espinado era el cabello, negros sus amplios ojos y sus finas cejas; breve la nariz y la boca; breve era el mentón que, pese a la palidez de las mejillas, endulzaba su cara.

10
Zeta te está esperando dijo la muchacha con voz ronca y somnolienta─. Está en el salón. Entra y cierra con fuerza tras de ti ─concluyó con cierta desgana mientras Abel, transpuesto por la inesperada presencia de la joven, buscaba un lugar limpio donde dejar el sombrero tirolés que, de pronto, se le antojó ridículo.

11
Siguió Abel a la muchacha en silencio mientras se cuestionaba cómo habían sabido en el interior quién era el que llamaba. Sin duda, Zeta había instalado un circuito cerrado de televisión. Se dijo Abel que no debía olvidar ese detalle para que, antes de dar por terminada la reunión, pudiera solicitar a su antiguo socio que borrase el instante preciso de su llegada. En ningún lugar, bajo ningún pretexto, debía existir constancia del encuentro de ambos.

12
Vio también Abel, en la presencia de aquella muchacha, un problema añadido.

13
Atravesaron los dos una oficina de muebles desvencijados. Abrió la mujer una nueva puerta y pasaron a un almacén donde se amontonaban cientos de electrodomésticos que el polvo acumulado matizaba con años de inmovilidad y desuso.

14
Llegaron así a otra estancia que Abel reconoció inmediatamente del mismo modo que había reconocido el camino anterior. Como ya le ocurriera con las calles del viejo barrio, todo cuanto veía parecía suspendido en el tiempo. Cada elemento, cada mesa de la oficina, cada televisor del almacén y, ahora, cada desorden del salón ─verdadero  centro neurálgico de toda la actividad de Zeta, coincidía punto por punto con cada uno de los recuerdos que Abel conservaba de aquella etapa de su vida.

15
Y sentado en un sillón se encontraba Zeta; y frente a él, en blanco y negro, una pantalla de plasma desgranaba imágenes de apocalipsis mundiales; y en el centro de la sala una mesa baja y alargada soportaba los restos de cientos de reuniones anteriores, de cientos de charlas interminables e inútiles, de vasos vacíos y resecos, de vasos medio llenos y sucios, de recipientes repletos de pavas, de cenizas de otras cenizas, de filtros deshilados y cigarrillos rotos; y entre todo ello el plástico de los CDs y sus portadas obsoletas; y sobre todo ello el polvo de coca despreciado tras mil alineaciones; y como encuadrado, como si la miscelánea y el sino de aquellos objetos se hubiesen empeñado en enmarcar una imagen bajo todo ello resplandecía un retrato de Zeta dibujado a lápiz. Transfigurado, el mismo Zeta que aparecía en el dibujo ocupaba una posición idéntica; la misma postura, mando a distancia en mano, que el Zeta que veía en ese preciso instante Abel Granado. Y todo en él dibujo y en la persona eran reflejo ingrávido, eterno por los siglos de los siglos, opulento en el vientre y en las carnes, fatigado y triste en el aliento, rasurado y apático en el aspecto, violento y grosero en el gesto. Zeta como era de niño, como era de joven, como era en ese momento y como sería siempre.

16
Habló entonces Zeta y su voz cavernosa inundo la sala:

17
─¿Te fijas en el retrato que me ha hecho la niña? Tengo una hija que es una artista… ─a lo que añadió─ Algún día pintará cuadros que costarán millones. El año que viene empezará la carrera de bellas artes pero antes debe subsanar un pecadillo pendiente. ¿Deseas que Judith te agasaje haciéndote un dibujo?
─Tengo que hablar contigo a solas ─respondió Abel viendo que la muchacha tomaba asiento en otro sillón y se hacía con un bloc y un lápiz.
─Nada se dice aquí que ella no pueda escuchar ─replicó Zeta─ pero si mi hermano cree que lo que tiene que contarme no debe ser oído por nadie, ni siquiera por la sangre de mi sangre, quizá será mejor que mi hermano no diga nada.
─No soy tu hermano, esta chica no puede ser hija tuya pues su belleza nunca apareció en tus genes, y lo que vengo a hablar contigo debe quedar entre tú y yo. Dile a la muchacha que se vaya.

18
Con un esfuerzo quejumbroso, Zeta dio orden a la joven para que hiciera lo que Abel imponía. Ella accedió sin pronunciar palabra, cogió unas ropas del suelo, se vistió ante los ojos confusos y abrumados del visitante y se marchó dejando tras su rastro el retumbar metálico del portón al cerrarse. Luego, cuando se encontraron a solas, Zeta se incorporó del sillón, rebuscó en el desorden de la mesa hasta que encontró una tarjeta de crédito y, con ella como cuchilla, arrastró el polvo despistado sobre la carátula de un CD. Y he aquí que ese polvo que no era nada, al ser aunado y amasado por Zeta, transmutó en dos rayas de coca y Abel, atónito, dio fe del prodigio. Luego, el dueño del almacén hizo girar un billete entre sus dedos hasta que lo convirtió en cilindró y, haciendo honor a su visita, le ofreció las rayas diciéndole:

19
─No es esta la casa donde vas a venir a dar órdenes, Abel, ¿quieres desayunar?

20
A lo que Abel, para contestar y no ofender, se mantuvo en silencio y se limitó a negar con la cabeza.

21
─Bien, para que veas que somos iguales, si tú no tomas, yo no tomaré ─respondió Zeta con aquiescencia.

22
Dijo entonces Abel:

23
─No voy a andarme con rodeos: tengo un problema grave y vengo a pedir tu ayuda para resolverlo.

24
A lo que contestó Zeta:

25
─Si el problema es grande y acudes a mí para que te apreste ayuda, grande debe ser la consideración y confianza en que me tienes. Pese a todo, hace un instante te he llamado hermano y tú me has negado ante mi hija Judith sabiendo bien que hermanos somos. ¡Hermanos en todo puesto que todo hemos compartido desde niños!
─Mucho hace que nada tenemos a medias ─respondió Abel con una tristeza que él mismo no podía explicar pues le llegaba del corazón y no de la mente. De hecho, este favor que voy a pedirte pondrá fin a cualquier tipo de relación que pudiera quedar entre nosotros .
─No creo que ésta sea la forma de pedir nada a nadie pero, siendo político afamado como eres, supongo que has perdido la costumbre de pedir para así dejar de dar. Por esta razón, espero que pagar sí pagues. Será dinero y no amistad lo que medie en nuestro acuerdo. Nada me pedirás, puesto que será compra lo que hagas, y yo nada te daré puesto que cobraré salario por mi trabajo. Dime qué quieres comprar y yo te diré cuál es mi precio.
─Lo que quiero comprar es complicado y sencillo al mismo tiempo ─contestó Abel con aplomo y frialdad─. En lo complicado preciso silencio, rapidez y confianza; en lo sencillo, la muerte de un hombre que a un punto está de hacer daño a muchísima gente a la que quiero y protejo.

26
Quedó la sala en silencio. Luego, con un impulso repentino, cogió Zeta la carátula del CD y el cilindro que moldease. Acercó éste al polvo. Introdujo después el cilindro en uno de los orificios de su nariz y aspiró con fuerza las dos líneas de coca que del polvo disperso había creado.

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─Afirmé antes que no probaría este material si tú no lo probabas también ─exclamó Zeta con ánimo inusitado tras los segundos que empleó en asimilar la sustancia─. Pretendía mantener cierta igualdad entre nosotros pero, como has evidenciado, no somos iguales: tú quieres comprar aquello que yo te pedí en el pasado y que tú me negaste, aquello que rompió nuestra sociedad y dividió nuestros destinos. Siendo el problema de ambos, tú no te manchaste las manos y prosperaste, yo manché las mías y sucio quedé de por vida. ¿Quieres ahora que siga ensuciándome como si a esta podredumbre fuera capaz de acostumbrarse uno?
─Eso quiero ─murmuró Abel─ y te pagaré bien por ello. En mi defensa diré que no soy sólo yo quien lo desea, somos muchos.
─Pero eres tú quien me lo pide, nada sé de los otros. Ni los conozco a ellos, ni sé de sus actos. Sólo de ti sé pues en Madrid te has hecho famoso y, como puedes ver, en esta casa nunca se apaga la tele y siempre se compran diarios que cuentan cómo medras.
─¿Cuál es tu precio? Di la cifra y la pagaremos ─susurró Abel para contener la crispación que le nacía al reconocer el futuro negociado.

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Pareció enfadarse Zeta vista la tenacidad con la que Abel hablaba de pagar la muerte de un hombre con dinero. Sin embargo, en lugar de dejarse llevar por la furia, aparentó sosegarse y comentó bajando el tono:

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─¿Sabes por qué me llaman Zeta?
─Para esa pregunta sólo tú tienes respuesta ya que tú mismo fuiste quien se apuntó el sobrenombre. Con él te conocí y, si de niños no te pregunté la razón, no voy a preguntártela ahora. Tengo prisa y no es prudente que me quede aquí mucho más tiempo ─contestó Abel con impaciencia.
─Lo entiendo… Entonces, sólo necesitas mi compromiso y mi precio.
─Así es, nada más preciso.
─El compromiso lo tienes. Cuenta que, por mí, ese hombre, sea quien sea, ya está muerto. Dame todos sus datos, lo encontraré y le daré muerte en menos de una semana si es que tu enemigo vive en España.

30
Sonrió Abel viendo salida a sus pesares y contestó:

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─En España vive y no te será difícil encontrarlo ya que en la cárcel de Soto del Real lleva encerrado más de un año. A buen seguro que allá adentro tienes buenos contactos. Debe hacerse esta semana como bien has intuido. De no lograrse en ese plazo lo que te pido, nada quedará de este acuerdo que aún no tiene finiquito. ¿Cuál ha de ser tu precio, insisto?
─Ese precio que tanto necesitas saber ─respondió Zeta─ es sencillo de calcular. Como muy grande es lo que me pides, más grande es lo que yo te pido a ti. Sólo quiero tu amistad, que volvamos a ser como hermanos, que seamos socios, que limpies mi pasado y me pongas al frente de algo tuyo, de algo donde pueda lavar mi dinero y pueda, en definitiva, alejarme de toda esta cochambre. Te ruego que no veas contradicción en esta oferta con las que fueron mis palabras de antes. Como bien te habrás dado cuenta, la amistad que te pido viene a ser como si oro te exigiera.

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Meditó Abel durante un instante y dio en resolver que ese pago era más sencillo de realizar de lo que Zeta imaginaba. No obstante, decidió que debía mantener la idea de separar, de forma definitiva, los caminos de ambos. De modo que frunciendo el ceño, confirmó:

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─Esto haremos y, así, todo quedará conforme en nuestro acuerdo: en el plazo de una semana has de buscar a alguien de tu confianza que compre en tu nombre unos terrenos que son míos. Estate tranquilo que nada has de pagar por ellos que no te sea devuelto con creces y plusvalías. Te certificaré, a través del consistorio correspondiente, licencias para que puedas construir en ellos y para que, después, hagas venta con lo construido. No ha de preocuparte saber o no saber de ladrillos y cementos. Pondré tu nombre en contacto con quien sí sabe de estas componendas. Sanará así tu dinero y se multiplicará en ciento, pero, eso sí, como ya te he dicho, tú y yo seremos hermanos pero nunca más volveremos a vernos. ¿Te place este acuerdo?

33
Miró Zeta a Abel conteniendo la emoción, y fue en este impulso que ambos decidieron abrazarse mientras Zeta murmuraba en el oído de Abel:

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─Aunque no volvamos a vernos, hermanos seremos.

35
Aprovechó Abel el abrazo para susurrar el nombre de la futura víctima de forma que nadie pudiera oírlo. Zeta no manifestó sorpresa al escucharlo y sonriente exclamó:

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─¡No podía ser otro!

37
Sin más, Abel impuso el momento de la despedida por lo que pasó a culminar los últimos protocolos. Pidió a Zeta que borrase la cinta de seguridad que había registrado su llegada y, por las mismas, que se silenciara la voz de la muchacha que le había permitido el acceso. De todo ello recibió buena respuesta y, viendo que se le terminaba la posibilidad de mantener en pie todas sus coartadas, marchó sin permitir que Zeta lo acompañase hasta la puerta. Olvidó Abel por tanta prisa, tanto teatro y tanta escena el sombrero tirolés sobre una mesa. Y está escrito que fue ya muy tarde cuando recordó Abel la distracción de la prenda y que maldijo Abel su falta de costumbre y el hábito de los hombres de etiquetar todo cuanto el hombre hiciera.

38
Y fue que, el mismo día de la reunión y del olvido, tras la marcha de Abel, quedó Zeta en medio de su salón alborotado.

39
Revisó cada rincón con ojeadas furtivas. Miró todos los elementos de la mesa. Recordó las juergas trasnochadas, las charlas interminables, la lujuria explícita y la gula desenfrenada. Colocó en otro plato de la balanza, las pérdidas de amigos, las traiciones, las tristezas y las apatías. Y terminó observando Zeta que el fiel de la balanza señalaba la nada... También vio en todo esto un camino cerrado a cal y canto. Sonrío con placer pues adivinó que si en aquel infierno había vivido mucho purgatorio, también hallaría mucha sanación en el camino de vuelta a la paz del espíritu y de la conciencia. Dejó a un lado estos pensamientos y, sintiendo que el tiempo de respeto y precaución ya había transcurrido, gritó con inquietud:

40 
─¿Lo tenéis todo?

41
Se abrieron en ese instante las puertas de la nave y entraron una decena de agentes de policía. Ungidos por la victoria, recorrieron presurosos cuartos y salas, dando órdenes calculadas y encendiendo todas las luces para que trabajaran los técnicos de cada departamento.

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Y al frente de ellos, una muchacha de aspecto virginal avanzaba con paso noble y erguido. Y era ella Judith, la hija de Zeta aquella que enjugaba su belleza con una juventud prohibida, la que al llegar junto a él se le abrazaba mientras, entre lágrimas, juraba agradecida y honraba a su padre. Así mismo, el padre calmaba el llanto de su hija, secaba con las palmas de sus manos la inconsciencia del error juvenil, y le hablaba de futuro, de fuerza, de estudios, de pintura, de trabajo, de familia, de libertad, de las muchas vueltas que tiene la vida y de las muchas caras que tiene la justicia.

43
Viendo que ambos se calmaban, una agente volvió a cinchar las muñecas menudas de ella para, acto seguido, de forma más brusca, cinchar las gruesas muñecas de él.

44
Ya de camino al furgón con que devolverían a ambos a las instancias policiales, Zeta preguntó a su hija:

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─¿Te conté alguna vez por qué me puse este sobrenombre tan extraño?

46
Y viendo que las puertas del blindado se cerraban y que, al cegarse la luz del día, su hija comenzaba a llorar de nuevo, devino el padre en dar respuesta a su propia pregunta:

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─De niño vi una y mil veces las películas del Zorro ─confesó el padre con cierta vergüenza─ y quería ser de mayor ese héroe que, vengador y clandestino, dejara en la frente de corruptos y opresores una Z que no pudieran borrarse nunca de la cara. Y fíjate tú en qué he terminado.

48
Miró el padre a su hija y ella lo miró a él con una sonrisa que borró lágrimas y culminó en carcajada. Abandonaron ambos el barrio de Hortaleza en un furgón policial que los llevaba a ambos mucho más lejos de sus celdas. Cayó preso Abel Granado a los pocos días y, con él, un número amplio de criminales financieros y falsos constructores. 

49
Y así fue que en estos tiempos se comenzaron a notar los efectos de la justicia. Nada tuvo que ver Zeta ─que cumple diez años de pena con todos los casos descubiertos y, por fortuna, nadie, salvo Judith, que a los pocos días conmutó su condena, intuyó milagros en la conclusión de los hechos que en este relato se cuentan.



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