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sábado, 4 de junio de 2016

TRAYECTORIA DE MOSCA


ILUSTRACIÓN: MANUEL F. TORRES


Así describe la escena Alejandro Domínguez −el biógrafo de Don Julián Bravo− en un bosquejo que, al igual que otros tantos, terminará siendo alimento de papeleras:

“Mientras la puesta de sol se cuela por la estrecha abertura entre la persiana y el alféizar, Don Julián Bravo, el tercer empresario más rico del mundo, prosigue con su repertorio desordenado de filosofías propias y anécdotas de juventud.

−Verás, muchacho −musita el anciano con satisfacción−, en la psicología primaria del ser humano se dan dos puntos importantísimos que debes entender: el primero es que el hombre, como todo animal, posee comportamientos mecanizados, costumbres heredadas y manías que se consolidan gracias a una simple aglutinación genética…

Como suele hacer, Don Julián detiene su exposición sin motivo aparente, mira a un punto indefinido de la estancia, afila sus pensamientos hasta convertirlos en un destello que le atraviesa las pupilas y, al igual que un niño ante el desenlace imaginario de una travesura, sonríe con picardía y mantiene el silencio de quien se deleita en su ensoñación”.

“De este hombre −prosigue Alejandro en sus anotaciones− se debe señalar que a los noventa y cuatro años, de forma incuestionable, aún conserva en perfecto estado sus facultades mentales aunque no se puede decir lo mismo del resto de su salud. Tumbado en una cama adaptada, más propia de un hospital que de un dormitorio hogareño, se muere sin remisión y sin padecer otra enfermedad que no sea la de la vejez extrema. Sus órganos vitales se resquebrajan como corteza seca y este hecho le ha llevado al deseo de publicar sus memorias antes de que, como él suele comentar, se lo lleve el viento.

No obstante, mientras llega ese viento, sigue dirigiendo sus diferentes emporios con mano firme. Despacha a diario con todo tipo de asesores −a los que suele humillar por mera diversión− y con secretarias a las que hace promesas de amor mientras embelesa la mirada deslizándola, sin los ambages del disimulo, entre contornos de pechos, redondeces de nalgas y sinuosidades que viajan desde los muslos hasta los delicados tobillos. Todas sus asistentes son jóvenes, atractivas y, como si interpretasen un vodevil, añaden una simpatía impostada, saturada de guiños seductores, a cualquier respuesta que se les solicite. Todas, sin excepción, han sido escogidas siguiendo una valoración sobre su belleza en lugar de una valoración profesional. Por el contrario, todos los asesores de Don Julián son unos carcamales que suplen sus carencias físicas con su larga experiencia en los diferentes sectores que abarcan los múltiples negocios de su jefe.

Los integrantes del equipo médico se han clasificado y escogido siguiendo el mismo patrón estético: si los diferentes especialistas son varones decrépitos y de apariencia sesuda y circunspecta, las múltiples enfermeras rozan el cliché de la fantasía erótica popular”.

Alejandro Domínguez −el periodista revelación del Diario Universal− hace una pausa en la redacción de sus notas aprovechando que Don Julián ha hecho lo propio. Al periodista le cuesta mantener la atención sobre el discurso del enfermo. Por esta razón se ayuda de una grabadora, que enciende y apaga de forma metódica, para evitar registrar los largos silencios de Don Julián. Tras meses de divagaciones reiteradas, de laberínticas disgregaciones, de pequeñas historias que, como las venas de una hoja, no conducen a lugar alguno; todo cuanto le ha escuchado decir se le aparece como un conjunto de tópicos carentes de interés. Recreaciones de sus muchos triunfos y de sus mínimas derrotas. En definitiva, se dice Alejandro mientras dibuja una caricatura rápida de su interlocutor; la totalidad de la narración de Don Julián no es más que ese pulimento afanado que el superego propina a la memoria, ese resplandor que sostiene la soberbia para cegar la conciencia e impedir que califique nuestros actos.

Alejandro, que acaba de cumplir treinta y dos años, que hasta que aceptó el encargo se sentía un hombre afortunado y jovial, y que consideraba que nunca se había tenido que bajar los pantalones ante ningún gerifalte; se compara ahora −fiel a su pasión cinéfila− con Joe Gillis, el personaje de Willian Holden en Sunset Boulevard. El paralelismo es notorio. Tumbada ante él, en plena fase de descomposición, se encuentra una momia que, pese a corresponder a un hombre, es el vivo reflejo de Norma Desmond. Quizá las únicas diferencias entre ambas situaciones, la real y la ficticia, residan en que el viejo no vive una fantasía ni ha perdido un ápice de su poder y, por otro lado, en que Alejandro no precisaba aceptar ese encargo. El periodista ni huía de acreedores, ni necesitaba dinero cuando firmó el contrato con Don Julián. A decir verdad, los intríngulis de su oficio no habían hecho otra cosa que mejorar su evolución profesional y económica. Esa capacidad para pescar en los ríos revueltos significaba para él una constante mejora retributiva que, tal y como venía desarrollándose la cuestión laboral en España, máxime en su profesión, le permitían sentirse a salvo, incluso cómodo si debía atender a la verdad. Por lo tanto, Alejandro Domínguez no tenía más remedio que reconocer que firmar el contrato con Don Julián, pese al arrepentimiento y la desazón actual por haber aceptado la propuesta del viejo parlanchín, había sido un acto de pura avaricia.

No existía otra justificación.

El anciano había impuesto a la editorial −de la cual era el principal accionista− que Alejandro fuese el encargado de ordenar y de redactar el epítome de aquella vida que, por longeva, había disfrutado con la oportunidad de ser excesiva. La cuantía económica que recompensaría el trabajo del periodista venía a significar otra imposición: ¿quién rechazaría dos millones de euros por el trabajo de un año? ¿Quién rechazaría el resultado de una división tan simple? Un millón por escuchar y documentarse; otro millón por poner orden, por dar coherencia al relato y por lograr que su lectura resultara amena. Seis meses de paciencia y otros seis de concentración y trabajo aplicado; medio millón de adelanto, medio al terminar la fase de documentación y, al concluir el encargo, el premio gordo y definitivo. Todo ello durante la edad perfecta para deleitarse con la riqueza, esa edad en la que el tiempo perdido puede recuperarse.

No, nadie hubiese rechazado semejante oferta. Desde luego, Alejandro ni se lo pensó. Firmó y, ahora, casi concluido el primer periodo, se arrepiente de haberlo hecho.

Don Julián retorna al mundo real tras su pausa dramática. Reclina la cabeza sobre el pecho y observa a su interlocutor por encima de sus delicadas lentes de lectura. Parece aguardar la aquiescencia del joven periodista con lo que ha expuesto. Alejandro, ante la extensa interrupción del discurso, ha perdido el hilo de forma definitiva pero, antes de declarar su falta, devuelve la mirada, sonríe con ambigüedad y activa la grabadora.

El viejo empresario continúa entonces:

−Bien, el segundo punto, casi más importante que el anterior, es el que nos dicta que dichos mecanismos, adquiridos e instalados tras miles de años de evolución, obedecen al instinto antes que a la sobrevalorada inteligencia que se nos atribuye. Te aseguro, muchacho, que estamos programados desde antes del parto, que ya atendemos al instinto mientras nadamos en el líquido amniótico de nuestras madres y que luchamos por nuestra supervivencia aún sin disponer de conocimiento alguno. El propio acto de parir sirve de ejemplo de cuanto te digo…

La luz horizontal del atardecer incide de forma directa en los párpados del anciano y le obliga a hacer parasol con la mano izquierda. Alejandro se levanta del butacón desde donde escucha y toma notas. Se olvida de apagar la grabadora. Cruza la estancia y oprime el botón que activa la persiana. El sonido afónico del rotor interno rellena el silencio. La persiana, por fin, clausura la molestia.

−¿Así mejor? −pregunta el periodista pese a constatar que Don Julián ya vagabundea por su territorio acostumbrado, por ese monólogo plagado de razonamientos y conclusiones que devienen en nuevos razonamientos y conclusiones− ¿Ya no le molesta la luz?
−¡Todos nuestros sentidos −exclama el anciano, indiferente a las preguntas de su interlocutor− están sujetos a la imperiosa necesidad de procurarnos placer, de confortarnos, de buscar nuestra seguridad! ¡Respirar es el placer principal que buscamos cuando sólo somos fetos arrugados en el interior del huevo materno! Por eso forzamos los acontecimientos, rompemos el cascarón y nacemos, porque sentimos asfixia y precisamos alivio… Y el alivio no es otra cosa que el uniforme de camuflaje del placer, del único dios que guía los designios del hombre, ¿no lo crees así, Alejandro?

La puerta de la habitación se abre y entra una enfermera empujando el carrito de la cena. Huele a sopa y pescado hervido. El joven periodista no contesta a su cliente y presta atención a la muchacha. No debe tener más de dieciocho años, se dice Alejandro atrapado en el rechazo que le produce su propia imaginación. Mientras borra con celeridad sus pésimos augurios, es capaz de dedicar un pensamiento a la belleza de la camarera: sin duda destaca respecto al resto de sus otras compañeras. No sabe qué es. Quizá la ausencia de maquillaje, quizá el desaliño auténtico de su peinado, quizá las formas desgarbadas con que se desplaza. Nada que se vincule a las reglas de exuberancia y condescendencia impuestas por el magnate respecto al personal femenino.

Don Julián, ante el asombro de Alejandro, guarda silencio y no dedica a la muchacha ni una sola de sus miradas acuosas. Ni siquiera alza la cabeza para agradecer el servicio cuando ella sitúa una mesita −adaptada para la necesidad de comer acostado− sobre la cual ya ha colocado la bandeja con los alimentos y el ornamento preciso para evitar la sensación hospitalaria.

−¿Todo a tu gusto, Julián? −pregunta la joven con un tono de voz que mezcla una timidez primeriza con cierto descaro adherido, una influencia externa a la mansión.
−Sí, Cecilia −responde el enfermo sin permitir que aparezca en su expresión una sombra de sus habituales deseos−. Déjanos ahora, este joven me ayudará con la cena.
−¡Me llamo Alejandro! −exclama el periodista intentando que una breve presentación retenga a la camarera. El hecho de haberla escuchado tutear a Don Julián ha logrado aumentar el interés de Alejandro: ningún empleado utiliza el nombre de pila del todopoderoso sin añadir el correspondiente trato de cortesía.

La camarera mira a Alejandro, esboza una breve sonrisa y sale de la estancia intentando que ni siquiera la puerta llegue a producir sonido alguno.

−¿Qué harías por ella? −inquiere Don Julián cuando los dos hombres vuelven a quedarse a solas. La pregunta coge por sorpresa a Alejandro.
−¿Por quién? ¿Por esa chica? ¿Necesita que hagan algo por ella?
−Te estoy preguntando que cuánto pagarías por ella, qué ofrecerías para que fuera tuya.

Alejandro contiene la respuesta sincera y, en su lugar, pronuncia la que le dicta la corrección moral:

−Las personas no pueden ser compradas… −dice a sabiendas de que su afirmación nada tiene que ver con la realidad.
−¡Oh, vamos, muchacho! ¡No me saques el catecismo y contesta! −exclama Don Julián enardecido por la cándida respuesta de su biógrafo−. Si pudieras, si fuera legal el comercio de personas… ¿qué pagarías por tener a esa joven en propiedad, a tu servicio durante el resto de tu vida?
−La vida humana no tiene precio, Don Julián −se reafirma Alejandro, molesto y un tanto intrigado por los motivos del empresario para hacerle semejante planteamiento.

El convaleciente, con una parsimonia tal que pronostica la llegada de un estallido de furia, aparta de su regazo la mesita con la cena apenas sin tocar. Después toma aliento y parece sosegarse cuando susurra:

−¿Crees que todo esto es gratis?
−Creo que todo esto no es más que un acuerdo comercial. Usted ha podido comprar el servicio que le prestan todos sus empleados pero no compra la voluntad, la libertad de elección, de ninguno de ellos. Todos, sin excepción, pueden abandonar su puesto si no están conformes con el trato que reciben, con el sueldo que les paga o, incluso, con las sensaciones que les produce trabajar para usted…
−¿Estás a disgusto con nuestro trato, con tu trabajo? −pregunta Don Julián.
−No he dicho eso −se apresura a contestar Alejandro−. Sólo mantengo que no es lo mismo contratar un servicio que comprar un esclavo. Toda esta gente que tiene usted aquí puede renunciar al trabajo cuando le venga en gana y, se lo aseguro, si eso ocurriera usted no podría detenerlos.

El anciano multimillonario vuelve a sonreír. Alejandro sabe que en esa sonrisa se esconde un desprecio claro hacia la condición humana, una ratificación de las filosofías propias y un sarcasmo capaz de derribar cualquier ilusión. También, como colofón, se adivina la aceptación de un reto que nadie, salvo el espíritu combativo de Don Julián, ha planteado.

−Eres demasiado joven e inexperto, muchacho −sentencia el anciano−. Has idealizado al ser humano y piensas que goza de mínimas libertades: libertad de elección, de expresión… tonterías de ese tipo. Sin embargo, te puedo asegurar que nada de eso es real. Es más, te lo puedo demostrar. Te puedo demostrar que consigo adivinar tu comportamiento futuro por mucha libertad que sientas al alcance de la mano. Sí, chico, te voy a someter a una prueba sencilla y te demostraré que tanto tú como el mundo entero seguís un recorrido determinado, invariable, del mismo modo que una mosca siempre repite la misma trayectoria cuando, atiborrada de mierda, pretende salir al exterior por una ventana cerrada.
-No estoy aquí para jugar o para superar pruebas, Don Julián, no me dedico a eso, ni siquiera me gusta el deporte.
−¡No seas imbécil, muchacho! −grita el anciano mientras el inicio de una carcajada le obliga a toser. Recuperado el aliento, prosigue−: Hablo de llevar a cabo un experimento sencillo que dará respuesta al problema moral que tú mismo has puesto sobre mi mesa. Para vivir ya se te compró una entrada, Alejandro, y, mientras uses el servicio, tienes que aceptar las reglas del juego. Ahora estás aquí, tienes un contrato conmigo que va más allá de la magnificencia y, en vez de cumplir con su objetivo, en vez de hacer un retrato interno de cuanto he hecho y de los motivos que me llevaron a tomar determinadas decisiones; me vienes con tu solidaridad de manual, con tus derechos y con tus libertades… Yo te planteo descubrir la verdad, la realidad que se oculta bajo esas preciosas palabras, y me vienes con la cantinela de para qué estás o no estás aquí. ¡Quítale el papel de regalo al cubo de la basura, joder!

El periodista agacha la cabeza. Por algún motivo extraño intuye que está a punto de perder el empleo y todo lo ensoñado. Adiós a la vida sin molestias, hola a la vida común, a la vida que quiere dejar atrás cuanto antes. Este pensamiento le hace levantar la cabeza hasta encontrarse con la mirada satisfecha de Don Julián.

−¿Qué es lo que propone? −pregunta mientras siente cómo se le rompe el delicado tejido de la conciencia.
−Quiero que salves a esa chica. Quiero que salves a la joven Cecilia.
−¿Salvarla de quién? −Alejandro ha hecho la pregunta pero, de inmediato, se anticipa a la respuesta−: …De usted…
−Así es, ese es el juego y el experimento: debes salvarla de mí −Don Julián aguarda una reacción que no llega. Alejandro permanece inmóvil valorando la veracidad de la propuesta−. Presta atención −prosigue el anciano−: la vida de esa joven cuesta dos millones de euros. Yo los pagué por ella, a cambio de una serie de regalías que no vienen al caso, y ese es el capital que deberás pagar tú para evitar que nuestra dulce damisela ascienda por unas escaleras que conducen a un cadalso donde, tenlo muy claro, se convertirá en el único ser vivo que no sienta placer alguno −Don Julián chasquea la lengua como quien acaba de introducir una pelota, de forma directa, en un agujero.

Fiel a su costumbre, Alejandro encuentra un nuevo paralelismo cinematográfico y piensa en la secuencia de la orgia de “Eyes wide shut”, la última película que rodara Stanley Kubrick. Ese pensamiento le lleva a quitar relevancia a la amenaza de Don Julián.

−Películas… −susurra Alejandro y añade alzando la voz−: No me tome el pelo, Don Julián. Todo esto no es más que una memez. Para empezar, la cuantía de la cifra me parece de lo más casual. ¿Quiere que renuncie a mi sueldo para salvar a una mujer a la que no conozco de nada?
−En realidad tienes otras opciones: puedes convencerla a ella para que renuncie al contrato que firmó o, si ella no accediera, puedes acabar conmigo.
−¿Acabar con usted?
−En este tipo de acuerdos incluyo una clausula que exige máxima obediencia hasta el día de mi muerte, momento en el que se resolverá el contrato entre las partes y todas mis niñas cobrarán la totalidad del sueldo acordado.
−Es como pedir a gritos que le maten a uno −deduce Alejandro. Después calcula el peso de la palabra “niñas” en el comentario de Don Julián. Mira al enfermo con repulsión. De improviso, el relato de su Norma Desmond particular cobra realismo en la imaginación de Alejandro. DeMille ha llamado a la diosa crepuscular. El periodista sabe que su percepción acaba de ser condicionada. El filtro que detectaba la fantasía para separarla de la realidad se ha roto gracias a los términos que ha empleado el viejo en la conversación. Ahora todo es real por mucho que Alejandro se esfuerce en no creer una sola palabra de cuanto le está describiendo Don Julián.
−…Es lo que puede parecer, que le he puesto precio a mi cabeza, ¿verdad?... Pero no me creerás tan estúpido. En realidad cada miembro de mi personal sería capaz de hacer lo necesario con tal de preservar mi salud y, por supuesto, mi vida.
−Nada es definitivo, Don Julián −recapacita Alejandro−. Desconozco su estrategia y esos manejos de los que me habla, pero tengo claro que no existe plan perfecto. Todo cuanto idea el ser humano sufre una tara o un millón de ellas cuando se lleva a la práctica.
−Todo falla menos la traición −responde Don Julián con el entusiasmo propio de quien ve reforzadas sus teorías−. Con la traición siempre se puede contar… Tenerla en cuenta y dar por hecho que se producirá, ya sea en un ejército como en una familia, es lo que me hace prevalecer. Da igual quien sea. En toda forma de agrupación social, siempre surge un traidor, alguien que no te hace caso, que te envidia, que piensa que su idea es mejor que la tuya, que se salta el escalafón; alguien dispuesto a corromper el plan general. De ahí que la mejor estrategia para conservar el poder sea la de crear y controlar esa tendencia natural, esa manada de lobos capaces de devorar a cualquier compañero con tal de sacar tajada favoreciendo a aquel que paga la traición.
−¿Qué tiene que ver todo esto con su propuesta?
−Nada… estamos hablando. Pero tienes razón, recuperemos la trama. Te enumeraré las posibilidades y tú tendrás tres horas para decidir qué quieres hacer: puedes pagar para salvar la vida de una mujer indefensa, lo que te llevará a trabajar gratis y perder una suma cuantiosa. También puedes matarme, librar al mundo de mi presencia fastidiosa, y lograr que todas las mujeres de esta casa cobren por su dedicación y entrega. Ni que decir tiene que, por supuesto, tú terminarás entre rejas ya que todas tus acciones son monitorizadas desde el momento que entras en la finca. Por último, la tercera opción es simple: puedes salir de aquí, dejar que la vida siga su curso, cumplir con mi encargo biográfico y cobrar un potosí por tu trabajo… Después de todo, no conocías a nadie ni sabías nada de este asunto hasta que yo te he hecho la propuesta.
−Haga lo que haga, siempre salgo perdiendo −responde Alejandro sin poder evitar que su mente le proyecte la escena de la noria en “The third man”. Harry Lime, de alguna forma, le está indicando que no ocurre nada cuando se detiene alguno de los puntitos móviles del suelo.

En la habitación el calor ha aumentado al encenderse, de forma automática y progresiva, las diferentes luces. Todas ellas quedan reguladas al gusto de Don Julián y generan una sensación de claroscuro eclesiástico reforzado por el haz de luz cenital que canoniza el lecho del enfermo. Alejandro acusa el aumento de temperatura y, sin consultar con Don Julián, decide levantar la persiana y abrir las ventanas de corredera. El inicio del verano parece haber devorado la brisa nocturna. El periodista se apoya en el ventanal y saca la cabeza en busca de aire fresco. Está harto. Desde que inició las conversaciones con Don Julián, las intrigas morales se suceden y aumentan el grado de su incisión en la psique de Alejandro. Si al principio se limitaban a meros test de personalidad, camuflados en conversaciones triviales, ahora, con el paso de las semanas, el proceso radiológico ha llegado a un punto sin retorno. Se encuentra en una encrucijada y ni siquiera puede distinguir si el juego de su anfitrión es real. De algún modo, se siente víctima de una terapia de programación coercitiva, un lavado de cerebro cuyo proceso se ha construido en torno a una serie de palabras claves: amor, odio, solidaridad, riqueza, mío, tuyo, libertad, placer, dolor, dependencia, vida, muerte, esclavitud, trabajo… son conceptos que han ido desfilando en cada conversación, que han repercutido en nuevas conversaciones capaces de abrir el inconsciente al adoctrinamiento. La palabra definitiva ha sido “niñas”. Con sólo pronunciarla se han disparado todas las alarmas en la imaginación del periodista.

Alejandro se vuelve y llama la atención del convaleciente:

−También puedo denunciarlo a la policía…
−Esa sería una estupidez indigna de tu talento pero, claro está, también se puede incluir cualquier tontería como una acción posible. Si piensas que lo que has grabado, las palabras de un anciano que ronda el siglo de vida, te va a servir para demostrar algo, es que eres idiota, muchacho.

Alejandro advierte que el piloto rojo de su grabadora sigue parpadeando. Recoge el pequeño aparato del brazo del sillón y lo apaga. Don Julián tiene razón, piensa Alejandro, no hay nada que se pueda hacer. Ninguna denuncia contra el viejo prosperaría aún aportando pruebas irrefutables. A los noventa y cuatro años uno se puede parapetar de forma indefinida tras demencias seniles y pérdidas de memoria.

−Quedan dos horas para que concluya el plazo −dice Don Julián tras consultar su reloj−, si lo deseas puedo llamar a uno de mis abogados y, en menos de una hora, todo quedará resuelto.
−No voy a firmar nada −responde el periodista−. Tal y como yo lo veo, ninguna de las opciones me beneficia. Haga lo que haga, o pierdo o me quedo tal y como estoy.
−Eso no es verdad, mi querido muchacho −Don Julián comienza a toser con brusquedad mientras intenta completar su alegato. Alejandro le acerca un vaso de agua y el anciano va recuperando el compás de su respiración entre trago y trago−. Tu beneficio es la vida de esa muchacha. Cierto es que es un beneficio anónimo, que ni siquiera ella te recompensará pues nunca imaginará de la que le has librado… Pero, en realidad, los actos de pura bondad, el altruismo, por definición son contrarios al reconocimiento, al aplauso. Piénsalo, tan sólo debes renunciar a tus emolumentos de un año. Un dinero que, si recapacitas, no entraba en tus cuentas hace seis meses. Este trabajo sólo es un décimo premiado, un bingo que pudieras no haber cantado si yo no hubiera permitido que te sentaras a la mesa. Sucede cada segundo, cada milésima de segundo en realidad: unos ganan, otros pierden y a otros no les ocurre nada de nada. Es una de las maravillas del azar: la división infinitesimal del espacio combinatorio de la vida para que lluevan premios, desgracias y esperanzas sin atender a lógica alguna.

Don Julián se interrumpe y mira a Alejandro con ternura. El periodista mantiene el duelo de miradas intentando ocultar cómo se resquebraja su espíritu, cómo van apareciendo entre las grietas las particularidades de un insecto, una mosca previsible.

El enfermo continúa:

-Es sencillo: no tienes que renunciar a un año de trabajo para salvar a esa chica, a Cecilia, tienes que renunciar a esa milésima de segundo de tu vida donde te cayó un premio que no tardarás en malgastar.
−¿Por qué me escogió a mí para este trabajo? ¿Por qué se empeñó en que fuera yo su biógrafo? Carezco de experiencia como tal… Sé que sus editores le recomendaron a muchos otros para el puesto.

Don Julián aumenta el tamaño de su sonrisa antes de responder.

−No existe una razón concreta, supongo que me llamaron la atención tus reportajes… Siempre tan crítico, siempre tan humanitario…
−Me marcho… −Alejandro parece haber tomado un impulso definitivo, se incorpora del sillón, guarda la grabadora, su cuadernillo de apuntes y algunos folios en una cartera de mano. Cruza la estancia en silencio y Don Julián lo observa intrigado. Cuando Alejandro llega a la puerta del dormitorio se detiene, su mano empuña el pomo, Don Julián no oculta su avidez, sus ojos brillan juveniles y emocionados.
−Aún te quedan dos horas para tomar una decisión definitiva −exclama el anciano−. Si regresas antes de las doce, y firmas el acuerdo, Cenicienta seguirá siendo Cenicienta. Llamaré para que me redacten los documentos que anulan nuestro contrato y firmaremos uno nuevo conforme a las nuevas disposiciones.
−No se moleste, Don Julián, sabe que ha ganado −contesta Alejandro sin llegar a darse la vuelta para volver a mirar a su verdugo− Volveré mañana temprano y continuaremos.
−Es imposible que gente como yo pueda perder en este tipo de juegos −concluye el millonario−: la gente como tú, como la gran masa humana, es adicta al placer y esa adicción os hace tan previsibles como lo es cualquier yonqui... Por cierto, antes de que te marches quiero felicitarte: por lo visto van a premiar tu reportaje sobre el drama de los refugiados esos... Mi más sincera enhorabuena

El periodista abre la puerta y sale a un pasillo amplio que concluye en una escalinata. Atrás deja a un Don Julián que, después de unos segundos mirando cómo se aleja su empleado, coge un periódico de la mesilla de noche y comienza a leer. De pronto se interrumpe, vuelve a mirar al pasillo, al hombre que se aleja, a la puerta abierta de la habitación. Parece contrariado, gruñe y oprime el llamador.

Alejandro ya está bajando la escalera cuando se cruza con Cecilia que acude a atender a Don Julián. La joven se ha cambiado de ropa, se ha maquillado y se ha peinado. El periodista enlaza la nueva imagen de Cecilia a la imagen del resto de muchachas que trabajan para el millonario. Ya se ha iniciado el proceso, masculla. Al mismo tiempo, se detiene, gira en el escalón y llama a la muchacha que casi ha llegado a la cumbre de la escalinata.

−¡Espera! −grita. Cecilia interrumpe su ascenso con la brusquedad de quien, tras una carrera, ha llegado al borde de un precipicio. Su expresión denota sorpresa cuando se gira para interesarse por Alejandro. Éste, sin permitirse un instante para dar explicaciones, comienza a hablar de forma atropellada−: Tienes que abandonar esta casa cuanto antes, Cecilia. No me conoces pero debes hacerme caso. Tienes que ir a la policía, yo te acompañaré, tengo una grabación que demuestra cuanto ocurre en esta casa, lo que hace y lo que pretende hacerte ese viejo. Apoyaré tu declaración, él habrá perdido y quedarás libre… No te ocurrirá nada, ¿comprendes? ¡No podrá hacerte nada jamás!

Cecilia sonríe e inclina ligeramente la cabeza, entrecierra los párpados y deja escapar una mirada lenta donde se van combinando incredulidad y diversión. Acto seguido, vuelve a ponerse en marcha, concluye su ascenso y se aleja por el pasillo hasta que Alejandro sólo percibe de ella el sonido de sus tacones. Después escucha cómo se cierra la puerta, cómo se inicia una conversación, cómo las frases se transforman en risas y cómo el viejo Don Julián comienza a toser una y otra vez mientras intenta dejar de reír. 

Entonces Alejandro recuerda el final de "The Godfather", se siente como si fuera Diane Keaton y uno de los secuaces de su marido le hubiese dado con la puerta en las narices. Él, Alejandro, al igual que la mujer de Michael Corleone, sabe que ha perdido algo más que el conocimiento de la verdad, sabe que ha perdido la posibilidad de mantener su propia mentira, el embuste que le permitía creer que era el hombre que siempre había querido ser.

lunes, 11 de mayo de 2015

MEDIUM

Manuel F.Torres




A Raquel Colera, sé por qué pensé en ti,
pero no sé por qué inspiraste esta historia.
(M.F.T)

César Ramírez, el nuevo profesor de filosofía del “Instituto Privado de Educación Secundaria Alfonso X”, situado en la provincia de León, aguardó a que los alumnos rezagados cumplieran con el comportamiento deseado.

Había cambiado su residencia aquel mismo verano ─dos meses antes de que comenzara el curso─ con el objeto de ir adaptándose a su nuevo entorno. Dispuesto a que nada enturbiara su pensamiento ni los protocolos de trabajo que pretendía desarrollar, se limitó a entrevistarse, en una única jornada, con el director del centro, con el jefe de estudios y con el tutor de filosofía con quien coordinó temarios, agenda y el reparto de los grupos. En todos los casos guardó las apariencias y ocultó sus verdaderos intereses. Al mismo tiempo, rechazó las invitaciones sociales aunque, a finales de septiembre, no pudo evitar asistir a la fiesta de inauguración del curso ─una tradición calcada a las celebradas en las private high school americanas─ donde, al son de fanfarrias, se vio obligado a subir al escenario del salón de actos. Como muestra de la buena gestión del comité de dirección del centro, fue ovacionado por padres, alumnos y compañeros como si de una estrella del deporte se tratara. Para César toda aquella parafernalia y falso boato supuso el colmo del escarnio. Lejos quedaban los días en los que había logrado embriagarle el reconocimiento por los estudios desarrollados.

Ninguno de los presentes podía imaginar lo que había perdido en el largo camino que le había llevado a aquel escenario: quedaban atrás sus veinte años ininterrumpidos al servicio de la docencia en Madrid; atrás quedaba su mujer, Elvira, que ya había iniciado el papeleo para obtener el divorcio; atrás quedaban Carlos y Paulo, sus dos hijos ya independizados del domicilio familiar. A decir verdad, ni su familia ni su puesto de trabajo habían ocupado un lugar concreto en la vida del profesor. Con una rapidez desconcertante, el conjunto afectivo se había disuelto en los huecos reducidos que su memoria reservaba para el recuerdo de emociones y hechos concretos. Las ausencias intelectuales, las evasiones ascéticas en pos de la concentración y, sobre todo, el desarrollo de sus trabajos de investigación y análisis habían vertido la humanidad de César Ramírez por los desagües del tiempo.

Perplejo por la eclosión de estos pensamientos a los que parecía aplaudir el auditorio al completo, inició su discurso diciendo:

‹‹Sólo el presente nos acompaña…››.

Sin embargo y como punto de contraste, César sabía que, tanto Elvira como sus dos hijos, lo amaban, lo admiraban y lo recordarían. Los tres entendían la importancia de la obra que absorbía todo su tiempo y que se había materializado en dos ensayos publicados y traducidos a cinco idiomas. Comprendían, incluso, el fervor con que se había dedicado a perfeccionar su última teoría. Otra cosa, muy diferente, era que soportaran con buen ánimo el orden de prioridades de la mente privilegiada de César, una mente empeñada en trasladar sus hipótesis a ese campo de experimentación cercano que era el entorno vital y cotidiano: su familia, su trabajo, sus colegas, sus alumnos…

‹‹La familia ─César expresaba su punto de vista sobre este asunto en múltiples conferencias─ no debe significar otra cosa que no sea una simple asociación de elementos funcionales y útiles. El amor, el cariño, el sexo… resultan componentes necesarios para la conjunción de dichos elementos. Intervienen y perfeccionan el funcionamiento de ese microorganismo social, pero, en ningún caso, deben considerarse piezas de la maquinaria. El aceite, la grasa, el plasma, la materia oscura… nunca serán engranaje, biela o cojinete. Las piezas del conjunto familiar deben cumplir con su ocupación exacta, especializada e independiente. Sólo mediante el método, la disciplina y la aceptación de esta premisa, esa asociación que es la familia desempeñará funciones hábiles dentro del macro organismo, de la sociedad global, del orbe››.

Acto seguido, consciente de que sus palabras recordaban al marxismo más ortodoxo, recurría a un cambio del tono y concluía su conferencia con un breve resumen en clave de humor:

‹‹No se me asusten ─decía añadiendo un deje pícaro a sus palabras─, no les hablo de un modelo comunista de la familia; les hablo de cumplir con nuestro cometido individual dentro de un entorno colectivo, amando y follando todo lo posible para que la maquina funcione mejor››.

Gracias a este ardid coloquial, en todas las ocasiones sin excepción, lograba arrancar una carcajada a sus oyentes así como un aplauso aliviado y unánime.

Estas convicciones de César, en realidad, no habían llegado a germinar en su propio núcleo íntimo. El amor, el cariño y el sexo no consiguieron solucionar el problema capital de la maquinaria: la supeditación al genio, a su mando, a sus idiosincrasias incomprensibles; a menudo rompían el equilibrio de la convivencia y de la evolución familiar. Elvira había transigido con las negativas de César a prosperar en el terreno laboral académico, a sus bloqueos ante las ofertas económicas, a aquella sinrazón del trabajo por el placer del trabajo. Pero la edad de ella, cuando se concretó la independencia de Carlos y Paulo, exigió una recompensa a su marido que debía incluir términos tales como descanso y solvencia.

En lugar de eso, César se presentó un buen día en su domicilio con una noticia que malogró, de forma definitiva, la relación entre ambos cónyuges. El profesor, sin advertir ni consultar a nadie, había solicitado plaza en un instituto privado de León y, sólo cuando se la concedieron, decidió que había llegado el momento de exponer sus planes a Elvira. Mientras la mujer intentaba dar crédito a cuanto escuchaban sus oídos, él explicó sus planes: debían poner en venta la casa (cuyo préstamo hipotecario habían liquidado tras un sinfín de penalidades), debían buscar un piso de alquiler en la provincia de León y, en el plazo máximo de un mes, debían trasladar allí su residencia. Sólo de esta manera, de una vez por todas, César podría terminar su último ensayo junto al experimento endemoniado que lo fundamentaba, el experimento que lo había obsesionado durante los últimos ocho años. La guinda del pastel ─el aumento salarial─ no cumplió su misión y se convirtió en la gota que colmó el vaso.

Elvira se quedó en Madrid y César se marchó. No hubo reproches ni discusión alguna. Él hizo las maletas el mismo día que ella le confesó que no se iría y, con un abrazo comprensivo, el decano profesor de filosofía dio al traste con treinta años de relación.

A primeros de octubre se iniciaron las clases. César Ramírez se estrenó en el centro poniendo en marcha, una vez más y desde el principio, su experimento secreto. Al tratarse del comienzo del curso, antes de cerrar el aula e iniciar los formulismos de presentación, concedió un minuto de cortesía sobre la hora de inicio de la clase. Transcurridos los sesenta segundo exactos, cerró la puerta, se dirigió a su mesa y apuntó en un cuadrante el lapso temporal. Dejó en blanco la casilla donde debía anotar la reacción deseada, tantas veces repetida, y sacó los listados de alumnos de su cartera de mano. Antes de presentarse y pasar lista para comenzar a familiarizarse con aquel primer grupo, escuchó en el exterior las carreras apresuradas.

“TENGO RAZÓN”, fue la frase que, con triunfales letras mayúsculas, apuntó en la casilla vacía del cuadrante. La puerta del aula se abrió tal y como esperaba César pero, en esta ocasión, el estrépito de la madera al chocar contra la pared de la sala lo ensordeció. Miró en dirección a la entrada dispuesto aún a anotar el número de alumnos que habían llegado con retraso. En ese momento el obstinado profesor sintió la efervescencia y, con ella, su fracaso.

Ocho años atrás ─en Madrid, en el “Instituto de Educación Pública 1º de mayo”, donde César Ramírez ya acumulaba 12 años impartiendo clases─, resonaron sus campanillas cerebrales (así llamaba el profesor a sus alarmas instintivas) y descubrió un proceso fútil, apenas constatable por el resto del profesorado. Un proceso que, según la propia interpretación de César, era capaz de enlazar las diferentes teorías sobre la causalidad con los dos condicionantes morales intuitivos por excelencia: la percepción del mal y del bien con independencia del bagaje cultural del individuo. No sólo los enlazaba sino que añadía un nuevo concepto en la relación causa-efecto, acción y reacción: añadía el transporte, el medio que posibilitaba ─unidireccional o de forma bidireccional─ que las series de sucesos se produjeran.

El transporte, que el profesor bautizó con el término latino Medium ─albergando la esperanza de suscitar un mayor interés cuando publicara su teoría─, era un concepto tan original y revolucionario que cerraría las discusiones históricas del pensamiento filosófico; que rompería el binomio insuficiente, “siempre que A, sucede B”.

Tal y como César se lo explicó a Elvira el mismo día que decidió iniciar su experimento, Medium podía definirse como el motor circunstancial mínimo, la piedra con la que tropiezas si corres con los ojos cerrados, el único instante en que la vida podía intervenir más allá de las leyes físicas. Medium era la libertad de los elementos actuando pese a la acción de los seres vivos. No era Dios jugando a los dados y provocando el caos; Medium, el transporte, era los dados de Dios, los lanzase o no.

El descubrimiento, la chispa que incendió la mente analítica de César, llegó por mera acumulación de secuencias. Día tras día, clase tras clase, de forma independiente al grupo que le correspondiera iluminar o adormecer, se repetía una variable protagonizada por un grupo heterogéneo de alumnos, un acto acostumbrado en cualquier institución escolar del planeta: algunos estudiantes aparecían cuando ya se había cerrado la puerta del aula. Nunca eran los mismos muchachos y su número tampoco coincidía. Estos factores, sin duda, motivaron que César no prestase atención a la repetición de acontecimientos. Hasta que una mañana el profesor fue a cerrar la puerta tras haber concedido a los rezagados un minuto de cortesía y, sin saber por qué, cayó en la cuenta de que se encontraba ante una extraña constante: él aguardaba ese minuto, cerraba la puerta, llegaba hasta su mesa y en ese preciso instante, nunca antes, escuchaba los pasos apresurados en los pasillos exteriores. La puerta se abría de sopetón e indistintamente, según los días y las aulas, aparecía en el umbral un alumno, en ocasiones dos y, en momentos excepcionales, tres… el factor máximo. Nunca un número superior, nunca cuatro o cinco o ninguno.

César Ramírez, intrigado y metódico, comenzó a tomar notas y elaboró un cuadrante simple en el que apuntaba las fechas, el número de alumnos que acudían con retraso, los segundos que mantenía la puerta abierta y el aumento de los mismos siguiendo ciclos estacionales: otoño, invierno, primavera. Sin apenas darse cuenta, lo que inició como un juego pasó al grado de investigación y, al término del curso, se había convertido en una obsesión. Los meses de verano de aquel primer año, con su correspondiente descanso lectivo, mutaron en condena para César pues interrumpían el método científico, lo hacían añicos. Desconsolado, el profesor se negó a acompañar a su familia durante las vacaciones en la costa almeriense, un desahogo para el que Elvira había ahorrado desdeñando las mínimas tentaciones cotidianas. Una vez que se vio a solas, adquirió lo imprescindible para no tener que salir de su pequeño despacho y se encerró en él a cal y canto. Su intención era evitar cualquier tipo de distracción externa.

Cuando su mujer y sus hijos regresaron tras dos quincenas de ausencia, encontraron a un César de aspecto abandonado pero pletórico, ensimismado con sus pequeños hallazgos. Elvira ordenó de inmediato un ceremonial higiénico: puso la casa patas arriba, armó a sus hijos con paños, plumeros y productos de limpieza y a él lo ingresó de urgencia en el cuarto de aseo.

Esa misma noche, Elvira logró que Carlos y Paulo durmiesen en casa de sus primos e, intentando recuperar un estado anterior de su propia vida, sometió a su marido a una terapia de sexo explícito, parlanchín y gritón, grosero y ardiente; un sexo sin cortapisas, llamando al deseo por su nombre y a la fantasía por su vergüenza. Cálida y salobre, su piel serpenteo entre los tiempos del hombre y, cuando él desfalleció, ella le enseñó sus maneras. Extenuada, satisfecha y divertida por su propia proeza, intentó abrazar a su marido mientras deslizaba besos, como de puntillas, entre la vellosidad del pecho masculino. Viendo que él no correspondía a sus mimos y que permanecía quieto, con la mirada fija en el techo del dormitorio, murmuró un “te quiero” que más que una afirmación era una súplica.

César intentó mostrarse agradecido y confesó en un susurro:

‹‹Han sido las mejores vacaciones de mi vida››.

Elvira supo, en ese preciso instante, que, entre alguno de aquellos números y apuntes, escritos de forma compulsiva en cientos de papeles, había perdido a su marido para siempre.

Antes de que terminase el verano del 2008, César solicitó a Adolfo Petit ─su único amigo y homólogo en la asignatura de matemáticas─ que le echase una mano en la búsqueda de una interrelación clara entre las variables detectadas. Pasadas a limpio, en un conjunto de gráficos estadísticos que dejó boquiabierto al matemático, el profesor de filosofía había recopilado miles de datos y premisas: había detallado cualquier punto que tuviera que ver con aquella acción de cerrar la puerta y la consiguiente y repetida reacción de la aparición de “Los discípulos del último momento” (así había denominado César a los rezagados). Se podía leer el tiempo de apertura de la puerta, las velocidades de cierre de la misma, las ocasiones en las que había engrasado bisagras y pestillo… Aparecían apuntes sobre meteorología, estacionalidad, horarios, trabajos solicitados a los estudiantes, exámenes programados, autores y, como no podía ser de otro modo, el número de alumnos que llegaba tarde cada día. César, guiado por su mera intuición, mantenía que, pese a la teoría principal, en el estudio de aquel comportamiento reiterativo se daban coordenadas tridimensionales, geometría, componentes fractales…

Adolfo Petit, siempre escéptico y dotado de un sentido del humor irritante, escuchó con atención y asombro cuanto le exponía su amigo. Charlaron durante horas no sólo del ámbito matemático del estudio sino del campo filosófico. Cuando Adolfo expresó la que en apariencia sería su conclusión definitiva, se abrieron las puertas a una batalla intelectual que César no supo contener y que Adolfo, al cabo de los siguientes cursos, se tomó a guasa para mayor humillación del profesor de filosofía.

‹‹Mira, César ─afirmó el matemático─, la geometría nos rodea. No existe nada, y esto es un axioma en el que debes creer por encima de todas las cosas, que no conforme una relación geométrica relacionando puntos de unión idénticos. Si no encuentras estas formaciones, ni las puedes recrear en tu plano, en tu dimensión, nada impide que la formación se produzca en el infinito. Todo ello, aunque nos resulta maravilloso, carece de importancia. No es más que el lienzo móvil al que mira el científico intentando anticipar respuestas. Como bien sabes, se dio un tiempo en el que el homo cientificus ─Adolfo logró sonsacar una sonrisa a su amigo─ investigaba mayormente para entender y mínimamente para anticipar. Hoy por hoy, ese ciclo se ha invertido, estamos muy cerca de saberlo todo… al menos todo lo que en realidad necesitamos saber. Podremos ir más allá en la investigación del universo pero, te lo aseguro, no encontraremos otra cosa que no sea más universo. ¡Eso sí! ─puntualizó con una euforia impostada─, cuanto más lejos miramos, mayor es nuestra capacidad de mejorar nuestros pronósticos y más cerca estamos de convertirnos en los dioses que siempre hemos deseado ser. Sin duda, muy pronto crearemos vida porque habremos desmontado el caos››.

Adolfo hizo una pausa para comprobar el efecto de sus palabras en su amigo y, viendo que éste le atendía pero que había perdido el rumbo de su elucubración, prosiguió:

‹‹Este estudio que estás realizando nunca te conducirá a una conclusión determinante en el campo científico. En tu terreno puede que remuevas ese asunto de la causalidad, pero es poco probable que la historia de tu puerta le interese a nadie ─Adolfo enarcó las cejas y añadió─: salvo que sigas en esa dirección y termine interesándole a un loquero. Piensa, y con esto te anticipo lo que ocurrirá, que según aumentes tu estudio e intentes relacionar acciones y reacciones, mayor será el número de respuestas que contrapongan y saquen a relucir viejas teorías de sucesos emparejados u otras similares. Al igual que la geometría, esa discusión es infinita. Demostrar una constante sobre el fenómeno de tu puerta te exigiría someter ese supuesto a un sinfín de variables… No terminarías nunca, al menos en esta vida››.

Los consejos de Adolfo Petit cayeron en saco roto. Con el nuevo curso, César añadió una nueva fase a la investigación. Apoyándose en su prestigio, logró permisos y subvenciones para instalar un circuito cerrado de televisión en todos los pasillos del instituto. Una vez conseguida la victoria sobre la legalidad escolar en lo que tocaba a los derechos de los menores, inició la nueva fase del experimento. De este modo, sin pretenderlo, fue testigo durante siete años de la evolución de todos los alumnos del centro en un instante concreto de su actividad escolar, la media hora posterior a la entrada de los profesores en sus aulas, cintas y cintas repletas de pasillos vacíos. 

César descubrió con asombro que la constante sólo se mantenía en sus clases. En las del resto del profesorado los resultados no respondían a un canon de comportamiento. Pero, por el contrario, durante las suyas, ya fueran de historia de la filosofía o de filosofía moderna, lo mismo daba el tiempo que el profesor concediera a la espera. Podría haber retrasado el inicio de sus disertaciones durante horas que el resultado, según creía, terminaría siendo el mismo: mientras la puerta de la sala se mantuviese abierta, “Los fieles discípulos del último momento” no entrarían ni añadirían a su retraso la acostumbrada pantomima de la carrera a la desesperada, ese sprint final desde los aseos donde chicos y chicas apuraban conversaciones, besos, porros y cigarrillos.

Lejos de desistir y poner fin a su experimento, César se adentraba cada vez más en él. Se sentía como quien contempla una obra de arte en una permanente espiral creativa, en un intento de evolución perfeccionista. La lucha entre el orden y el caos, la causalidad y la costumbre, las teorías de Aristóteles, Hume, Rusell, Granger… encontraban representación en aquel estudio sencillo. Gracias a él, César escribió su tercer ensayo pero se negó a que su editorial lo publicara al considerarlo un prefacio de la verdadera investigación. Tituló el ensayo “Delectatio est error nostro”, “El placer es nuestro error”. Sus conclusiones planteaban el campo de lo erróneo ─unido a la búsqueda y consecución del placer─ como causa y efecto bidireccional del mal en su concepción más espiritual y abstracta.

Siempre en liza con Adolfo Petit, se lo explicó en un correo electrónico durante el periodo de las vacaciones navideñas del año 2009:

‹‹Si, de forma invariable, algunos alumnos no entran en clase hasta que no cierro la puerta, resulta lógico deducir que esos muchachos entran cuando no tienen más remedio. Buscan evitar, de este modo, una falta y la correspondiente nota a sus padres. Por lo tanto, no desean aprender sino evitar una sanción.

››Pero, más allá de esta simple observación, fácil de rebatir con otro supuesto, te añadiré ─mi estimado Adolfo─ que entran en clase en ese instante de la puerta recién cerrada, y no antes, porque quieren disfrutar de varios acontecimientos simultáneos: por un lado, en los aseos establecen protocolos de cortejo en busca de relaciones sexuales, se drogan en un intento de adscribirse a un clan, y comparten su humor diario como vía de escape, intentando encontrar en el compañero la aquiescencia que no encuentran en ningún otro grupo social. Por otro lado, acuden a clase con el fin de esquivar la penalización por su conducta, de intentar comprender algo de cuanto les expongo y, con este sistema, obtener al final del año lectivo, gracias a esta resignación, esa nota que les permita acceder al nuevo curso.

››Puestos a elegir cuál de los dos procesos les satisface más, prefieren sus reuniones en los aseos ─rodeados de olor a mierda y a meados─ antes que debatir, instruirse e intentar comprender lo dilucidado por otros. Y esta conclusión surge por un hecho diferenciador: no intentan entrar hasta que la puerta comienza a cerrarse. El fiel de la balanza, en el caso de estos alumnos, siempre se decanta por otorgar más tiempo al placer de las letrinas que al esfuerzo que requiere el aprendizaje.

››Te lo aseguro, Adolfo, si yo no cerrara la puerta, esos alumnos nunca intentarían pasar a mis clases. Preferirían consagrar su vida a la experimentación sensorial antes que a la necesidad intelectual que precisan para evolucionar, para mejorar sus opciones, para pensar mejor y evitar un alto porcentaje de los infinitos errores que pueden llegar a cometer a lo largo de sus vidas.

››Para desgracia nuestra, ese placer que los convierte en seres egoístas, incapaces de participar en equipos intelectuales con igualdad de condiciones, no sólo derivará en sus propios errores sino que multiplicará, de forma exponencial, la cadena de acontecimientos que dará al traste con la raza humana. No exagero. Debido a las series de comportamiento causal ─más allá de la cuasi perfecta formulación matemática─, los seres vivos hábiles estamos condenados a cometer errores sin cesar. Apenas conseguimos discernir cuándo nuestras operaciones han dado un acierto como resultado. Y es que tan sólo disponemos de dos valores morales para graduar la calidad de aquello que consideramos acertado: el bien y el mal que proyectan nuestras acciones.

››Te pondré un ejemplo reconocible: si buscando la paz en un país cualquiera, lo invado sin atender en mi plan a las múltiples variables que provocará mi acción, a buen seguro todas ellas se convertirán en errores. Éstos, al mismo tiempo, degenerarán en males inconcebibles eliminando nuestra capacidad de anticiparnos a sus efectos y llegar a la consecución de un acierto. Mi acto invasor, cuya intención quizá fuera acertada, unida a mi falta de prevención de los errores posibles, culminará en una espiral descendente, en una espiral maligna. Por el contrario, si estudio y planifico mi acción de forma exhaustiva antes de llevarla a cabo, aumentaré las probabilidades de no cometer errores, me acercaré a la perfección del acierto. Al sopesar los pros y los contras, lo más probable es que desista de llevarla a término y la espiral de sucesos será ascendente, tenderá hacia el bien y concluiré que mis decisiones y actos se encuentran y viajan por la senda acertada››.

Su amigo le contestó con un escueto “…o no…”    

Seis años más tarde, después de haber escrito aquel correo, el ensayo definitivo, Medium, estaba a un punto de concluir con éxito. Pero el experimento y su progresión se lo impedían. Adolfo y sus estratagemas matemáticas tenían mucha culpa de que esto fuera así:

‹‹César ─le comentó Adolfo semanas atrás─ para demostrar cuanto dices, ya que consideras que tú eres la causa de este comportamiento al abrir y cerrar la puerta y, también, que eres parte del efecto que provocarán esos alumnos en el resto de la humanidad; debes cambiar de entorno. Debes abandonar el centro y poner en pie el experimento en un lugar lo más distante que te sea posible o, al menos, en un lugar donde no mantengas ninguna conexión con el nuevo entorno. Debes iniciar el experimento desde el principio, en ese lugar ajeno, e ir ampliando los márgenes temporales de apertura y cierre de la puerta hasta llegar a esa misma media hora que mantienes aquí. Sólo de este modo lograrás que yo comience a claudicar con tu teoría”.

César Ramírez no tuvo más remedio que reconocer que Adolfo tenía razón y solicitó, sin pensárselo, el cambio de centro que le llevó de Madrid a León y al abandono de sus lazos emocionales y afectivos.

La tarde anterior al inicio de las clases, César escribió otro correo electrónico al matemático. En él, de forma críptica, se reafirmó en sus teorías y razonamientos:

‹‹Estimado Adolfo:

››Tenías razón, resulta inútil proseguir con el experimento. Doy por hecho que, si dedicase otros ocho años a este estudio, al finalizar ese periodo volverías a exigirme que añadiese una nueva variable espacio temporal. Conociendo tu escepticismo, seguiríamos así de manera indefinida. Con todo, he llegado a otra conclusión que me ratifica en mi teoría sobre Medium, sobre el transporte necesario entre causa y efecto, esa llave que guiará a los científicos a desmontar el caos:

››Si lo piensas, mi querida puerta siempre ha intermediado entre el campo de la causa y el campo del efecto. La causa estaba en el aula, el efecto en el pasillo. En medio estaba la puerta abriéndose y cerrándose. Podrías argumentar que la puerta en sí, y no yo, fue desde un principio la causa de este comportamiento en lugar de darme a mí ese honor. Pero esa tesis no se sostendría puesto que, como sabemos, estos acontecimientos reiterados no se han producido (lo hemos comprobado durante años de grabaciones) con ningún otro miembro del profesorado. Sólo sucedían estando yo en el interior de cualquier aula, con independencia del modelo de puerta, de su tamaño y hasta de su madera y construcción.

››Si me aceptas este hecho como premisa válida, llegarás a la conclusión de que sólo queda una prueba empírica que certifique mi teoría: debo eliminar la puerta y comprobar de esta manera si el viaje desde la causa hacia el efecto se interrumpe. Si fuera así, si al hacerlo se paralizara el proceso, Medium, mi teoría, mi concepto, quedaría demostrada y esto pondría en solfa todo el conocimiento científico de la humanidad, desde la totalidad de la combinatoria química hasta el conjunto de la formulación física. Piensa que entre todas las acciones y reacciones que admitimos como certezas absolutas ─vengan emparejadas o no─ existiría un tercer concepto que podría interrumpir ese transcurso aunque no lo haya hecho desde el génesis universal hasta hoy.

››Mañana comienzo las clases y proseguiré con el experimento. Si el fenómeno se repitiera no esperaré más. Pasado mañana quitaré la puerta.

››Ya te contaré››.

César pulsó el botón de enviar y pasó el resto de la tarde sumido en una especie de letargo ancestral. A las ocho de la tarde, cuando el sol comenzó a ponerse, se decidió a recoger todos sus apuntes y gráficos. Hecho esto, limpió su nueva vivienda sin dejar un rincón por repasar. Cenó a las once de la noche y, sintiéndose agotado y vacío, se acostó tras asegurarse de que el despertador estaba activado para sonar a la hora necesaria. Durmió del tirón, profundamente, y, al despertar, fue incapaz de recordar sueño alguno.

A las ocho y media de la mañana entraba en el instituto. Contradiciendo su habitual dejadez estética, se había vestido con cierta elegancia, se había peinado y se había afeitado de manera escrupulosa. Al verlo caminar por los pasillos se le notaba lleno de energía. Alterando otra de sus costumbres, al pasar por la tutoría saludó a sus compañeros con jovialidad. Introdujo en su cajonera un par de revistas y se dirigió al aula que le correspondía aquella mañana. Entró en la sala vacía y la recorrió con la mirada. Sintió que le invadía un aura de plenitud, de euforia. Los alumnos comenzaron a hacer su aparición y los pupitres se fueron llenando de forma paulatina. A las nueve de la mañana sonó estridente el timbre que anunciaba el inicio de las clases. César miró su reloj de pulsera y comprobó que la sincronía con el reloj del centro era exacta. Mientras el segundero iniciaba su viaje hacia el minuto de cortesía, se situó junto a la puerta. Cuando la manecilla indicó que habían transcurrido sesenta segundos exactos, la cerró. Se dirigió entonces a su mesa y apuntó en un cuadrante el lapso temporal. Dejó en blanco la casilla donde debía anotar la reacción tantas veces repetida. Sacó los listados de alumnos de su cartera de mano y fue entonces cuando escuchó las carreras apresuradas en el exterior.

César anotó en la casilla vacía de su cuadrante: “TENGO RAZÓN” y entonces se abrió la puerta con brusquedad. El sonido del golpe de la madera contra la pared del aula se confundió con la detonación. El obstinado profesor, ensordecido, creyó que ambos sonidos correspondían a la misma acción. Miró hacia la entrada, hacia su puerta, aún dispuesto a anotar el número de alumnos que habían llegado con retraso.

Frente a César, ante la mirada horrorizada de sus nuevos y desconocidos alumnos, se desarrollaba un hecho incomprensible. Un muchacho, un crío de unos catorce años, lloraba sin consuelo en el umbral del aula, y en sus manos, aferrada con fuerza, aún humeante, sostenía una escopeta enorme, probablemente de caza.

Intentando mantenerse erguido, sin apartar la mirada de su asesino, como si de un duelo se tratara, el profesor decano de filosofía murmuró:

‹‹Medium…››.

Y en ese momento sintió la efervescencia de la vida al marcharse y, con ella, su derrota.

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